Viernes, 31 de octubre de 2008
Miraba las ondas que formaba la lluvia sobre los charcos. Círculos perfectos que se expandían y finalizaban en apenas un segundo. Una vista magnética. Y cierta sensación de finitud, de pérdida.

Ha sido una tarde de lluvia constante, firme, imparable. Llovió sin respiro, sin descanso, con ganas. No llevé paraguas a mi paseo por Bilbao. Escuchaba el sonido apagado de las gotas sobre el gorro, un sonido que se mezclaba con mis pisadas en los charcos, con los paraguas, con las gotas que caían de los árboles o los tejados. Mis gafas mojadas.

Las casetas de la feria del libro estaban cerradas. Entré en una cafetería del casco viejo. Necesitaba secarme un poco, descansar mi hombro derecho, mi asma, tomar algo caliente. La cafetería grande, alargada, aún había clientes que no habían terminado la comida. El café, cremoso y suave. Fuera, un par de paseantes bajo paraguas y las luces navideñas ya colocadas.

Volví bajo la lluvia. Sólo estaba ese sonido de las gotas. Y muchos pensamientos. En menos de un segundo mi cabeza es capaz de generar cientos de ideas, a veces las desecho, a veces me dejo arrastrar, a veces escribo sobre ellas. Como me dijo Arantza el pasado sábado, estoy saturado (Arantza estudia el lenguaje de signos para su doctorado (habla hasta por los codos, una bruma suya), e imparte clases de inglés. Y piensa mundos posibles). Saturado, dijo. Y no consigo separarme de esa saturación.

En la plaza nueva, una chica sentada en la entrada de un bar escribía en su ordenador portátil. Charcos sobre las mesas de la cafetería. Un hombre arrastraba a un perro indolente. Salí a la lluvia. Cada vez más mojado. Sentía el agua entrar mis pies, cómo empañaba mi cara y bajaba por mi cuello. El tercer café. Cerca del arenal. Donde antaño cogía el autobús a Santa Marina. Paredes rosas. Poca gente. En el televisor, un programa de citas y gritos. La tarde cada vez más gris. Esperé a que se secara el bajo de los pantalones y salí a la feria.

El primer libro en caer, Cortázar. Historia de cronopios y de famas. En cada puesto, algo interesante. Y una pequeña joya. Si en Madrid encontré El tesoro de sierra madre, en Bilbao salté al ver El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, novela que, curiosamente también llevó al cine John Huston, una historia sobre lo que se toma por cobardía. En la primera página, un sello de una biblioteca. Y en Leyendas, de Bécquer, un nombre, creo que pone Nina Derransero (casi ilegible, puede ser cualquier otro apellido). Y una fecha. 23.3.98. Me gusta este cruce de caminos.

Los charcos crecían en el suelo. De las casetas caían insistentes goterones. Los libreros hablaban de la mala suerte con el tiempo. Eché de menos a Clara. Clara me pone los libros en la mano, me descubre algunas historias desconocidas, me anima con tal o cual autor. Ir solo a una feria, a una librería, es pisar terreno conocido. Estaba empapado, el pelo, los pantalones, las botas, el chubasquero llenos de lluvia. El dolor habitual de los últimos días en el hombro derecho. En el cristal del tren las gotas no formaban círculos perecederos sino caminos imprevisibles. Mundos posibles.



Libros comprados en la feria: Akhenatón (Naguib Mahfuz), Quo Vadis? (Henryk Sienkiewicz), León el africano (Amin Maalouf), Cartas desde Iwo Jima del general Kuribayashi (Kumiko Kakehashi); Historia de cronopios y de famas (Julio Cortázar), El médico (Noah Gordon), El rojo emblema del valor (Stephen Crane), Leyendas (Gustavo Adolfo Bécquer), Mefisto (Klaus Mann), Capitanes intrépidos (Rudyard Kipling) De cómo los turcos descubrieron América (Jorge Amado).


Tags: feria del libro, Bilbao, desvaríos

Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Great White Way
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Mi?rcoles, 29 de octubre de 2008
En este instante escucho Essence, el primer volumen de Happiness is the road, el nuevo disco de Marillion. Llevo un par de días enganchado a su música, sintiendo que el grupo ha grabado el disco que necesitaba escuchar.

Lo primero que llama la atención es el trabajo de Antonio Seijas en el arte del disco. Cuando saqué Happiness del sobre me quedé boquiabierto por su presentación, por la calidez, sensibilidad y cercanía que muestra Antonio. Mirar cada fotografía fue una forma de anticipar lo que me esperaba en este disco. Un trabajo impecable, es el disco más bonito que tengo.

Creo que desde Marbles no me tomaba el tiempo y la dedicación de escuchar un disco con atención y mimo, de tumbarme en la cama y seguir las letras de las canciones, de dejar que entrasen en mí en forma de cientos de emociones (como el trabajo de Antonio). Essence, el primer disco, es un viaje. Así lo siento. Una forma de mirar hacia delante, de tomar fuerza, arremangarse y seguir a pesar de todo. Es pura emoción. Un disco introspectivo con muchos detalles que aparecen y crecen en cada escucha, uno de esos discos en los que siempre encuentras algo nuevo que había pasado desapercibido. Empieza con una introducción etérea que da paso a This Train is my Life, una canción que me sobrepasa, es lo que yo entiendo como el sonido Marillion (con Hogarth). Essence, la canción, tiene muchos cambios, al principio te puedes perder en ella, como si no hubiera una línea clara a seguir, pero poco a poco te envuelve. Como Wrapped Up in Time. Liquidity es una pequeña instrumental con una melodía melancólica y atractiva, me hubiera gustado que la extendieran más. En Nothing Fills the Hole hay un poco de soul, otra pieza pequeña, corta, estimable, que da paso a Woke Up, una canción con fuerza, te sacude por un momento de toda la melancolía anterior. El final del disco es increíble. Tres canciones a cada cual más emotiva. Trap the Spark, A State of Mind y Happiness is the Road, el perfecto final para un viaje. Son canciones conmovedoras, cercanas, sensibles. Happiness is the road me transmite esperanza. El disco termina de manera abrupta y, tras un par de minutos de silencio aparece una canción invisible, Half Full Jam. La sensación que me da es como cuando regresas de un largo viaje y te sientes cansado, felizmente cansado. Y es que Essence es como un viaje, siento que Marillion han puesto la música a este año tan complicado y extraño, y que, a pesar de todo, la felicidad, o lo que sea eso, es el camino, nunca el final del camino, sino el camino en sí (como lo importante en los viajes no es el destino sino el viaje en sí ). No puedo dejar de escuchar este disco, que lo siento como una canción de 50 minutos, una unidad inquebrantable.

El segundo volumen, The Hard Shoulder, lo he escuchado un par de veces. Decía el grupo que era una colección de canciones, algo que me hacía pensar en desechos. Me confundí. Las pocas escuchas que he hecho al segundo volumen me hacen ver que no hay ni una canción de ese tipo, todas me aportan algo, y el sonido no es tan melancólico, tiene más cuerpo. Hay ritmos setenteros en Thunder Fly, temas sencillos y agradables como Half the World y Older than Me y, sobre todo, tres canciones impecables, The Man from the Planet Marzipan, Asylum Satellite #1 y Real Tears for Sale. Tres canciones portentosas, una salvajada.
Happiness is the road es mi disco para este año. Inseparable de 2008. Necesitaba escuchar un disco como éste. 


Happiness ain´t at the end of the road… Happiness IS the road.

(El disco se puede adquirir en la página de Marillion)




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Publicado por elchicoanalogo @ 19:35  | Canciones
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De los cientos de muertes que me habitan,
ésta de hoy es la que menos sangra.
Es la muerte que viene con las tardes,
cuando las sombras pálidas se alargan,
y los contornos se derrumban,
y se perfilan las montañas.

Entonces alguien pasa pregonando
su mercancía bajo la ventana,
a la que yo me asomo para ver
las últimas farolas apagadas.

Por las cenizas de las calles cruzan
sombras sin dejar huellas, hombres que pasan,
que no vienen a mí ni en mí se quedan,
a cuestas con su alma solitaria.

La luz del día huye hacia el oeste.
El aire de la noche se adelanta,
y nos llega un temor agrio y confuso,
casi dolor, apenas esperanza.

Todo lo que me unía con la vida
deja de ser unión, se hace distancia,
se aleja más, al fin desaparece,
y muerto soy,

                   ...y nadie me levanta.

Ángel González
Muerte en la tarde (en Áspero mundo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:41  | ?ngel Gonz?lez
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Martes, 28 de octubre de 2008
Los barcos, anclados en el puerto, se movían nerviosos en apenas unos metros de mar. Los sentía extraños, frágiles, como si quisieran aprovechar la tarde de viento y lluvia y salir de puerto y una fuerza mayor los retuviera.
La camarera recogía las mesas de cafetería de las piscinas de Santurce. Estábamos solos. Los padres habían salido a buscar a sus hijos, que terminaban su media hora de natación. La mujer, al mirar por la ventana hacia los gritos de los niños, me dijo, qué pena no volver a ser niño. Su expresión nostálgica. Esa frase me llevó a aquel anciano que acogía al Grupo salvaje “peckinpahniano” en su aventura por tierras mexicanas. El hombre, Don Ignacio, decía:

Todos deseamos volvernos niños, incluso los peores de nosotros.

Grupo salvaje es una de mis películas favoritas, tal vez la película a la que más veces he vuelto y he disfrutado. De crío, saltaba del sillón con cada balazo. Cuando crecí, vi más allá que una aventura llena de escenas de acción.
Hay
se queda sólo en la superficie y
recuerda Grupo salvaje por su extrema violencia. Peckinpah habla sobre unos seres fuera de su tiempo, envejecidos, sin mayor meta que llegar al día siguiente, es decir, cierto vacío existencial y errante. Son ladrones, aventureros, desarraigados, violentos, nunca héroes. Y viven en un mundo en donde ya no se reconocen, donde aparecen extrañas máquinas voladoras y los primeros coches y hablan de una lejana guerra en Europa. El tiempo, como a Cable Hogue, les ha pasado literalmente por encima.
Peckinpah es uno de los pocos directores que supo utilizar la cámara lenta en las escenas de acción. Cuando estuvo en la guerra de Corea vio morir de un balazo a un pasajero de un tren. Decía que era algo habitual escuchar balazos lejanos. Pero en esa ocasión la bala atravesó el tren y el cuerpo de un hombre. Y Peckinpah cuenta que, en ese instante, sintió cómo el tiempo se detenía, cómo todo se movía con una pasmosa y dolorosa lentitud. Ese detalle lo llevó a sus películas, a las escenas de acción. Nunca por razones estéticas. Quería mostrar el daño que una bala provoca en un cuerpo. Murakami, en Sputnik mi amor, escribió:
Hace tiempo, cuando se estrenó Grupo salvaje, de Sam Peckinpah, en la rueda de prensa una periodista alzó la mano y preguntó en tono inquisitivo: “¿Qué necesidad creen que hay de mostrar tanta sangre?”. Ernest Borgnine, uno de los actores, respondió con aire perplejo: “Pero, señora, cuando te disparan, sangras”. La película se filmó en plena época de la guerra del Vietnam. Me gusta esta frase. Posiblemente sea uno de los principios básicos de la realidad. Aceptar las cosas difíciles de desentrañar como cosas difíciles de desentrañar, aceptar el hecho de sangrar. Disparar y sangrar. Es que, cuando te disparan, sangras.
No sólo la utilización de la cámara lenta, cómo rompe la unidad temporal y lo pliega a su antojo, es algo con lo que se reconoce el cine de Peckinpah, también su forma de romper el espacio, de fraccionar las secuencias de acción, de abarcar cada detalle. Decía Howard Hawks que en el tiempo que moría un hombre en una película de Peckinpah él resolvía un tiroteo. Dos formas de entender el cine. Dos formas maestras.
En Grupo salvaje está la amistad, dos amigos en distintos bandos pero que, aún así, se entienden, como en Duelo en la alta sierra o Mayor Dundee, sus anteriores películas, los sueños inalcanzables (retirarte…, ¿a dónde?), la fatalidad, la importancia de cumplir la palabra dada y a quién se la da, los momentos tranquilos, casi siempre al anochecer, alrededor de una hoguera o con mujeres al lado.

