Murakami da una nueva vuelta de tuerca a su ya bien conocido universo: desde una distancia variable, como una cámara versátil, su mirada recorre escenarios habitados por personajes solitarios, reproduce encuentros accidentales que más parecen desencuentros, y capta una amenazadora pero difusa sensación de peligro que todo lo impregna, como la omnipresente música de fondo.
Con After Dark –cuyo título proviene de la pieza de jazz «Five Spot After Dark», de Curtis Fuller– el autor vuelve a deslumbrarnos con su estilo conciso, su sutil sentido del humor, su habilidad para construir tramas cautivadoras y escalofriantes, y su maestría para dar cuenta del escurridizo espíritu de nuestro tiempo.
En After Dark están el jazz, las cafeterías, los adolescentes sin un camino claro, el cruce de lo onírico con lo real, cierto surrealismo… los contenidos esperados en una historia de Murakami. Lo que cambia, en cierta manera, es la forma en la que se narra After Dark. Escrito como si fuera un guión cinematográfico, las descripciones son austeras, desnudas; se describe el escenario, los personajes que lo integran en frases cortas y directas, sin diseccionar ni tomar partido, y todo el peso lo llevan los diálogos entre un puñado de personajes que se cruzan en una madrugada/en las tinieblas. Hay momentos donde pensé en Auster (sobre todo en la parte de la habitación dentro de una pantalla de televisión).
De la historia, me quedo con los dos jóvenes, Mari y Takahashi, las conversaciones que tienen en sus diferentes encuentros, ese acercamiento paulatino, sus recuerdos teñidos de cierta melancolía, esa frases inesperadas que suelta Murakami y que te dejan noqueado.
Cuando terminé After Dark la sensación que me quedó es que acababa de “leer una película”. Y que es el libro de Murakami que menos he disfrutado.
Soy una persona insignificante, sin apenas fuerza ni capacidad. Me faltan conocimientos y tampoco soy muy inteligente. No soy guapa y no le importo mucho a nadie. No creo que se pueda decir que yo sí he afirmado mi personalidad. Lo único que hago es dar traspiés en un mundo muy pequeño.
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El suelo que pisamos parece muy firme pero, a la que pasa algo, se te derrumba de golpe. Y a la que te hundes, sanseacabó. Ya no hay vuelta atrás. Luego lo único que te queda es ir viviendo sola en el mundo de abajo, entre tinieblas.
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Creo que, poco a poco, invirtiendo mucho tiempo, me he ido creando un mundo propio. Y cuando estoy en él, yo sola, me siento hasta cierto punto tranquila y segura. Pero el hecho de haber tenido que construirme este mundo significa, en sí mismo, que soy una persona débil, frágil, ¿no? Además, desde el punto de vista de la sociedad, mi mundo es algo insignificante. Parece una casa de cartón que un vendaval puede llevarse en un abrir y cerrar de ojos…
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Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Anuncios de propaganda en un periódico, un libro de filosofía, una fotografía pornográfica o un fajo de billetes de diez mil yenes, si los echas al fuego, sólo son pedazos de papel. Mientras los vas quemando, el fuego no piensa: " ¡Oh, es Kant!", o " Esto es la edición vespertina del Yomiuri Shinbun", o "¡Buen par de tetas!". Para el fuego no son más que papelotes. Pues sucede lo mismo. Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos sin distinción, no son más que combustible. –Kôrogi asiente como para sí. Luego prosigue-: Y ¿sabes? Si a mí me faltara ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, y soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.
Haruki Murakami
After Dark
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