Jueves, 18 de diciembre de 2008
Un hecho triste, claro, de la vida de los adultos es que uno ve cosas a las que nunca se adaptará que le apuntan desde el horizonte. Uno las ve como los problemas que son, uno de preocupa tremendamente por ellas, hace previsiones, toma precauciones, realiza ajustes; se dice a sí mismo que cambiará el modo en que hace las cosas. Pero no lo hace. No puede. En cierto modo, ya es demasiado tarde. A lo mejor incluso es peor: a lo mejor lo que se ve acercarse desde lejos no es lo auténtico, lo que asusta, sino sus repercusiones. Y lo que uno teme que ocurra ya ha ocurrido. Es algo parecido a darse cuenta de que todos los grandes avances recientes de las ciencias médicas no nos serán de ninguna utilidad, aunque nos alegremos de ellos, esperemos que tengan a punto una vacuna a tiempo y pensemos que las cosas todavía podrían mejorar. Pero también es demasiado tarde. Y así se desarrolla nuestra vida antes de que nos demos cuenta de ello. Y se nos escapa. Ya lo dijo el poeta: ”El modo como se nos escapan nuestras vidas es la vida.”

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Todo el viaje tuvo para ella la virtud de un regreso, nostálgico y silencioso, a triunfos pasados en compañía de “otro” no convencional, justo antes de que la vida –la vida adulta y seria- empezara de verdad y la diversión quedara olvidada para siempre; mientras que para mí era más una expedición inquieta por un paisaje exterior, extraño pero apasionante, iniciada con la esperanza de llegar a un refugio temporal donde me sentiría satisfecho, renacido, menos angustiado, posiblemente incluso feliz y en paz.

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A veces, aunque no demasiado a menudo, me gustaría ser todavía escritor, pues todo lo que pasa por la mente de alguien se desvanece como el humo, mientras que, para un escritor –incluso un escritor pésimo-, se pierden menos cosas. Si te has divorciado de tu mujer, por ejemplo, y posteriormente piensas en aquella ocasión, digamos, doce años antes, cuando casi rompiste con ella por primera vez pero no rompiste porque decidisteis que os queríais mucho el uno al otro o no ibais a cometer semejante tontería, o porque los dos tenías sentido común y buena voluntad, y decides que, puesto que las cosas iban a terminar de aquel modo, deberías haberte divorciado mucho antes porque ahora crees que perdiste algo maravilloso e irremplazable y como resultado estás lleno de una añoranza que no puedes esperar compartir, si fueras escritor, incluso un escritor de relatos malogrado, tendrías un sitio donde colocar ese hecho de modo que no tuvieras que pensar en él todo el tiempo. Te limitarías a escribirlo, subrayarías las frases más horribles y lamentables, las pondrías en boca de otras personas que no existen (o mejor aún, en la de un enemigo tuyo levemente disfrazado), las volverías patéticas y conseguirías librarte de tu fardo para el disfrute de otros.

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No parece, de hecho, que hayan abierto nunca el libro (sólo fue expuesto a la lluvia). Paso a la página de la dedicatoria: “A mis padres” (¿a quién si no?), a la del título, dispuesto a disfrutar de las líneas “Frank Bascombe”, “Melancólico otoño” y “1969”, compuestas en vigorosos caracteres Ehrhardt, tan atractivos, y notar la vieja sincronía extenderse hasta aquí y ahora. Lo que pasa es que lo que mi ojo encuentra, escrito en azul sobre la página del título, con una letra que no conozco, es: “Para Esther, en recuerdo de aquel otoño realmente maravilloso contigo. Te quiere, Dwayne. Primavera de 1970”, todo ello tachado con un pringoso lápiz de labios y debajo escrito: “Dwayne. Recuerdos de dolor. Recuerdos de follar. Recuerdos del más grande error de mi vida. Con mi desprecio hacia ti y tus marranadas. Esther. Invierno de 1972.” Hay una gran huella de unos labios rojos debajo de la firma de Esther, unida con una flecha a las palabras “Que te den por el culo”, también con lápiz de labios. Es muy distinto de lo que esperaba.

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No deberías pensar que no estás hecho para ser feliz. ¿Entiendes? No deberías acostumbrarte a no ser feliz sólo porque no puedes conseguir que todo ajuste a la perfección. No todo ajusta a la perfección. Tienes que dejar que algunas cosas sigan por su cuenta, en definitiva.
Richard Ford
El día de la independencia (traducción de Mariano Antolín Rato. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 6:07  | Libros...
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