Mi?rcoles, 18 de febrero de 2009
El señor Pip es un canto de amor a la literatura, al poder evocador, sanador, aventurero, imaginativo de la literatura, a cómo una pequeña historia se queda dentro y nos hace mirar al mundo de otra manera, nos habla de otros mundos y otras formas de vivir y enciende dentro de nosotros las ganas de saber más, de ver más allá de lo que conocemos. Los libros como raíces que se enroscan en el interior.

Todo empieza con el bloqueo y la guerra civil en una isla desconocida y abandonada. El único blanco del poblado se dedica a enseñar a los niños. Y utiliza Grandes esperanzas de Dickens. A través de él organiza sus clases, pide a los adultos del pueblo que hablen de lo que conocen, los peces, el color azul, el demonio, cualquier historia que sirva para enseñar, para ver fuera de las cuatro paredes blancas.

Es una historia de amor con la literatura, una forma de integrar Grandes esperanzas en la realidad, ver cómo un libro transforma y reconforta y da lucidez. Y con la lucidez, el dolor.

Me gusta la forma en la que está escrito, con una suave melancolía, la suave melancolía de quien recuerda la infancia y sus primeros pasos en algo desconocido, de quien habla de su hogar y todo lo que haya vivió en ese momento decisivo donde una persona madura.

Matilda, la niña protagonista, la narradora, crece en sus páginas, encuentra en un libro una puerta de evasión y de conocimiento. Se pregunta por todas esas palabras desconocidas, marjales, Londres, benefactor, compara la vida de Pip con la suya, su viaje con su cabaña.

El señor Watts, un blanco en mitad de una comunidad negra, aislado de lo que fue su mundo, se dedica a leer el mejor libro del mejor escritor inglés del siglo XIX, lo hace con dotes de mago. Y es que es eso, un libro es como un truco de magia. Unas cuantas palabras y de repente te encuentras en un poblado pobre de una isla del pacífico.

El señor Pip es un gran libro, emotivo, cercano y doloroso (como dicen, el amor es dolor). Y por una vez no nos acercamos al Londres victoriano, sino a una isla de la que nadie se interesa. A las atrocidades que no conocemos, a las vidas que ignoramos.





El señor Watts nos había regalado a nosotros, los niños, otra porción del mundo. Descubrí que podía volver a ella siempre que quisiera. Es más, podía elegir cualquier momento de la historia. No es que concibiese lo que oíamos como una historia. No: yo oía a alguien contar algo sobre sí mismo y cuanto le había sucedido.

( ... )

-Hoy hemos tenido mucha suerte. Mucha. Hemos recibido una lección práctica de que, si bien es posible que no conozcamos todo el mundo, con inteligencia podemos crear un mundo nuevo. Podemos inventarlo con las cosas que encontramos y vemos alrededor. Sólo tenemos que mirar con atención y procurar ser tan imaginativos como la abuela de Daniel.
Lloyd Jones
El señor Pip (traducción de Isabel Ferrer. Salamandra)

Tags: El señor Pip, Lloyd Jones, Isabel Ferrer, salamandra

Publicado por elchicoanalogo @ 13:46  | Libros...
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