Domingo, 03 de mayo de 2009
Mis padres nacieron en el mismo año, 1942, en plena posguerra y a un par de kilómetros de distancia el uno con el otro en unas aldeas de la Ribeira de Piquín, Lugo. Imagino esa época como un tiempo mísero, en blanco y negro, aunque ellos sólo recuerdan los momentos de luz, de felicidad, la comida especial de navidad, las fiestas de la zona, las zocas como regalos, las ocurrencias de Torre, cualquier detalle pequeño que les permitía salirse de la rutina.

A mi madre le gustaba ir a la escuela (hoy en ruina, desecha, a la salida de Cabaceira) y como todas las niñas aprendían a coser en casa de la costurera. Se crío sin madre, muerta a sus ocho años, y sus hermanos ocuparon ese lugar. Y aún así habla de aquella época con dulzura.

Mi padre siguió los pasos del suyo, aprendió de él el oficio de carpintero. Pasaban días en las casas de las aldeas circundantes para hacer muebles que aún hoy están de pie (hace cinco años toqué un armario que hicieron mi padre y mi abuelo, una especie de roce temporal, huellas microscópicas unidas). Cerca de la casa de mis abuelos hay un árbol plantado por mi padre. Crecieron a la par.

Ambos emigraron a Madrid, mi madre para estar con su familia, mi padre en aquella mili de antaño que duraba dos años. Mi madre recuerda que tuvo la boca abierta en su primera llegada a la ciudad. Boca abierta. E imagino a una niña en ese tiempo de paso de la infancia a la adolescencia sintiéndose pequeña entre los edificios.

Tienen una historia de amor curiosa y que les pertenece, una de esas historias de amor “de las de antes”. Recuerdo que se la conté a mi amiga Blanca el año pasado, que estuvimos hablando de la búsqueda de mi madre, de cómo fuimos apareciendo mis hermanas y yo después del reencuentro y la boda de mis padres. La historia es compleja. Y hermosa. Y es de ellos. No me siento capaz de escribir sobre ello, no en público.

Me gusta ver las fotos en blanco y negro de las fiestas de los pueblos. Mi madre apenas tiene un par de fotos, mi padre casi un centenar. Humilde gente de campo arreglada, que baila, sonríe, posa, la magia de apresar el tiempo por una eternidad mínima, de capturar lo invisible. Algunas fotos son de días cotidianos, fuera de los festejos. Es un interés casi arqueológico el que me lleva a contemplar esas fotos una y otra vez, en pensar que mis padres tienen un pasado extenso tras de sí y muchas historias que desconozco. Es extraño pensar en mis padres cuando eran jóvenes, uno siempre los asocia a su responsabilidad adulta. Si pudiera viajar en el tiempo me gustaría verles en los años 50, antes de todos los buenos momentos y los días dolorosos que han pasado.

Mis padres se complementan. A veces discuten. Siempre se dan un beso cuando uno de los dos se va de casa o a dormir. Sé que su amor no fue tranquilo, más bien laberíntico, extraño, pero en uno de esos giros inesperados de la vida se hizo posible.

Feliz día a todas las madres que pasen por aquí.




Dentro de nada,
cuando me den permiso
las estúpidas fieras de mi tiempo,
cumpliré una palabra que nunca me pediste.
Te llevaré a París.
Porque tal vez, entonces,
en los Campos Elíseos
o en las aguas del Sena,
con Notre Dame al fondo o con la Torre Eiffel,
veré de nuevo el brillo
más joven de tus ojos,
la luz adolescente
que baja del tranvía
con bolsas y comercios y saludos
y poco más de veinte años.
Hoy te recuerdo así,
como los días sin colegio,
bandera hermosa de un país difícil,
lluvia delgada de los sábados.
Nunca guardaste mucho para ti.
Ni siquiera una noche,
una ciudad o un viaje.
Tu tiempo se sentaba en nuestra mesa
y había que partirlo como el pan,
entre tus hijos y tu miedo.
Seis veces el temor
a que la enfermedad, el vicio o la desgracia
se quisieran sentar en nuestra mesa.
No vayas a salir, a dónde vas ahora,
hay que tener cuidado
con los amores y las carreteras,
deja ya la política
o la gruta del lobo.
Y sin embargo
lo que no te atrevías a pedir
duerme en el corazón de cada uno.
Porque el amor se hereda
como un abrigo sin botones,
y a mí me gustaría acompañarte
por los pasillos del museo,
más obediente y repeinado,
para encontrar en la Gioconda
el sueño y la sonrisa
de un carné de familia numerosa.
Te llevaré a París
o a la ciudad que duerme
en la taza de té de tus meriendas,
con tu cristalería
de familia burguesa
y más aspiraciones que dinero,
con tus dientes manchados de carmín,
con tus estudios de Filosofía
y Letras, je m`apelle
Elisa, j`ai cherché
la lune, la mer, la vie,
la pluie, mon coeur,
y todo se interrumpe.
Sólo somos injustos de verdad
cuando sabemos que el amor
no pasará factura.
Pero el cauce sin agua
también puede llegar a desbordarse,
como los ríos de Granada,
y a tu lado me busca
esta vieja nostalgia de ser bueno,
de no ser yo,
de conocer al hijo que mereces.
Te llevaré a París. En mi recuerdo
has aprendido algo
de lo que te olvidaste en la vida:
pedir por ti, andar por tus ciudades.
Luis García Montero
Madre (en Vista cansada. Visor)

Tags: día de la madre, vista cansada, Luis García Montero, Madre

Publicado por elchicoanalogo @ 10:09  | Festividades
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