Peckinpah… Los tiempos han cambiado…





(Diálogos copiados del libro de Francisco Javier Urkijo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:40  | Cine
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Lunes, 27 de octubre de 2008
Esta colección de relatos reúne la crónica de la colonización de Marte por parte de la humanidad que abandona la Tierra en sucesivas oleadas de cohetes plateados y sueña con reproducir en el Planeta rojo una civilización de perritos calientes, cómodos sofás y limonada en el porche al atardecer. Pero los colonos también traen en su equipaje las enfermedades que diezmarán a los marcianos y mostrarán muy poco respeto por una cultura planetaria, misteriosa y fascinante, que éstos intentarán proteger ante la rapacidad de los terrícolas. Escritas en la década de 1940 y situadas en el lejano futuro que comienza en 1999,estas historias, aparentemente sencillas, sirven de excusa para que Bradbury se sumerja en los misterios del alma humana y desarrolle una de las hazañas más apasionantes de la humanidad.

Hermoso libro, uno de los mejores que he leído. Cedo la palabra a Borges que en el prólogo dice...

Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo - que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena-.
(...) ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?
¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo "fantástico" o a lo "real", a Macbeth o a RaskoInikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.
Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.
Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.


Así empieza Crónicas marcianas…

Enero de 1999
El verano del cohete

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros. Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes.
El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra...
Ray Bradbury
Crónicas marcianas


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Viernes, 24 de octubre de 2008
La luz del amanecer se colaba por los huecos de la persiana en pequeños rectángulos rojizos. Fuera, el ruido de los las obras de los nuevos edificios, construidos sobre las ruinas de un caserío y el cuerpo descompuesto de un gato que no escapó a tiempo de la demolición. Sobre los tejados de mi barrio, dos grúas amarillas. Y la tierra blanqueada por la helada nocturna. El barro, cristalizado, brillaba con las primeras luces del amanecer. Los charcos congelados, estáticos, empezaban a quebrarse, a aguarse. Quien se despertara un par de horas más tarde creería que había sido una noche de lluvia. El cemento, el suelo, los campos mojados.

El paseo con mi perro. Otros perros, otros olores que nos detenían en nuestro camino. Perros con una especie de gabardina que les cubría el lomo, perros nerviosos, que marcaban el territorio, perros cansados y viejos que apenas podían moverse.

A media mañana cerré La elegancia del erizo y me escondí bajo las sábanas. A veces no tengo fuerzas. Y a veces me dejo vencer por la desgana. Me escondo. El aliento cálido, viciado de mi boca bajo la manta. La negrura suave. Las ganas de desaparecer, alehop, como en un truco de magia. Levantar la manta y que yo no esté debajo sino a miles de kilómetros, en Japón o en la superficie lunar. Miles de sentimientos/pensamientos a cada segundo. Hasta que no hay nada. Hay momentos así. Donde naufrago.

Los discos de Rush. Escogí su época de los 80, la que menos me atrae por el excesivo uso de sintetizadores, y seleccioné una veintena de canciones. De nuevo mis manos por las portadas y las letras de las canciones y las ilustraciones de los discos. Emotion detector…, Between the wheels…, Force teen. ¿Por qué estamos aquí? Porque estamos aquí…  Hace doce años de mi fiebre por Rush. Hace doce años de Test for Echo y Hemispheres, mis primeros dos discos de Rush comprados a la par. La energía de los 90, las melodías complicadas y apabullantes de los 70. Siempre vuelvo a ellos.

La ruta de las librerías. Mendigos en el suelo, pidiendo detrás de un cartón. A su lado una bolsa. Todas sus pertenencias. Top Books. Torres de libros desde el suelo hasta media altura. También en las escaleras, en cada rincón. En la segunda planta, Hagakure, El camino del samurai, de Yamamoto Tsunetomo. Un tratado sobre la vida de los samuráis recopilado hace tres siglos. La edición preciosa. Negra, elegante, con una foto de samuráis vestidos con sus armaduras. Sonreí al sentir su tacto. Y al recordar Ghost dog, de Jarmusch, hermosa película con cierto aire al cine de Melville y con un Forest Whitaker inolvidable. Un ejemplo de lo que me encontraré…

El camino del Samurai reside en la muerte. Cuando hay que tomar una decisión crítica, sólo queda escoger en seguida la muerte. La elección no es particularmente difícil; sólo se necesita tener valor y actuar. Hay quien dice que morir sin haber alcanzado nuestros objetivos es morir como un perro, falacias de gentes frívolas, cuando estamos en una situación que debemos escoger entre vivir o morir no tiene importancia que hayamos alcanzado nuestros objetivos.

La vida es una sucesión de días, si el Samurai no piensa más que en lo que tiene que hacer ese día, será capaz de realizar cualquier acción. La labor de un solo día siempre se puede aguantar. Mañana no será más que un solo día.


También compré Cumbres borrascosas (recordé el final de la febril adaptación de Buñuel en Abismos de pasión, una sombra en la profundidad de una tumba).

En Urretxindorra, conversaciones en euskera, el cielo azulado entre los edificios de Bilbao, el rumor de la carretera, una estudiante que buscaba La familia de Pascual Duarte. Estanterías pegadas, cierta sensación de asfixia. Compré La reina de corazones, de Wilkie Collins y La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami. Los cuatro últimos libros del año, terminé con mis ahorros. Misión cumplida.

Un café rodeado de los libros comprados. Los acaricié ya sin prisa, las primeras lecturas, miles de palabras. El dolor de mi hombro derecho. Fuera, una niña que fruncía el ceño cuando la miraba y luego reía con ganas. Una adolescente que lloraba mientras hablaba por un móvil. Y rostros despejados, despreocupados, relajados.
El atardecer reflejado sobre la chapa de un coche.

Ayer, mi sobrino me dijo: Osaba (tío), di “mora”. Puse cara de no entender nada, entonces Oier repitió, pícaro, di “mora”. “Mora…” Y Oier amplió su sonrisa. Y me descubrió el misterio: "¡mora…!, mañana te enamoras”. Sonreí.

A los que busquéis amor, decid mora… Tal vez funcione el truco…


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Jueves, 23 de octubre de 2008
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
Ángel González
en Áspero mundo (1956)

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Mi?rcoles, 22 de octubre de 2008
Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes, salen a buscar las huellas de Cesárea Tinajero, la misteriosa escritora desaparecida en México en los años inmediatamente posteriores a la Revolución, y esa búsqueda –el viaje y sus consecuencias- se prolonga durante veinte años, desde 1976 hasta 1996, el tiempo canónico de cualquier errancia, bifurcándose a través de múltiples personajes y continentes, en una novela en donde hay de todo: Amores y muertes, asesinatos y fugas turísticas, manicomios y universidades, desapariciones y apariciones.
Entre los enigmáticos protagonistas de este libro, destaca un fotógrafo español en el último escalón de la desesperación, un neonazi, un torero mexicano jubilado que vive en el desierto, una estudiante francesa lectora de Sade, una prostituta adolescente en permanente huida, una prócer uruguaya, un abogado gallego herido por la poesía, un editor mexicano perseguido por unos pistoleros a sueldo. Premios Herralde de Novela y Rómulo Gallegos, ambos por unanimidad.


Hay libros que dan un vuelco a tu forma de ver la literatura, que te obligan a parar unos minutos, resoplar e intentar comprender lo leído/vivido. Hay libros que extienden su influencia después de terminar la última página.  Hace unos años sentí algo parecido con Las uvas de la ira. Leí la historia de la familia Joad, de los desarraigados vagabundos, en una tarde de domingo, sentado en el suelo de mi habitación, boquiabierto, sobrepasado. Después de su lectura cometí el error de iniciar otro libro, por esa voracidad que me definía años atrás, siempre un libro en mis manos. Y no pude con él. Lo terminé a trompicones. Era uno de Marcela Serrano. Y es que en mí aún estaba Steinbeck.
Algo parecido me ha pasado con Los detectives salvajes, de Bolaño. Tardé tres semanas en terminarlo, no porque lo sintiera pesado o no me enganchara, todo lo contrario, se ha convertido en uno de mis libros favoritos, sino porque, por momentos, me dolía leerlo. Un dolor inesperado, inexplicable, que estaba ahí, se presentaba y me hacía cerrar el libro tras cinco páginas leídas. Y es extraño ese dolor. Porque es la historia de dos amigos poetas, de la creación de un movimiento de vanguardia en mitad de México, de la búsqueda de una poetisa desaparecida años atrás, de docenas de personajes que nos cuentan su historia…
La escritura de Bolaño es prodigiosa, voluptuosa, laberíntica, siempre sorprendente. Desde el inicio me cautivó su forma de escribir, cómo presenta el relato, el amor por la literatura, su tono beligerante, valiente, distinto. García Madero, uno de los muchos protagonistas, nos habla de su encuentro con los real visceralistas. Arturo Belano. Ulises Lima. Los dos protagonistas cuya vida seguiremos a través de un montón de relatos de las personas que los conocieron, nunca por ellos mismos. Me gustó eso. Mucho.
La historia se parte en dos, las narradas por García Madero y la extensa, que se coloca entre las dos narraciones de éste. El libro se inicia con ese encuentro entre poetas en el México de mediados de los 70. Va creciendo con multitud de personajes estrambóticos, distintos, interesantes. Se habla de poesía, de sus códigos, de ir contra lo establecido, incluso de secuestrar a Octavio Paz. Se habla del amor, del dolor. La vida en unos cafés, en la calle, en unas habitaciones alquiladas donde se agolpan libros. De buscar a Cesárea Tinajero, la creadora del movimiento en los años 20.
Hay un corte abrupto. Una huída, una búsqueda. Se inicia la segunda parte. Ahí, docenas de personajes nos hablan de sus vidas, de sus encuentros con Arturo y Ulises, del movimiento que crearon y cómo fue muriendo. Como piezas de puzzle. A eso se parece esa parte, a un rompecabezas de mil piezas que poco a poco va tomando forma. Personajes entrañables o locos o acabados. Una historia que ocupa 20 años donde vemos madurar a Arturo y Ulises, sus correrías, ya separados, por medio mundo, su forma de encarar la vida, las lágrimas a medianoche por el amor perdido. Bolaño te envuelve con su forma de escribir, te deja boquiabierto a cada página. Sorprendido. Sólo podía pensar que estaba leyendo uno de los libros más extraordinarios que caerán en mis manos.
La tercera parte es el regreso a la huída/búsqueda de garcía Madero y los real visceralistas. Un recorrido por los parajes desérticos de la frontera mexicana. Tiene algo de western, de viaje iniciático, de círculo que se cierra y que da paso a una nueva etapa. Final antológico. Y dos personajes inolvidables, Belano y Lima.
Uno de mis libros favoritos. Y como dije al inicio, hay libros que extiende su influencia después de la última página. Creo que la razón por la que After dark no me ha entusiasmado se debe a Bolaño. Los detectives salvajes es inabarcable.





