Martes, 28 de octubre de 2008
Los barcos, anclados en el puerto, se movían nerviosos en apenas unos metros de mar. Los sentía extraños, frágiles, como si quisieran aprovechar la tarde de viento y lluvia y salir de puerto y una fuerza mayor los retuviera.
La camarera recogía las mesas de cafetería de las piscinas de Santurce. Estábamos solos. Los padres habían salido a buscar a sus hijos, que terminaban su media hora de natación. La mujer, al mirar por la ventana hacia los gritos de los niños, me dijo, qué pena no volver a ser niño. Su expresión nostálgica. Esa frase me llevó a aquel anciano que acogía al Grupo salvaje “peckinpahniano” en su aventura por tierras mexicanas. El hombre, Don Ignacio, decía:

Todos deseamos volvernos niños, incluso los peores de nosotros.

Grupo salvaje es una de mis películas favoritas, tal vez la película a la que más veces he vuelto y he disfrutado. De crío, saltaba del sillón con cada balazo. Cuando crecí, vi más allá que una aventura llena de escenas de acción.
Hay
se queda sólo en la superficie y
recuerda Grupo salvaje por su extrema violencia. Peckinpah habla sobre unos seres fuera de su tiempo, envejecidos, sin mayor meta que llegar al día siguiente, es decir, cierto vacío existencial y errante. Son ladrones, aventureros, desarraigados, violentos, nunca héroes. Y viven en un mundo en donde ya no se reconocen, donde aparecen extrañas máquinas voladoras y los primeros coches y hablan de una lejana guerra en Europa. El tiempo, como a Cable Hogue, les ha pasado literalmente por encima.
Peckinpah es uno de los pocos directores que supo utilizar la cámara lenta en las escenas de acción. Cuando estuvo en la guerra de Corea vio morir de un balazo a un pasajero de un tren. Decía que era algo habitual escuchar balazos lejanos. Pero en esa ocasión la bala atravesó el tren y el cuerpo de un hombre. Y Peckinpah cuenta que, en ese instante, sintió cómo el tiempo se detenía, cómo todo se movía con una pasmosa y dolorosa lentitud. Ese detalle lo llevó a sus películas, a las escenas de acción. Nunca por razones estéticas. Quería mostrar el daño que una bala provoca en un cuerpo. Murakami, en Sputnik mi amor, escribió:
Hace tiempo, cuando se estrenó Grupo salvaje, de Sam Peckinpah, en la rueda de prensa una periodista alzó la mano y preguntó en tono inquisitivo: “¿Qué necesidad creen que hay de mostrar tanta sangre?”. Ernest Borgnine, uno de los actores, respondió con aire perplejo: “Pero, señora, cuando te disparan, sangras”. La película se filmó en plena época de la guerra del Vietnam. Me gusta esta frase. Posiblemente sea uno de los principios básicos de la realidad. Aceptar las cosas difíciles de desentrañar como cosas difíciles de desentrañar, aceptar el hecho de sangrar. Disparar y sangrar. Es que, cuando te disparan, sangras.
No sólo la utilización de la cámara lenta, cómo rompe la unidad temporal y lo pliega a su antojo, es algo con lo que se reconoce el cine de Peckinpah, también su forma de romper el espacio, de fraccionar las secuencias de acción, de abarcar cada detalle. Decía Howard Hawks que en el tiempo que moría un hombre en una película de Peckinpah él resolvía un tiroteo. Dos formas de entender el cine. Dos formas maestras.
En Grupo salvaje está la amistad, dos amigos en distintos bandos pero que, aún así, se entienden, como en Duelo en la alta sierra o Mayor Dundee, sus anteriores películas, los sueños inalcanzables (retirarte…, ¿a dónde?), la fatalidad, la importancia de cumplir la palabra dada y a quién se la da, los momentos tranquilos, casi siempre al anochecer, alrededor de una hoguera o con mujeres al lado.

Peckinpah… Los tiempos han cambiado…





(Diálogos copiados del libro de Francisco Javier Urkijo)


Tags: Grupo salvaje, Sam Peckinpah

Publicado por elchicoanalogo @ 19:40  | Cine
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