Viernes, 28 de noviembre de 2008
Dos matrimonios deben permanecer en una isla llamada Pago-Pago a causa de la sospecha de una epidemia de gripe en el barco en el que viajaban. Su estancia en la única pensión de la población coincide con la de Sadie Thompson, otra pasajera del barco. Se trata de una mujer que viaja sola y que, a juicio de los Davidson, un matrimonio de misioneros, incumple con la rectitud moral que ellos, con gran esfuerzo, enseñan a los nativos.


Relato breve, profundo e intenso. Obligados a pasar quince días en una pequeña isla, coinciden dos matrimonios (uno de misioneros, el otro, un doctor y su esposa) y una prostituta en una pensión, rodeados por la lluvia incansable, densa, un personaje más de esta historia. El misionero, de una moral autoritaria, inquebrantable, intenta salvar el alma de la prostituta. Las entrevistas entre los dos protagonistas están en off, apenas sabemos de ellas más que por ciertos comentarios. Por eso, el final, inesperado, sorprende y da una vuelta de tuerca a la historia.

Lluvia es un encuentro extraño, una confrontación y una lucha, cuáles son las normas morales por las que nos regimos, qué emociones existen realmente dentro de nosotros, los diferentes ritos y dioses a los que adoramos, los dos matrimonios y la prostituta que se buscan y tratan de imponer su voluntad al otro, la lluvia constante (una naturaleza que parece cercar a los personajes y sus emociones), una isla donde quitarse la máscara y mostrar quiénes somos realmente.





El doctor Macphail contempló la lluvia, que empezaba a ponerle nervioso. No era como la suave lluvia inglesa, cuyas gotas caen mansamente sobre la tierra, sino inmisericorde y, por alguna razón, terrible. Se percibía en ella la malignidad de los poderes primitivos de la naturaleza. No se limitaba a caer, sino que se derramaba. Era como un diluvio, y hacía resonar el tejado de chapa ondulada con una insistencia enloquecedora. Parecía dotada de una furia propia, y en ocasiones uno tenía la sensación de que debía gritar si no cesaba, y entonces, impotente de súbito, como si los huesos se le hubieran reblandecido de golpe, se sentía desdichado y perdido.
William Somerset Maugham
Lluvia (traducción de Jordi Fibla. Alba editorial)

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Jueves, 27 de noviembre de 2008

Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
                                   Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
Ángel González
Mientras tú existas (en Áspero mundo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:24  | ?ngel Gonz?lez
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Lunes, 24 de noviembre de 2008
Se acercaba la medianoche. Llovía. Hace tres semanas que llueve. Es agotador. En la estación, una docena de jóvenes preparándose para la noche de juerga. Una chica, de negro, pelo rizado, piel pálida, tiraba un trozo de pizza a la basura mientras quedaba con su novio a través del móvil. Y yo, en medio del apeadero, con mi mochila roja ante un viaje inesperado dos días atrás.

La lluvia rodeaba Termibus, la lluvia perenne, incansable, agotadora. No podía pasear hasta la llegada del autobús de la madrugada. Estaba cercado. La lluvia sólo era visible en los círculos de luz de las farolas. Era más el sonido sobre el tejado de plástico. Un hombre viejo, desecho, estaba tumbado en un banco. De su abrigo sobresalía una antena de radio. Escuchaba un programa deportivo. Un chico pasó a su lado y tiró de la antena. No sé si quería reírse de él o robársela. Apenas éramos 5 personas en la estación silenciosa. Más grupos de jóvenes cruzaban la estación de autobuses en dirección al metro, chicas con andares decididos, chicos con litronas en la mano.

El viaje fue tranquilo. Demasiadas cosas en la cabeza, tan perennes como la lluvia, que desaparecieron en cuanto se despejó el cielo. Las estrellas, la luna menguante, el titilar de las estrellas, el reflejo en las ventanas, los montes oscurecidos, el horizonte rojizo.

Hacía frío. Y el cielo nocturno, despejado. En la media hora bajo los túneles del metro, en una oscuridad agobiante, pensé en este encuentro inesperado con Jacqui, inimaginable días atrás. Este año he conocido a más de un amigo del foro en viajes cómodos y cercanos. Pero, por primera vez, yo era quien iba a buscar a la otra persona, quien sería el guía en sus primeros pasos por la ciudad. Pensé que por una vez estaba al otro lado, que iba a sentir el nerviosismo y la inquietud de la espera.

Llegué temprano a la Terminal 4, me dediqué a conocerla. En un pasillo, una mujer sentada en el suelo. A mi paso, su risa. Pero no era una risa burlona. Era otra cosa. Al darme la vuelta imitó mi ceño fruncido, inesperado. Entonces, era un juego. Puse varias caras que la mujer imitó. Nos reímos durante medio minuto.

