Viernes, 10 de abril de 2009
Viernes santo. Día gris, lluvioso y nostálgico. Podría hablar sobre la niebla perpetua desde hace horas, de las ondas de las gotas que sacuden los charcos de la carretera, de la quietud y la soledad, de las gotas colgadas de las últimas ramas de los árboles. Ben-Hur en la televisión. La primera película que vi en el cine, con cuatro años. Sólo recuerdo la escena de la batalla de galeras, luego, imagino, dormí en una butaca roja que me envolvía por entero. También Bukowski y Música de cañerías. Relatos abruptos, degenerados, directos, perdedores y escritores que orinan dentro de botellas vacías. La otra cara del sueño americano, de la vida imaginada, de las luces blancas y las aceras relucientes. Hay suciedad, espasmos, sexo interrumpido, algo parecido al amor y mucha mala leche. El Bukowski que me gusta es el de las distancias cortas, poemas y relatos que son balas certeras disparadas al cielo.

Hay nombres que ya es imposible que recuerde, hay caras sin nombre, caras que no sé si volverán a tener nombre, con los años voy perdiendo unos recuerdos y ganando otros gracias a vuestra memoria, a la mirada desde otra perspectiva. Y es que la memoria es un fino y quebradizo hilo. Se me mueren los nombres y las caras, se me desvanecen tras esa línea de niebla del horizonte, ya no sé si la chica de nuestras fotos se llama Verónica, si alguna vez he conocido a otra Verónica que no fuera la secretaria de Tele7, si la Gema de la que me hablas también es aquella que estudió conmigo en EGB y que ahora trabaja en la casa del libro de Bilbao. Voy barajando los recuerdos y en cada cruce de cartas pierdo más de una. ¿Cómo se llamaba la chica del corazón tallado en la puerta? Recuerdo la puerta del improvisado y caótico garaje de maderos marrones y gris, recuerdo que el culo del coche sobresalía y siempre había que dejar la puerta abierta. Recuerdo la mañana que me acerqué a leer las palabras talladas en la puerta, un juego que hacíamos en cada puerta vieja que nos encontrábamos, nuestros nombres y fechas, imaginando que el tiempo avanzaría muy lento, incapaces de vislumbrar el día donde hubieran pasado 20 años de nuestra travesura. Recuerdo, en fin, Arantza, recuerdo el vuelco de mi corazón al ver otro corazón tallado en la puerta. Y dentro de ese corazón, mi nombre y el de otra chica, cuyo cuerpo y cara difumino y confundo con su hermana. Pero no recuerdo su nombre. Sólo el golpe seco de mi corazón. 

Esa foto nuestra de 1991 es el regreso a la nostalgia, a los días donde tenías las responsabilidades acotadas, estudiar durante los próximos X años, no había otra preocupación más que esa y descubrir y asumir los cambios de la adolescencia. Qué época tan jodida, Arantza, esa de la adolescencia, no sabíamos nada, la timidez, los sustos, los primeros roces, sentirse culpable porque descubres algo que no sabes definir y luego descubres que es excitación. Y el amor tan infantil, tan inocente, sin vestigios de maldad, de resentimientos, de pérdida. No recuerdo muchos nombres de nuestros compañeros, pero sí la cara de una niña, roja de llorar, porque había visto a su novio besarse con otra chica. Fue en Gallarta, en tu Gallarta, en uno de mis paseos. Ese dolor que parece insoportable, pero que aunque sea tan inicial, tan inocente, hace callo y endurece. Creo que es eso, hoy me he levantado endurecido.

Estoy de humor extraño, no malhumorado o enrabietado o triste, no sé, me siento fuera de algo. No sé exactamente de qué, pero siento como si me hubieran sacado de alguna parte y estuviera a la intemperie, esperando a que las formas se definan y se delimiten. Como en aquella película de La niebla, pero sin monstruos dentro.

Gabriela me dijo que necesitaba una mujer. Y respondí que lo sabía, pero que las mujeres no me necesitan a mí. No soy el tipo de hombre que buscan, alguien salvador o metrosexual o protector. No soy ningún príncipe azul ni un superhéroe, no soy más que un hombre, un “pendejo inservible”, como una vez aseguró en broma Gabriela. Es difícil acercarse al ideal de una mujer, ser aquello que espera y hacer en cada momento lo deseado y en la forma deseada. No sé, ¿necesito una mujer? Extraño el sexo, mucho, pero eso no me hace lanzarme tras las primeras piernas con tacones de 10 centímetros. O subirme a un árbol como aquel personaje de Amarcord y gritar aquello de “¡quiero una mujer!”. Extraño el sexo como culminación del amor. Estar con quien amo y que todo tenga sentido. Morir durante un instante dentro de otro cuerpo. Porque todo esto del sexo es la muerte anticipada, es la agonía, es el umbral al vacío y la ausencia. Es el primer dolor y el último. ¿Necesito una mujer?  Tal vez necesite morir por un segundo.

Dónde estará la chica del corazón tallado, los nombres de las caras borrosas, los recuerdos desaparecidos y las personas que nos acompañan en esa foto…




Tags: Gallarta, Cabaceira

Publicado por elchicoanalogo @ 12:03  | Great White Way
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Comentarios

Gui?o morir por un segundo, convertirse en miles o millones de peces nadando en el mar insondable de la existencia , dejando atras la pesada cascara de la personalidad, respirando sin mente

Sonrisa a veces me inspiro cuando leo algo que me gusta.

Publicado por Invitado
Domingo, 30 de enero de 2011 | 22:37

A veces hay que dejarse llevar por las palabras...

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 30 de enero de 2011 | 23:40