Viernes, 31 de octubre de 2008
Miraba las ondas que formaba la lluvia sobre los charcos. Círculos perfectos que se expandían y finalizaban en apenas un segundo. Una vista magnética. Y cierta sensación de finitud, de pérdida. De tristeza.
Ha sido una tarde de lluvia constante, firme, imparable. Llovió sin respiro, sin descanso, con ganas. No llevé paraguas a mi paseo por Bilbao. Escuchaba el sonido apagado de las gotas sobre el gorro, un sonido que se mezclaba con mis pisadas en los charcos, con los paraguas, con las gotas que caían de los árboles o los tejados. Mis gafas mojadas. Un horizonte de lluvia. 
Las casetas de la feria del libro estaban cerradas. Entré en una cafetería del casco viejo. Necesitaba secarme un poco, descansar mi hombro derecho, mi asma, tomar algo caliente. La cafetería grande, alargada, aún había clientes que no habían terminado la comida. El café, cremoso y suave. Fuera, un par de paseantes bajo paraguas y las luces navideñas ya colocadas.
Volví bajo la lluvia. Sólo estaba ese sonido de las gotas, cloc, cloc, cloc. Y muchos pensamientos, algunos inútiles, otros dolorosos, algunos recuerdos entrañables, en menos de un segundo mi cabeza es capaz de generar cientos de ideas, a veces las desecho, a veces me dejo arrastrar, a veces escribo sobre ellas. Como me dijo Arantza el pasado sábado, estoy saturado.
He tardado 15 años en volver a estar rodeado por los amigos del instituto. Hace unos años volvieron Carolina y Diana. Este año, Arantza. Sergio siempre ha estado. Desde hace casi 20 años. Recuerdo que nos sentábamos juntos en el autobús y nuestras mañanas en la universidad transcurrían en la cafetería y en los pasillos. Muchas charlas. Luego, como me dijo Arantza en nuestro reencuentro, desaparecí, me volatilicé. De nuestro último encuentro me quedo con una frase hermosa que daría para un libro: “pensando en mundos posibles”. Arantza se refería al cansancio nocturno donde no te apetece ni leer, sólo ver algo que te reconforte, que no te obligue a un esfuerzo intelectual, sobre todo después de pasarse el día “pensando en mundos posibles”. En mi cabeza algo hizo clic. Mundos posibles. H. G. Wells. Hay más realidades que las que conocemos. Pueden existir mundos inexplorados dentro de las palabras, del lenguaje, del conocimiento. Aún hay mucho por descubrir. Arantza estudia el lenguaje de signos para su doctorado (habla hasta por los codos, una bruma suya), e imparte clases de inglés. Y piensa mundos posibles. Estuvimos hablando por un par de horas, como antaño, esta vez de literatura. También sobre cómo conoció a Paul, cómo se enamoraron. A veces hay pequeñas grandes historias delante de nosotros, llenas de imágenes cálidas, literarias. No sabría cómo resumirle estos 15 años de ausencia, tendría que contarle desde mi encierro hasta mis viajes a Tucumán, pasando por Mariola, Iñaki, o Lisboa por ejemplo. Cuando nos despedimos me preguntó por mis objetivos. Trabajo y tranquilidad. Le dije que estaba muy cansado mentalmente. Saturado, dijo ella. Sí, respondí, saturado. Y no consigo separarme de esa saturación.
Vagabundeé por el pórtico de la plaza nueva. Otro café. Mesas y sillas clásicas (¿antiguas?). En la barra, un hombre miraba fotos porno en su móvil. Se las enseñaba al camarero. Se reían de una manera infantil. Y decían “cómo está Internet”. Fuera, los círculos que formaba la lluvia eran más pequeños, desaparecían con mayor prontitud. Pensé en Blanca, en aquello que dice de su “burbuja”. Mientras miraba la lluvia pensaba en cómo me gustaría poder construir una burbuja donde nada doloroso ni dañino entrara por un tiempo, donde sólo estuviera mi familia, mis amigos, los libros, el cine, los paseos. Nada de amor. Y, sobre todo, me gustaría dejar fuera de esa burbuja estos pensamientos que cruzan mi cabeza a cada instante, pensamientos que hacen que no haya conseguido vivir un día tranquilo desde hace 10 meses. Estoy tan cansado… Una burbuja impermeable, una coraza (corazón coraza), para resistir y seguir adelante. No dejar entrar nada ni a nadie.
