Jueves, 12 de marzo de 2009
Nubosidad variable es un cruce de diarios, cartas, recuerdos y reflexiones entre Sofía y Mariana, dos amigas de la infancia y adolescencia que se reencuentran de manera casual en una exposición (como escribe Martín Gaite por boca de una de sus protagonistas la sorpresa es una liebre, y el que sale de caza, nunca la verá dormir en el erial)

Carmen Martín Gaite ha construido un libro exuberante, donde prima el amor por la escritura, donde se habla de ese poder sanador que tiene, esos diálogos interiores donde abrimos las entrañas y descubrimos a los demás, a nosotros mismos, lo que guardamos dentro, una forma de cicatrizar heridas, de recomponer el puzzle que es nuestra vida, de ordenar el caos de recuerdos difusos y palabras nunca dichas y ajustes de cuentas.

Se alternan las cartas de las dos protagonistas, cartas escritas al azar, por necesidad, sin saber nada la una de la otra, porque esas cartas no se echan a un buzón tras ser escritas, sino que se suceden una a otra hasta que se las dan en mano en un final emotivo y distendido. Cartas intimistas, donde se va desgranando la vida de cada una. Sofía, un ama de casa culta que se adormece entre cuatro paredes y parece haber dejado pasar la vida y que recupera en esas cartas el gusto por inventar historias, por (re)crear con sus manos el mundo que le rodea. Mariana, psiquiatra dentro de una relación conflictiva, una relación que se deshace a cada paso y que angustia y destroza todo lo que tiene alrededor, huye a Cádiz, a Puerto Real, para tomar distancia e intentar salir del centro de esa tormenta en la que vive.

Martín Gaite se recrea en las historias secundarias, en los personajes que desaparecen casi nada más aparecer, con un gusto por el detalle exhaustivo, por hablar sobre los sentimientos que nos golpean, por encontrar una salida y despertar de la pesadilla en que a veces convertimos la vida. Nubosidad variable es un libro que he disfrutado a sorbos, poco a poco. Me he sentido cercano a las dos protagonistas, tan reales, de carne y hueso, tan frágiles y a la vez con un punto de fuerza que les da refugiarse en la escritura.






Más que irme, me largo. Me he liado la manta a la cabeza y he salido en estampida. De momento no pienso en las consecuencias, procuro sacarle placer a la sensación misma de la huida. Veremos lo que me dura, probablemente poco, porque ha sido una decisión a contrapelo de mi propio acuerdo. Siempre que decido hacer un viaje supedito el proyecto a fechas libres, a compromisos pendientes. O sea, que prevalece la sensatez. Pero lo de ahora es un arrebato, como la espantada de un torero que tira los trastos y echa a correr ante un toro que amenaza con derrotes de muerte.

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Recobrar siempre ha sido más excitante que cobrar, aunque también más propenso a espejismos. Y por cierto, ahora que escribo esto, me pregunto si no será igualmente un espejismo imaginar que te he recobrado a ti. De todas maneras, bendito espejismo, Sofía, caso de que lo sea. No sabes lo bien que me está sentando pensar en ti como la única destinataria posible de esta carta, que es a su vez mi única tabla de salvación. Y no tengo prisa por terminarla, me pasó lo mismo con la de hace una semana. Tengo toda la noche por delante. Con la ventaja de que hoy no caben interrupciones, porque nadie sabe dónde estoy en este momento. Ni siquiera tú

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Solamente prestamos atención a lo que ya vivimos o a lo que esperamos vivir; a lo que nos está pasando casi nunca le hacemos caso, contamos con ello como algo normal.

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Los gusanos verdes son las horas muertas, las horas podridas de mi vida entera, horas gastadas en sortear los escollos de la realidad para lograr aprobar materias que no me acuerdo de qué trataban, en las que ni siquiera me doy por examinado, a pesar de haber lidiado tanto con ellas. Porque lo único que sé de esas asignaturas es que siempre hay que estar haciéndoles frente como si fuera la primera vez, y el miedo a suspenderlas sigue siendo el mismo. Muy parecido, además, al miedo de haber perdido los papeles donde pudiera constar que se han aprobado. Se estudiaban para la nota. No eran optativas. Aprobado en hija de familia. Aprobado en noviazgo. Aprobado en economía doméstica. Aprobado en trato conyugal y en deberes con la parentela política. Aprobado en partos, aprobado en suavizar asperezas, en buscar un sitio para cada cosa y en poner a mal tiempo buena cara. Aprobado en paternidad activa, aunque esta asignatura, por ser las más difícil, está sometida a continua revisión. Tales materias, sobre todo la última, pueden llegar a ser apasionantes. Depende de cómo se tomen. Pero se parecen a los problemas de logaritmos en una cosa: en que de una vez para otra ya no se sabe cómo se resolvieron, ni por qué los tenía uno que resolver. Gusanera gris y gusanera verde de conocimientos borrosos, discutibles, agobiantes.

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No nos damos cuenta, Mariana, de lo maravilloso que es poderle preguntar a alguien: ¿Te acuerdas?, y notar que sí, que se acuerda. Los recuerdos cultivados a solas forman una madeja embarullada por dentro, enganchada entre pinchos, llegas a no diferenciar lo que te pasó de otros jirones descabalados procedentes de escenas callejeras o del cine; pero lo peor es que, de tanto moverte en esa maraña, el ayer te vampiriza, te enrarece el aire y te tapa la luz del día en que estás viviendo. Es difícil salirse del tumor del pasado dejando indemne el tejido del presente, tan delicado y frágil como un pétalo.

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Pensar es ir saltando de una habitación a otra sin ilación aparente, estancias del presente y del pasado, algunas aún accesibles, otras cerradas para siempre o derruidas, nuestras o no, tan pronto morada estable como refugio eventual del que solamente quedó un olor o una sombra movediza proyectada en el techo, en qué ciudad sería, yo tardaba en dormirme y oía ruidos por el pasillo, hotel, casa de gente conocida, de qué mano entre allí. Habitaciones que se dislocan, bifurcan e intercambian volúmenes y adornos cuando surgen en sueños al servicio de un argumento con pegotes de cine o de novelas, y las transita uno disfrazado, sin atreverse a reconocerlas del todo, luchando por entender qué oscura fuerza nos ha vuelto a traer a esos umbrales y por recordar adónde llevaba el largo corredor que se adivina al fondo.
Los recuerdos están repartidos por habitaciones que el pensamiento visita cuando se le antoja, a un ritmo imprevisible, ajeno a nuestras riendas. Pensar es ir saltando de una habitación a otra, y en esta aventura, si os veis embarcados en ella, no le pidáis razones cronológicas. Cada habitación lleva cuatro o cinco dentro, como las cajitas chinas, con la diferencia de que de una vez para otra alguien a tus espaldas las revuelve y transfigura. Sólo sabes que la de fuera es esa cuyas paredes estás viendo y tocando cuando la cabeza se dispara y empieza a divagar.
Carmen Martín Gaite
Nubosidad variable (Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 22:21  | Libros...
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