Cuando aterrizó el vuelo de Jacqui me quedé anclado en la valla de la sala 11, por donde saldría ella. A mi lado, una mujer cerca de los 60, pelo corto, canoso, estadounidense. De Chicago. Esperaba a su madre, de más de 80 años, que venía en silla de ruedas. Cuando le dije que era de Bilbao se sorprendió. Me comentó que le gusta mucho el norte pero que no conoce Bilbao, y que es una ciudad que le llama la atención desde aquel día donde vio el letrero con su nombre en la carretera de Burgos.

Jacqui apareció con poco equipaje y su sonrisa. Una sonrisa amplia, cercana, acogedora y luminosa. Nos saludamos. Estos encuentros son distintos. No estás ante alguien desconocido, ya hay algún punto de unión que evita los silencios incómodos. Llegamos a Madrid en el autobús 204. Ya había amanecido y el cielo era un de un azul gélido y brillante. Como su sonrisa, Jacqui se mostró acogedora, cercana y encantadora.

Nos decidimos por el Retiro. Un plano del metro y muchas ganas de andar y caminar. Entramos por la puerta principal y ejercimos de turistas. Porque, aunque fuera su guía en ese momento, también era turista. Ese paseo me recordó a los de antaño, de la mano de mi tío Polo, era como ir recogiendo recuerdos de las esquinas. Y en el paseo me di cuenta de cómo Jacqui es algo más que la persona con la que me escribo en el foro, que este medio te permite conocer a un montón de gente interesante pero te muestra un porcentaje mínimo de lo que la otra persona es. Las hojas amarillentas empujadas por el viento, un par de hombres que practicaban con espadas de samurai, niños en bicicletas, un gaitero que llamó la atención de Jacqui, las fotos, las gitanas vendiendo ramas de romero (no desprecies el romero… ), caminar sin rumbo fijo, decidir el camino al llegar al cruce de caminos, la charla ininterrumpida, el acento de Jacqui y sus expresiones… Necesitaba un día así.

Omitiré nuestra búsqueda de la boca de metro de Retiro, creo que es un metro fantasma. (Jacqui fue muy paciente, mi forma de caminar por una ciudad es anárquica, sin importarme por dónde voy). Fuimos a la Fnac, es inevitable entrar en esa librería. Ahí llamé a Sonia, otra persona a la que necesito conocer. Y la dejé con Jacqui. Escuchaba su charla de fondo mientras veía libros de ciencia ficción de Bradbury, Orson Scott Card, Ballard, Pratchett… Por una vez sólo miré, leí alguna página, me fije en los libros de Preston y Child. Pero no sentía la necesidad dolorosa de comprar. Hace un par de semanas decidí cortarme el pelo y afeitarme (antes lo hacía cuando me picaba el pelo o la barba, no por ganas de tener una buena imagen), quitarme ese aspecto de “tipo al que le quedan bien las letras de los tangos”. Ya no tengo esa inquietud por las compras compulsivas para esconder otros pensamientos y sentimientos. Sentí que estaba despertando del letargo, algo cercano a esa tranquilidad anhelada.

Clara nos esperaba en la entrada de un vips. De negro, sin apenas maquillaje, cara cansada, como la de Jacqui y la mía, pelo liso, la primera vez que la veo así, y su perenne sonrisa. Es increíble ver la sonrisa de estas dos mujeres, transmiten tranquilidad, esa sensación de que todo está bien. Fue una comida divertida y entrañable. Los ojos de Jacqui se enrojecían por el cansancio. Pero aguantó como una campeona.

En la cafetería “de siempre” hablamos y mucho. Lo bueno en nuestras vidas, nuestras preocupaciones, la forma que tenemos de enfrentarnos a nuestros sentimientos, lo jodido de este año y los buenos momentos. Hablé mucho, necesitaba soltar un poco de lastre (astilla la carga, Sísifo… ). Anochecía a través de las ventanas de la cafetería.

Una última charla en un dunking donnuts. Muchas fotos. Y la sensación de que el tiempo volaba, que iba demasiado rápido. Detrás de Jacqui, una chica con una chaqueta de rayas verde y blanca lloraba. Una pareja amiga la consolaba. Me despedí con una broma a Clara y agradeciéndole el día vivido.

Acompañé a Jacqui hasta su hotel. Nunca sé despedirme, cómo hacerlo, qué decir o hacer. Me gustó compartir el día con ella, encontrarme con una mujer inteligente, simpática, acogedora, agradable, con mucho sentido de humor y con la que se puede hablar de todo. Me había acostumbrado a sus expresiones (me llamó la atención la de suave). No sé. Odio las despedidas. Fue un gran día.


(Un último desvarío. El sábado, cuando fui a comprar el billete, vi a una bandada de pájaros bajo las nubes grises. Volaban en uve, iban hacia la costa, juntos, en oleadas. No sé por qué, pero esa imagen me reconfortó. Y esa sensación se repitió en la estación de Madrid, mientras esperaba el autobús y repasa las fotos tomadas).





