No lamí la rompiente, la sombra de las vacas, las espinas, la lluvia; con fervor, durante años; descalzo, estremecido, absorto, iluminado.
No me postré ante el barro, ante el misterio intacto del polen, de la calma, del gusano, del pasto; por timidez, por miedo, por pudor, por cansancio.
No adoré los pesebres, las ventanas heridas, los ojos de los burros, los manzanos, el alba; sin restricción, de hinojos, entregado, desnudo, con los poros erectos, con los brazos al viento, delirante, sombrío; en comunión de espanto, de humildad, de ignorancia, como hubiera deseado...
¡como hubiera deseado! Oliverio Girondo ¡Azotadme! en Persuasión de los días