A veces, en los momentos donde siento que todo es difícil, extraño y asfixiante, donde creo que ya no puedo más (y hasta ahora siempre puedo más), me refugio en la ruta de las librerías. Escojo tres al azar y paso la tarde en ellas, entre sus pasillos y sus libros. En los últimos meses las librerías se han convertido en una especie de refugio, de olvido temporal del presente, de cruce entre realidad y ficción. Una especie de descanso de mis peores días en los que no siento un ápice de fuerza.
Inicié la ruta por El corte inglés. Cerca, los compradores salían de tiendas de moda, algún mendigo pedía bajo los toldos, una mujer vestida y pintada de blanco simulaba una estatua. Siempre pienso que no soy yo el observador, sino el observado desde una máscara inexpresiva. La planta baja, grande, luminosa, aséptica, está dedicada a libros y artículos de librería, mochilas, postales, carpetas. Apenas se ven las paredes y los pasillos parecen como afluentes entre las estanterías. En los libros de bolsillo se acumulaba el polvo y las huellas de docenas de lectores. Me recordó aquella librería tucumana donde me hice con Al sur de la frontera, al oeste del sol de Murakami. Leí las contraportadas y fragmentos a la deriva. Me hice con Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Supe, al leer la sinopsis, que le gustaría a Gabriela. Por su toque inquietante, bizarro. Un libro siempre me lleva a otra persona, ya sea un recuerdo o la idea de que ese libro es perfecto para esa persona. También me quedé con Ficciones, de Borges, después de devolver a las estanterías libros de Tariq Ali, Connie Willis o James Ellroy. Borges es una carrera de fondo, sé que necesitaré una y mil lecturas para empezar a desentrañar su maestría.
Torcí en una esquina de la gran vía y entré en Fnac. La iluminación más apagada que la que dejé atrás. La gente se reunía en la entrada. Y en la entrada encontré el nuevo libro de Murakami. After Dark. No lo pensé y me lo quedé. No necesité leer la contraportada o algún fragmento al azar. Murakami, como Auster, como Ford, es uno de los autores que seguiré a pesar de todo. Tampoco subí a la sección de bolsillo de la segunda planta, no necesitaba más de Fnac. Salvo alguna película. Y como necesitaba reírme, me hice con un clásico de Howard Hawks, Me siento rejuvenecer. Cerca se encontraba Haxan, de Christensen, película que vi hace media vida, cuando vagabundeaba en la cinemateca del Museo de bellas artes, acompañado por las imágenes de Bergman, Angelopoulos o Huston. En cada visita siempre dejo un reclamo para volver.
No tuve más que salir y cruzar la acera para entrar en la casa del libro, el último destino de mi ruta. Siempre me dirijo al centro de la primera planta, donde se acumulan los libros de bolsillo. Tardé diez minutos en decidir qué antología de Ángel González compraría. Iba de una a otra, leía la selección de poemas, revisitaba aquellos que ya conocía. Después de decidirme por una de las ediciones, escogí, como compañero de González, un libro de Stanislaw Lem, Retorno de las estrellas. Pensé que ya acumulaba más de 150 libros pendientes de leer. Y que la literatura, a su modo, es infinita, no hay un libro final, se actualizan a cada instante. Y que es extraño cómo se cruza la vida con la literatura, cómo hacemos un corte en aquella para adentrarnos en otras vidas, otras historias, invadimos un espacio ficticio, entramos y salimos de él a lo largo del día, las palabras se convierten en imágenes, en recuerdos inventados, en un alejamiento de lo real. Y con cada regreso nos traemos parte de lo leído, lo adquirimos. Desvarío.
