martes, 14 de abril de 2009
Suecia, mediados del siglo XIX. Un vehículo sumergido en la niebla traquetea hacia la ciudad. Dentro viajan una trouppe de artistas ambulantes liderada por el Dr. Vogler, mago e hipnotizador al que acompañan una bruja anciana, experta en pócimas de amor, y su mujer, que ejerce de ayudante de Vogler vestida de hombre. Al pasar en una ciudad se convierten en el blanco de las burlas y humillaciones de un comité encabezado por el cínico Dr. Vergerus, consejero médico, quiénes le piden a Vogler que les conceda una representación. En la mansión, aquella noche, reina una pesada atmósfera de sortilegio. Al día siguiente tendrá lugar la representación delante de todos los invitados... (Filmaffinity)

El inicio de El rostro parece sacado del lejano expresionismo alemán y por momentos remite a la naturaleza extraña y medieval de El séptimo sello, un bosque neblinoso que cruza una compañía de artistas ambulantes. En su camino encuentran a un moribundo fantasmal. Todo son sombras, claroscuros, presencias intrigantes y primeros planos. Un inicio de cine de terror. El dr. Vogler comanda la compañía, una compañía extraña, llena de máscaras, el charlatán, la anciana con aspecto de bruja y filtros amorosos, una mujer de rasgos andróginos disfrazada de ayudante del doctor y el dr. Vogler, con peluca y barba oscuras. Las autoridades los retienen para comprobar el número de su teatro magnético y humillarlos (algo parecido hizo Bergman más tarde con El rito, extraña película)
Algunos de los temas de esta inquietante película son la apariencia, los espejos, las máscaras, el enfrentamiento entre la ciencia y el arte/apariencia, la muerte, el papel del artista y cómo a través del arte hace tambalearse otros principios, cuestionando la realidad a través de aparentes engaños. Me quedo con el enfrentamiento entre el mago Dr. Vogler y el científico Dr. Vergerus, con las máscaras que ambos llevan dejándonos ver a otro ser distinto bajo ellas, el miedo del científico Vergerus ante lo inexplicable; las dos caras de Vogler, disfrazado es el personaje inquietante y mudo, casi sobrenatural, sin la barba y la peluca, el artista humillado que pide los honorarios por su representación.
… Y la belleza sobrehumana de Ingrid Thulin.
A veces nos empeñamos en querer descubrir todos los significados de una obra, en desmenuzarla y autopsiarla hasta una solución única que nos tranquilice, como si fuera una fórmula matemática que comprender. Hay películas o libros que disfruto aún quedándome en la superficie o con la sensación de estar ante un misterio permanente. Creo que lo importante del arte, más allá de la compresión, es que nos sacuda, nos haga plantearnos docenas de preguntas donde reflexionemos sobre aspectos de la vida en los que no solemos reparar. Borges, Bergman o Ford siguen haciéndome pensar después del final.





Tags: El rostro, Ingmar Bergman

Publicado por elchicoanalogo @ 12:57  | Cine
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios