Martes, 06 de enero de 2009
Entretenido, salvaje, desvariado, melómano, extravagante… Hace años vi la película de Stephen Frears, me pareció una historia interesante con un John Cusack en estado de gracia. Desde entonces quise leer el libro. Lo he leído con una sonrisa en la cara. Rob Fleming es uno de eso personajes entrañables a pesar de sus constantes meteduras de pata, su infantilismo y egoísmo. Aún así se te hace entrañable. Es extraño, lo sé.

Y es eso sobre lo que trata Alta Fidelidad, sobre madurar y no ser con 36 años aquel adolescente ignorante de 15, de asumir los nuevos roles y ver cómo la vida va más allá de las convenciones que hemos creado.

Y sobre el amor. Está el amor a la música (y la neurosis coleccionista de Rob). Es increíble la cantidad de referencias musicales de este libro, de Zappa a Marvin Gaye, de Neil Young a Katrina and the waves. Vas anotando mentalmente cada canción para escucharla por primera vez o volver a escucharla por enésima, es un recorrido musical. Y el amor. Con mayúscula. Alta fidelidad parte de una ruptura. Laura deja a Rob y en la primera parte él se dirige a ella y le cuenta su top5 de grandes rupturas, cómo ella llegó tarde para colarse en ese top5. En la segunda parte va comprendiendo que ese amor tranquilo que creía podía permitirse perder y por el que no iba a sufrir nada era algo más, mucho más, una puerta a la madurez, al compromiso, a ser un adulto con errores y sin miedos. Descubre lo más cercano al amor de su vida.

Nick Hornby escribe con un estilo desenfadado que engancha fácilmente, tiene párrafos desternillantes, top5 de cualquier categoría, el top5 de las canciones para un lunes por la mañana, de películas subtituladas, de capítulos de Cheers…, y crea a un persona tan egoísta como humano, tan entrañable como inmaduro al que tomas cariño y con el que te enfadas cuando parece que sólo quiere dejar pasar las oportunidades, cuando la va a estropear una vez más. Y está Laura, una mujer que es pura coherencia, que no quiere seguir en una relación estancada, que ve lo que conviene en cada momento, que es frágil en ocasiones, que sabe que Rob necesita una patada en el culo para que avance. Y están Barry y Dick, los dependientes de la tienda de disco de Rock, uno loco, otro apocado, inolvidables ambos. Y Marie, la cantautora yanqui que se parecen a Susan Dey. Y los vinilos. Y las cintas grabadas a una persona especial.






Algunas de mis canciones preferidas: Only Love Can Break Your Heart, de Neil Young; Last Night I Dreamed That Somebody Loved Me, de los Smiths; Call Me, de Aretha Franklin; I Don´t Wan´t to Talk About It, de quien sea. Y luego, Love Hurts, When Love Breaks Down y How Can You Mend a Broken Heart, y también The Speed of Sound of Loneliness y She´s Gone, y I Just Dont´t Know What to Do with Myself, y qué sé yo. Hay canciones de éstas que he escuchado por término medio al menos una vez por semana (trescientas veces el primer mes, y después de vez en cuando), desde que tenía dieciséis, diecinueve o veintiún años. ¿Cómo no va a dejarte eso magullado por algún sitio? ¿Cómo no te va a convertir eso en una persona fácilmente rompible en mil trocitos, cuanto tu primer amor se va al garete? ¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música? ¿No te convierten todos esos discos en una persona de tendencia melancólica? Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean videos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro.
Nick Hornby
Alta Fidelidad (traducción de Miguel Martínez-Lage. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 2:16  | Libros...
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