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Publicado por elchicoanalogo @ 18:03  | Great White Way
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S?bado, 22 de noviembre de 2008

los oledores de tragedias están
por todos lados.
se levantan a la mañana
y empiezan a encontrar las cosas
mal.
y se sumergen
en la rabia,
una rabia que dura hasta
que se van a la cama,
e incluso ahí
se retuercen en su
insomnio,
incapaces de quitar
de sus mentes
los pequeños obstáculos
que han hallado.


se sienten en contra,
es un complot.
y por estar constantemente
furiosos sienten que
siempre tienen
razón.

los ves en el tráfico
tocando bocina como salvajes
ante la más leve infracción,
puteando
desparramando sus
insultos.

los sentís
en las colas
de los bancos,
de los supermercados,
de los cines
presionan
en tu espalda
te pisan los talones
están impacientes por
una furia.

están por todos lados
y en
todas las cosas,
esas almas
violentamente
infelices.

en realidad están asustados,
como siempre quieren
tener razón
fustigan
sin cesar...
es un mal
una enfermedad de
esa raza.


el primero de ellos
que vi fue
mi padre


y desde entonces
he visto mil padres
malgastando sus vidas
en el odio,
arrojando sus vidas
al pozo ciego
y gritando
enloquecidos.
Charles Bukowski
Están por todos lados





they are everywhere

the tragedy-sniffers are all
about.
they get up in the morning
and begin to find things
wrong
and they fling themselves
into a rage about
it,
a rage that lasts until
bedtime,
where even there
they twist in their
insomnia,
not able to rid their
mind
of the petty obstacles
they have
encountered.

they feel set against,
it's a plot.
and by being constantly
angry they feel that
they are constantly
right.

you see them in traffic
honking wildly
at the slightest
infraction,
cursing,
spewing their
invectives.

you feel them
in lines
at banks
at supermarkets
at movies,
they are pressing
at your back
walking on your
heels,
they are impatient to
a fury.

they are everywhere
and into
everything,
these violently
unhappy
souls.

actually they are
frightened,
never wanting to be
wrong
they lash out
incessantly...
it is a malady
an illness of
that
breed.

the first one
I saw like that
was my
father

and since then
I have seen a
thousand
fathers,
ten thousand
fathers
wasting their lives
in hatred,
tossing their lives
into the
cesspool
and
ranting
on.


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:17  | Poes?a
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Jueves, 20 de noviembre de 2008
Isabelle (Isabelle Huppert) es una monja que ha renunciado a sus votos y que espera que Dios le encargue una misión. Mientras tanto se gana la vida escribiendo textos pornográficos. Conoce a Thomas (Martin Donovan), un hombre encantador que sufre de amnesia y que no recuerda haber sido también un autor de pornografía. Ambos intentan averiguar cual ha sido su pasado.

Hace un par de semanas volví a ver Amateur, tal vez mi película favorita de Hal Hartley. Al inicio, un hombre tumbado en la acera (Thomas), una mujer (Sofia), de negro y con un bolso rojo, se acerca, tímida, lo mueve con la pierna para comprobar si está muerto y huye, asustada. Se oye una voz en off, este hombre, al final, morirá mientras el hombre se incorpora. La voz pertenece al personaje interpretado por Isabelle Huppert, que escribe reflexivas historias pornográficas en un restaurante. Y así, el destino del hombre se dicta desde un inicio, ya es inamovible, un destino fatal, dramático, asfixiante.

Hartley retrata a un puñado de seres perdidos y rotos, Isabelle, una ex monja virgen que escribe relatos eróticos, Thomas, el hombre que pierde la memoria y busca su identidad, Sofia, su mujer, que huye de él, Edward, su contable, un tipo extraño, solitario, enamorado de Sofia.

Es interesante el personaje amnésico de Thomas. Martin Donovan compone a un hombre frágil y encantador mientras, en paralelo, descubrimos que es un ser odiado, salvaje y despreciable, alguien de quien huir.

Hartley reúne a algunos de sus actores favoritos, Martin Donovan, la hermosa Elina Löwenshon, Dave Symonds, en una historia surrealista, onírica, urbana, entrañable. Y, además, está Isabelle Huppert.

Dos momentos. Al inicio, el encuentro entre el amnésico Thomas y la ex monja Isabelle. Una nota de piano, Isabelle que tuerce la mirada para ver al desconocido, las miradas que se encuentran, el tiempo que se ralentiza. El segundo momento, el encuentro entre Sofia y el contable Edward. Ella le da un beso en la mejilla. El tiempo, de nuevo, se ralentiza y el mundo se silencia.

Amateur es una historia sobre un hombre que intenta descubrir quién es y cuando lo hace se siente indefenso, no siente que sea esa persona, una ex monja que quiere perder la virginidad y escribe relatos pornográficos demasiado literarios, y encuentros, el azar y cierta sensación de estar dentro de un sueño.








