Viernes, 01 de mayo de 2009
Nacido en el sótano de una librería en el Boston de los años 60, Firmin aprende a leer devorando las páginas de un libro. Pero una rata culta es una rata solitaria. Marginada por su familia, busca la amistad de su héroe, el librero, y de un escritor fracasado. A medida que Firmin perfecciona un hambre insaciable por los libros, su emoción y sus medios se vuelven humanos. Original, brillante y lleno de alegorías, Firmin derrocha humor y tristeza, encanto y añoranza por un mundo que entiende el poder redentor de la literatura, un mundo que se desvanece dejando atrás una rata con un alma creativa, una amistad excepcional y una librería desordenada.


Firmin es una rata. Nació en el sótano de una librería, encima del gran libro, Finnegans Wake, de Joyce, que su madre hizo trizas para alumbrar a sus 13 crías. Firmin era diferente de sus hermanos, debilucho, siempre apartado del pecho materno a la hora de amamantar. Le gusta explorar y encontró los túneles que hicieron otras ratas en las paredes del sótano. Y en esa exploración descubre la parte arriba, el mundo representado en una librería imponente, abarrotada de libros y personas a las que observar. Y sobre todo, descubre los libros como algo más que comida. Aprende a leer y con la lectura de toda clase de literatura adquiere el dolor de la lucidez de la que habla Aristarain en Lugares comunes. Observador impenitente del mundo que lo rodea, no sólo lo estudia sino que también lo transforma en ensoñaciones donde se cruza la realidad y los recuerdos con los libros y las películas de un cine ajado. La ficción y la realidad irrumpen y se convierten en un solo mundo sin fronteras delimitadas.

Firmin es un libro tierno, lúcido y triste. Escrito de manera sencilla y con toques de humor, es una declaración de amor a la literatura, a su poder de empuje, de creatividad y conocimiento. Y como todo amor tiene una profunda carga de dolor, de soledad, de miedo.

Sam Savage escribe de manera sencilla y profunda sobre un lector (poco importa que sea una rata) que apenas sale del círculo cerrado de una plaza de Boston en vías de destrucción y que adquiere con la lectura un alma melancólica, viajera y soñadora que intenta acercarse a otros lectores (poco importa que sean humanos) como él. Hermoso canto de amor por la literatura, por la amistad con un viejo y decrepito escritor borracho, por la lucidez. Un libro triste, con gotas de humor, y mucha ternura y con el que te vas encontrando con viejos amigos, Asimov, Carson McCulers, Stevenson, London…





Nunca he tenido mucha valentía física ni de ninguna otra clase, y siempre me ha costado mucho trabajo afrontar la vacua estupidez de una vida corriente, sin relato, de modo que muy pronto di en confortarme con la ridícula idea de que poseía un Destino. Y comencé a viajar, en el espacio y en el tiempo, por medio de los libros, buscándolo. Me dejé caer por el Londres de Daniel Defoe, en su visita guiada de la peste. Oí la campana que acompañaba la petición de "Traed a vuestros muertos" y olí el humo de los cadáveres ardiendo. Sigo teniéndolo en las fosas nasales. Las personas morían como ratas por todo Londres -de hecho también morían las ratas, igual que las personas-. Tras dos horas de esto, me hacía falta un cambio de escenario, de modo que me trasladé a la China y subí por un empinado sendero, entre bambúes y cipreses, para sentarme un rato ante la puerta abierta de una pequeña choza de montaña con el viejo Tu Fu. Contemplando en silencio la blanca neblina que ascendía del valle, escuchando soplar el viento entre las cortinas de juncos y también los débiles ecos de las distantes campanas del templo, ambos estábamos "solos con diez mil cosas". Más tarde me desplacé a Inglaterra -brincando por encima de los océanos, los continentes y los siglos con la misma facilidad con que se sube uno al bordillo de una acera-, donde hice una pequeña fogata junto a un camino de carretas, para que la pobre Tess, abocada a la perdición, condenada a recolectar nabos en un campo desolado, bajo el azote del viento, pudiera calentarse las agrietadas manos. Ya había leído dos veces su vida, de cabo a rabo -ya conocía su Destino-, y aparté la cara para esconder mis lágrimas. Luego viajé con Marlow a bordo de un vapor trapajoso, río arriba, en África, buscando a un hombre llamado Kurtz. Lo encontramos. ¡Más nos habría valido no haberlo encontrado! E hice presentaciones. Puse a Baudelaire en la balsa con Huck y Jim. Le vino estupendamente bien. Y en ciertas ocasiones les aligeré las penas a los tristes. Hice que Keats se casara con Fanny antes de morirse. No pude salvarle la vida, pero tendría usted que haberlos visto en la noche de bodas, en una pensión barata de Roma. Para ellos era un sitio de cuento de hadas. Hice que mis sueños entraran en los libros, y a veces me volví a soñar dentro de los libros. Tomé a Natasha Rostova por la cintura mínima, noté el peso de su mano en mi hombro, y bailamos, como flotando en las oleadas del vals, y cruzamos el reluciente parqué del salón hasta salir al jardín, con sus farolillos de papel, mientras los bizarros tenientes de la Guardia Imperial se atusaban furiosamente el bigote.

