El Día de la Independencia, galardonada con los premios Pulitzer y PEN/Faulkner, ha sido llamada la Gran Novela Americana de los noventa y ha consagrado definitivamente a Richard Ford como uno de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX. Richard Ford recupera en esta novela a Frank Bascombe, el inolvidable protagonista de El periodista deportivo. Han pasado cinco años y reencontramos a Frank Bascombe en el verano de 1988. Sigue viviendo en Haddam, Nueva Jersey, pero ya no ejerce de periodista deportivo; ahora se dedica al negocio inmobiliario y, tras el divorcio, mantiene una relación sentimental con otra mujer, Sally. Mientras busca una casa para unos insoportables clientes, Frank aguarda ilusionado la llegada del fin de semana del 4 de julio, Día de la Independencia, que va a pasar en compañía de Paul, su conflictivo hijo adolescente. Insuperable retratista del norteamericano medio, Ford retoma a su antihéroe y lo lanza a una nueva aventura cotidiana, en la que se entremezclan desolación, melancolía, humor y esperanza. Hace años que sigo a Richard Ford. Y lo hice por una casualidad. Regalar a un amigo periodista El periodista deportivo. Lo ojeé y hubo algo que me llamó la atención. Luego leí uno de sus relatos en la antología del cuento norteamericano. Le doy una importancia igual a cero, que diría Girondo, a sus premios y galardones. Hay algo en su forma de escribir que me atrae, hay algo que me envuelve. Su domino del lenguaje, voluptuoso e ingenioso, su forma detallista de narrar, los párrafos sorprendentes en mitad de una sencilla descripción de una calle… Si en sus relatos cortos (recomiendo, cada vez que puedo, Rock Springs), todo parece concentrado, que va directo al núcleo, Ford escribe de manera exhaustiva sus novelas, sobre todo las dedicadas a su alter ego, Frank Bascombe. Y creo que así podría definir El día de la independencia. Exhaustiva. Tres días descritos en 600 páginas, con infinidad de detalles, de historias afluentes, de reflexiones sobre la mirada del protagonista. Frank Bascombe intenta convivir con el mundo, avanzar por su “periodo de existencia” mirando alrededor, la forma de ayudar, de ayudarse, de equilibrar una vida sacudida por la muerte de su hijo y su divorcio. Ha dejado el periodismo deportivo para ser agente inmobiliario, para encontrar a los demás un lugar para la vida, nuevos inicios, algo que sacuda la rutina. Una casa es algo más que un objeto, es un proyecto, una vida en común. En tres días se ven los intentos de Frank por vender una casa a unos clientes desesperantes, por llevar a su hijo de viaje para poder entrar en su mundo y ayudarle con su miedo, su sensación de pérdida y llevarlo en una dirección esperanzadora, por delinear su relación con Sally, con Ann, su ex mujer. Este libro puede echar atrás, es decir, es profundamente descriptivo, puede hacerse lento y se puede “leer cómo crece la hierba a tiempo real”, pero, dios, cómo está escrito, he anotado varias páginas con las reflexiones de Bascombe. Me ha gustado tanto como El periodista deportivo (sus cuentos siempre están un peldaño por encima). Me falta Acción de gracias para completar la historia de Frank Bascombe y su lugar en el mundo. Me ha gustado por la fragilidad, por lo exhaustivo, por leer sobre una persona cercana y complicada, porque, no sé, a veces necesito leer sobre un tipo que está en un porche, mira a lo lejos, te describe cada cosa que ve y lo relaciona con su propia vida, con sus recuerdos. Hay cierta fragilidad en todo esto…
No hay mayor desilusión que la incapacidad para compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.