Directed by Hal Hartley    
Writing credits Hal Hartley
Cast Isabelle Huppert, Martin Donovan, Elina Löwensohn, Damian Young, Chuck Montgomery, Dave Simonds
Original Music by Hal Hartley (as Ned Rifle), Jeffrey Taylor   
Cinematography by Michael Spiller   
Datos tomados de Imdb


Tags: Hal Hartley

Publicado por elchicoanalogo @ 22:42  | Cine
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Espléndido ejercicio de «literatura en la literatura», pero también mucho más que eso, una novela de vastas resonancias, cuenta la historia de Antoinette Cosway, la primera señora de Rochester (el enigmático personaje de la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë ), la esposa loca que vivió encerrada en la buhardilla de Thornfield Hall y se suicidó en el incendio que ella misma provocara. Pero Antoinette Cosway no es de ninguna manera una mera continuación del personaje esbozado por Charlotte Brontë, ni Ancho mar de los Sargazos un pastiche ingenioso de Jane Eyre, sino que la decadente heredera antillana se convierte, gracias a la impecable escritura y la imaginación de Jean Rhys, en uno de los personajes femeninos más desgarrados y fascinantes de la literatura del siglo XX.


Maravilloso libro de Jean Rhys sobre un personaje de Jane Eyre. Se cuenta a tres voces, Antoinette relata su infancia y su encierro en Inglaterra por la locura, una infancia desgraciada donde todo el mundo dio la espalda a su familia y cómo viven entre una violencia contenida que acaba de explotar; su marido, casado en busca de riqueza, narra la luna de miel y la vida en una isla misteriosa antillana con aires de vudú; y una criada, que no ve más que los últimos días de Antoinette.

Personaje femenino torturado, desesperado, marcado desde sus primeros años por las risas de sus vecinos, por la degradación y pobreza de la familia, por el odio que la rodea, y que intenta buscar en el amor de un hombre de la lejana Inglaterra una tabla de salvación.

Sylvia, de Sylvia´s Blog, me ha dejado un enlace a un artículo que publicó en su blog: http://wordsarevitamins.blogspot.com/2007/04/lal-del-bfal-lhivern.html. Es una pena que el libro de Neus Canyelles del que habla Sylvia no esté traducido, mi catalán no da ni para la intimidad… Habrá que esperar.






Dicen que en los momentos de peligro, hay que unirse, y, por esto, los blancos se unieron. Pero nosotros no formamos parte del grupo. Las señoras de Jamaica nunca aceptaron a mi madre, debido a que era «muy suya, muy suya», como decía Christophine.
Era la segunda esposa de mi padre, muy joven para él, según decían las señoras de Jamaica, y, peor todavía, procedía de la Martinica. Cuando le pregunté por qué era tan poca la gente que nos visitaba, me dijo que la carretera que iba desde Spanish Town a Coulibri Estate, donde vivíamos, era muy mala y que, ahora, la reparación de carreteras había pasado a la historia. (Mi padre, las visitas, los caballos y sentirse segura en cama, también habían pasado a la historia.)
Otro día la oí hablar con el señor Luttrell, nuestro vecino y único amigo:
-Desde luego, también tienen sus problemas. Todavía esperan la compensación que los ingleses les prometieron cuando aprobaron la Ley de Emancipación. Algunos esperarán mucho tiempo.
¿Cómo podía saber que el señor Luttrell sería el primero que se cansaría de esperar? Una tranquila tarde, el señor Luttrell le pegó un tiro a su perro, se echó al mar y nadó mar adentro, y desapareció para siempre. De Inglaterra no vino agente alguno a cuidar su finca -Nelson´s Rest se llamaba -, y gentes desconocidas, de Spanish Town, fueron allí para chismorrear y comentar la tragedia. Se decía:
-¿Vivir en Nelson´s Rest? Por nada del mundo. Es lugar de mal augurio.
La casa del señor Luttrell quedó vacía, y el viento hacía batir los postigos. Pronto los negros dijeron que la casa estaba hechizada, y no querían siquiera acercarse a ella.Y nadie se acercaba a nuestra casa.
Jean Rhys
Ancho mar de los sargazos (traducción de Andrés Bosch. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:27  | Libros...
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Martes, 18 de noviembre de 2008
The Gates of Paradise fue el primer disco de soundscapes de Robert Fripp que compré. Apenas sabía nada de la técnica que utilizaba, qué me encontraría, las pocas pistas que tenía eran algunas canciones de los Crimson de los 80 y 90.

El disco lo componen dos composiciones largas The Outer Darkness y The Gates of Paradise. La primera es una instrumental dolorosa, espectral, dura, árida, abismal. A veces es difícil avanzar en ella, se requiere una escucha atenta y cercana. En cambio, The Gates of Paradise es una composición monumental, introspectiva, por momentos se acerca a la música sacra, como asegura Carlos Romeo en su libro sobre King Crimson. Mi parte favorita de esta composición, la segunda, Pie Jesu

Como ejemplo pongo los dos primeros movimientos de The Gates of Paradise.



