Las primeras luces de la mañana.
Jirones de una voz con docenas de voces y de un sueño.
Frío.
El aliento en mi boca.
2 grados en un termómetro con números rojos.
Nubes sombrías, extrañas, cenicientas en el horizonte.
Retazos de cumbres nevadas.
Las aceras mojadas y brillantes que reflejan la luz del sol.
Pensamientos desubicados, intranquilos.
Amanecí con las primeras luces de la mañana. Apenas había dormido un par de horas. Las últimas imágenes de mi sueño se evaporaron al abrir los ojos. Recordé su voz llena de fragmentos de otras voces, su voz que era capaz de hacerme saltar, sonreír, llorar o hundirme. Está pegada a mi piel, como la huella de sus dedos, de sus labios, de sus palabras. Mi piel como mapa de su paso transitorio por mí. Cada mañana, los recuerdos aparecen en oleadas.
Hacía frío. A cada paso, el aliento escapaba de mi boca. De niño me parecía algo mágico, inaudito. Humo en mis labios. Como si fuera el rastro de una fogata.
El termómetro de la esquina marcaba dos grados en números rojos. Una mujer cruzó la calle. Llevaba abrigo, guantes, bufanda y gorro. Me gusta sentir el frío en la cara, me despeja y me atonta, me hace sentir vivo y a la vez triste.
En el horizonte, sobre los montes, nubes sombrías y cenicientas. Anticipaban la lluvia (¿agua nieve?) que ahora cae sobre Ortuella. El resto del cielo, azul, gélido, inquieto. Las aceras mojadas reflejaban la luz del sol, por momentos te cegaban con su brillo.
Llevaba una semana sin salir. La libertad de la calle, el frío, el viento, las nubes cenicientas me arrastraban hacia pensamientos extremos, tranquilidad y dudas, hacia recuerdos que son como jirones de una vida.