Viernes, 27 de marzo de 2009
«Era una muchachita menuda, pulcra, de aspecto bastante relamido, con pelo castaño liso y muy repeinado [...]. No llevaba maquillaje, ni pintura de labios ni joyas. Las gafas sin montura le daban un aire de bibliotecaria.» Tal es Orfamay Quest, La hermana pequeña que, sorprendentemente, introducirá a Philip Marlowe en uno de los casos más complicados de su carrera. Publicada en 1949, la novela, esperada con expectación desde que seis años antes apareciera «La dama del lago» (BA 0703), refleja en parte el glamour y las miserias de Hollywood que Raymond Chandler (1888-1959) había tenido ocasión de conocer con motivo de su acceso al mundo del cine en los años anteriores. La acción trepidante en que se ve envuelto el detective está matizada aquí por un Marlowe más crepuscular, con el que Chandler perseveró en su empeño de dar plena dimensión literaria al género negro.


Me gusta la novela negra clásica, los puntos en común en los que se sostiene, el detective duro y descreído, las mujeres fantasmales y sensuales, los ambientes cargados de humo, los misterios donde se descubre una moralidad enfermada, la parte baja de la sociedad, baja en cuanto a moralidad, no en cuanto a dinero, las respuestas rápidas e irónicas.

Todo esto está en La hermana pequeña, del gran Raymond Chandler. Reaparece un Marlowe mayor, cansado, cínico y descreído que va por detrás en un caso que se le presenta y luego tiene que aceptar las piezas tal y cómo llegan, juntarlas en un puzzle que no se descubre hasta la última página.

Más allá del misterio y los asesinatos, aquí hay una profunda negrura con respecto a la conducta del ser humano, una crítica contra Hollywood y todo lo que le rodea, una mirada sobre los bajos fondos y las grandes casas. Me gusta el Marlowe cansado del mundo en el que se adentra, las reflexiones sobre una ciudad que era tranquila hasta que creció y se corrompió, la galería de personajes al cual más peligroso, ya vengan de un pueblo de Kansas o sea un gángster huido de Cleveland. Todo tiene esa melancolía del descreído.

Chandler es directo, austero e irónico. En pocas frases te describe un decorado, una mujer o una situación, y a la vez hay un profundo sustento literario.

Gran libro de un gran escritor.





Ellos siguieron sentados, devolviéndome la mirada. La princesa naranja tecleaba en su máquina de escribir. Las conversaciones policiales le hacían tanta impresión como las piernas a un director de baile. Ellos tenían la cara tranquila y curtida de hombres sanos que llevan una vida dura. Tenían la mirada que tienen todos ellos, nublada y gris como el agua congelada. La boca dura y firme, patas de gallo muy marcadas a los lados de los ojos y esa expresión dura y hueca que no significa nada, que no es exactamente cruel pero que está a mil kilómetros de ser amable. Los vulgares trajes de confección que llevaban sin ningún estilo, como con desprecio. El aspecto de hombres que son pobres y sin embargo están orgullosos de su poder y siempre están buscando la manera de hacértelo sentir, de machacarte con él y sonreír mientras te ven retorcerte, implacables sin malicia, crueles pero no siempre brutales. ¿Cómo esperabas que fueran? La civilización no significaba nada para ellos. De ella sólo veían los fallos, la suciedad, las heces, las aberraciones y el asco.

( … )

- Ahora tenemos personajes como este Steelgrave que son dueños de restaurante., tenemos tipos como ese gordo que me chilló antes. Hay dinero a espuertas, pistoleros, comisionistas, chicos en busca de dinero fácil, maleantes de Nueva York, Chicago y Detroit… y hasta de Cleveland. Esa gente es dueña de los restaurantes de moda, de los clubes nocturnos, de los hoteles y de las casas de apartamentos. Y en esas casas vive toda clase de timadores, bandidos y aventureras. Putas de superlujo, decoradores mariquitas, diseñadoras lesbianas, toda la chusma de una ciudad grande y despiadada, con menos personalidad que un vaso de papel. En las urbanizaciones elegantes, el querido papá lee la crónica de deportes delante de un ventanal, con los zapatos quitados, convencido de que es un tío con clase porque posee un garaje para tres coches. Mamá está delante de su tocador de princesa, intentando disimular con maquillaje las bolsas de los ojos. Y el hijo del alma está pegado al teléfono, llamando a una serie de colegialas que no saben hablar, pero que llevan la polvera llena de preservativos.
Raymond Chandler
La hermana pequeña (traducción de Juan Manuel Ibeas. Alianza editorial)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:55  | Libros...
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