The Gates of Paradise (Robert Fripp)
  I Abandonment to Divine Providence
  II Pie Jesu







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Publicado por elchicoanalogo @ 0:26  | Canciones
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Jueves, 13 de noviembre de 2008

Adiós. Hasta otra vez o nunca.
Quién sabe qué será,
y en qué lugar de niebla.
Si habremos de tocarnos para reconocernos.
Si sabremos besamos por falta de tristeza.
Todo lo llevas con tu cuerpo.
Todo lo llevas.
Me dejas naufragando en esta nada
inmensa.
Cómo desaparece el monte
-me dejas…-,
se hunde el río
-…en esta…-,
se desintegra la ciudad.

Despiertas...
Ángel González

Adiós. Hasta otra vez o nunca (en Áspero mundo)


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Mi?rcoles, 12 de noviembre de 2008
El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.
Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja.
El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas.
La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.
Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas.
Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!”
Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios?
En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovation”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza.
El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras.
Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.
Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento.
Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el record mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.
Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 24. En Espantapájaros (al alcance de todos)

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Publicado por elchicoanalogo @ 23:19  | Oliverio Girondo
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A mitad de No sos vos, soy yo, Julia (Cecilia Dopazo) pregunta a Javier (Diego Peretti), ¿Ya se te pasó la época donde todas las letras de los tangos te quedan bien?

En No sos vos, soy yo se muestra ese camino de recuperación, de superación de una ruptura, desde el naufragio a la superficie, pasando por los estados intermedios, la fase sedada, aturdida, el salir como sea, la montaña rusa en la que te conviertes. Es una película divertida, entretenida, con buenas escenas. Y Diego Peretti. Crea un personaje entre perdedor desubicado y metepatas que se hace entrañable y cercano.

Hay un par de escenas que me superan. Javier, camino de Ezeiza para tomar un avión a Estados Unidos recibe una llamada de su mujer que le cuenta que se ha enamorado de otro hombre. Cuando Peretti cuelga, Taratuto enmudece la acción, se hace el silencio, el mundo sigue, los coches por la autopista, el amigo que conduce la camioneta sí, pero sin sonido. Me gustó esa idea. La otra, escena el monólogo final de Javier. Y no sé qué pasó ni como..., pero gracias a Dios o a lo que mierda fuera, la angustia se transformó en dolor, y con mucho esfuerzo más logré que el dolor se convirtiera en tristeza. Y después de muchos meses pude despertarme un día sin sentir que me faltabas. Y estaba todo bien. María, lo que pasamos no lo vamos a volver a pasar. Yo te quiero…, y daría lo que no tengo por arrancar de cuajo el dolor que tenés, pero hoy…, hoy de esa manera no estoy.

No sos vos, soy yo es una buena comedia, con una historia de amor inesperado y un personaje caótico, maniático, una especie de Woody Allen porteño.




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Publicado por elchicoanalogo @ 23:04  | Cine
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Martes, 11 de noviembre de 2008
Scott Carey, un ciudadano vulgar y corriente, se percata un buen día que su estatura disminuye de modo progresivo. Impulsado por su enérgico temperamento, procura adaptarse a sus nuevas dimensiones. Pero inevitablemente su vida se convierte en una tragedia. Scott, nuevo Gulliver en el país de los gigantes, horrorizado de su destino, se aparta de su mujer y de su hija y lucha solo por la vida en un mundo de proporciones cada vez más gigantescas.


Matheson subvierte la realidad. Si en Soy leyenda cambia las historias de vampiros y hace que el monstruo a cazar sea el único ser humano que queda con vida, en El hombre menguante un hombre debe luchar contra su imparable pérdida de centímetros y sobrevivir en un mundo que se transforma cada día. Scott Carey lleva una vida normal, rutinaria, hasta que un extraño líquido le moja en alta mar. Desde ese instante, mengua unos pocos centímetros cada día.

Scott Carey pasa por varias fases, la ansiedad al creer que tarde o temprano desaparecerá, el dolor por la pérdida de su vida y saberse fuera del mundo que lo cobijaba, la aventura de descubrir los secretos y la forma de sobrevivir a cada cambio de tamaño, cómo cada objeto y cada persona cambia a la par que él y adquiere otro punto de vista sobre el mundo que le rodea.

Hay instantes inolvidables, Carey que apenas mide unos centímetros y sus enemigos son los gatos o una araña, que mira al cielo y espera el final de su existencia, Matheson que coloca a Carey en un lugar nunca antes imaginado, la imposibilidad de desaparecer y los nuevos y desconocidos mundos microscópicos que le quedan por conocer. El hombre menguante es aventura y terror.


(Jack Arnold realizó una gran adaptación al cine. Recuerdo que de niño me daba pavor la araña gigante)





Sí, seguía luchando para conseguir comida y agua, pero ¿no era eso inevitable si quería seguir viviendo? Lo que él quería saber era esto: ¿era una persona; era un individuo? ¿Tenía alguna importancia? ¿Acaso sobrevivir era suficiente? No lo sabía. Se durmió, acurrucado y tembloroso, ocupando el mismo espacio que una perla, y no pudo contestar a sus preguntas.
Richard Matheson
El hombre menguante (traducción de María Teresa Segur. Círculo de lectores)



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Publicado por elchicoanalogo @ 18:45  | Libros...
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Lunes, 10 de noviembre de 2008
Harold Hall (Harold Lloyd), un joven sin ninguna habilidad ni talento como actor, quiere desesperadamente, actuar en una película. Así que marcha a Hollywood y se presenta a numerosos castings, donde ocasiona todo tipo de dificultades y problemas. (Filmaffinity)
 

Las primeras imágenes que recuerdo de Harold Lloyd son sus acrobacias para mantenerse agarrado a las agujas de un reloj, un equilibrio complicado, inverosímil. También aquellas donde se subía a la copa de un árbol sólo para no perder de vista a la mujer que amaba tras despedirse de ella. Y sus pelos de punta al ver un presunto fantasma en Casado y con suegra, un gag delirante.

