Viernes, 30 de enero de 2009
Baricco es escritor y es mago, y como con los magos hay que dejarse llevar y disfrutar de su forma poética de escribir, de sus inventos e historias inverosímiles, de su tono de fábula. No hay que intentar descubrir el truco, preguntarse cómo se hace, más vale quedarse con la ilusión, creer que cada página es como un hombre que vuela o la paloma que sale de un pañuelo violeta.

Tierras de cristal me recordó a Seda y Esta historia, los inventos de la segunda, los viajes misteriosos de la primera. Siempre con la prosa poética de Baricco, con sus digresiones sobre la percepción de la realidad (hay una hermosa, muy hermosa, sobre el tiempo y los trenes, el libro merece la pena sólo por esas páginas desvariadas)

Hay una ciudad extraña, unos personajes enigmáticos, inventores, locos, visionarios, una mujer, como siempre, hermosa, tan hermosa que duele, regresos que se anuncian con una cajita y una locomotora que llegará hasta el mar, un inventor de instrumentos musicales, de notas invisibles, capaz de crear dos sinfonías que serán tocadas a la par, un arquitecto que sueña con un palacio de cristal, una viuda que se imagina un matrimonio, un niño que es capaz de ver y paralizar un segundo de una vida, como un fotograma, mientras la vida continúa, un destino en forma de chaqueta de hombre sobre el cuerpo de un niño de ocho años.

Baricco habla del tiempo, del amor, del destino, el dolor, la muerte y el infinito, de cómo a veces la vida/amor es como los raíles de una vía de tren, siempre escapando hacia delante sin alcanzarlos nunca. Su voz es de fábula, de cuento, con detalles y pequeñas historias por doquier.

Y, también, la imaginación como refugio y huida, como soporte de la vida (y con estas páginas recordé Un hombre en la oscuridad de Auster).
 
No sé si Tierras de cristal es un gran libro o no, sólo sé que es un gran truco de magia. Y me quedo embobado y boquiabierto con la ilusión que se representado ante mí.





Tenía grabadas en los ojos dos imágenes: el rostro de Jun, el más bello que había visto en su vida, y la mesa preparada abajo, en el comedor. Los tres candelabros, las luces, el cuello estrecho de las botellas talladas como diamantes, las servilletas con misteriosas letras bordadas, el humo que salía de la sopera blanca, el borde dorado de los platos, la fruta muy brillante depositada sobre grandes hojas en una bandeja de plata. Todas estas cosas y el rostro de Jun. Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonido que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.

( … )

El chico ya había intuido, entonces, que la vida es un tremendo lío y que, por regla general, estamos llamados a afrontarla en un estado de absoluta y radical falta de preparación. Sobre todo lo desconcertaba —no sin razón— la cantidad de cosas que había que aprender para sobrevivir a las incógnitas de la existencia (que eran, precisamente, tantas): miraba el mundo, veía un ingente número de objetos, personas, situaciones y comprendía que sólo en aprender el nombre de todas aquellas cosas —todos los nombres, uno a uno— emplearía una vida. No se le escapaba que en esto se escondía cierta paradoja.
«Hay demasiado mundo», pensaba. Y buscaba una solución.
La idea se le ocurrió, como ocurre a menudo, como extensión lógica de una experiencia banal. Frente a la enésima lista de la compra que la señora Abegg le puso en la mano antes de enviarlo al Bazar Fergusson e Hijos, Pehnt comprendió, en un instante de nouménica iluminación, que la solución se hallaba en la astucia de catalogar. Si uno, a medida que aprendía las cosas, se las apuntaba, obtendría al final un completo catálogo de las cosas que debía aprender, consultable en cualquier momento, actualizable y eficaz contra eventuales pérdidas de memoria. Intuyó que escribir una cosa significa poseerla, ilusión hacia la que se inclina una parte no desdeñable de la humanidad. Pensó en centenares de páginas abarrotadas de palabras y sintió que el mundo le daba un poco menos de miedo.
Alessandro Baricco
Tierras de cristal (traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira. Anagrama)

Tags: Tierras de cristal, Alessandro Baricco, Carlos Gumpert, Xavier González, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 20:47  | Libros...
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Comentarios
Con tu rese?a estoy deseando leer este libro.

Un abrazo.
Publicado por alex19sm
Martes, 03 de febrero de 2009 | 1:10
Es un libro entre p?etico y surrealista, conn aire de f?bula. Creo que te gustar?a, ?lex.
Abrazos
Publicado por elchicoanalogo
Martes, 03 de febrero de 2009 | 9:29
Este libro es absolutamente maravilloso para toda persona que aprecie la belleza en si misma de la literatura. No es solo la belleza de la historia, de lo que dice, sino de c?mo lo hace. Lo he le?do unas 10 veces, y siempre lo disfruto de nuevo.
Publicado por Invitado
Viernes, 12 de marzo de 2010 | 20:13
Realmente es un libro hermoso en la forma y en el contenido. Es lo que me gusta de Baricco, su manera de combinar realidad, poes?a y sue?o. Saludos
Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 12 de marzo de 2010 | 20:25