Como la mayoría de las personas de mi generación, mi infancia transcurrió entre libros de Ibáñez, Asterix y Obelix, Tintín o la 13 rue del percebe. Empecé Un hombre feliz con una errónea percepción del cómic. Esperaba encontrar algo parecido a los superhéroes de Stan Lee. Y es que no suelo leer novelas gráficas o cómics. Soy un ignorante en esa parte de la literatura. Antonio Seijas ha creado una novela gráfica emotiva, nostálgica, melancólica. La historia de un viaje interior, de una huída y a la vez la búsqueda de cierta quietud y calma que consiga hacer llevadera la pérdida del protagonista. Las imágenes son pura tristeza, me ha sorprendido el tono quedo y taciturno de la historia de un hombre que abandona a su amor sin saberse la causa, se aleja, se queda en un pueblo costero intentando olvidar mientras fotografía el horizonte, el mar, una naturaleza a la que se acerca mientras se aleja de los demás aspectos de la vida. Contado como un puzzle, a golpe de flashbacks, cada página sorprende por las imágenes enigmáticas, atrayentes y oníricas, por unos trazos que emocionan y por ese amor perdido del que hablan sus páginas (y, añado, el amor por la literatura). Hay mucha tristeza y congoja entre sus hojas, entre sus imágenes, la sensación de pérdida, de indefensión, el amor en sí mismo y el amor por la literatura, la reflexión sobre los sacrificios personales. Un hombre feliz es un viaje interior poético y melancólico, es como haber puesto en imágenes la música de Beyond you, de Marillion.