A veces me siento estúpido, un calzonazos, al escribir y escribir y escribir sobre un naufragio que ya no tiene solución. Porque el pasado no cambiará, es inmutable. Mis errores tampoco. Como tampoco cambiarán las cosas que me molestaron. Es curioso, al inicio era yo quien hablaba del amor que sentía y no dejaba hablar a Gabriela sobre su forma de amarme. En el último par de años era Gabriela quien hablaba del dolor y lo mal que se sentía con la relación y no se daba cuenta de que, tal vez, ese dolor era por parte de ambos. Monopolizamos los sentimientos, como si el otro no sintiera algo parecido.
No sé, estoy cansado y hastiado. Intento mantener el equilibrio. Que lo que me molestó y dolió no llegue a Gabriela, y aún así llega. Intento que no me afecte, y aún así me afecta. Pienso en cosas que tal vez no fueron, invisibilidad, omisión, ausencia, búsqueda de algo mejor, sentirme fuera de parte de su vida, quejas, planear eternidades... Todo eso pasa a mi lado, como icebergs. Y a veces chocan.
A veces,
mi egoísmo
me llena de maldad,
y te odio casi
hasta hacerme daño
a mí mismo:
son los celos, la envidia,
el asco
al hombre, mi semejante
aborrecible, como yo
corrompido y sin
remedio,
mi querido
hermano y parigual en la
desgracia.
A veces -o mejor dicho:
casi nunca-,
te odio tanto que te veo
distinta.
Ni en corazón ni en alma
te pareces
a la que amaba sólo
hace un instante,
y hasta tu cuerpo cambia
y es más bello
-quizá por imposible
y por lejano-.
Pero el odio también me
modifica
a mí mismo,
y cuando quiero darme
cuenta
soy otro
que no odia, que ama
a esa desconocida cuyo
nombre es el tuyo,
que lleva tu apellido,
y tiene,
igual que tú,
el cabello largo.
Cuando sonríes,
yo te reconozco,
identifico tu perfil
primero,
y vuelvo a verte,
al fin,
tal como eras, como
sigues
siendo,
como serás ya siempre,
mientras te ame.
Ángel González
Carta sin despedida
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