Jueves, 06 de noviembre de 2008
El criminal es un rompecabezas de voces y personajes en torno a la violación y asesinato de una muchacha de catorce años. Todo se centra en ese acontecimiento, en la búsqueda de un culpable en un adolescente de quince años, en satisfacer las pretensiones egoístas de abogados, periodistas y ciudadanos.

Thompson escribe de manera directa, sin artificios, como un disparo, es desnudo, no deambula por descripciones innecesarias y no tiene un buen concepto del ser humano, muestra su lado miserable, cicatero, manipulador y sombrío. Los abogados sólo quieren hacer carrera, los periodistas, vender más periódicos a cualquier costa, aunque sea aplastando a un inocente y rompiendo los pocos principios que les quedaban, los ciudadanos necesitan la tranquilidad de ver ajusticiada la maldad, de tranquilizar su conciencia, de sentirse seguros. Un puñado de seres amargados y derrotado.

Al buscar información en Internet supe que falta una página final en la edición que tengo (editorial Jucar), con más de un fallo en la edición, por cierto. Aquí: http://www.sedice.com, se traduce esa página.
Estonces lo oí. La ráfaga de viento, las gotas que golpeaban los cristales de las ventanas.
Esperé. Y otra vez hubo un largo silencio. Después, otro suspiro.
--Eres culpable de un error muy común, Don. El miedo a los símbolos. Crees que te he convertido en un títere. No te gusta. Te sientes humillado. Degradación por asociación. Y todo cuanto hago es ponerte a prueba, a ti y a tus poderes de observación. Para seguir, para ascender, debes estar muy atento a todo. Sin embargo... debes de estar muy cansado. Debes de estar muy, muy cansado. Te aconsejo que vayas a tomarte un café.
--¡N...No! --dije--. ¿Quién coño se cree que es usted? ¿Quién coño se cree? ¿Un dios?
--Sí. ¿No te parece que tú también lo eres? Ve a tomarte un café, Don.
--Sí, señor --dije--. Sí, capitán.
Deje el auricular sobre el escritorio, con suavidad. Salí cruzando la sección local y bajé al vestíbulo en el ascensor. Salí a la calle a ciegas y me dirigí a un restaurante.
Pasé de largo al llegar a él. Entré en un bar.
Me senté en un taburete tapizado con piel y pedí un whisky doble con agua.
Casi había terminado mi bebida cuando un camarero me golpeó en el hombro.
Lo seguí hasta el teléfono.
--¿Sí, capitán? --dije.
--El grupo era necesario, ¿verdad, Don? --dijo--. Hay que guiarte y ahora yo no tengo nada para dirigirte. Nada con que forzarte. No puedo usar la salud de Teddy. Nada con que tentarte o hacerte sentir miedo u obligarte a trabajar más duro.
--Nada --dije--, y eso es fantástico.
--Están recogiendo tus cosas, Don, y los de contabilidad están preparando tu liquidación. Si puedes aguardar donde estás ahora, un chico te lo bajará todo dentro de unos minutos.
--Son las nueve y media --dije--. Quiero que me pague por cada minuto que tenga que esperar.
--Claro. Verás que tu cheque incluye hasta las diez menos cuarto. Y, Don...
--¿Qué? --pregunté.
Permaneció callado.
--¡Suéltelo! --dije--. ¿Qué es lo que quiere decirme?
Tosió, excusándose. No parecía en nada el capitán.
--Lo siento, pero no te lo puedo decir. No encuentro las palabras para expresar lo que siento. Lo único que sé decirte es que lo siento. He lamentado mucho de verdad enterarme de la muerte de Teddy.






Es probable que ningún momento sea el adecuado para comenzar este relato. Una cosa así seguramente comienza muy atrás... Andas por ahí haciendo lo que hay que hacer y, cuando te paras y te miras a ti mismo, te puedes quedar pasmado. Piensas: "¡Dios mío!, no soy yo. ¿Cómo me he puesto así?". Pero sigues adelante, pasmado o no, odiándote o no, porque no tienes mucho que explicar. No te mueves, te mueven.

( … )

No recuerdo que los adolescentes de mi época fueran así. Pienso que deben ser los tiempos, esta época en la que vivimos, cuando las razones de vivir se pierden en medio de la batalla por la supervivencia.

( … )

Resultaba sorprendente, realmente sorprendente, que los crímenes se cometan, puesto que todos los asociados o conocidos de algún delincuente siempre te dicen que sabían desde el principio que se trataba de un mal bicho. No actuaba de forma correcta, ¿sabe? No podía mirarte a los ojos (o miraba demasiado). Hablaba mucho (o no lo suficiente). Claro que sabían que era un timador, que estaba a punto de cometer sus fechorías. Entonces, ¿por qué no mencionaron sus sospechas?
Jim Thompson
El criminal (traducción de Mar Guereñu Carnevali y Mª Luisa Peñabaz. Jucar)

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Publicado por elchicoanalogo @ 20:10  | Libros...
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