Asimilé mucho más que los modismos argentinos. Aún digo remera, chango, quilombo, pelotudo. O empiezo las fases con un por ahí. A veces mis amigos se ríen porque no me entienden. Linda remera la del chango. Pronúnciese con fuerte acento vasco. Pasé diez meses de mi vida en Tucumán, cinco viajes en tres años. Como me dicen, vivía para esos viajes (un error, desatendía todo lo demás que formaba y definía mi vida acá ).
A pesar de este año tan jodido y complicado (y puse mucho de mi parte para que fuera así ), Tucumán fue una experiencia inolvidable, acogedora y que formará parte de mí cada día. No puedo detenerme sólo en el dolor, en la ruptura y en los continuos errores de este año (y puse mucho de mi parte para que fuera así ). De Tucumán me llevo a Gabriela, no sé si con clavo ni canela, pero sí con acento musical y bondad. Un beso a ciegas. Rayuela. Y pequeños momentos y grandes recuerdos. Muchas lágrimas, las despedidas, las de este año. Y una fuerza descomunal que se desinfló porque aún tengo que superar ciertos momentos de mi pasado. Si me quedo con el final, con el daño que me causó Gabriela, con el que le causé yo, caería en el error de pensar que todo fue un error. Y ya son muchos errores. No puedo olvidar que el inicio, los primeros años, fueron hermosos y cálidos. Tengo que quedarme con eso. Y que la distancia difumina la realidad.
También me llevo haber conocido una ciudad que hace unos años sólo me sonaba de los libros de historia y de algún disco grabado en un concierto allá. La gente, en el norte, es acogedora, cariñosa, tranquila. No puedo poner ni una mala palabra de los tucumanos, cada persona que conocí, que me paró por la calle al escuchar mi acento, que me ayudó porque me creía extranjero y perdido, cada uno de ellos, se acercó con una suave sonrisa. Y presupongo que en el sur, cuando vuelva a aquellas tierras, cuando pise Chile por primera vez, me pasará lo mismo, buena gente, paisajes desconocidos, un tiempo diferente.
Los dos meses allá pasaban sin sobresaltos. Intentaba ver mucha televisión para enterarme de la realidad argentina. Tres años después sólo puedo decir que la realidad argentina es incertidumbre. Poco más. Me perdía entre tantos partidos y listas agregadas, me perdía la mitad de los chistes de Pergolini sobre política, me sorprendí al ver que las mujeres y los hombres votaban por separado (me llevó a las misas gallegas de mi infancia, hombres y mujeres separados ). Salía a caminar al parque o a leer. Allá, en el parque de la avenida Mate de Luna, leí Lord Jim, la historia del marino que se tenía en gran estima y que en la primera oportunidad de demostrar su valor descubrió que era un cobarde. Y El gran Meaulnes, onírica historia de amor. Veía a Mirtha, a Rial, el gato de Verdaguer, cqc. La televisión era una manera de sentirme más cerca. Los cuentos de terror de Laiseca me cautivaban, su forma de narrarlos, de sentirte atrapado por cada palabra y silencio. Engordé 25 kilos en esos tres años. La comida era espectacular, las milanesas, el lomito, los asados. Volví a merendar, como en mi infancia. Café y medias lunas. Picaba alfajores de chocolate con dulce de leche. Cuando estaba harto de mi dieta de carne iba a un restaurante de tenedor libre a comer arroz y tallarines. Este año adelgacé 27 kilos, me quité los 25 de encima más dos. Llevo ropa ancha, sigo llevando ropa ancha. No hay plata para renovar el vestuario.
Y me llevo a Catupecu Machu, Soda Stereo, Spinetta, la cumbre anti-bush, la revista cultural Lilith (que tuvieron a bien publicarme un par de cosas ), los encuentros en los aeropuertos con mis primos porteños, los desconocidos con los que me crucé en los embarques, ver Buenos Aires como una telaraña de luz a miles de pies de altura.
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