Lunes, 23 de marzo de 2009
Roberto Bolaño, ese escritor que, como ha escrito Vila-Matas, «abre brechas por las que habrán de circular las nuevas corrientes literarias del próximo milenio», ha reunido en este libro cinco cuentos y dos conferencias. Entre los cuentos, todo ellos imprescindibles, encontramos El gaucho insufrible, es decir, la aventura de Héctor Pereda, un ejemplar abogado argentino que se reconvirtió en gaucho de las pampas, o El policía de las ratas, las andanzas de Pepe el Tira, sobrino de la mítica Josefina la Cantora, y detective en un mundo de alcantarillas. De las dos conferencias, Literatura + enfermedad = enfermedad, es un espléndido entramado de humor e inteligencia, y en Los mitos de Chtulu, con una ironía a veces muy sutil y otras bastante sanguinaria, Bolaño hace rodar unas cuantas cabezas de la escena literaria.


Hace un mes que leo tres de los libros de relatos de Bolaño, ya parece una presencia imprescindible en mi día a día. Y me sorprende esa cohesión en sus relatos, cómo parece que los cuentos pueden entrelazarse entre los distintos libros, anécdotas que se repiten, como los viajes de regreso a Chile después del golpe militar, los días de cárcel, los personajes itinerantes, errantes, lo escritores desconocidos o perdidos.

El gaucho insufrible comienza con un relato de un par de páginas, Jim, sobre un americano triste en México (como los personajes peckinpahnianos), No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. Conciso y directo. El gaucho insufrible narra la huida de un abogado a la pampa argentina en los tiempos del corralito, cómo llega a un territorio mítico (mitificado) y encuentra allá una pobreza austera y un grupo de gauchos inútiles y sobre todo un hogar al que volverá tras su temporal regreso a Buenos Aires. El policía de las ratas es un cuento original, las ratas como protagonistas y entre ellas pepe el tira con ese dolor de la lucidez al descubrir que el mundo en el que vive está condenado por los individuos que lo forman. El viaje de Álvaro Rousselot tiene cierto aire a Borges, un libro sobre la creación, un escritor de moderado éxito que ve cómo un director francés adapta sus novelas y las mejora, como un juego de espejos. Y también, como un juego de espejos, Dos cuentos católicos, dos historias que discurren paralelas hasta que en un punto se cruzan y dan un nuevo sentido al relato.

Para finalizar, dos conferencias donde Bolaño habla sobre la creación y la escritura, donde dispara sus dardos envenenados y se pregunta sobre el arte de escribir y, sobre todo, sobre los escritores. Lo hace con un humor salvaje y despiadado. Y parece que su lista negra es extensa.

Bolaño se ha convertido en un escritor al que leer una y otra vez, un mundo que empiezo a reconocer y que me asombra por su capacidad de brecha, de fabulación y de cruce entre realidad y ficción (o es la ficción que se adentra en la realidad).





Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta. Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que, en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.
Roberto Bolaño
El gaucho insufrible (Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:42  | Libros...
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