Viernes, 02 de enero de 2009
Ha sido un cambio de año tranquilo, dulce y cálido, sin asperezas ni malos momentos, dos días que espero marquen el camino de este 2009. En los últimos días de diciembre me había sentido sin fuerzas para evitar mirar atrás, repasaba al año que terminaba y me dejaba llevar por una cierta tristeza. Esperaba el cambio de año para terminar con eso. Y es que, inconscientemente, este cambio de año iba a actuar como frontera, como punto de no retorno.



Una curva tras la estación de Zorroza y el edificio sin cristales de la antigua feria de muestras destrozada por la bomba de eta. Era una imagen extraña, inesperada, una imagen que remitía a una zona catastrófica tras algún huracán extremo.
Apenas me crucé con otras personas en el paseo de la ría. Llegué al museo marítimo. Atracado en el muelle, la goleta Thalassa. Las cuerdas que partían de los tres mástiles, la pasarela cerrada, el ligero vaivén, la sirena como mascarón de proa. Pura aventura. Parecía que, en cualquier momento, aparecería el hombre de Boston.
Cerca de la gran vía, hombres y mujeres con bolsas de regalos hablaban por el móvil y gritaban buenos deseos y sonreían mientras les brillaban los ojos. Me crucé con un par de mujeres en traje de noche. Y con la oleada de luces azules de los árboles invernales. Entré, sin quererlo, en la casa del libro. Compré los tres últimos libros de este año. Bukowski. Auster. Hajnoczy.



Cuando salí de casa cayeron unas tímidas gotas de lluvia. El viento arrastraba las serpentinas apiladas en el suelo, en las ramas desnudas de los árboles, los restos de petardos y cohetes, la soledad de la tarde de año nuevo. El cielo dividido en nubes y claros se difuminaba con la luz del atardecer. Los árboles desnudos siempre me han parecido radiografías de pulmones.
Apareció Sergio con Eva y su hija Eider. Eider tiene 8 meses, está enorme, sus ojos son curiosos, inquietos y le gusta canturrear. Luego se unió Diana con su sonrisa perenne. En la cafetería, Eider jugueteaba con las cucharas y los pañuelos, tiraba todo al suelo lo golpeaba contra la mesa, a veces reía con esa sonrisa inocente y natural de los bebés.
La noche, tranquila y agradable. Paseamos por un pueblo sin apenas gente. Conversaciones. Risas. Y la sonrisa de Sergio, una sonrisa provocada por una llamada y que sólo la puede producir el amor, hablar con la persona que quieres. Esas llamadas que hacen que te brillen los ojos, que te sientas ilusionado y con una calidez interior que sería capaz de derribar la más alta montaña.
Diana me abrazó en la despedida. No sé cuándo volveremos a vernos. Y es que la mayor parte de las personas que quiero están lejos de mí. Creo que nuestro próximo encuentro será en Houston. Y le dije que uno de mis deseos de este año es recibir la noticia de su embarazo. 
Ha sido un gran cambio de año. 2009. Tomorrow on the horizon…


Publicado por elchicoanalogo @ 19:20  | Great White Way
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Comentarios
Chico an?logo,

Nos ha gustado tu relato..disfrutamos del rato que pasamos..poco tiempo y demasiadas an?cdotas, y tu el m?s callado apenas te permitimos contar las tuyas..lo sentimos por eso..esperamos de verdad, que el nuevo a?o, este nuevo punto de partida, sea ese en el que se cumplan algunos de tus deseos, un abrazoGui?o
Publicado por Eider y Eva
S?bado, 03 de enero de 2009 | 16:23
Fuye una tarde muy agradable, y mejor no contar mis cosas, llevaba un a?o de desastre en desastre y ya no ten?a ganas de hablar de ello.
Me gust? conocer a Eider, tan sonriente, ver c?mo Sergio sonre?a al recibir "la" llamada (qu? caras ponemos cuando nos llama la persona que amamos), despedirme de Diana. Fue todo muy lindo.
Abrazos y cari?os para las dos.
Publicado por elchicoanalogo
S?bado, 03 de enero de 2009 | 17:21