Martes, 31 de marzo de 2009
En los últimos meses de la Guerra Civil española, un miliciano anónimo perdona la vida a un prófugo Sánchez Mazas, escritor e ideólogo falangista. Un joven periodista topa por casualidad con una historia fascinante de la Guerra Civil española, y se propone reconstruirla. Cuando las tropas republicanas se retiran hacia la frontera francesa, camino del exilio, deciden fusilar a un grupo de presos franquistas, entre los que se encuentra Rafael Sánchez Mazas, fundador e ideólogo de Falange. En la confusión, Sánchez Mazas logra huir del fusilamiento colectivo, y logrará vivir emboscado hasta el final de la guerra, protegido por un grupo de campesinos de la región, aunque siempre recordará al miliciano de extraña mirada que, tras descubrirlo y encañonarlo, no lo delató. El narrador se propone desentrañar el secreto del enigmático Sánchez-Mazas, de su asombrosa aventura de guerra, pero sólo para acabar descubriendo, en un quiebro inesperado, que el significado de esta historia se encuentra donde menos podía esperarlo, «porque uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega».


Me ha sorprendido Soldados de Salamina por su juego de espejos entre la realidad y la literatura, por su forma de afrontar un enigma que aparece en la vida del narrador de manera casual tras una entrevista con Sánchez Ferlosio y cómo la búsqueda a un enigma copa y se cruza con la vida del narrador/escritor.

Dividido en tres partes, en las dos primeras se intenta describir los días que el falangista Sánchez Mazas pasa en el bosque tras huir de un fusilamiento, quién fue el soldado que o dejó escapar y la amistad que surge con tres soldados republicanos desertores. La tercera es demoledora, fascinante y muy interesante. En ella aparecen Roberto Bolaño y Fat City, dos de mis referencias personales en los últimos meses, esta tercera parte ayuda a completar los cuentos de Bolaño, ver al escritor desde fuera de él, y es la parte más melancólica, donde se habla sobre héroes, sobre las guerras, sobre los soldados como el último reducto de la civilización, sobre el olvido y el pasado.

Me gusta cómo está tratado el tema de la guerra civil, cómo se intenta explicar aquellos años caóticos, la posición de los intelectuales, de los poetas, de cómo encendieron un país y cómo ese país se fue irremediablemente hacia la pérdida, la confusión y el naufragio. Y es que las palabras, las ideas, para bien y para mal, son peligrosas.





—Sí, pero una persona decente no es lo mismo que un héroe —replicó en el acto Bolaño—. Personas decentes hay muchas: son las que saben decir no a tiempo; héroes, en cambio, hay muy pocos. En realidad, yo creo que en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza y a lo que no puede escapar. Además, se puede ser una persona decente durante toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción, y por eso el héroe sólo lo es excepcionalmente, en un momento o, a lo sumo, en una temporada de locura o inspiración. Ahí está Allende, hablando por Radio Magallanes, tumbado en el suelo en un rincón de La Moneda, con la metralleta en una mano y el micrófono en la otra, hablando como si estuviera borracho o como si ya estuviera muerto, sin saber muy bien lo que dice y diciendo las palabras más limpias y más nobles que yo he escuchado nunca... Ahora me acuerdo de otra historia. Ocurrió en Madrid hace tiempo, yo la leí en la prensa. Un muchacho andaba por una calle del centro y de pronto vio una casa envuelta en llamas. Sin encomendarse a nadie entró en la casa y sacó en brazos a una mujer. Volvió a entrar y esta vez sacó a un hombre. Luego entró otra vez y sacó a otra mujer. A esas alturas del incendio ya ni siquiera los bomberos se atrevían a entrar en la casa, era un suicidio; pero el muchacho debía de saber que todavía quedaba alguien adentro, porque entró de nuevo. Y, claro, ya no volvió a salir. —Bolaño se detuvo, con el dedo índice se subió las gafas hasta que la montura rozó las cejas—. Brutal, ¿no? Bueno, pues yo no estoy seguro de que ese muchacho actuase movido por la compasión, o por vete a saber qué buen sentimiento; yo creo que actuaba por una especie de instinto, un instinto ciego que lo superaba, que podía más que él, que obraba por él. Lo más probable es que ese muchacho fuera una persona decente, no digo que no; pero puede no haberlo sido. Chucha, Javier, ni falta que le hacía: el cabrón era un héroe.
Javier Cercas
Soldados de Salamina (Tusquets)


Tags: Soldados de Salamina, Javier Cercas, Tusquets

Publicado por elchicoanalogo @ 20:36  | Libros...
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Comentarios
Hola! Buscaba un comentario sobre Soldados de Salamina, para enviar mas informacion a amigas en Argentina, a quienes recomend? leer a javier Cercas, escritor que descubr? aqui, en Catalu?a, donde vivo desde hace 6 a?os, y encontr? tu blog. Me felicito y me alegroGui?o de haber encontrado este blog, es muy bueno. Lo que lei detenidamente y lo que lei por arriba, (ya lo ver? con tranquilidad) me ha gustado. Gracias!
Coincido en tus gustos literarios.
Un abrazo.
Isabel
Publicado por Isa
Mi?rcoles, 01 de julio de 2009 | 15:11
Saludos, Isa,

me alegra que te guste el blog y que coincidamos en gustos literarios. Por cierto, pas? una temporada de mi vida en Tucum?n, linda tierra y linda gente.
Muchos abrazos
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 01 de julio de 2009 | 16:03