Todas estas imágenes pertenecen a sus películas mudas. Pero mi película favorita de Lloyd es Cinemanía, una película rodada en los primeros años del cine sonoro. Se supone que las películas habladas de los cómicos del mudo perdieron interés. Tal vez fuera el caso de Keaton, atado a un contrato leonino, una vida personal desastrosa, una pareja cinematográfica inadecuada en Jimmy Durante.

Cinemanía es una gran comedia, presenta al típico personaje de Lloyd, un tipo honesto, tranquilo, enamoradizo y metepatas que vive en un pueblo y se traslada a la gran ciudad en busca de su sueño, ser actor. Esta película refleja de manera ajustada los rodajes de aquella época en Hollywood, la forma de rodar, de interpretar, lo que se busca en las historias, los castings, cómo se está pendiente de los gustos del espectador, los nuevos avances en el sonido. También hay buenas escenas cómicas donde Harold desarrolla el buen humor de su entrañable metepatas. Pero, sobre todas las cosas, Cinemanía me atrapa por un amor surrealista e inocente. Harold se enamora del personaje de una película mientras no para de discutir con la actriz que lo interpreta ignorando que es la misma persona. Un amor totalmente extraño y delirante.



Tags: Cinemanía, Movie Crazy, Harold Lloyd, Clyde Bruckman

Publicado por elchicoanalogo @ 22:47  | Cine
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S?bado, 08 de noviembre de 2008

Entre el amor y la sombra
me debato: último yo.
Prendido de un débil sí,
sobre el abismo de un no,
me debato: último
amor.

Tira de mis pies la sombra.
Sangran mis manos, mis dos
manos asidas al frío
aire: último dolor.

Este es mi cuerpo de ayer
sobreviviendo de hoy.
Ángel González
Final (en Áspero mundo)


Tags: Final, áspero mundo, Ángel González

Publicado por elchicoanalogo @ 14:28  | ?ngel Gonz?lez
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Jueves, 06 de noviembre de 2008
El criminal es un rompecabezas de voces y personajes en torno a la violación y asesinato de una muchacha de catorce años. Todo se centra en ese acontecimiento, en la búsqueda de un culpable en un adolescente de quince años, en satisfacer las pretensiones egoístas de abogados, periodistas y ciudadanos.

Thompson escribe de manera directa, sin artificios, como un disparo, es desnudo, no deambula por descripciones innecesarias y no tiene un buen concepto del ser humano, muestra su lado miserable, cicatero, manipulador y sombrío. Los abogados sólo quieren hacer carrera, los periodistas, vender más periódicos a cualquier costa, aunque sea aplastando a un inocente y rompiendo los pocos principios que les quedaban, los ciudadanos necesitan la tranquilidad de ver ajusticiada la maldad, de tranquilizar su conciencia, de sentirse seguros. Un puñado de seres amargados y derrotado.

Al buscar información en Internet supe que falta una página final en la edición que tengo (editorial Jucar), con más de un fallo en la edición, por cierto. Aquí: http://www.sedice.com, se traduce esa página.
Estonces lo oí. La ráfaga de viento, las gotas que golpeaban los cristales de las ventanas.
Esperé. Y otra vez hubo un largo silencio. Después, otro suspiro.
--Eres culpable de un error muy común, Don. El miedo a los símbolos. Crees que te he convertido en un títere. No te gusta. Te sientes humillado. Degradación por asociación. Y todo cuanto hago es ponerte a prueba, a ti y a tus poderes de observación. Para seguir, para ascender, debes estar muy atento a todo. Sin embargo... debes de estar muy cansado. Debes de estar muy, muy cansado. Te aconsejo que vayas a tomarte un café.
--¡N...No! --dije--. ¿Quién coño se cree que es usted? ¿Quién coño se cree? ¿Un dios?
--Sí. ¿No te parece que tú también lo eres? Ve a tomarte un café, Don.
--Sí, señor --dije--. Sí, capitán.
Deje el auricular sobre el escritorio, con suavidad. Salí cruzando la sección local y bajé al vestíbulo en el ascensor. Salí a la calle a ciegas y me dirigí a un restaurante.
Pasé de largo al llegar a él. Entré en un bar.
Me senté en un taburete tapizado con piel y pedí un whisky doble con agua.
Casi había terminado mi bebida cuando un camarero me golpeó en el hombro.
Lo seguí hasta el teléfono.
--¿Sí, capitán? --dije.
--El grupo era necesario, ¿verdad, Don? --dijo--. Hay que guiarte y ahora yo no tengo nada para dirigirte. Nada con que forzarte. No puedo usar la salud de Teddy. Nada con que tentarte o hacerte sentir miedo u obligarte a trabajar más duro.
--Nada --dije--, y eso es fantástico.
--Están recogiendo tus cosas, Don, y los de contabilidad están preparando tu liquidación. Si puedes aguardar donde estás ahora, un chico te lo bajará todo dentro de unos minutos.
--Son las nueve y media --dije--. Quiero que me pague por cada minuto que tenga que esperar.
--Claro. Verás que tu cheque incluye hasta las diez menos cuarto. Y, Don...
--¿Qué? --pregunté.
Permaneció callado.
--¡Suéltelo! --dije--. ¿Qué es lo que quiere decirme?
Tosió, excusándose. No parecía en nada el capitán.
--Lo siento, pero no te lo puedo decir. No encuentro las palabras para expresar lo que siento. Lo único que sé decirte es que lo siento. He lamentado mucho de verdad enterarme de la muerte de Teddy.






