Viernes, 31 de octubre de 2008
Miraba las ondas que formaba la lluvia sobre los charcos. Círculos perfectos que se expandían y finalizaban en apenas un segundo. Una vista magnética. Y cierta sensación de finitud, de pérdida.

Ha sido una tarde de lluvia constante, firme, imparable. Llovió sin respiro, sin descanso, con ganas. No llevé paraguas a mi paseo por Bilbao. Escuchaba el sonido apagado de las gotas sobre el gorro, un sonido que se mezclaba con mis pisadas en los charcos, con los paraguas, con las gotas que caían de los árboles o los tejados. Mis gafas mojadas.

Las casetas de la feria del libro estaban cerradas. Entré en una cafetería del casco viejo. Necesitaba secarme un poco, descansar mi hombro derecho, mi asma, tomar algo caliente. La cafetería grande, alargada, aún había clientes que no habían terminado la comida. El café, cremoso y suave. Fuera, un par de paseantes bajo paraguas y las luces navideñas ya colocadas.

Volví bajo la lluvia. Sólo estaba ese sonido de las gotas. Y muchos pensamientos. En menos de un segundo mi cabeza es capaz de generar cientos de ideas, a veces las desecho, a veces me dejo arrastrar, a veces escribo sobre ellas. Como me dijo Arantza el pasado sábado, estoy saturado (Arantza estudia el lenguaje de signos para su doctorado (habla hasta por los codos, una bruma suya), e imparte clases de inglés. Y piensa mundos posibles). Saturado, dijo. Y no consigo separarme de esa saturación.

En la plaza nueva, una chica sentada en la entrada de un bar escribía en su ordenador portátil. Charcos sobre las mesas de la cafetería. Un hombre arrastraba a un perro indolente. Salí a la lluvia. Cada vez más mojado. Sentía el agua entrar mis pies, cómo empañaba mi cara y bajaba por mi cuello. El tercer café. Cerca del arenal. Donde antaño cogía el autobús a Santa Marina. Paredes rosas. Poca gente. En el televisor, un programa de citas y gritos. La tarde cada vez más gris. Esperé a que se secara el bajo de los pantalones y salí a la feria.

El primer libro en caer, Cortázar. Historia de cronopios y de famas. En cada puesto, algo interesante. Y una pequeña joya. Si en Madrid encontré El tesoro de sierra madre, en Bilbao salté al ver El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, novela que, curiosamente también llevó al cine John Huston, una historia sobre lo que se toma por cobardía. En la primera página, un sello de una biblioteca. Y en Leyendas, de Bécquer, un nombre, creo que pone Nina Derransero (casi ilegible, puede ser cualquier otro apellido). Y una fecha. 23.3.98. Me gusta este cruce de caminos.

Los charcos crecían en el suelo. De las casetas caían insistentes goterones. Los libreros hablaban de la mala suerte con el tiempo. Eché de menos a Clara. Clara me pone los libros en la mano, me descubre algunas historias desconocidas, me anima con tal o cual autor. Ir solo a una feria, a una librería, es pisar terreno conocido. Estaba empapado, el pelo, los pantalones, las botas, el chubasquero llenos de lluvia. El dolor habitual de los últimos días en el hombro derecho. En el cristal del tren las gotas no formaban círculos perecederos sino caminos imprevisibles. Mundos posibles.



Libros comprados en la feria: Akhenatón (Naguib Mahfuz), Quo Vadis? (Henryk Sienkiewicz), León el africano (Amin Maalouf), Cartas desde Iwo Jima del general Kuribayashi (Kumiko Kakehashi); Historia de cronopios y de famas (Julio Cortázar), El médico (Noah Gordon), El rojo emblema del valor (Stephen Crane), Leyendas (Gustavo Adolfo Bécquer), Mefisto (Klaus Mann), Capitanes intrépidos (Rudyard Kipling) De cómo los turcos descubrieron América (Jorge Amado).


Tags: feria del libro, Bilbao, desvaríos

Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Great White Way
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Comentarios
GRACIAS POR TODO!!!!
Publicado por Invitado
Lunes, 03 de noviembre de 2008 | 11:41
Gracias a ti por estar Guiño
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 03 de noviembre de 2008 | 15:37