Y después de coger a mi general le gustaba salir al patio a fumarse su cigarro y a pensar en la tristeza poscoito, en la pinche tristeza de la carne, en todos los libros que no había leído.

( … )

Como tantos mexicanos, yo también abandoné la poesía. Como tantos miles de mexicanos, yo también le di la espalda a la poesía. Como tantos cientos de miles de mexicanos, yo también, llegado el momento, dejé de escribir y de leer poesía. A partir de entonces mi vida discurrió por los cauces más grises que uno pueda imaginarse. Hice de todo, hice lo que pude. Un día me vi escribiendo cartas, papeles incomprensibles bajo los portales de la plaza Santo Domingo. Era una chamba como cualquier otra, al menos no peor que muchas que había tenido, pero no tardé en darme cuenta que aquí me iba a quedar por mucho tiempo, atado a mi máquina de escribir, a mi pluma y a mis hojas blancas. No es un mal trabajo. A veces hasta me río. Escribo cartas de amor lo mismo que petitorios, instancias para los juzgados, reclamaciones pecuniarias, súplicas que los desesperados mandan a las cárceles de la República. Y me da tiempo para platicar con los colegas, escribanos bragados como yo, una especie que se extingue, o para leer las últimas maravillas de nuestra literatura.
Roberto Bolaño
Los detectives salvajes

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Publicado por elchicoanalogo @ 17:58  | Libros...
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Miraba el paisaje, a los árboles solitarios en mitad de campos amarillentos y segados, las montañas del lejano horizonte, los campos de girasoles alicaídos. Tras una curva, a lo lejos, me sorprendió ver un carromato. Y una casa típica de los poblados del “salvaje oeste”. Al acercarme a la loma vi una bandera yanqui, la madera ennegrecida de un par de casas y un vallado sin caballos o vacas dentro, alguna lanza clavada en el suelo. Como si hubiera viajado en el tiempo y asistiera a las cenizas de una batalla entre indios y vaqueros. Es extraño ver un decorado así en mitad de Castilla.
Mi viaje a Valladolid fue acogedor, como lo es Mariola. Me esperaba en la estación de autobús, sentada, escuchando música en el mp3. Y despistada. Hasta que no me puse delante de ella no se percató de mi llegada. Me miró de arriba abajo, pensé que me iba a caer el primer capón, pero sólo una reprimenda por mi pelo y barba y los kilos perdidos.
Conozco el camino hasta el hostal. Siempre me alojo en el mismo lugar. Campo grande. Calle Santiago. Plaza mayor. Hostal París. En el camino, las estatuas de Rodin. Mucha gente. Y músicos callejeros que no cambian la caja de ritmos.
Andamos y charlamos. Alguna que otra broma, algún que otro capón. Hablamos de la crisis. En la calle, gente y más gente. Como en cada restaurante y bar donde entramos. Crisis? What crisis? Tardamos en encontrar un lugar donde cenar. Esta vez, paella de langostino y verduras. Como con la imagen del poblado americano, sentí que volvía atrás, al primer viaje a Valladolid, hace cuatro años. Mariola me habló de sus preocupaciones, de un agosto difícil. Resumimos esa charla con un “el amor es una mierda”. Y es que no hay nada más hermosos y doloroso que el amor.
Me gusta pasear por Valladolid los domingos por la mañana. Apenas me cruzo con otras miradas y puedo curiosear sin prisa. Me paré ante las estatuas de Rodin, en especial una doliente, las manos cubriendo la cara. Ese gesto de impotencia, de dolor, de no poder más me cautivó.
Encontré una librería, Oletum, con un hermoso mensaje en sus vitrinas: “¿Sabes guardar un secreto? Yo leo”. Estuve unos minutos delante del escaparate, mirando libros, futuras compras. Las librerías son magnéticas.
Las hojas otoñales cubrían las aceras. Amarillas, ajadas, arrugadas, crujían bajo mis pies. En mi paseo me encontré con unos puestos donde se vendían revistas y libros antiguos y, sobre todo, monedas y sellos de colección. Puestos modestos, un par de tablones, una manta y los objetos expuestos. Recuerdo que había un hombre mayor con una manta en el suelo y sólo tres libros a la venta. Curioseé por los puestos. Y compré un par de libros: las minas del rey Salomón y Las vírgenes suicidas.
En la plaza España, donde el mundo gira sólo de día, los sellos se cambiaron por cromos de fútbol. Los paseantes se acercaban con una lista escrita sobre un papel doblado e intercambiaban o compraban cromos de futbolistas. Recordé el patio de colegio. Lejano ya. Y en Dylan Thomas. La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo.
Mariola me llevó a un argentino. Tangos en el hilo musical, tangos chulescos o dramáticos. Volví a comer milanesa, uno de mis platos preferidos. Volví a recordar que yo, un hombre inamovible, crucé un océano. Y que dentro de mí quedará una pequeña parte de los meses en Tucumán. Expresiones. Comidas típicas. Otra forma de entender la vida.
Fueron 22 horas necesarias y tranquilas. Ahora que tengo que cuidarme por mis problemas asmáticos, este viaje me ayudó a comprender que necesito un par de meses tranquilos y estables. Y me recordó que hay un puñado de personas entrañables que forman parte de mi vida. Ya hace cuatro años de desierto blanco, Mariola, Lisboa y los primeros correos…
Habrá más viajes a Valladolid. Más viajes a…

(...Happiness is the road)


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Martes, 21 de octubre de 2008
En After Dark están el jazz, las cafeterías, los adolescentes sin un camino claro, el cruce de lo onírico con lo real, cierto surrealismo… los contenidos esperados en una historia de Murakami. Lo que cambia, en cierta manera, es la forma en la que se narra After Dark. Escrito como si fuera un guión cinematográfico, las descripciones son austeras, desnudas; se describe el escenario, los personajes que lo integran en frases cortas y directas, sin diseccionar ni tomar partido, y todo el peso lo llevan los diálogos entre un puñado de personajes que se cruzan en una madrugada/en las tinieblas. Hay momentos donde pensé en Auster (sobre todo en la parte de la habitación dentro de una pantalla de televisión).

De la historia, me quedo con los dos jóvenes, Mari y Takahashi, las conversaciones que tienen en sus diferentes encuentros, ese acercamiento paulatino, sus recuerdos teñidos de cierta melancolía, esa frases inesperadas que suelta Murakami y que te dejan noqueado.

Cuando terminé After Dark la sensación que me quedó es que acababa de “leer una película”. Y que es el libro de Murakami que menos he disfrutado.




Soy una persona insignificante, sin apenas fuerza ni capacidad. Me faltan conocimientos y tampoco soy muy inteligente. No soy guapa y no le importo mucho a nadie. No creo que se pueda decir que yo sí he afirmado mi personalidad. Lo único que hago es dar traspiés en un mundo muy pequeño.
( … )
El suelo que pisamos parece muy firme pero, a la que pasa algo, se te derrumba de golpe. Y a la que te hundes, sanseacabó. Ya no hay vuelta atrás. Luego lo único que te queda es ir viviendo sola en el mundo de abajo, entre tinieblas.
( … )
Creo que, poco a poco, invirtiendo mucho tiempo, me he ido creando un mundo propio. Y cuando estoy en él, yo sola, me siento hasta cierto punto tranquila y segura. Pero el hecho de haber tenido que construirme este mundo significa, en sí mismo, que soy una persona débil, frágil, ¿no? Además, desde el punto de vista de la sociedad, mi mundo es algo insignificante. Parece una casa de cartón que un vendaval puede llevarse en un abrir y cerrar de ojos…
( … )
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Anuncios de propaganda en un periódico, un libro de filosofía, una fotografía pornográfica o un fajo de billetes de diez mil yenes, si los echas al fuego, sólo son pedazos de papel. Mientras los vas quemando, el fuego no piensa: " ¡Oh, es Kant!", o " Esto es la edición vespertina del Yomiuri Shinbun", o "¡Buen par de tetas!". Para el fuego no son más que papelotes. Pues sucede lo mismo. Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos sin distinción, no son más que combustible. –Kôrogi asiente como para sí. Luego prosigue-: Y ¿sabes? Si a mí me faltara ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, y soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.
Haruki Murakami
After Dark

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Se podrá discutir mi erudición ornitológica y la eficacia de mis aperturas de ajedrez. Nunca faltará algún zopenco que niegue la exactitud astronómica de mis horóscopos ¡pero eso sí! a nadie se le ocurrirá dudar, ni un solo instante, de mi perfecta, de mi absoluta solidaridad.
¿Una colonia de microbios se aloja en los pulmones de una señorita? Solidario de los microbios, de los pulmones y de la señorita. ¿A un estudiante se le ocurre esperar el tranvía adentro del ropero de una mujer casada? Solidario del ropero, de la mujer casada, del tranvía, del estudiante y de la espera.
A todas horas de la noche, en las fiestas patrias, en el aniversario del descubrimiento de América, dispuesto a solidarizarme con lo que sea, víctima de mi solidaridad.
Inútil, completamente inútil, que me resista. La solidaridad ya es un reflejo en mí, algo tan inconsciente como la dilatación de las pupilas. Si durante un centésimo de segundo consigo desolidarizarme de mi solidaridad, en el centésimo de segundo que lo sucede, sufro un verdadero vértigo de solidaridad.
Solidario de las olas sin velas... sin esperanza. Solidario del naufragio de las señoras ballenatos, de los tiburones vestidos de frac, que les devoran el vientre y la cartera. Solidario de las carteras, de los ballenatos y de los fraques.
Solidario de los sirvientes y de las ratas que circulan en el subsuelo, junto con los abortos y las flores marchitas.
Solidario de los automóviles, de los cadáveres descompuestos, de las comunicaciones telefónicas que se cortan al mismo tiempo que los collares de perlas y las sogas de los andamies.
Solidario de los esqueletos que crecen casi tanto como los expedientes; de los estómagos que ingieren toneladas de sardinas y de bicarbonato, mientras se van llenando los depósitos de agua y de objetos perdidos.
Solidario de los carteros, de las amas de cría, de los coroneles, de los pedicuros, de los contrabandistas.
Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 23

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Lunes, 20 de octubre de 2008
El astronauta Kelvin se enfrenta con una nueva modalidad de agresión, una especie de enorme inteligencia oceánica que ocupa en el planeta Solaris... Éste es el punto de partida de una alegoría de la condición humana, condenada a no obtener jamás respuestas definitivas a su ansia de conocimiento.
Stanislav Lem ha escrito una novela ecléctica, en que conviven la ciencia ficción, el misterio y el amor en un ambiente denso e inquietante, repleto de imágenes evocadoras y pinceladas de ironía que la han consolidado como un clásico de la literatura fantástica.


Un libro inquietante y enigmático que empieza con una misión a un nuevo planeta para averiguar su naturaleza y los extraños acontecimientos que tienen lugar. A veces enrevesado, a veces lento, es un gran libro con una original idea, la de un océano como un ser vivo que escarba en la mente de los astronautas y científicos (y se da la vuelta a la historia, ellos son los investigados...), saca de ellos toda la información, la procesa y recrea ante los hombres presencias que dejaron de existir tiempo atrás. Así, Kelvin, el protagonista, volverá a encontrarse con su mujer muerta y, a pesar de saber que es una falsificación, se enamora de ella. El momento más hermoso es, para mí, el instante donde la mujer intuye que no es real...