En la plaza nueva, una chica sentada en la entrada de un bar escribía en su ordenador portátil. Charcos sobre las mesas de la cafetería. Un hombre arrastraba a un perro indolente. Salí a la lluvia. Cada vez más mojado. Sentía el agua entrar mis pies, cómo empañaba mi cara y bajaba por mi cuello. El tercer café. Cerca del arenal. Donde antaño cogía el autobús a Santa Marina. Paredes rosas. Poca gente. En el televisor, un programa de citas y gritos. La tarde cada vez más gris. Esperé a que se secara el bajo de los pantalones y salí a la feria.
El primer libro en caer, Cortázar. Historia de cronopios y de famas. En cada puesto, algo interesante. Y una pequeña joya. Si en Madrid encontré El tesoro de sierra madre, en Bilbao salté al ver El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, novela que, curiosamente (Auster… ) también llevó al cine John Huston, una historia valiente, sobre las guerras, lo que se toma por cobardía y la sinrazón. En la primera página, un sello de una biblioteca. Y en Leyendas, de Bécquer, un nombre, creo que pone Nina Derransero (casi ilegible, puede ser cualquier otro apellido). Y una fecha. 23.3.98. Me gusta este cruce de caminos.
Los charcos crecían en el suelo. De las casetas caían insistentes goterones. Los libreros hablaban de la mala suerte con el tiempo. Yo, egoísta, pensaba que así podía ver la feria sin agobios ni empujones. Eché de menos a Clara, a cualquier lector. Clara me pone los libros en la mano, me descubre algunas historias desconocidas, me anima con tal o cual autor. Ir solo a una feria, a una librería, es pisar terreno conocido.
Llamé a Blanca en mitad de la lluvia, de los libros. La voz de Blanca, trémula. Han resquebrajado parte de su burbuja. Y se notaba en su voz, quebradiza por momentos. No supe cómo animarla. Me hubiera gustado decirle que somos vulnerables, sí, pero no frágiles, nunca terminamos por rompernos del todo, todo lo contrario, resistimos, esperamos el momento propicio y nos levantamos. Que es normal estar mal por un tiempo, que uno debe vivir ese dolor para poder superarlo, para aprender y no caer de nuevo en él. Me hubiera gustado decirle que no se permita dudar de ella, que no olvide que es una persona inteligente, inquieta y cálida. Que sólo es una grieta en la burbuja. Y que es normal que le afecte, es una mujer sensible. Y que no se deje llevar por la tristeza y sí por la buena racha que inició meses atrás. Este año, Blanca, ha sido como el viento a mi espalda. Me ha escuchado y contenido. Y no se ha atrevido a darme algún que otro capón, aunque se notaba en su mirada que los merecía (y que se quedaba con las ganas). Me jode el dolor en las personas que quiero. Y no poder hacer nada por disminuirlo.
Estaba empapado, el pelo, los pantalones, las botas, el chubasquero llenos de lluvia. El dolor habitual de los últimos días en el hombro derecho. En el cristal del tren las gotas no formaban círculos perecederos sino caminos imprevisibles. Mundos posibles.

Libros comprados en la feria: Akhenatón (Naguib Mahfuz), Quo Vadis? (Henryk Sienkiewicz), León el africano (Amin Maalouf), Cartas desde Iwo Jima del general Kuribayashi (Kumiko Kakehashi); Historia de cronopios y de famas (Julio Cortázar), El médico (Noah Gordon), El rojo emblema del valor (Stephen Crane), Leyendas (Gustavo Adolfo Bécquer), Mefisto (Klaus Mann), Capitanes intrépidos (Rudyard Kipling) De cómo los turcos descubrieron América (Jorge Amado).


Tags: feria del libro, Bilbao, desvaríos

Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Great White Way
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Comentarios
GRACIAS POR TODO!!!!
Publicado por Invitado
Lunes, 03 de noviembre de 2008 | 11:41
Gracias a ti por estar Guiño
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 03 de noviembre de 2008 | 15:37