( … )

Jerry fue el primer escritor verdadero que conocí, y debo confesar que, a pesar de su bondad, me decepcionó. Como ya he dicho, yo, por aquel entonces, seguía siendo muy burgués, y Jerry no llevaba, de ninguna manera, la vida que según mis normas habría tenido que llevar. Para empezar, todo resultaba más solitario de lo que yo había imaginado nunca. Bueno, no más solitario de lo que yo había imaginado nunca, ni más solitario de lo que yo conocía por experiencia propia, pero sí más solitario de lo que debía ser la vida de un verdadero escritor. Sólo tres veces llamó alguien a nuestra puerta en todos los mese que duró nuestra vida en común. Yo siempre había imaginado que un verdadero escritor -como yo, en mis sueños- dedicaría gran parte de su tiempo a estar instalado en los cafés, sosteniendo ingeniosas charlas con gente chispeante y que de vez en cuando regresaría a casa con una chica de larga cabellera negra, a quien pondría en la puerta a la mañana siguiente, para reanudar su trabajo: ‹‹Lo siento, muñeca, tengo un libro que escribir››. Lo imaginaba encerrado en su cuarto durante días, bebiendo litros de whisky en un vaso de Woolworth y tecleando en su Underwood hasta altas horas de la madrugada. Nunca iba bien afeitado, pero tampoco pasaba de una barba de dos días. Había cierta amargura escondida en las comisuras de su boca, y sus ojos tristes traicionaban un irónico je ne sais quoi.
Sam Savage
Firmin (traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral)


Tags: Firmin, Sam Savage, Ramón Buenaventura, Seix Barral

Publicado por elchicoanalogo @ 12:58  | Libros...
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios
Me alegro que te haya gustado este libro. Yo lo le? hace casi un a?o y me encant? el personaje de Firm?n y el amor por la literatura que transmite

Saludos
Publicado por cosar99
Lunes, 04 de mayo de 2009 | 17:56
Est? muy bien el libro, me gusta mucho la forma de ser de Firmin, el personaje de Jerry Magoon. Muy buen libro. Saludos.
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 04 de mayo de 2009 | 18:15

Una delicia, de una sencillez exquisita...

Firmin encierra entre sus páginas un homenaje a la literatura, un canto a la libertad, arañazos de un pasado que a veces, a golpe de martillo(o máquinas demoledoras de edificios) nos quieren arrebatar, pero que, al igual que esta rata culta y de ojos tristones, permanecerán para siempre en la memoria..

Leyendo comentarios sobre el libro, alguien escribió; "Firmin es un libro para todos los públicos, ideal para regalar a un niño que empieza a leer y bestial para un adulto al que ya se le ha olvidado… crecer." (Totalmente de acuerdo)

El párrafo final...increíble...

Publicado por Dulcesangrar
Jueves, 21 de junio de 2012 | 9:09

Firmin es una de esas historias que te mencionan, donde te sientes identificado. Me gusta esa rata lectora, el dolor de la lucidez que adquiere, ese amor desmedido por las historias y los libros, por Joyce y Tom Sawyer. La lectura como forma de resistencia. Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 21 de junio de 2012 | 16:42