Gabriela me pidió un favor, que le escribiera su perfil para las páginas de redes sociales (creo que las llaman así ) en las que participa. Me pareció inesperado. Y complicado. Porque cada vez que me han encargado escribir algo, artículos de cine o literatura, me he bloqueado. Y es que soy anárquico al escribir, lo hago sólo cuando me apetece y sobre lo que me apetece. Una vez me puse a ello me sentí como Cyrano. Escribir por otro, para que esa persona se presente ante los demás, ante Roxana, con mis palabras. Por una noche fui Cyrano…
Escribí...
Hace cuatro años conocí a Gabriela. Y cambió mi vida, la sacudió y le dio un vuelco. La puso patas arriba. Gabriela inició mi viaje, mi camino, me puso en marcha e hizo que sacudiera mi cómoda rutina, que me arriesgara y moviera. Gabriela movió lo que parecía inamovible, hizo desaparecer la quietud y el miedo y la burbuja donde me encontraba. Y esa capacidad de influir en la vida de otro la tienen pocas personas, sólo quienes son diferentes, especiales y únicas, sólo quienes se separan de las convenciones y de los pensamientos y sentimientos repetidos que se encuentran en cualquier parte.
Gabriela me dejó boquiabierto. Era la primera vez que conocía una mujer como ella, Zappiana y Floydiana, es decir, transgresora y emotiva, sensual y mimosa, siempre inteligente e inquieta. Se fue enredando dentro de mí, habitándome. Me atraía esa forma de ser que me mostraba poco a poco y con el paso de los días su presencia se convirtió en imprescindible.
Como su nombre, como su cara, Gabriela es hermosa, una hermosura que aún no he encontrado en otro lugar. En este mundo de espejos, que decía Stanislaw Lem en Solaris, donde he visto rostros parecidos en ambas partes del océano Atlántico, aún no me he encontrado con su reflejo. Y es que la cara de Gabriela es espectacular. Sus ojos rasgados, cambiantes, que lo dicen todo, su pequeña boca, su pelo largo. También podría hablar de su cuerpo, lo sé de memoria, pero no lo tengo permitido. Y si su cara es así, si su cuerpo emociona, su persona, lo que guarda dentro de ella, lo supera con creces. Gabriela es impulsiva, siempre me descolocaba con sus palabras inesperadas, con sus gritos de alegría, con sus bajones de ánimo. Aprendí a saber cómo era, a reconocer su estado por su voz, aunque siempre había un momento donde me desubicaba. Es frágil (y dan ganas de abrazarla), miedosa, como yo, y no se da cuenta de lo bueno que tiene dentro, de lo que aporta a los demás, de lo mucho que vale y cómo toda ella es pura emoción.
Siempre está buscando historias que la conmuevan. Películas bizarras, libros aventureros, amores únicos, canciones desconocidas. Zappa y Floyd. Y transmite esa pasión por aquello que la emociona. Me ha descubierto El gran Meaulnes, La hija del capitán, los cuentos de Laiseca, Rock Bitch, Bella, pasajes de Rayuela que me ha leído con su voz es sedosa, acompasada, rítmica, musical y que luego ha analizado y absorbido, que he visto cómo se instalaban en su interior y formaban parte de ella. Hermoso ver cómo un párrafo se adentraba en sus entrañas. Siempre descubre algo nuevo que necesita compartir, puede pasarse media hora hablando de The Wall o de Irreversible, decirte exactamente aquello que le ha llamado la atención, analizar con coherencia una escena de Sacrificio, de Tarkovski o reírse con alguna comedia norteamericana de gags estrambóticos o las cagadas de Rial. Es inquieta, inteligente, lúcida. Y eso duele. Lo decía Aristarian en Lugares comunes, el dolor de la lucidez. Ese dolor también es parte de Gabriela.
Escribe lindas poesías. Son como fotografías, como imágenes. Es curioso que sus palabras sean eso, imágenes. Si fuera constante, si tuviera mayor confianza en ella, se pasaría el día escribiendo, pensando en mundos posibles. Tiene una gran capacidad de ensoñación, de involucrar lo onírico en lo real, de imaginar un lago con un cadáver dentro del pecho de un hombre.
Es demasiado dura y severa consigo misma. No consigue verse como le vemos los demás. Le gustaría ser fría y lógica. Pero ella nunca podría ser así. Le pueden las emociones. Siempre está cuando se la necesita, siempre, aunque le hayas hecho el mayor de los daños, te escucha, te intenta ayudar, te quiere empujar como el viento a la espalda. Nunca había conocido a una persona que se preocupara tanto por los demás, por su bienestar. En mi caso, me encerré. Eso hizo que me convirtiera en otra persona. Ella quiso que saliera de mi estado catatónico. Lo consiguió al dejarme. Incluso cuando me dejó, me ayudó. He vuelto al camino que ella abrió años atrás, a los viajes, los encuentros con amigos, a la vida.