No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es.
Stanislaw Lem
Solaris


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S?bado, 18 de octubre de 2008
Nietzsche habla del eterno retorno; Kypling, de la rueda de la vida, y Lem, de los espejos. Empecé el año con dos viajes, a Madrid y Valladolid. Y una película de los Coen entre esos dos viajes, No es país para viejos. Termino el año, de nuevo, con dos viajes, a Madrid y Valladolid. Y otra película de los Coen en medio de los viajes, Quemar después de leer. El tiempo se pliega sobre sí de manera juguetona. Creo que debería dar un descanso a Auster.
En Valladolid me esperan Mariola y un capón por cada error y cagada cometidos desde la última vez que estuve en tierras castellanas.
Mariola, al principio, fue las palabras de Blanca en una noche de fiesta. Sólo existía a través de Blanca, de las palabras, una especie de rescoldo en la oscuridad. Invisible, muda, distante. Una idea difusa, imperfecta, incompleta. Blanca decía que nos caeríamos bien, que ambos escribíamos, que teníamos que conocernos.
Y se hizo corpórea. Distante, sí, pero ya no muda o invisible. Leí su libro, La savia de la vida, escrito en el final de la adolescencia. Leí sus correos, sus palabras, ya no las de Blanca, y conocí a una persona coherente, acogedora y amigable.
El primer viaje a Valladolid, 2004. Acababa de terminar el invierno y yo nunca había sentido un frío tan cerrado y pesado (aún no he sentido un frío que iguale a aquel). Parecía que te rodeaba, que lo cargabas sobre tu cuerpo. El aliento de mi boca, la ropa invernal, las manos perennemente escondidas en los bolsillos en los primeros paseos por su ciudad. Me enseñó el hospital donde trabajaba, algunos de aquellos lugares que frecuentaba, los edificios históricos, los teatros, el comedor municipal. Hice una docena de fotos que luego velé con mi habitual torpeza. Pero guardo retazos de ese viaje. La cara de Mariola al hablarme de su difícil viaje a Galicia, de una paciente mayor que la buscaba. La exposición fotográfica que vimos. Cómo leyó la última página del libro que llevé. Creo que Auster.
Tardé 4 años en volver. En este segundo viaje llegué con ropa inadecuada, aquel frío que temía se había disipado de la ciudad. Mariola me llevó a la feria del libro, a cenar, a charlar y hacer fotos que esta vez sí conservé. Me dio capones casi desde que llegué. Por algunas cosas que decía. Por no comer. Por todo lo que había adelgazado en tan poco tiempo.
Mañana, el tercer viaje. Mariola es una amiga capaz de animarme en mi peor día y darme cierta tranquilidad. Y tiene un corazón mayor que su tierra castellana.
No sé si habrá más viajes en lo que queda del año, lo lógico sería que Valladolid fuera el último. Este año he completado algo más de 30.000 kilómetros. He descubierto nuevas ciudades, acentos y paisajes. He recuperado viejos destinos. He recorrido carreteras desconocidas. Me he cobijado en una docena de personas. Como un jinete fantasma.  


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Viernes, 17 de octubre de 2008
Joseph Mitchell, periodista de The New Yorker, se ocupa de un extraño ser que vagabundea por Nueva York y que escribe en unos cuadernos andrajosos Historia oral, el libro más largo de la historia, donde recoge anécdotas e historias de la gente de la calle, y que deja a sus amigos para que lo guarden y conserven, una obra más larga que la Biblia, una historia excéntrica y bohemia.

Escrita con estilo periodístico, el libro está compuesto por dos crónicas, una, “El profesor Gaviota”, en 1942, la otra, “El secreto de Joe Gould”, en 1964. Paseamos por las calles de Nueva York, un personaje más dentro del libro de Mitchell, acompañamos al excéntrico personaje en su vida y sus ideas peregrinas, lo vemos entrar en cafeterías para escribir su gran libro o participar de los círculos artísticos de la ciudad, conocemos sus peculiares puntos de vista y descubrimos qué hay de verdad en el mito de Joe Gould.

El secreto de Joe Gould es un libro sencillo y estimable, un reportaje más que una novela, la mirada directa de Mitchell en su recreación de un personaje pintoresco, la mezcla de sombra, leyenda, realidad e invención en Gould, las aceras de Nueva York y los cambios a lo largo del tiempo, el misterio tras los cuadernos y la sensación de estar ante un personaje delirante, entrañable y genial.







A Gould lo persigue el miedo a morirse antes de concluir la primera versión de la Historia oral. El trabajo ya es once veces más largo que la Biblia. Él estima que el manuscrito consta de unos nueve millones de palabras. Bien podría ser la obra inédita más voluminosa que existe. Gould escribe en cuadernos de redacción de cinco centavos, como los que usan los niños en la escuela, y entre la Historia oral y las notas que toma ya ha llenado doscientos setenta, todos ellos raídos, pringosos y manchados de café, grasa y cerveza. Valiéndose de una pluma cubre ambas caras de cada hoja, sin margen alguno, con una caligrafía infame; cientos de miles de palabras sólo son legibles para él. Nunca ha logrado interesar a un editor en su obra. En uno u otro momento ha depositado inmensas porciones en diversos despachos editoriales, catorce en total. “La mitad me dijeron que era obscena y escandalosa y que me la llevara lo antes posible”, cuenta. “Otros dijeron que no podían leer mi letra”.
Joseph Mitchell
El secreto de Joe Gould

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Jueves, 16 de octubre de 2008
(Rescato la entrevista que hice a José Ángel Muriel para mi anterior Blog, Antártida, borrado en un momento de ofuscación por todo lo que estaba ocurriendo...)

Es un tanto extraño hacer una entrevista a través de correos electrónicos. Enviar un cuestionario sin saber las respuestas, sin tener la posibilidad de apostillar o profundizar en alguna de ellas inmediatamente. Pero poder hablar con el autor de un libro recién leído es una experiencia tan hermosa, esclarecedora e inusual que me lancé a ella. Así que más que una entrevista, me gustaría ver esta experiencia como una tranquila charla en la distancia.
Todo empezó con un sobre. En él, mi amiga Julia me envió La Isis Dorada, de Jorge Magano, entretenido y divertido libro, y un regalo: Ladrones de Atlántida, de José Ángel Muriel. Tras varios intentos de lectura siempre rotos por acontecimientos inesperados, pude ponerme con este libro sin saber exactamente qué me depararía. En tres días supe de otras vidas, otras tierras y otros tiempos, fui testigo de una aventura ingeniosa, detallista y con caminos insospechados y sorprendentes.
Se entremezclan demasiadas preguntas, saltan del libro a la forma, pasando por el trabajo de corrección y la búsqueda de editorial. Espero poder ser ordenado...

Sobre Ladrones de Atlántida, lo primero es preguntarte cómo surgió la idea del libro.
Ladrones de Atlántida podría encuadrarse dentro de lo que se llama fantasía histórica, ya que mezcla realidad histórica y ficción, aunque personalmente siempre he hablado de ella como si fuera una novela de aventuras. En este sentido, quise recuperar el género que nos legaron autores como Henry Rider Haggard, Arthur Conan Doyle o Jules Verne. Por otra parte, tenía en la cabeza la idea de unos seres dotados de habilidades sobrehumanas luchando entre sí, pero, sinceramente, no me parecía original, pues me recordaba a cosas ya inventadas (sin ir más lejos, los X-Men de los cómics). Me pregunté cómo podía llegar a esa situación, a un mundo en que ciertas personas aparecían casi como si fueran dioses, así que intenté explicar el origen. Para ello, fui muy cuidadoso seleccionando la ubicación y el ambiente. Atlántida, lugar mítico cuyo nombre podía resultar familiar a casi todo el mundo, me parecía adecuado. Sólo había que darle forma. A la vez que imaginaba la Atlántida y recreaba la época, la de los primeros faraones del antiguo Egipto, empecé a considerar los personajes que protagonizarían la obra.

¿Desde el inicio tuviste claro el camino a seguir?
Cuando escribes, siempre te planteas una especie de guión, aunque sea mental. No obstante, hay novelas que vas desarrollando sobre la marcha, en las que decides cómo terminará en función de lo que va ocurriendo. Y otras, la mayoría, que necesitan tener clara esta estructura. Desde el principio, sabía cómo iba a empezar y cómo iba a terminar. El resto del trabajo consistía en construir el desarrollo para llegar de un punto a otro.

¿Cuánto tiempo transcurrió entre la idea y el inicio del proceso de escritura?
Si no tengo otra cosa entre manos, cuando se me ocurre una idea me pongo a trabajar inmediatamente en ella. Lo que ocurría en esta ocasión era que requería documentarme. Así que invertí de dos a tres meses en investigar, leer y tomar notas acerca del antiguo Egipto, civilizaciones extintas, la vida de las tribus indígenas, la fauna, la flora, etc.

Desde las primeras páginas se nota un gusto artesanal por la palabra, con un rico vocabulario que más de una vez te impulsa a coger un diccionario.
Mi tendencia es escribir lo que me gustaría leer. Creo que es una de las normas que debe seguir en general un escritor, particularmente en cuanto al léxico y la prosa.

A medida que avanzaba en la historia me sorprendía la cantidad de detalles que recreas tanto de la vida en Egipto como en la Atlántida, ¿el trabajo de documentación fue intenso?
Algo he comentado en otra pregunta anterior. Me esforcé sobre todo en tener suficientes datos para ambientar el mundo que quería que el lector imaginara. Fue difícil documentarse sobre los períodos más antiguos de la civilización egipcia, pues no hay tanta información de las primeras dinastías, pero procuré utilizar lo suficiente para que todo pareciera verosímil. Como puedes imaginar, aún fue más difícil describir con credibilidad la Atlántida, un sitio que pudo existir o no y sobre el que sólo existen los Diálogos de Platón, pues lo demás es todo especulación. De manera que me basé en el mundo conocido, actual o extinto, y fui mezclando ingredientes para que la Atlántida pareciera tener sentido.

¿En qué culturas te basaste para escribir sobre los ritos y la vida en la Atlántida?
Principalmente, utilicé elementos del antiguo Egipto, de las culturas americanas (maya, olmeca, mexica) y de esas tribus de indígenas que aún subsisten en algunos rincones del planeta manteniendo sus tradiciones culturales.

En el libro mezclas varios estilos, la aventura con la ciencia ficción o la novela histórica. ¿Tuviste miedo a las reacciones de los lectores ante estas mezclas?
Sí, en varios puntos de la novela estoy corriendo un riesgo. Pero era lo que me apetecía escribir. Por ejemplo, los seres monstruosos que aparecen en la segunda parte sólo tienen una misión: entretener al lector mientras se desarrollan la personalidad de los personajes y las relaciones entre ellos. También el desenlace de la narración es de ciencia ficción y parece aventurado mezclar un ambiente tan arcaico con tecnología futurista, pero había precedentes (como Stargate), así que sólo tenía que procurar que todo pareciera encajar con suavidad para que el lector me siguiera el juego hasta el final.