Es probable que ningún momento sea el adecuado para comenzar este relato. Una cosa así seguramente comienza muy atrás... Andas por ahí haciendo lo que hay que hacer y, cuando te paras y te miras a ti mismo, te puedes quedar pasmado. Piensas: "¡Dios mío!, no soy yo. ¿Cómo me he puesto así?". Pero sigues adelante, pasmado o no, odiándote o no, porque no tienes mucho que explicar. No te mueves, te mueven.

( … )

No recuerdo que los adolescentes de mi época fueran así. Pienso que deben ser los tiempos, esta época en la que vivimos, cuando las razones de vivir se pierden en medio de la batalla por la supervivencia.

( … )

Resultaba sorprendente, realmente sorprendente, que los crímenes se cometan, puesto que todos los asociados o conocidos de algún delincuente siempre te dicen que sabían desde el principio que se trataba de un mal bicho. No actuaba de forma correcta, ¿sabe? No podía mirarte a los ojos (o miraba demasiado). Hablaba mucho (o no lo suficiente). Claro que sabían que era un timador, que estaba a punto de cometer sus fechorías. Entonces, ¿por qué no mencionaron sus sospechas?
Jim Thompson
El criminal (traducción de Mar Guereñu Carnevali y Mª Luisa Peñabaz. Jucar)

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Publicado por elchicoanalogo @ 20:10  | Libros...
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Existen muchas maneras de ganarse la vida. se puede ser, por ejemplo, probador de zapatos de lujo, para lo que no se necesita más que caminar unas horas al día para comprobar la comodidad del calzado mientras uno deambula y se pierde por las calles reflexionando sin parar. Éste es el oficio de nuestro protagonista, un hombre cuya existencia avanza entre la soledad de sus paseos y la originalidad de sus reflexiones.

De eso trata precisamente este libro, de un hombre que se dedica a pensar en los pequeños detalles que le rodean mientras pasea por la calle o está en su casa, vacía desde el abandono de su última pareja, o acude a alguna reunión social. El protagonista siempre se detiene en esos aspectos de la vida diaria en los que apenas reparamos, mujeres con maletas, escaparates, mendigos, aves que planean por túneles mientras reflexiona sobre la vida, la madurez, qué es el fracaso, el amor, las diferentes mujeres que han pasado por su vida. los recuerdos de infancia. Un libro sobre lo cotidiano.





Lo cierto es que cada vez más a menudo me asalta una voluntad de mutismo que empieza a preocuparme, porque no sé si todo este silencio que necesito para vivir puede considerarse normal o más bien el principio de una extraña enfermedad en la que el desmoronamiento, el desgarramiento o la deshiladura interior no son más que los primeros síntomas. Miro al suelo y observo las pelusas de suciedad acumuladas aquí y allá. ¡Es increíble el sigilo con el que se multiplican! De pronto se me ocurre que quizá la palabra que mejor defina mi actual estado de ánimo sea pelusa. Soy igual que una partícula de polvo: medio transparente, blando por dentro y flexible por fuera, exageradamente ávido de compañía, y además silencioso.
Wilhelm Genazino
Un paraguas para este día (traducción de Beatriz Galán. Galaxia Gutenberg)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:34  | Libros...
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Martes, 04 de noviembre de 2008

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees 
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
                   Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...
Ángel González
Muerte en el olvido (en Áspero mundo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:54  | ?ngel Gonz?lez
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Domingo, 02 de noviembre de 2008
José Ángel Muriel tiene nuevo libro. Se titula El talismán cósmico y en unos días podrás encontrarlo en cualquier librería. Editorial Hidra (http://www.editorialhidra.com) lo ha publicado dentro de la colección Tú decides la aventura y lo ha incluido entre sus lanzamientos de octubre. Esta serie supone el rescate y la actualización de un género muy popular hace unos años, el de los libro-juegos. En ellos el lector es el auténtico protagonista, pues con sus decisiones la historia va tomando forma.

