Miércoles, 18 de marzo de 2009
En el presente volumen, de título provocador, el escritor chileno Roberto Bolaño ha reunido una colección de 13 relatos, tal vez para demostrarnos que no es supersticioso con el número. El séptimo, dedicado a Juan Villoro, de los mejores de la serie, da título a la recopilación. Su obra es bien conocida en España y desde su novela Los detectives salvajes su producción atrae el interés como uno de los representantes más atractivos de la narrativa hispanoamericana.

Bolaño empieza a ser territorio conocido, siempre está la sorpresa que deparan sus cuentos y, a la vez, la esperada socarronería, los viajes por México, Barcelona, Chile, Arturo Belano, los poetas franceses, la reflexión sobre la identidad de quienes desaparecen sin dejar, los amores fugaces y las mujeres misteriosas, volubles y que se quedan prendidas dentro de uno. Y, cómo no, un amor desaforado por la literatura y la escritura. Es como ver a un viejo amigo que te habla de un pasado común y a la vez te cuenta todas las novedades de su ausencia.
Los cuentos de Bolaño parece que tienen una continuidad, que no se desmiembran del resto de su obra, fluyen como un todo coherente y febril, como un paisaje inamovible. Hay historias sorprendentes, Fotos, donde reaparece Belano, un relato construido en una frase, media docena de páginas con el único punto del final, Putas asesinas, un extraño y fascinante monólogo entre una mujer y su presa anónima, Vagabundo en Francia y Bélgica, tras la pista de un poeta menor desaparecido, Últimos atardeceres en la tierra, las vacaciones de padre e hijo en Acapulco, su encuentro con una serie de personajes singulares, una yanqui en un hotel, un clavadista, una puta sin rostro y con un vestido blanco… Cada relato es una pieza de un engranaje perfecto, de un microcosmos caótico y, también, con un sentido.
Se juntan una galería de imágenes infinitas y a la vez que parecen pertenecer a una misma novela, uno de los “trucos” de Bolaño. La carretera en un desierto que anochece, los vestidos blancos de mujeres desconocidas, el hombre torturado en una silla, los pueblos perdidos de México y Cataluña, los paseos urbanos sin destino de madrugada, los dardos afilados contra otros escritores, la pasión por algunos poetas, esas mujeres tan extravagantes y a la vez tan cercanas que pinta Bolaño.


Tú no sabes nada de pintura, Max, pero intuyo que sabes mucho de soledad. Te gustan mis Reyes Católicos, te gusta la cerveza, te gusta tu patria, te gusta el respeto, te gusta tu equipo de fútbol, te gustan tus amigos o compañeros o camaradas, la banda o grupo o pandilla, el pelotón que te vio quedarte rezagado hablando con una tía buena a la que no conocías, y no te gusta el desorden, no te gustan los negros, no te gustan los maricas, no te gusta que te falten al respeto, no te gusta que te quiten el sitio. En fin, son tantas las cosas que no te gustan que en el fondo te pareces a mí. Nos acercamos, tú y yo, desde los extremos del túnel, y aunque lo único que vemos son nuestras siluetas seguimos caminando resueltamente hacia nuestro encuentro. En la mitad del túnel por fin podrán nuestros brazos entrelazarse, y aunque allí la oscuridad es tan grande que no podremos contemplar nuestros rostros, sé que avanzaremos sin temor y que nos tocaremos la cara (tú lo primero que me tocarás será el culo, pero eso también es parte de tu deseo de conocer mi rostro), palparemos nuestros ojos y pronunciaremos acaso una o dos palabras de reconocimiento. Entonces me daré cuenta (entonces podría darme cuenta) de que no sabes nada de pintura, pero sí de soledad, que es casi lo mismo. Algún día nos encontraremos en el medio de ese túnel, Max, y yo palparé tu cara, tu nariz, tus labios, que suelen expresar mejor que nadie tu estupidez, tus ojos vaciados, los pliegues minúsculos que se forman en tus mejillas cuando sonríes, la falsa dureza de tu rostro cuando te pones serio, cuando cantas tus himnos, esos himnos que no comprendes, tu mentón que a veces parece una piedra pero que más a menudo, supongo, parece una hortaliza, ese mentón tuyo tan típico, Max (tan típico, tan arquetípico que ahora pienso que es él quien te ha traído, quien te ha perdido). Y entonces tú y yo podremos volver a hablar, o hablaremos por primera vez, pero hasta entonces deberemos revolcarnos, quitarnos nuestras ropas y enrollarlas en nuestros cuellos o en los cuellos de los muertos. Esos que viven en la voluta inmóvil.
Roberto Bolaño
Putas asesinas (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:44  | Libros...
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