Se acercaba la medianoche. Llovía. Hace tres semanas que llueve. Es agotador. En la estación, una docena de jóvenes preparándose para la noche de juerga. Una chica, de negro, pelo rizado, piel pálida, tiraba un trozo de pizza a la basura mientras quedaba con su novio a través del móvil. Y yo, en medio del apeadero, con mi mochila roja ante un viaje inesperado dos días atrás. La lluvia rodeaba Termibus, la lluvia perenne, incansable, agotadora. No podía pasear hasta la llegada del autobús de la madrugada. Estaba cercado. La lluvia sólo era visible en los círculos de luz de las farolas. Era más el sonido sobre el tejado de plástico. Un hombre viejo, desecho, estaba tumbado en un banco. De su abrigo sobresalía una antena de radio. Escuchaba un programa deportivo. Un chico pasó a su lado y tiró de la antena. No sé si quería reírse de él o robársela. Apenas éramos 5 personas en la estación silenciosa. Más grupos de jóvenes cruzaban la estación de autobuses en dirección al metro, chicas con andares decididos, chicos con litronas en la mano. El viaje fue tranquilo. Demasiadas cosas en la cabeza, tan perennes como la lluvia, que desaparecieron en cuanto se despejó el cielo. Las estrellas, la luna menguante, el titilar de las estrellas, el reflejo en las ventanas, los montes oscurecidos, el horizonte rojizo. Apenas estuve 5 minutos con mi tía. Llegué, me cambié, y al aeropuerto. Hacía frío. Y el cielo nocturno, despejado. En la media hora bajo los túneles del metro, en una oscuridad agobiante, pensé en este encuentro inesperado con Jacqui, inimaginable días atrás. Este año he conocido a más de un amigo del foro en viajes cómodos y cercanos. Pero, por primera vez, yo era quien iba a buscar a la otra persona, quien sería el guía en sus primeros pasos por la ciudad. Pensé que por una vez estaba al otro lado, que iba a sentir el nerviosismo y la inquietud de la espera, que debería haber ocurrido tiempo atrás y que mi cabeza es un cúmulo de “debería haber” que no conduce a nada, que es inútil. Siempre tengo ecos como estos, en cualquier situación. Ecos… Llegué temprano a la Terminal 4, me dediqué a conocerla. En un pasillo, una mujer sentada en el suelo. A mi paso, su risa. Pero no era una risa burlona. Era otra cosa. Al darme la vuelta imitó mi ceño fruncido, inesperado. Entonces, era un juego. Puse varias caras que la mujer imitó. Nos reímos durante medio minuto. Cuando aterrizó el vuelo de Jacqui me quedé anclado en la valla de la sala 11, por donde saldría ella. A mi lado, una mujer cerca de los 60, pelo corto, canoso, estadounidense. De Chicago. Esperaba a su madre, de más de 80 años, que venía en silla de ruedas. Cuando le dije que era de Bilbao se sorprendió. Me comentó que le gusta mucho el norte pero que no conoce Bilbao, y que es una ciudad que le llama la atención desde aquel día donde vio el letrero con su nombre en la carretera de Burgos. A veces los viajes nacen así, un nombre de una ciudad o un pueblo que nos parece atractivo. Me gustan estos encuentros fortuitos y temporales en los aeropuertos, las charlas informales, cruzarse con otras vidas por un instante. Jacqui apareció con poco equipaje y su sonrisa. Una sonrisa amplia, cercana, acogedora y luminosa. Nos saludamos. Estos encuentros son distintos. No estás ante alguien desconocido, ya hay algún punto de unión que evita los silencios incómodos. Llegamos a Madrid en el autobús 204. Ya había amanecido y el cielo era un de un azul gélido y brillante. Como su sonrisa, Jacqui se mostró acogedora, cercana y encantadora. Tras acompañarla a su hotel, un hotel con una recepcionista distante y tan fría como el cielo, y pasillos que recuerdan a los laberintos de El resplandor, nos fuimos a desayunar y a caminar. Jacqui me dio un regalo para Oier, fue especial ese momento, y dulce para mí. Se atrevió con unas tostas de jamón serrano y