Una de las cosas que más me gustaron de Ladrones de Atlántida fue el inicio. Empiezas con uno de los momentos más importantes de la historia, el robo a una gema. Creo que con eso consigues atrapar al lector, que se pregunté qué pasa y quiénes son esos personajes.
Algunos lectores no estarían de acuerdo contigo, pero tampoco lo criticaron. La idea de un prólogo que meta de lleno al lector en la acción, así como la de un epílogo concluyente, se la debo a Tim Powers, que suele seguir esa tendencia en sus novelas. Supone un riesgo, porque inicialmente confunde al lector, inmerso de golpe en la historia, pero se consigue que se introduzca antes en el relato y vaya de la mano de los protagonistas. Además, el lector puede preguntarse más adelante: "si ya nos ha contado lo del robo, ¿puede haber algo más impactante que contar al final del libro?".

Recurres a Imhotep como protagonista. Es sencillo identificarse con él en su aventura, nosotros también llegamos a una tierra desconocida y nos sorprende lo que allí vemos.
Hay varios protagonistas en la novela, todos ellos importantes. Pero Imhotep destaca más porque se trata de un personaje real, que existió. Fue la mano derecha de un faraón, el primer hombre que construyó una pirámide. ¿De dónde sacó esas ideas? A eso pretendo responder. Por otro lado, se le llegó a divinizar (es el Asclepios griego, el Esculapio romano), por lo que tomé como mi cometido volver a humanizarlo. El recurso de conocer algo desconocido de la mano de un viajero es muy común en las novelas de aventuras. Se trata de un viaje iniciático, el mismo que hace Kadham por otro lado, sólo que a él le sale el tiro por la culata, porque "su" maestro le falla (lo que hago aquí es una ironía hacia la tradición literaria de maestros y discípulos). A veces nos debemos bastar nosotros mismos para salir adelante, no hay nadie que nos enseñe o nos guíe de forma completa.

Ya en esta primera parte describes la diferencia de clases en Atlántida. Está la misteriosa casta azul que gobierna la isla, los teploc, que podríamos definirlos como “mestizos”, el pueblo descontento...
Es una crítica social. Incluso en lo que supuestamente es un paraíso, como Atlántida, existía racismo, desigualdad social, disgusto político. Es importante colocar a cada uno en su sitio, para que el lector se sitúe en la historia de inmediato.

Me gusta que Edda, una de las protagonistas, no tenga un papel de “descanso del guerrero” y sea una mujer resolutiva, aventurera, una mujer pirata como la película de Tourneur.
Es difícil dar protagonismo a una mujer sin caer en los tópicos. Pero ya lo hizo bastante bien Rafael Marín en La leyenda del Navegante (que conste que la leí después de publicar mi novela), así que era factible. Quería una protagonista femenina a la altura de los demás personajes, incluso que pudiera hablarles con superioridad. Edda sabe de qué va el mundo y se enfrenta a su lado más duro.

El personaje más “rico” me parece Kadham, un teploc que sale del encierro de su academia y se enfrenta a una nueva visión de su tierra.
Además, es más peculiar de lo que parece en principio. Y mete a los demás en cada lío... Su viaje iniciático es mucho más interesante que el del viajero perdido, Imhotep. Sobre todo porque, como he dicho antes, le falta y le falla lo que buscaba: el maestro que le ayude. Él solo debe darse cuenta de lo engañado que vivía en la Academia y de la realidad que termina engulléndole y forzándole a huir.

Hay una idea que me dejó pensando varios días, y es que Imhotep, con su viaje a la Atlántida, conoce a sus dioses.
Uno de mis críticos dijo que debía haber desarrollado más aún la vertiente mitológica del libro. Pero supongo que eso solo le pasará a aquellos que amen apasionadamente la mitología egipcia. Me parece que no se debe abusar de estos elementos en una novela de aventuras para todos los públicos. Me bastaba con resaltar, efectivamente, que Imhotep conocía en carne y hueso a las divinidades que adoraba su pueblo. Es un choque emocional bastante importante que le cuesta digerir y que sólo consigue comprender porque ingresa como protegido de la Casta Azul en sus cuarteles. Su protector ve una luz especial en Imhotep, no es casual. De hecho, Imhotep terminaría siendo sacerdote de Ra en On (Heliópolis), así que nunca perdió la fe en sus dioses. ¿No es el que siempre duda a la hora de cometer malas acciones? Si las lleva a cabo es por la amistad que le debe a sus camaradas, a los que les debe la vida.

En la segunda parte, con el viaje a la Tierra Inhóspita, me sentí como cuando de niño vi al King Kong original. En la película, un barco llega a una isla misteriosa y se encuentra con sorprendentes animales. Es mi parte favorita de la novela, rápida, llena de aventuras, de imágenes inesperadas y sorprendentes. ¿Calibraste el riesgo de incluir dinosaurios y que los lectores no aceptaran su presencia?
¿Por qué elegí este tipo de seres en lugar de otros? Fue una especie de homenaje a algo que me gustaba desde hacía mucho tiempo. Constituían una maniobra de distracción mientras los personajes se conocían mejor. Pero no a todo el mundo le gusta este tipo de ambientación, así que fue un riesgo, sin duda. No obstante, no estoy seguro de que cambiaría el tipo de bestias que utilicé como fondo de la segunda parte. Al fin y al cabo, ¿serían más creíbles criaturas de laboratorio que me hubiera inventado yo? Utilizar grandes saurios respondía a que el lector podría imaginarse con cierta facilidad seres impresionantes que ya ha visto en la televisión o en el cine. Por cierto, cuando vi la última película de King Kong le dije a mi mujer: "Estoy viendo una parte de mi novela llevada al cine".

Si la segunda parte sorprende la tercera no lo hace menos. El ritmo del relato sigue aumentando y se profundiza en los elementos fantásticos. Es un final trepidante.
Hay tres partes porque el ritmo es diferente. En la tercera tiene que dispararse para atar todos los cabos y resultar impactante a la vez. Al fin y al cabo, Platón nos decía que los dioses se enojaron con los atlantes y sus propios pecados sumergieron Atlántida...

¿Qué fue de Kadham?
Todos me lo preguntan. Si alguna vez consigo publicar otra novela que escribí el año pasado, algún día lo sabremos. Se trata de una historia paralela a Ladrones de Atlántida, con otros personajes, en la que Kadham también aparece de vez en cuando.

¿Qué sentiste cuando escribiste la última palabra?
Que me quedaba mucho trabajo por delante. Lo peor de escribir es revisar, releer una y otra vez, corregir... Pero la novela ya está escrita, y eso es muy alentador.

¿Cómo fue el proceso de corrección? Debe ser complicado ser objetivo con algo escrito por uno mismo.
Lo es. Releo varias veces la obra para corregirla. Luego la dejo descansar un tiempo, mientras la leen otras personas y me pasan sus comentarios. Pasado este tiempo, la novela debe parecerme ajena, casi desconocida. Eso me permite evaluarla con más objetividad, como si estuviera leyendo el libro de otro.

Editaste Ladrones de Atlántida en la editorial Nuevos autores. Imagino que encontrar editorial fue una pequeña aventura.
Lo sigue siendo. Ahora busco editorial para publicar otro de mis trabajos.

¿Estás contento con el trato recibido por la editorial?
En general, no estoy contento con Nuevos Autores. Tengo la impresión de que no hicieron su parte del trabajo. Editaron el libro, pero apenas lo promovieron (casi todo lo hice yo, organizando presentaciones en Madrid y Andalucía), por lo que su difusión ha sido escasa. Si la editorial falla en eso, no tienes libro en las librerías. No obstante, publicar mi primera novela me ha abierto muchas puertas y me ha permitido conocer a muchas personas (escritores, editores, críticos, distribuidores, etc).

Siempre me he preguntado si a un autor le es difícil separarse de su libro una vez terminado. ¿Le seguiste dando vueltas a la historia y los personajes meses después de editado el libro?

No me ha ocurrido con otros relatos, pero con Ladrones de Atlántida sí. Es normal, acabas de crear un pequeño universo, alrededor del cual puedes seguir imaginando situaciones y personajes. De hecho, lo hice. Escribí unos cuentos (publicados en mi web, http://elautor.com/), unas apostillas con anotaciones personales sobre la producción de la obra (también publicadas en mi web) y posteriormente otra novela de carácter más juvenil ambientada en el mismo escenario.

¿Cómo nació tu pasión por escribir?
Siempre fui muy imaginativo. Empecé dibujando historietas de superhéroes y de viajes interplanetarios. Luego se me ocurrió probar con escribir. Este proceso, aunque no es más fácil, sí que resulta menos laborioso. Puedes escribir en cualquier momento y cualquier situación, pero dibujar no. Mientras estudiaba la carrera universitaria comencé a participar en concursos y a desarrollar mis primeras novelas, que guardo por ahí por si acaso.

Creo que fue Picasso quien dijo que las musas debían encontrarte trabajando, ¿cuánto tiempo le dedicas?
Todo el que puedo, que es poco. He aprendido a escribir compaginándolo con otras actividades (como la vida familiar, el trabajo o las tareas domésticas). Voy tomando notas de lo que se me ocurre. A veces esas notas son diálogos enteros. Luego, llevarlas a un relato cuando me siento en el escritorio es relativamente más sencillo. Así que las musas siempre encuentran mi mente trabajando...

¿Estás trabajando en un nuevo libro?
Sí. Tengo varias cosas preparadas, enviadas a concurso y a editoriales. Ahora trabajo en un viaje singular a través de los clásicos.

Participas en el foro de literatura de Ábrete libro, ¿estar rodeado de tantos lectores te ayuda a saber lo que buscan en la lectura, en lo que se fijan?
Me ha ayudado muchísimo. Hay personas que directamente actúan como lectores de las obras que escribo y necesito revisar, por lo que contribuyen de hecho en la conclusión del trabajo. Pero, por otra parte, en general, saber lo que leen, lo que les gusta y lo que no me ha permitido depurar mi estilo, suavizar ciertas cosas a las que antes era más propenso, para lograr narraciones que lleguen a un público más general, al menos en cuanto a la forma. El fondo es otra cosa: el escritor debe escribir lo que realmente le apetezca, no lo que marque la moda literaria.

¿Alguna cosa que se haya quedado por decir?
Sólo que he disfrutado mucho con la entrevista. Ha sido un placer. Espero que podamos hablar sobre otra de mis novelas más adelante.

José Ángel es una persona cercana e interesante con la que se puede intercambiar ideas y opiniones sin trabas. Y eso es un lujo en el mundo de la literatura. Lo puedes encontrar en su página web El autor, donde comparte con los visitantes su pasión por la escritura y la aventura de su primera obra publicada, Ladrones de Atlántida, y en su blog Rincones del autor (como comenta José Ángel en la cabecera: Apuntes y excentricidades de un escritor. Un rincón para quienes quieran comentar algo de literatura... y otros temas, ¿por qué no?). También es habitual en el foro de literatura Ábrete libro.
No quiero terminar esta entrevista sin recomendar de nuevo Ladrones de Atlántida, un libro trepidante, aventurero y con más de una sorpresa. Merece la pena.




Tags: José Ángel Muriel, Ladrones de Atlántida

Publicado por elchicoanalogo @ 11:21  | Libros...
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Cuando el joven egipcio Weni Imhotep desembarca en Manu, una isla legendaria en medio del Océano Atlántico, sólo es capaz de imaginar maravillas acerca de la civilización que la habita. No puede adivinar entonces las tribulaciones que tendrá que afrontar durante su accidentada estancia. Las circunstancias harán que finalmente, por gratitud y por amistad, se alíe con un singular grupo de ladrones. Al llegar, le embarga el entusiasmo por conocer la cultura nativa y disfrutar del esplendor y el bienestar que reinan en aquellas tierras, pero no tardará en vislumbrar su decadencia y en percatarse de que, como él mismo dice, "en todas partes crece la hierba de la controversia y medra la podredumbre". Incluso en la ATLÁNTIDA.
En su primera novela, José Angel Muriel recupera el género de aventuras sumergiéndose en el mundo misterioso que pudo ser la Atlántida. La obra la sitúa en el contexto histórico de los primeros faraones de Egipto y plantea qué habría ocurrido si hace cinco mil años la hubieran visitado habitualmente expediciones comerciales del país del Nilo. De este modo, sobre una base documentada, surgen descarados retazos de fantasía donde se mezclan la mítica Atlántida de la que nos habló Platón en sus célebres Diálogos, los conflictos que quebraron la armonía que le daba fama y las repercusiones directas de todo esto sobre Egipto y el resto del mundo.


