Jueves, 18 de diciembre de 2008
Las ofertas muchas veces aparecen de modo inesperado, providencial: el dueño se mete unos cuantos Manhattan entre pecho y espalda, da una vuelta por el jardín al caer la tarde para recoger los papeles que han volado de la basura de los vecinos, rastrilla las últimas hojas mojadas y fértiles del invierno de debajo de la forsitia donde está enterrado su viejo dálmata, Pepper, realiza una atenta inspección de las coníferas que plantaron él y su mujer como seto cuando estaban recién casados, hace mucho tiempo, da un paseo nostálgico por las habitaciones que ha pintado y los cuartos de baño cuyas juntas ha rellenado con lechada después de la medianoche; mientras se pasea toma un par de combinados más, y de repente, siente una punzada en el corazón y se esfuerza por reprimir las lágrimas que acuden a sus ojos al pensar en la vida que hubiera podido llevar y que hace tiempo que perdió, unas lágrimas que todos (si es que nos importa seguir vivos) deberíamos dejar correr… Y ¡zas!: a los dos minutos está al teléfono, interrumpiendo la sosegada cena en casa de un agente inmobiliario, y diez minutos después el paso está dado. Es un progreso, en cierto sentido.

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También me ha contado que recientemente ha empezado a imaginar el proceso del pensamiento, y que el suyo parece que está hecho de “anillos concéntricos”, brillantes como hula hoops, uno de los cuales es la memoria, y que intenta, pero no lo consigue, que todos “encajen unos en otros” del modo congruente en que él piensa que deberían encajar: sólo algunas veces, justo antes del momento preciso del sueño, consigue, aunque brevemente, olvidarlo todo y sentirse feliz. Me ha hablado asimismo de lo que él llama “pensar que piensa”, esto es, que intenta mantener un control continuo de todos sus pensamientos como un modo de “entender” cómo es él mismo y de controlarse y, en consecuencia, mejorar su vida (aunque al hacer eso, claro, corre el riesgo de perder la chaveta). En cierto sentido, su “problema” es sencillo: se ha visto empujado a tener una idea de la vida y de la manera como debe vivirla demasiado pronto, mucho antes de que haya visto pasar, como barcos averiados, el número suficiente de crisis sin arreglo, y se haya dado cuenta de que arreglar una de cada seis constituye una buena media y que hay que dejar que del resto se ocupe el tiempo: una habilidad muy útil para salir adelante en el Periodo de Existencia.

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Es mejor renunciar a la mayoría de ellas, junto con la idea misma de la plenitud, puesto que al cabo de un tiempo uno queda tan atascado con todo lo que hizo, a lo que se ha rendido, en lo que ha fracasado, contra lo que ha combatido o lo que ha detestado, que no puede hacer el menor progreso. Otro modo de decir esto es que cuando uno es joven, su adversario es el futuro, pero cuando ya no es joven, su adversario es el pasado y todo lo que se ha hecho en él, y el problema consiste en librarse de él.

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Y entonces hubo un largo, un frío silencio, que los dos sabíamos que era el silencio del mileno, el silencio del divorcio, del agotamiento de un amor parcelado, racionado de diversas maneras injustas, de un amor perdido cuando se debería haber hecho algo para que no se perdiera pero no se hizo, el silencio de la muerte mucho antes de que se percibiera su ominosa presencia con el rabillo del ojo.

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No estoy seguro de lo que me acongoja: si es la impresión de profunda familiaridad que me causa este lugar o su rígida resistencia a mostrarse familiar conmigo. Se trata de otro asunto, de otro ejercicio útil del Periodo de Existencia, y una evidente lección de la profesión de agente inmobiliario, consistente en que se deja de santificar a los lugares: casas, playas, ciudades natales, una esquina de una calle donde una vez besaste a una chica, un campo de maniobras donde desfilaste en formación, un juzgado donde obtuviste un divorcio un día nublado de julio, pero donde ahora no quedan signos de tu presencia; no hay ninguna indicación en el aliento del aire de que hayas estado allí, ni de que tuvieras una presencia importante allí, ni siquiera de que hayas existido. Nos parece que esos lugares quizá deberían manifestarnos algo debido a las cosas que una vez sucedieron allí, encender un cálido fuego para animarnos cuando estamos casi exánimes y hundidos. Pero no hacen nada. Los lugares nunca cooperan a reactivar los recuerdos cuando lo necesitas. De hecho, casi siempre te abandonan, como comprobaron los Markham en Vermont y, ahora, en New Jersey. Será mejor que te tragues las lágrimas, te acostumbres a las sensiblerías sin importancia y sigas hacia lo que viene después, sin preocuparte de lo que ocurrió antes. Los lugares no significan nada.

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Hay estremecimiento y estremecimientos, claro. Hay el “estremecimiento del amor”, el estremecimiento –a menudo acompañado de un gruñido de animal- del fantasma del sexo fulgurante, seguido frecuentemente por una sensación de pérdida que se podría cortar con un cuchillo. Hay el “estremecimiento de dolor”, el que se experimenta en la cama a las cinco de la madrugada cuando suena el teléfono y un extraño te dice que tu madre o su hijo mayor acaban, “lamentablemente”, de expiar, éste, por lo general, va acompañado de una pena aniquiladora, que casi parece un alivio, pero no lo es en absoluto.
Richard Ford
El día de la independencia (traducción de Mariano Antolín Rato. Anagrama)


Tags: día de la independencia, Richard Ford, Mariano Antolín Rato, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 15:13  | Libros...
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Comentarios
Gracias =)
Publicado por Invitado
Domingo, 10 de mayo de 2009 | 3:22
De nadaGui?o
Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 10 de mayo de 2009 | 9:45