Domingo, 22 de febrero de 2009
1
En mitad de mis paseos, recuerdos cotidianos de Tucumán, las cuadras, los bares y cafeterías, los parques con hojas de lapacho, el suave ambiente invernal, la gente en la vereda, el sol pausado y lento. Retazos de una pérdida irrecuperable. Retazos de sonrisas por los buenos días vividos.
Un sobre con los regalos de Auro. El señor Pip, de Lloyd Jones (nuestra pasión común por Grandes esperanzas, de Dickens); una postal verde con estrellas (y las estrellas como faros y guías del destino), su letra (su voz) que me habla con palabras cariñosas y un marcapáginas del acueducto de Segovia (y sin proponérmelo, como con las postales, he iniciado una colección de marcapáginas que ya sobrepasa la veintena, marcapáginas artesanales, de librerías, de editoriales, de universidades canarias, traídos desde Roma)
Oier y yo camino de la piscina con nuestras conversaciones planetarias. Aún me deja llevarlo de la mano, aún no se avergüenza ni se cree demasiado mayor para esas muestras de afecto. Siempre salta los dos últimos escalones. Me habla de sus superhéroes favoritos. Él quiere ser Spiderman, su amigo Ekaitz, Hulk. Me toca ser un transformer o un gormiti. Pensé en qué superhéroe me gustaría convertirme. Bob el silencioso.
Desde la cafetería de la piscina, el puerto. Los remolcadores ayudan a los cargueros y metaneros a salir a alta mar. El sol ilumina retazos del mar, los claroscuros de la superficie se mueven al ritmo de las pequeñas olas y los tímidos rayos de sol. Pesqueros frágiles, inmovilizados.


2
Sueño con X. Un sueño erótico, divertido, despreocupado. Me levanto extraño y tranquilo. Tal vez mi inconsciente me quiera decir que echo de menos el sexo o intenta cubrir ese vacío con las imágenes de un cuerpo desnudo y sutil.
Con unas pocas palabras Esther me deja entrever algo de su vida. Tenemos la misma edad pero sus 34 años parecen más llenos, más “vividos”, una vida con un camino extenso y aventurero y denso detrás.
La niebla de la mañana tarda en desaparecer. Me recuerda a La carretera, de Cormac McCarthy, ese mundo posnuclear donde ya no existen rastros de naturaleza o esperanza. La niebla tragándose el paisaje, la luz del sol, la vida misma. A media mañana aparecen las primeras sombras de los árboles. Por unos segundos parecen pulmones empalados en mitad del campo.
Camino de Tele7, negocios cerrados y desnudos con carteles de se vende o se alquila. Suelos polvorientos, abandonados. La sonrisa de Laura en la entrada. Su zorionak atrasado y emotivo. El plató de Tele7 tres años y medio después de mi último día de trabajo. Han cambiado los decorados, las cámaras, los televisores. Oskar y Kike. Su compañía aún es sanadora. La conversación final en el coche de Laura. Me pregunta si me arrepiento o si echo de menos trabajar en la tele. La noche estrellada y gélida. Dos zapatillas abandonadas en el arcén de la carretera.


3
La luna cenicienta fija en el cielo glacial. Las calles tranquilas antes del amanecer. W es pura fragilidad. Su rostro, su mirada, su forma de andar y moverse. Parece que se va a descomponer en miles de pedazos, tan fina y destructible como el cristal. W no transmite fuerza, parece que el alma le ha abandonado hace tiempo, que ha salido de su pecho y sólo responde a movimientos mecánicos, deslucidos y tristes. Las pastillas antidepresivas han hecho estragos en su cuerpo y su voz.
En la esquina, un músico ambulante. Lo he visto en otros pueblos de la zona con su acordeón rojizo y desgastado. Cuando echas una moneda en la caja de cartón, agacha la cabeza, sonríe y te dice grasias mientras sus dedos siguen pulsando las teclas. Siempre toca canciones animadas, alegres. Hoy le he visto coger un par de monedas de la caja y entrar en la panadería para comer algo caliente. En la esquina, el acordeón en el suelo y la caja de las monedas sin vigilancia. Y un inesperado olor a eucalipto.
Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño, o volver a Los detectives salvajes, como si fueran capítulos no incluidos o su obra un río con infinitos afluentes. De nuevo Arturo Belano, Cataluña, México, escritores y seres fantasmales. Y la exuberancia de su escritura.
Una suave brisa nocturna. El sonido apagado de la ría en el paseo del muelle. Blanca a mi lado. Me habla de sus estudios, de sus planes, de su casa por estrenar. Le hablo de recuerdos y de viajes. Llegamos al faro, el último punto de tierra posible. En una parte del muro alguien escribió: guarida de vida, ventana en el aire donde nos asomamos. La pequeña luz verde del faro y una rosa de los vientos en el suelo. La luz roja de las boyas en la desembocadura. Un paso más y el mar. Vivimos en un lugar con límites. El cielo levemente nublado. Las cañas de los pescadores perdidas en la oscuridad. Música de blues y rock en sus radios. Entramos en un café teatro. La tarima ocupada por una gran pantalla de televisión que emite un partido de fútbol. En las paredes, carteles de cine. Vincent Price, Gary Cooper, Laurel y Hardy, James Dean, Hollywood Boulevard. La conversación y la risa de Blanca. Frente a mí, una pareja. Ella, aburrida, bosteza. Él no habla. Miré alrededor. Más parejas. Le dije a Blanca que acababa de darme cuenta del día que era. San Valentín. Y una catarata de recuerdos de películas españolas de los años 50, de anécdotas, de miradas sobre la forma de encarar el amor. Blanca y su voz. En el metro, un grupo de cincuentones cantaba de manera impulsiva. Jóvenes con botellas de alcohol y pantalones cortos. Una última copa en Barakaldo y la espera en la estación de tren. Más recuerdos, preocupaciones y bromas. Una despedida y Blanca se aleja por la calle iluminada. Llegué a casa de madrugada. Encendí la tele. El resplandor azulado de la soledad, de la tranquila soledad. Cambiaba de canal, de un documental sobre el amor a una película bélica. Sonreí, no sé la causa pero me sentía acogido.


4
Otro sueño erótico, esta vez con Z. En el sueño me resistía, ella tenía pareja. Pero Z se abalanzaba sobre mí. Lo iba a dejar todo. Al abrir los ojos la luz dorada del sol y resquicios del cielo azul. Si existiese algún dios le daría las gracias por las piernas de las mujeres. No hay nada más perfecto y vertiginoso que la curva, el sonido y el calor de las piernas de las mujeres, un camino siempre nuevo, siempre desalentador.
Slumdog Millionaire. ¿Quiere ser millonario? Danny Boyle. La vida en la India fuera de las postales para turistas. Una historia de amor y constancia. Está escrito en las estrellas. La vida como un viaje de destino inapelable, como un caminar hacia lo escrito. ¿Y si cambiamos de paso? ¿Cambiamos de destino?
La tarde luminosa. El azul se desprende del cielo, se apaga. Como un exorcismo. Mi sombra en la acera. Recuerdos, dudas, demonios interiores, tristeza, lucha, fallos, sonrisas, la última conversación, culpas, no pierdas la cabeza, por favor, no pierdas la cabeza.
Warm wet circles.


