Martes, 12 de mayo de 2009
Me dices que existen los amaneceres azules y naranjas, que a veces amanece bonito, un despertar de colores. Has regresado hace poco a mi vida y ya has notado mi predisposición a escribir sobre la lluvia, la niebla y la melancolía. Un paisaje exterior que cala en el interior, que traspasa la fina piel que nos mal cubre el alma. A veces amanece bonito… parecías retarme a escribir un relato desnudo de melancolía. Y recogí el desafío.

Por una mañana no encendí la luz para leer. El cielo había amanecido limpio y brillante, deshilachado, sin niebla matutina ni rastros de heladas nocturnas. Un cielo raso, abierto, acogedor. Azul. Podía ver los montes del horizonte, un horizonte parecido a los picos de una sierra. Y esa frontera siempre me regala la ensoñación de preguntarme si existe algo detrás de ella. Y si es así (si es así… ), qué.

Avanzaba por las páginas de Nubosidad variable. Los personajes estaban en ese punto del acantilado donde un paso más es el abismo y un paso atrás la salvación y una nueva oportunidad. Leía tumbado en el sofá, desmadejado, preocupado por algunos sentimientos parejos que tenían que contarme Mariana y Sofía en sus diarios/cartas. Me sentía cercano a ellas en más de una de sus reflexiones, obsesiones y caídas. Observaba unas vidas tan reales como la mía. Y sentía bullir dentro de mí la dulzura por encontrar un libro al que considerar mi amigo.

Subí al primer autobús que se detuvo en la parada. No tenía planeado el paseo de esta tarde. Sólo quería aprovechar el calor de los últimos rayos del sol de invierno, prepararme para la primavera que está por llegar y desaparecer entre los espacios en blanco de las palabras, ese silencio que lo es todo, para renacer en un punto distante y desconocido del inicial. A mi lado, una mujer tomaba fotografías de la carretera. Y yo sonreía por su ocurrencia.

Hace semanas que sólo entro a las librerías como mirón. Se acabaron aquellas tardes donde salía con una bolsa llena de libros y me encaminaba a la primera cafetería abierta para degustar ese momento del primer roce y la primera mirada, del primero olor y la primera lectura, un horizonte que salvar para descubrir sus misterios inesperados. No puedo iniciar un paseo sin el oxígeno de los libros y las palabras y los pasillos llenos de tentaciones y reclamos. Esta tarde devolví a las estanterías Rock Springs (para regalo), Estrella distante, Oliver Twist o La perla. Ahora que soy cazador y no comprador de palabras me quedé con alguna de ellas tomadas al azar. Reconfortado.

La luz del sol callejeaba en las esquinas, iluminaba la mirada de la gente, parecía seguirme. Proyectaba mi sombra sobre las aceras y los escaparates, anticipaba mis pasos, jugaba con mis proporciones y difuminaba mi alma melancólica. Empezaba a sentirme travieso, a hacer mía esa luz con los últimos retazos del invierno, a divertirme con este deambular. Sonreía, pícaro. Llegué a un punto conocido, un punto que me llevó a 1995. Y lo sorteé, me desvié en la primera bocacalle que apareció. Esta tarde no quería nada que me llevase al pasado, a uno de mis peores años o a sentirme el protagonista de una novela de Murakami.

Elegí un café teatro que desconocía. En la entrada, unas puertas a modo de taquillas, y detrás un cartel con la película Metrópolis. Tengo que confesarte que he visto Metrópolis más de media docena de veces, incluso llegué a ver aquella versión mutilada y coloreada con música de Queen. Debería hablarte en alguna ocasión de mi época cinéfila. Me atendió una mujer. Apenas había gente. Un hombre de negocios sentado en una esquina subrayaba sus apuntes. Un hombre pintaba un boceto de la camarera. Pero píntame con ojos… protestó. Era un ambiente bohemio.