tomate. Nos decidimos por el Retiro. Un plano del metro y muchas ganas de andar y caminar. Entramos por la puerta principal y ejercimos de turistas. Porque, aunque fuera su guía en ese momento, también era turista. Ese paseo me recordó a los de antaño, de la mano de mi tío Polo, era como ir recogiendo recuerdos de las esquinas. Y en el paseo me di cuenta de cómo Jacqui es algo más que la persona con la que me escribo en el foro, que este medio te permite conocer a un montón de gente interesante pero te muestra un porcentaje mínimo de lo que la otra persona es. Ya en los primeros pasos notaba que estaba viviendo un día especial, de los mejores de este año (complicado). Las hojas amarillentas empujadas por el viento, un par de hombres que practicaban con espadas de samurai, niños en bicicletas, un gaitero que llamó la atención de Jacqui, las fotos, las gitanas vendiendo ramas de romero (no desprecies el romero… ), caminar sin rumbo fijo, decidir el camino al llegar al cruce de caminos, la charla ininterrumpida, el acento de Jacqui y sus expresiones… Necesitaba un día así. Omitiré nuestra búsqueda de la boca de metro de Retiro, creo que es un metro fantasma. (Jacqui fue muy paciente, mi forma de caminar por una ciudad es anárquica, sin importarme por dónde voy). Fuimos a la Fnac, es inevitable entrar en esa librería. Ahí llamé a Sonia, otra persona a la que necesito conocer. Y la dejé con Jacqui. Escuchaba su charla de fondo mientras veía libros de ciencia ficción de Bradbury, Orson Scott Card, Ballard, Pratchett… Por una vez sólo miré, leí alguna página, me fije en los libros de Preston y Child. Pero no sentía la necesidad dolorosa de comprar. Hace un par de semanas decidí cortarme el pelo y afeitarme (antes lo hacía cuando me picaba el pelo o la barba, no por ganas de tener una buena imagen), quitarme ese aspecto de “tipo al que le quedan bien las letras de los tangos”. Ya no tengo esa inquietud por las compras compulsivas para esconder otros pensamientos y sentimientos. Sentí que estaba despertando del letargo, algo cercano a esa tranquilidad anhelada. Clara nos esperaba en la entrada de un vips. De negro, sin apenas maquillaje, cara cansada, como la de Jacqui y la mía, pelo liso, la primera vez que la veo así, y su perenne sonrisa. Es increíble ver la sonrisa de estas dos mujeres, transmiten tranquilidad, esa sensación de que todo está bien. Fue una comida divertida y entrañable. Los ojos de Jacqui se enrojecían por el cansancio. Pero aguantó como una campeona. En la cafetería “de siempre” hablamos y mucho. Lo bueno en nuestras vidas, nuestras preocupaciones, la forma que tenemos de enfrentarnos a nuestros sentimientos, lo jodido de este año y los buenos momentos. Hablé mucho, necesitaba soltar un poco de lastre (astilla la carga, Sísifo… ). Anochecía a través de las ventanas de la cafetería. Una última charla en un dunking donnuts. Muchas fotos. Y la sensación de que el tiempo volaba, que iba demasiado rápido. Detrás de Jacqui, una chica con una chaqueta de rayas verde y blanca lloraba. Una pareja amiga la consolaba. Me despedí con una broma a Clara y agradeciéndole el día vivido. Acompañé a Jacqui hasta su hotel. Nunca sé despedirme, cómo hacerlo, qué decir o hacer. Me gustó compartir el día con ella, encontrarme con una mujer inteligente, simpática, acogedora, agradable, con mucho sentido de humor y con la que se puede hablar de todo. Me había acostumbrado a sus expresiones (me llamó la atención la de suave). No sé. Odio las despedidas. Fue un gran día.
(Permitidme un último desvarío. El sábado, cuando fui a comprar el billete, vi a una bandada de pájaros bajo las nubes grises. Volaban en uve, iban hacia la costa, juntos, en oleadas. No sé por qué, pero esa imagen me reconfortó. Y esa sensación se repitió en la estación de Madrid, mientras esperaba el autobús y repasa las fotos tomadas).