5
La luz amarillenta del sol ilumina la cara de mi madre, la colorea de vida, de alegría. Recuerdos de las mañanas de mi infancia en la cocina. Mi madre nos contaba la película de terror de la noche que no nos dejaba ver. Vampiros, hombres lobo, monstruos inimaginables. La dulzura en la voz de mi madre.
El paso de un libro a otro. Hay un momento, suspendido en el tiempo, donde los personajes y la historia terminada se meten en la nueva, como los eslabones de una cadena. Elijo El señor Pip. El amor por la literatura, por Dickens, por las historias alrededor de un fuego, como milenios atrás. Leo e interrumpo mi vida. Leo y desaparecen las paredes de mi habitación, los sonidos de las obras, los coches furiosos. Es como una puerta a otra vida, a otro espacio, a otro tiempo. Dejo de ser yo y me convierto en testigo de otras vidas, más que eso, participo de las frustraciones y victorias y deseos y sentimientos de otros seres. Me encuentro con retazos de mi vida, de mis recuerdos, de mi pasado. Las palabras como un camino inquebrantable, una detrás de otra, un camino con destino, como las estrellas. No hay pérdida en un libro, sólo hay que seguir la siguiente palabra. Siento como si tuviera dos vidas, la realidad, la literatura. Vago de una a otra, soy como un trotamundos en busca de su lugar en el mundo (¿qué mundo?). Y es extraño ese paso de un mundo a otro, como un corte abismal y doloroso.
En los parabrisas de los coches, periódicos pegados para combatir la helada nocturna. Una estrella brilla con firmeza en mitad de la oscuridad. La pareja de alcohólicos y drogadictos del barrio esperan el autobús. Se pelean. Beben de una botella escondida en una bolsa de plástico. Se chillan. Cuando ella sube al autobús se dan un beso tierno y se desean buenas noches. Él no se marcha hasta que desaparece el autobús en una curva. Sergio y yo hablamos de amor. Yo no tengo mucho para hablar salvo mis sueños eróticos. Él me cuenta los avances de su nuevo amor, lo que le hace sentir mal, los buenos momentos, la ilusión y los recelos, las broncas telefónicas y las palabras que emocionan. Cuando nos despedimos, el camarero coquetea con él.
El abrazo partido. Daniel Burman. Las galerías comerciales. El sentido de la familia. Las raíces. La búsqueda de un lugar. La vi por primera vez en un cine de Valladolid junto a Liz, un año antes de mi primer viaje a la Argentina (mi paso partido, mi miedo partido). La historia siempre me engancha y me lleva a aquellas tierras, a mis recuerdos, a cierta nostalgia mezclada con calidez. Una frase yo no la dejé, la perdí. 
Me voy a la cama pensando en cómo me gustaría no sentir nada por unos meses.


6
Atardece sobre el camino. Pequeñas nubes azuladas cubren los montes. Un hombre observa la puesta del sol apoyado en el tronco de un árbol. Las puertas abiertas del cementerio me llevan a la tumba de mi abuelo. Fuera, la fiesta de un partido político en campaña electoral. Fiesta y música y regalos en vez de ideas.
Los correos de Alejandra me calman, me contagian su vitalidad, su amor por el mundo y la naturaleza, su tranquilidad queda y su armonía. En cada correo palabras hermosas y sencillas, siempre palabras hermosas y sencillas, sin quejas ni malos sentimientos, sólo la música, el amor, sus creencias religiosas, sus agradecimientos por el viento, su familia o una tarde de pileta. Los correos de Alejandra son impulsivos y, también, apaciguadores.
La llamada de Sonia. Su vida, sus planes y su hijo Diego. Un nuevo inicio y las ganas de salir adelante. Y libros, muchos libros. Me agradeció mis regalos, se sorprendió por mis gustos, que haya leído a Asimov o tenga varias novelas negras pendientes. Sonia ha perdido su biblioteca. Pero entre todos sus amigos intentamos que arme una nueva. La conversación a través de correos electrónicos con Carolina. La veré en tres o cuatro meses. Extraño hablar con ella. Recuerdos de una noche compartida y Moby Dick.