Ladrones de Atlántida me ha gustado mucho, me ha sorprendido en más de una ocasión, lo he disfrutado. En un par de días pude conocer las andanzas de Weni y Kadham y Edda. Eso ya es un punto a favor, la rapidez con la que leí el libro. La historia engancha desde el inicio, un inicio que me recordó aquella frase de De Mille que aseguraba que lo mejor es empezar con una “explosión”. Es una buena manera de atrapar al lector con uno de los momentos cumbres de la historia, el robo de la joya. Uno ya quiere saber qué pasa, quiénes son los personajes y el por qué del robo.
He de decir que la forma me apabulló. Es un libro detallado, profundamente descriptivo y de vocabulario rico, en más de una ocasión tuve que ayudarme con un diccionario. Y ese gusto artesanal por la palabra, por el armazón, me cautiva. A veces la profusión de adjetivos puede ralentizar el ritmo de la lectura, aún así es todo un placer leer Ladrones...
La segunda parte es mi favorita. La llegada a la Tierra inhóspita, la sorpresa de los dinosaurios, la emoción de la cacería. Todo eso me hizo vibrar, me hizo sentir como la primera vez que vi King Kong y de repente, sin saberlo, me encuentro con una pelea entre el gigante gorila y un dinosaurio. Disfrute como un niño (¿volví a ser niño por unas horas?). Desde esa segunda parte el libro sube muchos enteros. Los personajes se reúnen y aparece Edda, (no pude evitar pensar en La mujer pirata, la película de Tourneur), intrépida, indómita. Me gustan ese tipo de mujeres, que su papel no sea el de “descanso del guerrero”.
Hay algo que resalto especialmente. Y es la idea de que Weni conozca a sus dioses.
Aún hoy me pregunto qué habrá sido de Kadham.

Tags: Ladrones de Atlántida, José Ángel Muriel

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Martes, 14 de octubre de 2008
Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con un sexo prehensil.
Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos, inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentran de hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejen tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo de utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente, las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. Hasta que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo, lleno de interrupciones y de cortocircuitos.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 22

Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo

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Lunes, 13 de octubre de 2008
Clara dio un pequeño salto cuando descubrió London, de Edward Rutherfurd. Gritó emocionada y la librera sonrío, entre sorprendida y divertida. La mirada y la sonrisa de Clara estaban exultantes, se iluminaron de manera especial. Es una de las imágenes inolvidables de este fin de semana. Y entendí a Clara, hice más o menos lo mismo cuando tuve en mis manos, por primera vez, un libro de B. Traven, misterioso escritor del que apenas se sabe nada, aún más hermético que Sallinger, y con muchas leyendas a su alrededor. Acaricié El tesoro de Sierra Madre, la portada con una ilustración de Bogart, con cariño, con expectación. Las monedas de oro de Yahangir, del director hindú Satyajit Ray (trilogía de Apu) me produjo el mismo efecto. Son libros que no esperas tener en las manos y acariciarlos es ya todo un triunfo.
El punto de encuentro era Serrano esquina Goya. Al salir del metro, una multitud. La bandera española de la plaza de Colón, de un tamaño no ya enorme sino casi ilógico, sonaba con los golpes de viento. Me acerqué a ver el desfile de las fuerzas armadas. Por la zona, algunos soldados fumaban despreocupados. Había gente con camisetas y bufandas curiosas (esto es España, al que no le guste que se vaya, Los españoles primero… ). Uno entiende que las dictaduras quemen libros. Te dan la libertad de pensar.
Llegué temprano, como siempre. Y callejeé por la zona. Cuanto más me alejaba del desfile me encontraba menos gente, apenas algún vagabundo. El fin de semana había empezado con una larga charla con mi prima Elisa. Aún no consigo decir en voz alta el lío que hay montado en mi cabeza, lo ocurrido en verano. Pero fue una charla agradable, reparadora.
Clara llegó sonriendo, como siempre, y casi corriendo. Auro no podía venir por culpa de la gripe y tampoco estuvo Arturo, la primera vez que no apareció en una quedada. Sorteamos la multitud y nos dirigimos a Recoletos. Cada vez que paseo por Madrid me vienen recuerdos inconexos de mis vacaciones en la ciudad.
Nos paramos en cada caseta de la feria. Investigamos libro a libro. Había auténticas joyas, esos libros que parecen tienen vida propia de los años que tienen. En una de las casetas encontramos un librero apasionado de la generación del 98 y de los libros de historia, un tipo agradable y cercano. Me recordó al taxista de Barcelona que apagó el motor para seguir hablando con Mari Carmen y conmigo. Nos dijo que mucha gente se desprendía de los libros tras la muerte de un lector. Hay quien olvida que nuestros libros también hablan de nosotros y llevan parte de nuestras vidas.
Clara me ponía los libros en la mano, literalmente. Como El dios de las pequeñas cosas, precioso título o El Samurai, de Endo en cuya primera página hay anotado un nombre, Ángela, y una fecha, 10 de febrero de 1988. Y es que estos libros tienen una vida tras de sí, se empaparon de otras huellas. Dentro de alguno de ellos aún quedaban recuerdos en forma de marca páginas. Uno no puede evitar preguntarse por esas otras personas.
Y los libros nos traían recuerdos y a otras personas. Los libros de nuestra infancia o Donoso, por ejemplo, que era Andrea. Los libros son algo más que un objeto inanimado.
Estuvimos un par de horas en la feria, lo pasé en grande, me divertí, me relajé, pensé en otras cosas. Me hacía falta una mañana así, como la noche de charla con Elisa.
Hay personas que son especiales e inolvidables, este año he conocido a un puñado, que se unen a los que llevan conmigo desde hace 20 ó 5 años.




Me hice con: El dios de las pequeñas cosas (Arundhati Roy), Tránsito (Connie Willis), El invierno en Lisboa (Antonio Muñoz Molina), Un viejo que leía novelas de amor (Luis Sepúlveda), Prosa (Jorge Luis Borges), El tesoro de Sierra Madre (B.Traven), El obsceno pájaro de la noche (José Donoso), Viernes negro (David Goddis), El criminal (Jim Thompson) y Postales de invierno (Anne Beattie).

Y Clara me regaló: Las monedas de oro de Yahangir, de Satyajit Ray y El samurai, de Shusako Endo.


Tags: feria del libro, Madrid

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Viernes, 10 de octubre de 2008
El programa radiofónico Discópolis, de Radio3, me dio algunas pistas sobre la nueva aventura crimsoniana. Fripp había decidido dividir el doble trío que en esa época era King Crimson en pequeñas unidades móviles e inteligentes, fracturó a los seis componentes del grupo en diferentes proyectos para investigar en la música improvisada y ver si, de ahí, se podría encontrar la música adecuada para un regreso de King Crimson. Fue una decisión valiente que dio un gran resultado.

ProjeKct Two fue el primero de los proyectos que vio la luz, y lo hicieron con Space Groove, un disco doble en estudio complejo y arriesgado. Lo formaban Robert Fripp a la guitarra, Trey Gunn a la Touch guitar y un enérgico Adrian Belew a la batería, mostrando otra de sus facetas como músico.



Tags: Space Groove, Projekct Two, King Crimson Projekct, King Crimson

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Querida Blanca,

Después de dos meses vuelvo a viajar. Ayer compré los billetes para Madrid y Valladolid. Hace unos días dudaba sobre estos viajes, me preguntaba si tendría el ánimo suficiente y adecuado, si me vendrían bien, si los disfrutaría. Pero ayer, mientras esperaba en la cola de la estación, sonreía, estaba inquieto, nervioso, como ante cada viaje. Y es que ser una montaña rusa, en lo emocional te hace sentirte confundido, en permanente duda sobre lo que haces o lo que planeas. Voy del daño que he causado (no me lo pudo quitar de la cabeza, mi egoísmo, mi parte dañina, las lágrimas) a una quietud preocupante, de sentirme tranquilo a ser puro (puto) nervio. Llevo así unos cuantos meses. Imagino que o pasa o me acostumbro a esta montaña rusa.
En Madrid me esperan Elisa y Aurora, los amigos de lectores empedernidos, la feria del libro antiguo, toda una tentación en este año donde, por ahora, me he hecho con más de 100 libros. Hay quien, para no-pensar o tranquilizarse, se compra ropa, va a conciertos, al fútbol. A mí me ha dado por comprar libros de manera compulsiva. Por pasear. Por entrar en cafeterías a tomar un buen café mientras observo la calle por la ventana. Por modestos viajes. No tengo dinero, o tengo la cuenta corriente de un chaval de 15 años, pero es algo que he decidido que no me preocupe este año. La compra de tantos libros me seda, me tranquiliza. Paso un par de horas entre estanterías, entre viejos amigos, leo fragmentos al azar, sonrío al recordar que tal o cual libro me lo regaló Elisa o Mariola o que Murakami le vendría bien a Sergio. Siempre salgo con cuatro o cinco libros en la mano, si estoy mal, con más. Como excusa me digo que lo que hoy hago es recolectar porque el año que viene, época de vacas flacas, no podré comprar ningún libro. Cuando entro en mi habitación me siento arropado por ellos… Son una presencia constante en mi vida, desde que era niño y no sabía leer y sólo veía garabatos.
Mi primo Pablo quiere que vaya al cementerio de Valladolid y fotografíe un par de tumbas. Mariola y yo hemos decidido dejarlo para otra ocasión. A Mariola le extrañó la petición de mi primo. Le recordé que Gabriela y yo hicimos lo mismo al poco de conocernos. Visitamos la tumba de Lola Mora. Hice unas fotografías. Y me caí en una zanja, eso ya te lo conté. Desde el inicio, que es cuando uno quiere impresionar a la otra persona, saqué esta parte torpe que tengo. Torpe y con el estómago destrozado por el ají. Menuda imagen.
Mariola me hace sonreír en los momentos más duros. No sé cómo lo consigue. Transforma la lágrima en sonrisa. Me esperan unos cuantos capones, imagina, uno por cagada, y encadené unas cuantas. Será un buen fin de semana.
Termino el año como lo empecé, Madrid y Valladolid. La rueda, la curva. A ver si así cierro este 2008 y puedo centrarme en mirar adelante.
Es curioso. Hace poco te fuiste sola a Barcelona. Recuerdo que hace cinco años te daba pena que viajara solo a Lisboa. Y te hablé de cómo esos viajes solitarios son diferentes, te dan la oportunidad de desconectar totalmente de tu realidad, de ser tú, sin máscaras, de no tener que dar cuentas a nadie. Pasear por la Torre de Belem o por calles anónimas, comer un bocadillo un parque mientras los críos corren bajos los aspersores de agua, ver la capa de contaminación desde el castillo de san Jorge y beber su agua tan fresca. Viajar solo es algo que tengo que recuperar, irme a una ciudad desconocida y perderme en ella.
Voy a poner este correo en el blog. Últimamente escribo mucho, sobre libros, sobre música, recuerdos, mis paseos bajo la lluvia. El blog me mantiene ocupado durante media hora, me hace sentir bien. Evito mandar aquellos correos colectivos que enviaba con mis desvaríos. No sé, escribir como terapia.