El talismán cósmico se preparó con el propósito de conseguir un relato en el que primara la calidad, sin olvidar, naturalmente, el entretenimiento y la emoción. Escribirlo fue realmente divertido. Vosotros mismos podréis comprobar el resultado. Si leíste Ladrones de Atlántida, te gustará. Si no lo hiciste, también.

Sinopsis: En la isla de Samos, un antiguo caserón deshabitado es la puerta de entrada al templo de Héctor, el rey de los magos. La clave de su poder fue un extraño talismán que alberga un secreto inimaginable. Acompañado de tu amiga Irene podrás desvelar uno de los mayores enigmas de la Humanidad... Pero cuidado con tus decisiones, porque de ti depende el destino del planeta.

Encontrarás más información en:
http://www.elautor.com
http://www.joseangelmuriel.com



Tags: El talismán cósmico, José Ángel Muriel

Publicado por elchicoanalogo @ 21:04  | Libros...
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S?bado, 01 de noviembre de 2008
Apenas eran las cinco de la tarde y en la plaza del arenal empezaba a reunirse un pequeño grupo de lectores expectantes y curiosos. Esta vez, sin lluvia. La tarde despejada, fría, un cielo luminoso.

Una chica tomaba fotos de la plaza semi vacía. Una mujer, sentada bajo los árboles otoñales, leía. Un par de hombres daban vueltas por las casetas cerradas, impacientes. Parejas y adolescentes cruzaban la plaza, toqueteándose o apenas rozándose, hacia el casco viejo o el centro de la ciudad, hoy adormecida por la fiesta.

Las casetas se abrieron perezosas. Sonido metálico, las placas azules que se levantaban, los libros que se dejaban ver entre los resquicios de las casetas. Hubo una pequeña marea. Empezamos a acercarnos primero con timidez, luego con decisión. Hoy fue complicado pasear entre los puestos, el sonido de la apertura de la feria atrajo a más y más curiosos.

Vi la cara de gente ilusionada por ver los libros de su infancia, por encontrar aquellos que habían perdido o que les faltaban para completar una colección. Pasábamos las manos, cientos de dedos que tocaban libros ya envejecidos, que seguían envejeciendo con cada roce, con cada toque curioso.

Encontré unos cuantos libros que tengo en mi habitación, ediciones de los años 70 del círculo, por ejemplo. Me pregunté si algún día mis libros acabarán en una caseta de una feria, si habrá quién los compre y quién será ese comprador. Mis libros llevan mi nombre en la primera página. No es un acto de posesión. Es para despertar la curiosidad de sus futuros dueños.

En mi recorrido de hoy, entre un montón de libros, uno pequeño, casi invisible, del cuentista O. Henry: El péndulo y otros cuentos. Cuando lo compré pude fijarme en sus primeras páginas. Es un libro argentino, de la editorial tiempo. Se hicieron 3000 copias en 1977. Ya le tengo cariño. Y lle di la vuelta a la imagen del espejo. Me pregunté por su primer dueño, si habrá venido desde Buenos Aires en algún traslado, si los mandaron acá los de la editorial para venderlos.

Me he dejado llevar por libros desconocidos cuyos argumentos, en un principio, me interesaron. El cómplice, de Konrád. En la contraportada, un fragmento increíble. En el fondo no sé quién soy. Me encuentro siempre antes del futuro y más allá del pasado. Ya no soy quien fui y no soy todavía el que será. ¿Por qué me expulsan a cada momento de mi pasado? ¿Por qué me confiscan todo cuanto me es, al menos, familiar? Sólo puedo volver a mi patria por el furtivo camino del ensueño y, sin embargo, todo mi cuerpo aspira con todos sus sentidos a regresar a casa. Tuve que comprarlo.

Y, cómo no, me hice con algún autor de los que me atraen. El grito silencioso, de Oé, una especie de continuación del durísimo Una cuestión personal. La literatura japonesa me atrapó hace tiempo.

Tardé hora y media en recorrer la feria. Ya era de noche cuando visité la última caseta, una caseta curiosa, dedicada a tratados políticos (de izquierdas) y novela negra, extraña combinación. Entré en un café. Los adolescentes caminaban traviesos, juguetones por la calle. Anticipaban la noche que tenían por delante. Y yo, en una esquina de la cafetería, pasaba de la calle a los libros, de una vida a otra.

No seré el primer dueño de los libros comprados, han llegado a mí sin saber por qué se deshicieron de ellos, quiénes fueron sus anteriores lectores.


Libros comprados, El péndulo y otros cuentos (O. Henry); El cómplice (György Konrád); Casa de campo (José Donoso); Los amigos del crimen perfecto (Andrés Trapiello); El grito silencioso (Kenzaburo Oé ); El mundo según Garp (John Irving)


Tags: Feria del libro, Bilbao

Publicado por elchicoanalogo @ 23:13  | Libros...
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