Mi?rcoles, 01 de octubre de 2008
François Combe, que fue un actor célebre, vive olvidado por todos en Nueva York tras un escándalo que ensombreció su carrera en Francia. Huyendo de su soledad, encuentra un día a Kay en un bar. Kay no tiene dónde dormir porque la han echado del apartamento que comparte con una amiga. Así es como Kay y François ocupan la primera habitación en un hotel donde intentan desesperadamente olvidar cada uno sus penas y donde acaba naciendo entre ellos una gran pasión. Muy pronto, François empieza a padecer unos celos enfermizos por el pasado de Kay. Como para mejor «apropiarse» de ella, la lleva finalmente a su propia vivienda, la segunda habitación de la novela. Allí, la pareja se esfuerza por conocerse mejor y por trabar mayor intimidad, pero su amor incandescente y exasperado va fermentando en la violencia. Así deciden trasladarse a la tercera habitación, la que Kay había tenido que abandonar: François descubrirá al fin -¿demasiado tarde?- que él ha estado juzgando mal a su amada…

Historia de dos solitarios y desarraigados que se conocen en un bar a las tres de la madrugada, de un encuentro que deviene en necesidad y pasión y obsesión. Hermoso y melancólico retrato sobre el amor, los celos imparables y violentos, la angustia de la soledad, sobre caminar pegado a otra persona entre una marabunta... Emocionante el momento donde ella le dice que, si no hubiera aparecido él en el café, se hubiera ido con otro... tan vacía y desesperada estaba. Los primeros encuentros, su manera de abismarse en el otro, la sensación de última oportunidad que tienen ambos, la descripción de los tugurios y bares y calles por las que transitan, la habitación anónima de un hotel, la habitación fría y desangelada y sin vida de él, la habitación donde vivía ella, más humana, los celos obsesivos del protagonista, incapaz de soportar los hombres que pasaron con anterioridad por el cuerpo de ella, unos celos que nacen ya desde el primer momento, una estación de tren, un taxi donde se despiden y él que no puede salir y ella que le pide a un desconocido que le hable para no derrumbarse… Es de esos libros que no te sueltan ni un segundo.


Esa mañana, en el fresco amanecer de octubre, era un hombre que había cortado todas las ataduras, un hombre que, al acercarse a los cincuenta años, ya no estaba ligado a nada, ni a una familia, ni a una profesión, ni a un país, ni siquiera, en definitiva, a un domicilio: sólo a una desconocida dormida en una habitación de hotel más o menos equívoco.
Tres habitaciones en Manhattan
Georges Simenon

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Publicado por elchicoanalogo @ 19:47  | Libros...
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