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Mi?rcoles, 08 de octubre de 2008
La idea era pasear bajo la lluvia. Sólo eso. Sentir la lluvia. Desde que amaneció y vi las nubes grises y compactas, el leve viento, sentí las ganas de callejear por Bilbao. Hay algo liberador y tranquilizador en caminar bajo la lluvia.
El viaje casi duró una hora. El tráfico, los semáforos, los pasajeros. Por momentos la lluvia se hacía voluminosa, ruidosa, amenazante. Los cristales del autobús estaban empañados, las gotas lo surcaban de arriba abajo, lo tapaban en pequeños y continuos riachuelos.
Bajé en la primera parada de Autonomía, esa recta que aparece y desaparece como las dunas en el desierto. Hace años andaba hasta el final de Autonomía para llegar a un locutorio. Cada sábado. Por un par de horas.
Entré en una cafetería. Por el placer de observar a la gente. Los paraguas, los primeros atisbos del invierno, los coches sobre los charcos. Un niño llevaba un paraguas con el dibujo de un tigre. En la parte de arriba, sobresalían dos orejas. Sonreí.
No sabía qué hacer al salir de la cafetería, sólo quería andar. Y callejeé. Y empezó a llover más fuerte. Con ganas. Me alejé de los árboles, un poco de viento y las gotas que se quedaban sobre las hojas te caían en la cabeza.
Otra cafetería. Sólo había un cliente. Tomaba una elegante copa de alcohol de líquido anaranjado. La camarera leía el periódico. A la salida, me aislé con el mp3. Sonó la canción de Hammock Shipwrecked (Flat on Your Back). Y la melodía transformó la aparente melancolía de un paseo bajo la lluvia en algo esperanzador. Y me crucé con un San Bernardo enorme y bonachón con un plástico cubriéndole por entero.  Y, sin haberlo planeado, entré en un cine. Compré una entrada para Los limoneros. En la penumbra de la sala pensé que necesito hacer un viaje como esa salida, sin destino ni planificación, una forma de no perderse nunca porque cada paso va en la dirección correcta. Así que un fin de semana será para un viaje sin destino preestablecido.
Salí del cine. Ya no llovía. Vi el anochecer en el atasco de vuelta a casa. Tranquilo.



Shipwrecked/Flat on Your Back (Hammock)



On a cold night
We lay down
Under starlight
We breakdown
Spend our whole life
Seeking shelter
Til the last time,
Gone forever...


Tags: Shipwrecked, Flat on Your Back, Hammock

Publicado por elchicoanalogo @ 22:51  | Canciones
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Drama con el cisma palestino-israelí como telón de fondo. Salma, una viuda palestina, decide librar una batalla contra el ministro de Defensa de Israel, cuya casa linda con su campo de limoneros, en la frontera entre Israel y los Territorios Ocupados. La policía no tarda en decretar que los árboles de Salma representan una auténtica amenaza para el ministro de Defensa y su familia, y ordena que se talen. Pero Salma decide luchar para salvar sus árboles y su vida. (Filmaffinity)

Salma es una humilde mujer palestina que trabaja un campo de limoneros heredado de su familia, Mira es la mujer del ministro de defensa israelí, está sola en su castillo disfrazado de bunker. Apenas les separa unos metros. Pero sólo pueden mirarse en la distancia. Entre ellas, una alambrada para preservar la seguridad del ministro y su familia. Hermosa y sencilla película sobre la locura y sinrazón del conflicto palestino-israelí. Aquí no hay "malos muy malos" ni "buenos muy buenos," sólo personas que sufren las reglas que se les imponen, que intentan sobrellevar las circunstancias que les ha tocado vivir y luchar por aquello que creen suyo. Hay un plano que lo dice todo. Una panorámica general que empieza en el campo de limoneros marchitándose y acaba mostrando, en una esquina, unas rosas en flor de la casa del ministro, una torre de vigilancia y la alambrada. Recomendable película con un gran trabajo de la actriz protagonista y un par de gags muy divertidos. Y un final demoledor. Un muro no sólo aísla al "enemigo", también al constructor.

Título original: Etz Limon (Les citronniers)
Año: 2007    
Duración: 106 min
País: Israel
Director: Eran Riklis
Guión: Suha Arraf, Eran Riklis
Música: Habib Shadah
Fotografía: Rainer Klausmann
Reparto: Hiam Abbass, Ali Suliman, Rona Lipaz-Michael, Doron Tavory, Tarik Copty, Amos Lavie, Amnon Wolf
Productora: Coproducción Israel-Francia
Web Oficial: http://www.golem.es/loslimoneros

Datos tomados de Filmaffinity




Tags: Los limoneros, Eran Riklis

Publicado por elchicoanalogo @ 22:46  | Cine
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Hay un Murakami nostáligo que habla de la pérdida, ausencias, amores interrumpidos y muerte, su voz leve y sencilla. Hay un Murakami que mezcla la realidad con los sueños, que cruza dimensiones y las llena de presencias extrañas, que crea mundos posibles y los puebla de gatos, pozos, desapariciones, muros, su voz reflexiva y sorprendida. Kafka en la orilla me lleva a este segundo Murakami, a su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la realidad que se diluye y toma otras formas.

Un chico que abandona su casa para cumplir una maldición al estilo de las tragedias griegas, un hombre que puede hablar con los gatos, una desaforada historia de amor, una amistad donde se encuentra un refugio, espíritus de seres vivos, conciencias con forma de adolescente/cuervo, soldados pedidos en el tiempo, un fogonazo que parece alterar la percepción del espacio y del tiempo, creer que el destino es una tormenta de arena, dormir en una biblioteca (los libros tanto dentro y fuera de Kafka), sentirse ante un abismo y una realidad a punto de quebrarse.

En Kafka en la orilla hay un viaje iniciático, un misterio que une dos tiempos, una luz extraña, una biblioteca, el cruce de caminos y dimensiones, el destino y cómo asumirlo, hay momentos de pausa y de inquietud, de aventura y de soledad, hay momentos aburridos y otros pequeños y leves.





A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar - me comenta el joven llamado Cuervo.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro. El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo continúo aún con los ojos cerrados.
—Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, deberás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de verdad. ¿Entiendes?
Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un tenue aleteo llega a mis oídos.
—Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años más fuerte del mundo —me repite al oído en voz baja el joven llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatuara con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón.

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

( ... )


-¿Sabes, Kafka Tamura? Lo que tú estás sintiendo ahora no es otra cosa que el conflicto central de la tragedia griega. No es la persona la que elige su destino, sino el destino el que elige a la persona. Ésta es la concepción del mundo en la que se fundamenta la tragedia griega. Y la tragedia, según la define Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. ¿Entiendes a qué me refiero? Son las cualidades, no los defectos, las que arrastran al hombre a la tragedia. Edipo rey, de Sófocles, es un ejemplo remarcable de ello. En el caso de Edipo, no son la indolencia y la estupidez las que originan la tragedia, sino su valentía y su honestidad. Y de ahí nace, inevitablemente, la ironía.
-Pero no se puede hacer nada.
-Depende -dice Óshima-. Hay casos en los que no puede hacerse nada. Pero, a pesar de ello, la ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer. Y se convierte en una puerta de acceso a una solución de una dimensión mayor. Y en ella puedes encontrar una esperanza universal. Ésta es la razón por la que hoy en día tanta gente sigue leyendo la, tragedia griega; por la que la tragedia se ha constituido en uno de los prototipos del arte. Y antes ya he comentado esto, pero, en la vida, todo es una metáfora. En realidad, nadie va matando a su padre ni acostándose con su madre. ¿No te parece? En resumen, nosotros aceptamos la ironía a través de un mecanismo que se llama metáfora. Y esto nos convierte, a nosotros, en hombres más sabios.
Haruki Murakami
Kafka en la orilla (traducción de Lourdes Porta. Tusquets)

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Martes, 07 de octubre de 2008
A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve a este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable. Una historia profunda, extraordinaria, que por momentos atenaza el corazón, y siempre, hasta el final, subyuga.

Hace un par de años recibí un correo donde una amiga me hablaba de Desgracia. El correo decía…

Venía en el metro, leía las últimas páginas de "desgracia" de Coetzee y las lágrimas lo emborronaban todo, Teresa, Lucy, Daniel, Byron… la composición de una ópera, el proyecto de una vida, una melodía de fondo que podría estar acompañada de un aullido animal. Los aullidos de estos perros abocados a la muerte, mansos, las orejas agachadas, el rabo entre las piernas, la mirada bovina, lamen las manos de sus verdugos, se les inyecta la dosis letal, se les envuelve herméticamente en un negro plástico, se les revientan las patas para que quepan en el horno crematorio, ni una lágrima, ningún dolor ningún gesto de despedida.
Ni siquiera Teresa y su amado Byron consiguieron ahuyentar el dolor de vivir, de morir, tampoco Daniel que buscaba en la pasión, en los jóvenes cuerpos, en la carne firme y recia, buscaba un hálito de vida la esperanza, de no morir, de no vivir como un perro. Tal vez Lucy tenga razón y sea mejor aceptar nuestro destino canino, asumir que somos esto, no mas que despojos, restos, fragmentos sujetados por la pasión de vivir, puros proyectos, posibilidades de ser condenados a no ser mas que nada. Finalmente un velo negro nos cubrirá los ojos y como dice Olga Orozco no seremos más que un bostezo en la boca del tiempo nosotros que aspirábamos a "ser arrebatados en plena juventud por un huracán fuego".


No puedo decir nada mejor sobre este gran libro de Coetzee, una historia dura, sin concesiones, con varias escenas que te dejan sin aliento, con un nudo en la garganta. Me gusta la manera de escribir de este hombre, su forma directa y a la vez reflexiva y poética. No se anda por las ramas, no divaga, va al corazón mismo de la historia. Desgracia, un libro recomendable y necesario.


En la práctica, eso del chivo expiatorio funcionaba mientras hubiera un poder religioso que lo avalase. Se cargaban todos los pecados de la ciudad a lomos del chivo, se le expulsaba de la ciudad y la ciudad quedaba limpia de pecado. Si funcionaba, es porque todos los implicados sabían interpretar el ritual, incluido los dioses. Luego resultó que murieron los dioses, y de golpe y porrazo fue preciso limpiar la ciudad sin ayuda divina. En vez de ese simbolismo fueron necesarios otros actos, actos de verdad. Así nació el censor en el sentido romano del término. La vigilancia pasó a ser la clave, la vigilancia de todos sobre todos. El perdón fue reemplazado por la purga
J. M. Coetzee
Desgracia

Tags: Desgracia, J.M. Coetzee

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Lunes, 06 de octubre de 2008
Hay canciones peligrosas que no se pueden escuchar en cualquier momento, canciones que te revuelven el estómago, el corazón, las entrañas. Como Watershed, del disco en solitario de Mark Hollis, una especie de banda sonora para la tristeza y el dolor. Cuando era un adolescente me gustaban Talk Talk. Sus canciones It´s my life, Such a shame se cruzaban con otras de Van Halen o Whitesnake. Intuía cierta melancolía que, años más tarde, me atrapó.
Hace unos meses, gracias al foro de The Web Spain, supe que Mark Hollis había sacado un disco en solitario años atrás. Y me hice con él. Recuerdo que la primera escucha fue de madrugada, en mi habitación, y que las primeras notas de piano del disco me hicieron ver que me encontraría ante un gran disco, melancólico, intimista, imperecedero. Se ha convertido en uno de mis discos favoritos.
La voz de Mark Hollis, susurrante, quebradiza, te puede hacer añicos, desintegrarte en miles de pedazos, parece que sale de tu interior, que crece dentro de ti. Esa voz transmite como pocos artistas la melancolía y la fragilidad de una parte de la vida y el ser humano.