Es de las que se preocupan por la miseria de alrededor. He visto cómo ha acogido perros y gatos callejeros, ha cuidado palomas hasta que han podido volar, se levantaba cada poco tiempo para dar la medicina a una perra enferma o llevaba a un veterinario a los perros de la facultad de medicina. Una vez tuvimos que sacrificar a uno de ellos.
Me gusta su risa, su humor es diabólico, a veces se te atraganta, es tímida, se nota en su forma de andar, parece como si se escondiese. Mimosa. Le gusta que la mimen. Y las voces que hay en su voz. La irónica, la triste y apagada, la reconfortada, la puñetera, la amiga, aquella que te preocupa y aquella que te da la vida. Una docena de voces. Incluso a miles de kilómetros uno puede sentir cómo está por su voz.
Perderla ha sido lo más doloroso en mi vida. Esa es una medida como otra cualquiera para calificarla. Sólo cuando pierdes algo importante te duele. Y llevo 11 meses lidiando con mi herida, intentando cualquier cosa porque no doliera. Y es que Gabriela se ha quedado dentro de mí. Tiene esa capacidad.
Gabriela tiene defectos, obvio, necesita una mayor fuerza y ánimo, más confianza en sí misma, no dejarse llevar con tanta facilidad ni enfadarse por boludeces que le estropean el día. Pero ninguno de sus defectos, ninguno, se puede asociar a una mala persona. Gabriela, en sí, es pura bondad. Y es fácil de demostrar. No se da cuenta de algo importante: con la educación que ha recibido, el ambiente en el que ha crecido, podría ser la peor de las personas, descreída, sarcástica, huraña e hijadeputa. Y es la mejor de las personas, inteligente, irónica y emocionante. Necesita ayuda para encontrar su lugar en el mundo, no apoyarse en alguien para encontrarlo, pero sí tener a amigos que estén ahí para cuando necesite una red. Ahora recuerdo que es cabezota. Entrañablemente cabezota, desesperadamente cabezota. Uno tiene que darle forma a su vida, sí, nadie va a hacerlo en tu lugar, pero muchas personas estarán dispuestas a que no decaiga, a que sea, por fin, feliz y esté a gusto consigo y su vida.
No ha encontrado su lugar en el mundo. Es demasiado dubitativa, no débil, sino dubitativa. Como aquello de no hay camino para la paz, la paz es el camino, debería ver que encontrar su lugar ya es un objetivo, un plan que seguir y cumplir. Y que ese encontrarse no tiene fin.
Sigue siendo lo mejor que me ha sucedido. Y lo más doloroso. Está en los dos extremos. Aún intento superar su perdida, aún intento aprender a convivir con el vacío que me ha dejado. Pero siempre hay que quedarse con lo mejor. Y ella es lo mejor en mis 33 años.
Se me olvidaba decir que cuando algo le apasiona, se entrega por completo.
Me hubiera gustado terminar su perfil con una canción que ella me descubrió, Maps, de Yeah, Yeah, Yeahs. Por aquello del estribillo, Wait, they don’t love you like I love you. La querrán distinto, mejor, peor, más fuerte, más desapasionadamente, de la forma que ella necesita y busca o de manera mediocre y cobarde. Pero la querrán. Así que termino con una poesía de nuestro admirado Bukowski que parece escrita para ella…
cuando Dios creó el amor no ayudó mucho
cuando Dios creó a los perros no ayudó a los perros
cuando Dios creó las plantas no fue muy original
cuando Dios creó el odio tuvimos algo útil
cuando Dios me creó a mi, bueno, me creó a mí
cuando Dios creó al mono estaba dormido
cuando creó a la jirafa estaba borracho
cuando creó las drogas estaba drogado
y cuando creó el suicidio estaba deprimido
cuando te creó a ti durmiendo en la cama
sabía lo que hacía
estaba borracho y drogado
y creó las montañas y el mar y el fuego al mismo tiempo
cometió algunos errores
pero cuando te creó a ti durmiendo en la cama
se derramó sobre su Bendito Universo
Charles Bukowski
Sí sí
Siempre la querré. Y siempre querré que sea feliz, sobre todo que sea feliz, es uno de mis deseos más importantes en esta vida. Eso es algo que consiguen las personas voladoras, las emocionantes… Las pocas que son como ella.