Viernes, 05 de diciembre de 2008
La obra es una mezcla fascinante de paisajes líricos y agudamente personales, con otros más contundentes y anecdóticos en torno a sus años de juventud en aquel encantado lugar en el que fue «muy pobre pero muy feliz», en un tiempo de ilusión entre dos épocas de atrocidad. Diario del hombre y del escritor, crónica de una época y una generación irrepetibles, este texto alinea en sus páginas a figuras como Gertrude Stein, Ezra Pound, Scott Fitzgerald o Ford Madox Ford.


Un libro bohemio, lleno de amor por la literatura y por París. Hemingway escribe desde y sobre cafés, mira a su alrededor, a las calles parisinas, a los pescadores del río Sena, a los hipódromos, a los artistas que inundaban aquella ciudad, Joyce, Picasso, Fitzgerald, habla sobre el arte de escribir, de subsistir, de relacionarse.

Hay una cierta imagen mítica del París que retrata Hemingway, una ciudad de artistas y viajeros, de escritores que intentan captar otra realidad, un lugar de encuentro y supervivencia. Son los años de entreguerra, el desastre de las trincheras dejado atrás, la sensación de una extraña euforia, las fiestas y la celebración de la escritura (el recuerdo, la añoranza y las mentiras conscientes). Buen libro.





Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.» De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tome la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.
Ernest Hemingway
París era una fiesta (traducción de Gabriel Ferrater. Seix Barral)

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Publicado por elchicoanalogo @ 15:39  | Libros...
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