Salí a la calle, henchido de cierta voluptuosidad. A veces sueño con encontrar de manera fortuita a la mujer que se convierta en la definitiva. Un cruce que desembocaría en un amor de una eternidad y un día. Necesitaba dejarme llevar por esa búsqueda accidental, por la sensación pura del amor sin rostro ni cuerpo. Enamorarme del amor. No suelo desencadenar acercamientos, alguna vez una mujer desconocida me ha pedido fuego, la hora o que le indicara cómo llegar a tal o cual calle. En Salamanca dos chicas yanquis entraron en el restaurante donde Sergio y yo cenábamos. Cuando tuvieron la oportunidad se sentaron cerca de nosotros. Al marcharnos nos preguntaron la hora (una de ellas llevaba reloj, y no lo disimulaba), un primer paso hacia algo más, pero había sido un día extraño, duro y clarificador del que es mejor que te hable Sergio. Y no recogimos el desafío. Me gusta jugar con la idea de buscar a la chica de piel bronceada y ojos aduladores que aparece en la canción de El chico analógico.

Tengo un amor platónico. Una camarera de una cafetería cercana al Museo Guggenheim. Los amores platónicos son hermosos siempre y cuando no traspases la barrera de la distancia. Es una mujer alta, melena larga y rizada, con un pequeño pendiente en la nariz, labios carnosos, de fuego, y con un cuerpo curvoso, un misterio a descubrir. Ella hace las veces de chica de piel bronceada y ojos aduladores. Tomo el café, malo, por cierto, mientras miro cómo se mueve entre las mesas, en la terraza, cómo habla con los clientes habituales y anticipa sus pedidos. Pero hoy me rompió el corazón. Se había cortado y alisado la melena. Parecía otra mujer. Intentaba digerir la decepción. Y se levantó viento. Un viento girondiano, trapecista, abracadabrante, un viento cuaternario, vivaracho y diablesco. Todo era viento. Y el viento rodeó su cuerpo y jugó con su mantel negro y su melena acortada y me dejó ver su cara intrigante y bonita. Y volvió la sensación de amor platónico (pletórico). El viento me salvó de un corazón roto.

El cielo despejado, sin una nube que ahuyentase la placidez de la tarde. En el parque, jóvenes en el césped leían o retozaban. Una pareja se besaba apoyada contra un árbol, esos besos donde uno devora al otro, como si quisiera comer sus labios. Las manos rasgaban la piel bajo la ropa, se adaptaban a las curvas de los cuerpos, buscaban territorio conocido, ya conquistado. Aumenté el ritmo de mis pasos, deambulaba por el simple placer de captar fotografías, de escribirte mentalmente esta carta, sabiendo que no podría rescatar la mayor parte de las palabras.

Llegué hasta el faro de Portugalete. De Ortuella a Portugalete, con una larga parada en Bilbao. Un buen paseo. El camino del muelle abarrotado de gente. Aparecieron las primeras nubes. Unas nubes crepusculares, anaranjadas y sencillas que embellecían el ocaso de la tarde. Bajo el puente colgante, un par de piragüistas remontaban la ría. Las estelas de los cargueros los hacían zozobrar, levantaban la proa en las crestas de las olas artificiales. El buque escuela Saltillo maniobraba para entrar a puerto y los chavales se movían con soltura en cubierta. La luz se iba debilitando, las casas se iluminaban con el tenue amarillo de los últimos minutos de luz y los montes adquirían una pequeña tonalidad púrpura. Mire a mi alrededor desde el faro. La salida al mar, los montes púrpura, las nubes naranjas y las primeras estrellas cercanas. Y mi alma despreocupada.

Y ahora tengo ganas de terminar el día como lo empecé, con Nubosidad variable. Cerrar este día de marzo con el final de dos historias.

Don't ask me, I'm just improvising…

Para Arantza





Tags: espacios en blanco, rush, presto, bilbao, ortuella, portugalete

Publicado por elchicoanalogo @ 4:38  | Espacios en blanco
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