Miércoles, 04 de marzo de 2009
Drácula se publicó por primera vez en 1897 y su acción transcurre fundamentalmente en Transilvania, una región del Este europeo, crisol de diversas culturas -rumana, húngara, eslava y gitana- y tierra abonada para fenómenos tan espeluznantes como el vampirismo... Drácula, el muerto viviente, reina en la noche y busca a sus víctimas para succionarles la sangre. Siente deseos eróticos y acecha a las jóvenes hermosas para vampirizarlas. Espía los sueños, aparece en cualquier lugar y ejerce una diabólica fascinación... El conde Drácula es un fenómeno inmortal, y esta es la novela original que ha dado lugar a obras maestras del séptimo arte.

Tenemos en mente las imágenes de tantas adaptaciones cinematográficas que todos llegamos contaminados a la lectura de Drácula. Y es una pena. Uno no puede recrear a su gusto a su particular conde y sus perseguidores. Se confunden las caras de Lugosi o Lee con Peter Cushing, imágenes adquiridas.
Drácula es un gran libro de terror y suspense, un terror que viene dado por los escenarios y unos personajes inquietantes, sobrenaturales (están especialmente logradas la estancia de Jonathan Harper en el castillo de Drácula y el atraque en puerto del barco que lleva a Drácula hasta Inglaterra). Y es un libro de aventuras. Un grupo de personas que tiene que luchar ante lo desconocido en una persecución trepidante por Europa. El movimiento, la llegada de la noche, las atmósferas tenebrosas y turbadoras, las imágenes como de pesadilla, todo contado con descripciones acertadas que provocan tensión en el lector.
La forma en la que está escrito el libro es increíble. Todo con diarios cartas y periódicos. Me recordó al bueno de Wilkie Collins. Así, tenemos un mismo hecho contado desde varios puntos de vista y el ritmo crece en cada capítulo. Interesante.
Drácula es un gran libro, un libro inesperado.
Natalia, gracias por el regalo
Y por último, recomiendo una película de vampiros. Un par de años después de filmar Drácula, Tod Browning y Bela Lugosi hicieron La marca del vampiro. Nada es lo que parece en esta película que es como una pequeña travesura.




- Ya le dije, señorita, que todo eso son tonterías, fábulas. ¡Nada, menos que nada! Todas esas historias de encantamientos, de hechicería, sólo son para las viejas que están un poco majaretas. Todo se ha inventado por los hoteleros y otros negociantes, a fin de atraerse clientes. Cuando pienso en ello me pongo furioso. Y no les basta con imprimirlo en papeles o propagar tales cuentos como si fuesen verdad, sino que llegan a grabarlos en piedra. Mire a su alrededor, por todas partes, todas esas losas que yerguen su cabeza con orgullo, en el fondo, se ven aplastadas bajo el peso de las mentiras grabadas en ella. “Aquí yace fulana…”, o bien “A la venerada memoria…” Y bajo la mayoría de estas losas, no hay nadie. A nadie le importa un ardite la memoria de tal o cual persona. Oh, todo son mentiras, de una especie o de otra, pero sólo mentiras. ¡Dios del cielo! Será estupendo cuando, el día del Juicio Final, lleguen todos, tropezando entre sí y arrastrando penosamente sus losas sepulcrales para demostrar que ellos estaban debajo. Algunos no lo lograrán, ya que sus manos habrán estado demasiado tiempo en el agua del mar para poder agarrar su losa.

- Eres inteligente, querido John. Razonas bien y tienes un espíritu abierto, pero también estás lleno de prejuicios. No permites que tus oídos oigan y tus ojos vean, ni crees en las cosas que no forman parte de tu existencia cotidiana. ¿No piensas que hay cosas que, aunque no las comprendas, existen? ¿Qué algunas personas ven lo que los demás no vemos? Existen cosas que los hombres no perciben porque conocen (O creen conocer) otras que se les ha enseñado. ¡Ah! He aquí el defecto de la ciencia; ésta quisiera poder explicarlo todo, y cuando no consigue explicar algo, declara que no hay nada que explicar. Sin embargo, por doquier y a diario vemos aparecer teorías nuevas, mejor dicho, se dicen nuevas, si bien suelen ser más viejas, aunque finjan lo contrario, como esas ancianas pretenciosas que asisten a la Ópera.
Bram Stoker
Drácula


De propina, un artículo de Pérez Reverte sobre Drácula:

A menudo llegan cartas pidiendo que recomiende un libro para jóvenes. Algo que los anime a leer. En literatura, la palabra jóvenes resulta ambigua y peligrosa, de modo que no suelo meterme en ese tipo de jardines. Cada cabeza es un mundo aparte. Por lo demás, creo que, salvo contadas excepciones, lo que establece la diferencia entre un libro para jóvenes y otro para adultos es la edad de quien lo lee. Unos textos encuentran a su lector en el momento adecuado, y otros no. El conde de Montecristo, por ejemplo, puede fascinar lo mismo a un joven de quince años que a un abuelo de setenta. Y no sabría decir cuándo es más placentero y provechoso leer La línea de sombra, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, Moby Dick o La montaña mágica.
Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular, devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta, su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita –a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento– por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años.
Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada, impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a bordo –pieza maestra dentro de la obra maestra– del capitán de un navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran literatura de todos los tiempos.
Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus pies –¡cómo insiste en eso el autor!– cuando se entregan al terrible seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de manicomios… Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica del mito –160 adaptaciones cinematográficas–, por la magnífica palidez engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial, Vampiros del maestro John Carpenter.
Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo», afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un pedazo de libro, vamos. De los que enganchan –literalmente– por el pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona, yo mismo le devuelvo su dinero.
Arturo Pérez Reverte
La sombra del vampiro


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Libros...
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Comentarios
hola yo soy un chico de 13 años que me gusta mucho leer y escribir (pese a mi falta de ortografia) ,y sinceramente lo ultimo que leei en esta pagina (de Arturo Reverte) me entusiasmo mucho ,y voy a comprar el libro.Pero en lo que estoy en desacuerdo es esto de leer un libro obligatoriamente lectura obligatoria por que la lectura es una fiesta y no una obligasion que te lleva a terminar odiando un libro ,mas en el caso de los jovenes adolecentes o adolecentes.Este es mi punto de vista como joven y espero que les interese
gracias y adios
Publicado por Invitado
Miércoles, 02 de septiembre de 2009 | 3:08
Saludos

Es gratificante encontrarse con chicos tan jóvenes amantes de la lectura y la escritura (las faltas se corrigen con el tiempo, no te preocupes). Creo que Drácula podría gustarte. Eso de “de lectura obligada” es una frase hecha, una pasión hacia tal o cual título. Como bien dices, uno debe leer aquello que crea que le pueda llenar, el mundo de la literatura es casi infinita como para obligarse a hacer algo que te podría desviar de otras lecturas más cercanas. Y sí, interesa tu opinión.
Abrazos y saludos.
Publicado por elchicoanalogo
Miércoles, 02 de septiembre de 2009 | 18:45