Lunes, 16 de febrero de 2009
Decía Hemingway que un buen relato debe ser como un iceberg; lo que se ve es siempre menos que lo que queda oculto bajo el agua, y otorga intensidad, misterio, fuerza y significación a lo que flota en la superficie. Los cuentos de este libro cumplen con todas estas premisas. Una colección de Roberto Bolaño, consagrado unánimemente como el mejor escritor latinoamericano de su generación.


Con Llamadas telefónicas he sentido que volvía al mundo de Los detectives salvajes, escritores fantasmales, Arturo Belano, el álter ego de Bolaño, México y Cataluña, mujeres errantes extraviadas, vagabundos y poetas. Cada libro de Bolaño me sorprende por lo exuberante de su escritura, por su dominio de la palabra. Cuentos que terminan de forma abrupta o inesperada, que son un retazo, un momento concreto de una vida y como tal no hace falta que expliquen todo, personajes en el límite y mucho amor y obsesión por la literatura, por esa raza extraña y compleja que son los escritores. La obra de Bolaño parece un río con numerosos afluentes que se cruzan en el momento más inesperado. Cada libro completa el anterior, lo agranda, parece que huye hacia lo ilimitado.

La ternura de una actriz porno hacia el olvidado y escondido Jack Holmes, las relaciones tempestuosas, dolientes con mujeres depresivas, los escritores que viven por su amor a la literatura, las cárceles chilenas y españolas, las vidas que se dispersan por caminos inusuales, por relaciones que no acaban en ninguna parte, la violencia seca, desértica, la frontera con Estados Unidos.

Hay mucho de extravío, de búsqueda, de locura, mucho de amores pasajeros y dolorosos, de llamadas a media noche y muerte. Cada relato es un microcosmos unido al siguiente, cada relato es un gran disfrute y la perplejidad de leer uno de los escritores más sorprendentes y condenadamente buenos de los últimos años.





B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

( ... )

Parecía un gusano blanco, con su sombrero de paja y un Bali colgándole del labio inferior. Todas las mañanas lo veía sentado en un banco de la Alameda mientras yo me metía en la Librería de Cristal a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las paredes de la librería que en efecto eran de cristal, ahí estaba él, quieto, entre los árboles, mirando el vacío.
Supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba a las ocho y media de la mañana y él ya estaba allí, sentado en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Nunca lo vi con un periódico, con una torta, con una cerveza, con un libro. Nunca lo vi hablar con nadie. En una ocasión, mientras lo miraba desde los estantes de literatura francesa, pensé que dormía en la Alameda, sobre un banco o en los portales de alguna de las calles próximas, pero luego conjeturé que iba demasiado limpio para dormir en la calle y que seguramente se alojaba en alguna pensión cercana. Era, constaté, un animal de costumbres, igual que yo. Mi rutina consistía en ser levantado temprano, desayunar con mi madre, mi padre y mi hermana, fingir que iba al colegio y tomar un camión que me dejaba en el centro, donde dedicaba la primera parte de la mañana a los libros y a pasear y la segunda al cine y de una manera menos explícita al sexo.
Roberto Bolaño
Llamadas telefónicas (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:16  | Libros...
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