7
No sé qué hay que hacer con esta clase de recuerdos. No creo que esté bien querer olvidar. Quizá por eso escribo estas cosas, para poder seguir adelante. Leo las últimas 120 páginas de El señor Pip del tirón. Sin paradas, sin descanso. Poco a poco el ruido de la radio, del reloj de pared, de la calle se va diluyendo y sólo queda el sonido inventado de las voces de los protagonistas en mi cabeza, el mar y la selva de la isla de Bougainville, el viento de la noche y los disparos. Después de terminar un libro se mezcla el vacío con todas las palabras leídas, la sensación de despedida, de decir adiós a unos personajes y un lugar que te han acompañado los últimos días, la nostalgia de no saber más de ellos, de que no hay otra cosa que esas palabras y nada más. Son vidas sin futuro, con un final delimitado e inamovible. La pasión por la literatura, su cara sanadora, la imaginación como refugio y como fuerza motora en la vida, personajes inventados que adquieren caras y voces y una presencia tan definible como un recuerdo o un sueño. El amor por la literatura. La tristeza del amor por la literatura. Cómo incide en nuestras vidas, cómo seguimos adelante cada vez más vacíos por tantas despedidas y a la vez tan llenos porque dentro de nosotros nos habitan cientos de otras vidas e historias y victorias y dolores. Nos nutrimos de libros, de palabras, de imágenes que cambian con cada lector. Forman parte de nosotros. Como una segunda o una tercera piel. Estoy huérfano tras una última página. Hasta que vuelvo mi mirada a la estantería y encuentro una nueva historia que me hará deambular entre la realidad y la invención.
Soñé con Gabriela. Nos buscábamos a lo largo del sueño. Deambulaba por calles conocidas pero que no ubicaba con precisión. Entré en un restaurante. Y al poco tiempo ella abrió la puerta. Me daba la espalda. No me vio. Y me desperté. Sentí como si anduviera sobre una cuerda floja.
Las nubes del cielo como un mar que se interrumpía cerca del horizonte, en un monte extraño de Ortuella. Es pequeño. Y está partido por la mitad. Desde hace años sacan rocas y piedras de su interior y el agujero se agranda poco a poco. A veces, de noche, parece un campamento lunar. Hoy mi paseo me lleva por empresas que cierran. En sus puertas, pintadas de los trabajadores despedidos. 280 familias más en la calle. 280 familias corpóreas y cercanas. Para algunos sólo una cifra. Lejos, la fiesta de un partido político.
Me cobijo en una nueva historia. Drácula. La pena por toda la imaginaría adquirida sin haber leído el libro. La inquietante Nosferatu, de Murnau. Bela Lugosi y Tod Browning. Christopher Lee en la Hammer. Jak Palance. Coppola. Cientos de imágenes adquiridas antes de la primera palabra.
You ask me how I'm feeling
I only wish you knew
How hard it is for me to share
Share those kind of things with you



8
La ría reflejaba el atardecer, las nubes huidizas, las primeras negruras. Un pequeño velero pasaba por debajo del Puente Colgante. Había estado jugando al escondite con Oier, le tomé el pelo como lo hicieron mis tíos a mí, trampas ridículas que para mi sobrino son increíbles trucos de magia. Estoy en la otra parte.
En los últimos días he comprobado la visión que tienen de mí como lector. Sonia se sorprendió cuando le hablé de mi pasión adolescente por la ciencia-ficción y Asimov, ella me ve como un lector de historias reflexivas y cree que no me gustaría la literatura Mcdonald´s del estilo de Preston y Child. Clara me toma el pelo con Auster y Murakami. Sami piensa que no me acerco a un clásico, para ella soy un lector compulsivo de Auster. No sabe que con mis primeros sueldos me dedicaba a comprar todos los clásicos que editaba círculo de lectores. Sólo son épocas. Ahora estoy con la literatura contemporánea americana y japonesa. Dentro de unos meses me puede volver la pasión por Asimov o Dickens o los ensayos históricos.
Pensé en cómo me ven los demás. Lo que me permito enseñar. Hay quien cree que soy hermético, lacónico, insensible, hay quien me dice que no doy nada, hay quien me llama egoísta, friki o despistado, hay quien se alegra de que exista y quien me agradece mi amistad, hay quien dice que siempre estoy a la altura. De nuevo, Jeckyll y Hyde. Y no me ubico en ninguno de esos tipos.
La voz de Clara. La voz animada de Clara. Su llamada en mitad de un pasaje tenebroso de Drácula me asustó. Por un segundo me sentí en peligro, en mitad de un castillo semi derruido, perseguido por extrañas criaturas. La voz animada de Clara. Me fui a la cama tranquilo por saber que mi amiga estaba bien y preocupado porque el tono de su voz no cambie.


9
Un paseo por la cuerda floja. Cada paso es inseguro, enigmático, indescifrable. Vaivenes y la posibilidad de caer. Saber que no dominas nada, que estás en un frágil equilibro y que cualquier detalle, en un segundo, hace que te balancees hasta que recobras la estabilidad. Y el siguiente paso te puede acercar a la meta o a la caída. A veces quedo colgado de un pie y debo volver atrás, o pienso que no lo conseguiré y acabaré como al inicio. Pero, por sorpresa, en cada paso encuentro un desconocido sentido de la proporción, una fuerza que había olvidado que estaba ahí, constancia y tranquilidad.
Otro sobre. Esta vez de Sami. Dos libros. Homenaje a Paul Auster y El caballero de la armadura oxidada. Este año llevo 12 libros leídos y 12 adquiridos. No consigo reducir la lista de pendientes. Una locura quijotesca y cautivante. Quiero enloquecer de palabras.
Un paseo por Bilbao y Ortuella. El sol tras un filtro suave de nubes. Hace una semana que no llueve. Y se nota en el ánimo. Yield pintado en una señal de tráfico en Zorroza, como la portada del disco de Pearl Jam. Las calles tranquilas, preparadas para el carnaval. El brillo en la ría. El vaivén de la estación de cercanías. Bach is back. Los niños disfrazados de princesas y guerreros. No se pueden convocar a los fantasmas, no aparecen cuando uno los busca. Nerea en una tienda de regalos de Ortuella. Fuimos compañeros de clase en EGB. Durante cinco minutos hablamos sin parar, una continua catarata de información. Además de la tienda tiene una empresa audiovisual. Me dice que a veces necesitan cámaras para grabar operaciones médicas. De nuevo la misma pregunta, si echo de menos la cámara. En el final de mi paseo me encuentro con un Oier exaltado. Ha conducido una excavadora “de verdad”. Y ha hecho un agujero en el suelo.
El frío se cuela entre mi ropa y mi piel, como una segunda capa de mi cuerpo. Las primeras estrellas distantes y tímidas. Vemos un universo que no existe, que es puro pasado. La mayor parte de esas estrellas murieron, pero nos queda su luz viajando hacia nosotros. Hay personas que son como esas estrellas, personas que murieron pero siguen entre nosotros no como fantasmas sino como presencias reales. Cada vez que nos reunimos en mi familia salen los nombre de mis tíos Polo o Cándido o mi abuela que nunca conocí o mi abuelo Jaime. Nosotros ejercemos de transmisores de su luz. Miro al cielo semi estrellado y pienso en fugacidad, pasado/futuro, nunca presente, en cómo estoy (vi)viendo una abstracción, un mundo que va cientos de miles de millones de pasos detrás de mí. Qué se pierde en el camino.
Un sentimiento egoísta. Me gustaría que alguien sintiera que su vida ha mejorado en algún aspecto por haberme conocido.
A veces pienso en la muerte. No me da miedo ni me angustia la muerte o morir, es un proceso natural, es parte de la vida. Sí temo el dolor irresistible del final, pero no el final (y antes temía a la vida, el riesgo de perder y el dolor que traería esa pérdida. Antes temía a la vida). La tranquilidad de saber que hay un final. Que la vida tiene una lógica y es la vida en sí misma, ese relámpago que somos en mitad de la oscuridad.
Dressed in black, no turning back
We blanked out on the Great White Way



10 (y siguientes)



Publicado por elchicoanalogo @ 1:16  | Great White Way
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