En total, entre las compras para mí y los regalos para los próximos cumpleaños, cinco libros y dos películas. Entonces, no debía sentirme tan mal. Cuando es así vuelvo a casa con siete o nueve libros. Intento seguir adelante con mi vida, tener sentido de la proporción, encontrarme lo mejor posible, avanzar. Pero hay días, donde, sin avisar, sin prevenirlo me voy a la mierda, me convierto en un guiñapo, en pura (puta) incoherencia. Y miro atrás, a los últimos meses. Y pienso de más. Hay una parte de mí que es dañina y necesito superar eso, blindarla, no volver a hacer daño de una manera tan brutal. Y hay otra parte huraña que no quiere saber nada de nadie, que se esconde. Una parte que nació en mi encierro de dos años. Dos años donde no salía, no veía a nadie, no hice más que destruir aquello que había de bueno en mí y donde dejé la semilla para el miedo, la cobardía, la inacción y el egoísmo.
Mi dolor es mío, puedo controlarlo o abandonarme a él. Pero es mío, lo sufro yo, el sacarlo fuera de mí, de mi cuerpo, y perjudicar a otras personas, fue egoísta. No puedo superar eso, no por ahora. Sé que no cometeré el mismo error. Es salvaje el daño que puedo hacer. No hay expiación para eso, como en la novela de McEwan. No se puede pagar.
Mariola me dice que he superado momentos mucho más duros y difíciles. Y yo le intento hacer ver que no, que aquellos años de mediados de los noventa fueron muy jodidos, pero los pasé medio sedado por el día, casi siempre dormitando, y viendo una película tras otra en la madrugada. Estaba deprimido y encerrado, no me duchaba ni me cambiaba de ropa en días, no hablaba, no veía a nadie. Todo era negación. Pero este año he sentido que llegaba a mi límite, que estaba perdido, que no había un gramo de fuerza en mí, tan cansado física y mentalmente que dejé de comer y dormir, unos excesos que ahora estoy pagando. Este año, sobre todo los últimos dos meses, en mi cabeza se agolparon cientos de pensamientos y sentimientos que dolían y dañaban. No ha habido un momento de tranquilidad. El temblor de mi cuerpo en febrero, la sensación en el pecho, en la cabeza, las caminatas de 30 kilómetros para cansarme, los trabajos temporales, los viajes, los encuentros, las palabras pronunciadas o escritas, las llamadas, el cruce de cables en mi cabeza, la precipitación, mi “desaparición” por unos días, a finales de agosto, de nuevo en mi habitación, no haber cerrado nada, la montaña rusa, el dolor que está por llegar y del que no tomo distancia. 1995 fue un paseo en comparación: los ataques de asma, el encierro, la soledad…, y fui el único que lo sufrió.
Este año me ha enseñado, al menos, que esté como esté no me quedo quieto. Como los tiburones blancos, si me quedo quieto estoy perdido. En las próximas semanas vuelvo a los modestos viajes, Madrid y Valladolid, la carretera, reencuentros, capones, charlas, hablar de otra cosa que no sea esta cagada tras cagada o hablar de ello para entender(me) de una vez todo lo ocurrido. Si pudiera viajaría hasta que todo este caos que me habita se aclarase y desapareciese.
Tardaré tiempo en recuperar la estabilidad. La paz conmigo mismo. Sé que llegará un día donde lo conseguiré. Mientras tanto, toca resistir.
This train is my life…
Temporary Peace (Anathema)
deep inside the silence
staring out upon the sea
the waves washing over
half forgotten memories
deep within the moment
laughter floats upon the breeze
rising and falling dying down within me
and i swear i never knew how it could be
and all this time all i had inside
was what i couldn't see
i swear i never knew how it could be
all the waves washing over
all that hurts inside of me
beyond this beautiful horizon
lies a dream for you and i
this tranquil scene is still unbroken
by the rumors in the sky
but there's a storm closing in
voices crying on the wind
this serenade is growing colder
breaks my soul that tries to sing
and there's so many, many thoughts
when i try to go to sleep
but with you i start to feel
a sort of temporary peace
there's a drift in and out
Traducción en: http://www.anathema.cl/letras.htmTags: anathema, temporary peace