viernes, 05 de diciembre de 2008
4.5 grados a las tres y media de la tarde. El día gris, invernal, en suspenso. Tenía las manos en los bolsillos, entumecidas, los dedos parecían contener agujas finas. La carretera estrecha, tuvimos que detenernos para dejar pasar a otro autobús que venía en dirección contraria a la nuestra. Me fijé en los jirones de nubes bajas sobre los montes. Cuando desaparecían dejaban ver las cumbres nevadas, los árboles transformados en figuras de cristal. Me recordó a algunos parajes descritos en la literatura japonesa. Y la literatura japonesa me llevó a Nami san, amiga de mi primo Pablo. Es la primera japonesa con la que me relaciono cinco años después de mi fiebre por los autores de aquel país, fiebre iniciada con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y acrecentada por Kawabata. Nami san empezó a aprender español porque le gustaba la salsa, el flamenco. Pensé en que, tal vez, debería aprender japonés. Y pasar un tiempo en aquel país.
Hojas otoñales acumuladas en el arcén, Hogarth cantaba Tomorrow on the horizon en mi mp3. En algunas curvas o trozos de la carretera, flores en recuerdo de los que murieron en ese lugar en accidentes de tráfico. Flores en los quitamiedos, en las paredes, en la base de los semáforos. La fugacidad de la vida contenida en el último segundo. Recuerdos dolorosos. Recuerdos… Dejaremos de existir cuando ya no haya quien nos recuerde.
Sentía mis pies fríos sobre las aceras mojadas. Charcos en las esquinas de la carretera, niños que saltaban sobre otros charcos, un paraguas roto y abandonado en mitad de mi camino. Mi aliento. Estelas de vapor.
En mitad de mi camino, Marta en la estación de tren de Autonomía. Siempre en una estación de tren. Los fantasmas existen. Y regresan al presente. Seguía siendo una aparición sobrenatural, tan duradera como mis pisadas en la lluvia. Marta, su fantasma, su presencia, cada tarde esperaba el tren de las 14.20. Ahí coincidíamos. Ella venía de su mundo posible, yo de mis estudios. En el andén, estudiantes y trabajadores. Nos reconocíamos, siempre éramos los mismos. La rutina. Entre todos ellos sus labios curvosos, sus cambios de imagen, su perfil avasallador. Un amor platónico. Mi único amor platónico. Y como todo amor platónico no quería romper la barrera de la irrealidad, de la ensoñación, me conformaba con sentirla en la distancia. Pero en una ocasión se rompió la barrera. Me pidió fuego. Por suerte, la ensoñación no desapareció. Recuerdo cómo esperaba esos minutos donde compartíamos andén y vagón, miradas fugaces, reflejos de la realidad. En mitad de mi camino, un fantasma.
Entré en una cafetería situada al lado del cine. En sus paredes, fotogramas encuadrados de El halcón maltés o El abrazo de la muerte. La silueta reconocible de Hitchcock. Más sombras, más fantasmas. ¿Estás ahí?

Tenía ganas de ver Bella, de Alejandro Montaverde. Había escuchado la opinión de un par de personas de mi confianza. Y decidí dejarme llevar. En Bella, José es un futbolista que está a punto de dar el gran salto a un club millonario cuando, en un instante aciago, atropella a una niña. Años después, otro gesto inesperado le permite emprender el camino de la redención: decide seguir a una compañera embarazada que acaban de despedir y pasar un día (a)típico en Nueva York con ella. Bella tiene cosas interesantes, la forma de romper la continuidad temporal con saltos en el tiempo, de mostrar ese accidente, algún que otro diálogo admirable, el aspecto de náufrago de José (parecía Jim Caviezel), las secuencias donde se habla del aborto y del accidente mortal y la demostración de que la vida puede cambiar en menos de un segundo, tanto para bien como para mal. Y la redención. Lo peor, algunas escenas demasiado edulcoradas y el doblaje (en el original se mezcla el español con diferentes acentos y el inglés y ver esta película con el único acento de Valladolid confunde, han tenido que cambiar varios diálogos donde la protagonista no entendía español).

Volví a la calle. Era de noche. Resaltaba la blancura de la nieve en los montes. Llovía. El asfalto reflejaba la luz de las faroles y los coches, la luz de las ventanas. El sonido de las ambulancias. En un segundo, en la eternidad de un segundo, la vida cambia.


Bella en Filmaffinity


Tags: Bella, Alejandro Monteverde, Eduardo Verastegui, Tammy Blanchard, Manny Perez, amor platónico

Publicado por elchicoanalogo @ 6:55  | Cine
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