Viernes, 24 de octubre de 2008
La luz del amanecer se colaba por los huecos de la persiana en pequeños rectángulos rojizos. Fuera, el ruido de los las obras de los nuevos edificios, construidos sobre las ruinas de un caserío y el cuerpo descompuesto de un gato que no escapó a tiempo de la demolición. Sobre los tejados de mi barrio, dos grúas amarillas. Y la tierra blanqueada por la helada nocturna. El barro, cristalizado, brillaba con las primeras luces del amanecer. Los charcos congelados, estáticos, empezaban a quebrarse, a aguarse. Quien se despertara un par de horas más tarde creería que había sido una noche de lluvia. El cemento, el suelo, los campos mojados.

El paseo con mi perro. Otros perros, otros olores que nos detenían en nuestro camino. Perros con una especie de gabardina que les cubría el lomo, perros nerviosos, que marcaban el territorio, perros cansados y viejos que apenas podían moverse.

A media mañana cerré La elegancia del erizo y me escondí bajo las sábanas. A veces no tengo fuerzas. Y a veces me dejo vencer por la desgana. Me escondo. El aliento cálido, viciado de mi boca bajo la manta. La negrura suave. Las ganas de desaparecer, alehop, como en un truco de magia. Levantar la manta y que yo no esté debajo sino a miles de kilómetros, en Japón o en la superficie lunar. Miles de sentimientos/pensamientos a cada segundo. Hasta que no hay nada. Hay momentos así. Donde naufrago.

Los discos de Rush. Escogí su época de los 80, la que menos me atrae por el excesivo uso de sintetizadores, y seleccioné una veintena de canciones. De nuevo mis manos por las portadas y las letras de las canciones y las ilustraciones de los discos. Emotion detector…, Between the wheels…, Force teen. ¿Por qué estamos aquí? Porque estamos aquí…  Hace doce años de mi fiebre por Rush. Hace doce años de Test for Echo y Hemispheres, mis primeros dos discos de Rush comprados a la par. La energía de los 90, las melodías complicadas y apabullantes de los 70. Siempre vuelvo a ellos.

La ruta de las librerías. Mendigos en el suelo, pidiendo detrás de un cartón. A su lado una bolsa. Todas sus pertenencias. Top Books. Torres de libros desde el suelo hasta media altura. También en las escaleras, en cada rincón. En la segunda planta, Hagakure, El camino del samurai, de Yamamoto Tsunetomo. Un tratado sobre la vida de los samuráis recopilado hace tres siglos. La edición preciosa. Negra, elegante, con una foto de samuráis vestidos con sus armaduras. Sonreí al sentir su tacto. Y al recordar Ghost dog, de Jarmusch, hermosa película con cierto aire al cine de Melville y con un Forest Whitaker inolvidable. Un ejemplo de lo que me encontraré…

El camino del Samurai reside en la muerte. Cuando hay que tomar una decisión crítica, sólo queda escoger en seguida la muerte. La elección no es particularmente difícil; sólo se necesita tener valor y actuar. Hay quien dice que morir sin haber alcanzado nuestros objetivos es morir como un perro, falacias de gentes frívolas, cuando estamos en una situación que debemos escoger entre vivir o morir no tiene importancia que hayamos alcanzado nuestros objetivos.

La vida es una sucesión de días, si el Samurai no piensa más que en lo que tiene que hacer ese día, será capaz de realizar cualquier acción. La labor de un solo día siempre se puede aguantar. Mañana no será más que un solo día.


También compré Cumbres borrascosas (recordé el final de la febril adaptación de Buñuel en Abismos de pasión, una sombra en la profundidad de una tumba).

En Urretxindorra, conversaciones en euskera, el cielo azulado entre los edificios de Bilbao, el rumor de la carretera, una estudiante que buscaba La familia de Pascual Duarte. Estanterías pegadas, cierta sensación de asfixia. Compré La reina de corazones, de Wilkie Collins y La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami. Los cuatro últimos libros del año, terminé con mis ahorros. Misión cumplida.

Un café rodeado de los libros comprados. Los acaricié ya sin prisa, las primeras lecturas, miles de palabras. El dolor de mi hombro derecho. Fuera, una niña que fruncía el ceño cuando la miraba y luego reía con ganas. Una adolescente que lloraba mientras hablaba por un móvil. Y rostros despejados, despreocupados, relajados.
El atardecer reflejado sobre la chapa de un coche.

Ayer, mi sobrino me dijo: Osaba (tío), di “mora”. Puse cara de no entender nada, entonces Oier repitió, pícaro, di “mora”. “Mora…” Y Oier amplió su sonrisa. Y me descubrió el misterio: "¡mora…!, mañana te enamoras”. Sonreí.

A los que busquéis amor, decid mora… Tal vez funcione el truco…


Publicado por elchicoanalogo @ 22:07  | Great White Way
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Comentarios
Imagen entra?able, sincera, ?ntima, cercana, sobrecogedora, c?lida y fr?a, con a?oranza, sentimiental... Imagen de su protagonista. Como siempre, el mejor para reflejar con un ligero aire po?tico un d?a que ser?a cualquiera, pero que es especial a trav?s de tus palabras.

Abrazos.
Publicado por Jesus
Martes, 28 de octubre de 2008 | 12:59
Hay segunda parte. Hace poco Oier me dijo, osaba, di "casa". Y lo dije. Y respondi?, "ma?ana te casas". Monotem?tico mi sobrino...
Abrazos calurosos... qu?fr?ohacemadredelamorhermosoparaseroctubre...
Publicado por elchicoanalogo
Martes, 28 de octubre de 2008 | 19:03
Fant?stico Oier. Espero que haya tercera parte, que aqu? eso de "segundas partes nunca fueron buenas" no se cumple.

Otro abrazo, madrem?apuess?queesverdadquehacefr?o.
Publicado por Jesus
Martes, 28 de octubre de 2008 | 19:19
Un campe?n, y habr? tercera, cuarta, etc.
Abrazos t?rmicos
Publicado por elchicoanalogo
Martes, 28 de octubre de 2008 | 19:42