Watershed (Mark Hollis)



Come my love
Kick the line
Afield lies nothing but squalor to turn on
A song asale

Should have said so much
Makes it harder
The more you love

Gladdening eyes
Through slur
Emerge crucified

So frail

Should have said so much
Makes it harder
The more you love

A song asale
Sold heart

Should have said so much
Makes it harder
The more you love

A song asale
For the good has bled to dust
Departed
The morning sun

Tags: Watershed, Mark Hollis

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Me gusta el profesor que interpreta Steve Carell en Pequeña Mis Sunshine, la tristeza y hastío existencial que arrastra, el miedo que lo aleja de la vida. Carell le da un toque melancólico y contenido a ese perdedor con miedo a la vida. El diálogo con su sobrino, hacia el final de la película, me emocionó.


— A veces desearía poder dormir hasta los dieciocho años, saltarme toda esta mierda, el instituto y todo lo demás. Saltármelo todo.
— ¿Sabes quien es Marcel Proust?
— ¿Es ese del que enseñas?
— Sí, un escritor francés. Un auténtico fracasado. Nunca tuvo un trabajo, sus amores fueron un desastre, gay... Estuvo veinte años escribiendo un libro que ya casi nadie lee, pero quizá sea el mejor escritor desde Shakespeare… En fin, él llego al final de su vida, echó la vista atrás y decidió que todos esos años en los que sufrió fueron los mejores de su vida, porque le moldearon. Los años de felicidad… perdidos, no aprendió nada.
Pequeña Miss Sunshine
(Jonathan Dayton, Valerie Faris)

Tags: Pequeña Miss Sunshine, Jonathan Dayton, Valerie Faris

Publicado por elchicoanalogo @ 14:37  | Cine
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Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir: “Mi amor”, digas: “Pescado frito”; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni un solo instante, de lamerle la cerradura.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 21


Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo

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S?bado, 04 de octubre de 2008
Entre finales de 1994 y mediados de 1995 Alex Lifeson, guitarrista de Rush, aprovechó un descanso de la banda para grabar su disco en solitario. Lo llamó Victor, nombre sacado de un poema de Auden y que Lifeson declama en el disco. A su lado estuvieron Edwin, de I Mother Earth, el loco de Les Claypool, de Primus, o Lisa Dalbello. El trabajo es un tanto irregular, fuerte, directo y con más de un ramalazo guitarrero que se echó en falta en la música de Rush de mediados de los 80, demasiado orientada hacia los sintetizadores. Hay un tema que, desde la primera escucha, me impactó. Start Today. Con Lisa Dalbello a la voz. Una Dalbello asombrosa, potente, enérgica y que recuerda al Geddy Lee de los años setenta.  


Start Today (Victor)



I need you to hold me tightly in your arms
I need you to show me if I might be wrong
I am pink and you are blue
Can I trust my whole life to you?
Just don't take me for some fool
When I need to depend on you
I am not your part time job
What you get is what you are

You can hurt like no one can
You're such a child for such a man
You need strength, you need to take a stand
Just stop looking to me for a helping hand
When you're ready I will be here
I can help you to lose your fear
You better stand up on your feet
If you ever want to feel my heat

Clear your mind of those things gone by
You can't change the past, why even try
You can build upon all you've learned
You can start today


No one said it wouldn't be this hard
When you share, prepare to give a lot
Just remember when you look at me
You are you and I am me
When you're ready I will be here
I can help you to lose your fear
You better stand up on your feet
If you ever want to feel my heat

Clear your mind of those things gone by
You can't change the past why even try
Look ahead to those better days
Make the effort, it always pays
We can build upon all we've learned
We can start today

Tags: Start Today, Victor, Alex Lifeson, Lisa Dalbello

Publicado por elchicoanalogo @ 22:51  | Canciones
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La soledad puede ser casi un vicio, una predisposición genética con la que nacemos, y a buen seguro morimos. El aislamiento se convierte en un refugio que la realidad no puede mancillar con sus enormes pezuñas de dinosaurio devorador de anhelos. Por eso si un bibliotecario ansía una mujer de eterna seda negra cono las que lucen su inasible presencia en la barra del Tropicana, seducción en estado puro encarnada en gráciles ademanes de ángel y de fiera, descubrimos que el glamour es un vestido alquilado por horas que acaba por desprenderse ante la irremediable vulgaridad de la vida.
Sólo la soledad resiste la erosión de lo cotidiano. Sueños o realidades inventadas, como la de dos hermanos, apenas adolescentes, que se quieren de veras, con la estrecha complicidad de las correrías compartidas en la libertad del verano, y que están obligados a competir por un amor que no soportaría la camaradería. Pero ella no acudió a la cita estival. Historias sin esperanza, vidas que transitan en una atmósfera envolvente, seres escuetos, despojados del orno y boato del presente, que deambulan como náufragos ávidos de libertad. Huérfanos de vida a los que la realidad castiga sin misericordia por la osadía de sus sueños, porque, para ellos, todo lo bueno que podía suceder, ya sucedió.


Museo de la soledad, un libro de 12 relatos cortos profundamente melancólico, como un disparo directo al centro del corazón o un puñetazo dado en el mentón por un hábil púgil. Una mirada sobre seres cotidianos, grises, desterrados, una mirada alrededor para hurgar en la soledad, en el amor no correspondido o equivocado o doloroso, en la lluvia que cae y las mujeres de largas piernas que salen de un taxi, o en mujeres que miran esa lluvia a través de la ventana y descubren al mismo hombre y ese hombre, la ensoñación de ese hombre, les atrae y lo buscan y conocen a quien está bajo la lluvia y el hechizo se rompe con el tiempo y por cruzar la barrera de la ensoñación... Son 12 historias contadas con admirable, cercana y emotiva sencillez. Un libro para perderse en una tarde lluviosa, con música lánguida y suave.


Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro ajeno, no aparecer tu nombre escrito en las agendas. Estar simplemente aquí, y en ninguna parte más, merendando los boquerones con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte, en esta hora en que se esfuman los últimos rastros de luz de la tarde y nota cómo la fiebre empieza a subirle desde las rodillas y, atravesando un hígado hinchado y roto, se le agarra a la garganta y a los ojos, se asoma al mundo por él y en su lugar se agota.
Carlos Castán
Museo de la soledad


Tags: Museo de la soledad, Carlos Castán

Publicado por elchicoanalogo @ 14:03  | Libros...
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Viernes, 03 de octubre de 2008
Watanabe, un ejecutivo de 37 años, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. Toru recuerda, con una mezcla de melancolía y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor –y único– amigo de la adolescencia, Kizuki. El suicidio de éste les distancia durante un año hasta que se reencuentran en la universidad. Inician allí una relación íntima; sin embargo, la frágil salud mental de Naoko se resiente y la internan en un centro de reposo. Al poco, Toru se enamora de Midori, una joven activa y resuelta. Indeciso, sumido en dudas y temores, experimenta el deslumbramiento y el desengaño allá donde todo parece cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La situación, para él, para los tres, se ha vuelto insostenible; ninguno parece capaz de alcanzar el delicado equilibrio entre las esperanzas juveniles y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo.

Eran las 5 de la madrugada cuando terminé este “Tokio Blues” desbordado de melancolía, lluvia y muerte. Hermoso, poético, desgarrador, conmovedor, magnético, es un libro introspectivo rodeado de tinieblas por donde penetra una luz, el singular y excéntrico personaje femenino de Midori, un halo de vida entre la muerte circundante, entre personajes a la deriva o en pleno naufragio, entre adolescentes que maduran o se quedan a mitad de camino. Recomendable. Mucho. Es de esos libros que te agarran por su sutileza, su languidez y su melancolía. Qué triste, qué hermoso.


Sin embargo, la primera imagen que se perfila ahora en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko ni estoy yo. « ¿Adónde hemos ido? -pienso-. ¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor: ella, mi yo de entonces, nuestro mundo, ¿adónde ha ido a parar?» Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes. Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su imagen. Sus manos pequeñas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía debajo; el elegante abrigo de piel de camello que solía llevar en invierno; su costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz (como si estuviera hablando en lo alto de una colina barrida por un fuerte viento). Al sobreponer estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal vez porque Naoko y yo solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.
Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces.
Haruki Murakami
Tokio Blues


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:19  | Libros...
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Mi?rcoles, 01 de octubre de 2008
François Combe, que fue un actor célebre, vive olvidado por todos en Nueva York tras un escándalo que ensombreció su carrera en Francia. Huyendo de su soledad, encuentra un día a Kay en un bar. Kay no tiene dónde dormir porque la han echado del apartamento que comparte con una amiga. Así es como Kay y François ocupan la primera habitación en un hotel donde intentan desesperadamente olvidar cada uno sus penas y donde acaba naciendo entre ellos una gran pasión. Muy pronto, François empieza a padecer unos celos enfermizos por el pasado de Kay. Como para mejor «apropiarse» de ella, la lleva finalmente a su propia vivienda, la segunda habitación de la novela. Allí, la pareja se esfuerza por conocerse mejor y por trabar mayor intimidad, pero su amor incandescente y exasperado va fermentando en la violencia. Así deciden trasladarse a la tercera habitación, la que Kay había tenido que abandonar: François descubrirá al fin -¿demasiado tarde?- que él ha estado juzgando mal a su amada…

Historia de dos solitarios y desarraigados que se conocen en un bar a las tres de la madrugada, de un encuentro que deviene en necesidad y pasión y obsesión. Hermoso y melancólico retrato sobre el amor, los celos imparables y violentos, la angustia de la soledad, sobre caminar pegado a otra persona entre una marabunta... Emocionante el momento donde ella le dice que, si no hubiera aparecido él en el café, se hubiera ido con otro... tan vacía y desesperada estaba. Los primeros encuentros, su manera de abismarse en el otro, la sensación de última oportunidad que tienen ambos, la descripción de los tugurios y bares y calles por las que transitan, la habitación anónima de un hotel, la habitación fría y desangelada y sin vida de él, la habitación donde vivía ella, más humana, los celos obsesivos del protagonista, incapaz de soportar los hombres que pasaron con anterioridad por el cuerpo de ella, unos celos que nacen ya desde el primer momento, una estación de tren, un taxi donde se despiden y él que no puede salir y ella que le pide a un desconocido que le hable para no derrumbarse… Es de esos libros que no te sueltan ni un segundo.


Esa mañana, en el fresco amanecer de octubre, era un hombre que había cortado todas las ataduras, un hombre que, al acercarse a los cincuenta años, ya no estaba ligado a nada, ni a una familia, ni a una profesión, ni a un país, ni siquiera, en definitiva, a un domicilio: sólo a una desconocida dormida en una habitación de hotel más o menos equívoco.
Tres habitaciones en Manhattan
Georges Simenon

Tags: Tres habitaciones, en Manhattan, Georges Simenon

Publicado por elchicoanalogo @ 19:47  | Libros...
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