Martes, 23 de diciembre de 2008
Sobre los tejados del casco viejo un cielo gris, plomizo, (sin flores en el cielo) sin apenas claros que dejasen pasar la luz del sol. Las calles sombrías cobraban vida por el eco de cientos de conversaciones entrecruzadas, de pasos indecisos, pausados, de abrazos inesperados. De la boca de los transeúntes salían estelas de vapor.

Apenas podía ver los escaparates. La gente se agolpaba delante de ellos, miraba curiosa ropa o juguetes para regalar. En una esquina, un hombre vendía cupones. Delante de la iglesia, se preparaba un mercadillo caritativo. Ojeé los libros envejecidos, casi polvorientos. Algunos en inglés y en francés. Siempre me atraen los libros.

Entré en una librería. Los compradores hacían cola para pagar sus libros en la entrada. Cada vez que piso una librería me dejo ir a la deriva, sin prosa, sin preocupaciones, me siento como en casa, en un lugar conocido y siempre amable. Rozaba el lomo de los libros, como en el mercadillo, tomaba alguno entre mis manos, Bukowski, Margaret Atwood, Lorenzo Silva. En mitad de una estantería, un libro me miraba, El rumor de la montaña, de Kawabata. Recordé la historia por la película de Naruse, en seguida vinieron imágenes en blanco y negro de una historia melancólico.

Había quedado con mis amigos Iñaki y Blanca. Una comida navideña. Una comida entre camaradas para sacudirse la rutina de encima, para reír y cobijarse en otras personas. Mis manos se adelantaron, agarraron Rock Springs, de Richard Ford y Cuentos, de Benedetti. No quería ser el único con un libro. Y me gusta regalar fuera de las fechas habituales y esperadas.

Desanduve el camino. El hombre que vendía cupones, el mercadillo, los escaparates tras las estelas de vapor. Iñaki y Blanca miraban la entrada del metro, esperando mi llegada. Por unos segundos (una pequeña eternidad) pude contemplarles sin ser visto.

Iñaki sigue siendo periodista, cambio el deporte por la economía, pero, para mí, será el periodista deportivo, como cuando lo conocí en una televisión local. Fuma y bebe cerveza mientras escribe. La típica estampa de periodista o escritor. Blanca dejó la televisión y la radio. Enseña. Es feliz, creo que es feliz. Le gusta lo que hace.

Tomamos unas copas entre risas y bromas y camaradería y comodidad. Comimos en un restaurante japonés abarrotado. A nuestra izquierda, una mesa redonda. Mejillas sonrosadas, gritos, sonrisas abiertas y francas. Detrás de nosotros, una clase de instituto que celebraba la comida de navidad. Blanca se sorprendió por lo maquilladas y preparadas que estaban las niñas.

Paseamos por un Bilbao ceniciento, apagado. Amenazaba lluvia. Iñaki se encontró con un antiguo profesor. Blanca y yo lo esperamos mientras charlábamos. Blanca es cercana y tranquila. Me contiene. De fondo, sonidos de sirenas. Las hojas otoñales en la hierba del parque. Y papeles atrapados en las ramas de los árboles. Miré el edificio gris que construían a unos metros. Nunca entenderé que se hagan edificios grises.

El paseo solitario junto a la ría. Empezaba a anochecer. Las luces navideñas se encendían poco a poco, como una ola gigantesca. La ría negra, abisal. La sonrisa de Blanca cada vez que me paraba en los escaparates con libros.

Un número. Acabado en 606. Nuestro décimo de lotería compartido. Sueños de plata. Si tocase lo gastaría en regalos para familia y amigos, algún viaje, ayudas y, sobre todo, libros. 606. El final de un sueño quimérico.

Una despedida. En la estación de tren. Un par de besos a Blanca, un roce en el hombro de Iñaki. Dos amigos. De los que dan luz.

En el tren, el reflejo de una mujer que se maquillaba mientras avanzábamos bajo el túnel. Siempre me ha fascinado una mujer maquillándose, el contorno negro de sus ojos, enigmático, el rojizo en sus labios, como un atardecer.

Y gotas de lluvia en la ventana.

Para Iñaki y Blanca, Christmas Time Is Here, de Steve Vai

Christmas Time Is Here (Steve Vai)





Tags: navidad, villancicos, bilbao, casco viejo, Christmas Time Is Here, Steve Vai

Publicado por elchicoanalogo @ 6:54  | Festividades
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