Jueves, 21 de mayo de 2009
La barquilla sombreaba el agua verdosa de la ría. Siempre me he sentido atraído por ese abismo de agua; la superficie cambiante, la espuma blanca en la cresta de diminutas olas que mueren nada más nacer, los destellos perdidos del sol que te ciegan por unos instantes. Aparté la mirada del agua. Una pareja se besaba con suavidad al ritmo del hilo musical. Ella se balanceaba en los brazos de él. Él perdía sus manos en la melena de ella. En el horizonte, pequeños triángulos blancos. Los veleros regresaban a puerto. La ilusión de sentir que el horizonte se movía, como las dunas del desierto. El viento acercaba la tormenta y la oscuridad al interior, dividía el cielo en una frontera de nubes grisáceas que tapaban poco a poco el cielo azul e invernal. Una mujer acariciaba a sus perros, ya envejecidos, que miraban asustados y extrañados el movimiento de la barquilla.

Dos hombres negros se lavaban en la playa. Estaban desnudos, con una toalla azul al hombro. Imaginé que no tendrían baño en su casa, si es que tenían casa, y aprovechaban los últimos rayos de sol antes de la tormenta para lavarse y asearse. En la arena unas mochilas y cubos de plástico para aclarar el pelo de champú. La mujer de los perros paseaba cerca de ellos, atenta a su baño y sus cuerpos perlados de gotas de agua. Blanca me encargó que escribiera un relato. Y la cabeza se me escapa en miles de imágenes y palabras, historias que cambian con la rapidez de las nubes que se acercan desde alta mar. Podría hablar sobre esos dos hombres, imaginar su infancia en su tierra, su llegada cargados de miedos a un lugar desconocido, sus primeros pasos, la mirada que nosotros les dedicamos, cómo sería lavarse en el mar en los últimos días de invierno, con una toalla azul al hombro y las miradas expectantes de los paseantes.

En el paseo marítimo, solitarios que leían el periódico en bancos de madera, su mirada que no se despegaba del papel, como si el mundo alrededor se hubiera extinguido, como si no sintieran la llegada del viento, de las nubes que se hacían cada vez más corpóreas y evidentes. Unos chavales preparaban sus barcas para salir a navegar, un par de críos intentaban arrancar el motor de una de ellas. Recordé a Jean Vigo y L´atalante, La barcaza. Jean Vigo murió de tuberculosis con 29 años, poco después de terminar la película, una historia de amor con un tono poético de ensoñación y desapego de la realidad. Imágenes en un blanco y negro neblinoso y lechoso de una barcaza que se pierde entre los recodos de un río anónimo, imágenes de una pareja que se aleja en la arena.

Desde el faro podía ver el cielo dividido en dos, una línea definida, cómo las nubes ganaban la batalla por el espacio en blanco. Las aguas se oscurecieron y el viento ganó fuerza y consistencia. Las ráfagas arremetían contra lo que se encontraban delante, rodeaban todo, penetraban en los más recónditos escondites. Un velero sorteaba las embarcaciones ancladas y entraba a puerto. A mi lado una mujer hablaba por teléfono, con la cabeza gacha y un gorro que se movía con el viento. Intentaba protegerse tras el faro. También podría escribir sobre esa mujer. Podría inventar una última conversación con un amor naufragado, ya en proceso de desahucio. Y ella que intenta escuchar a pesar del viento. Y el viento que traga las últimas palabras de él y lo ocupa todo. Y ella que siente que sólo le queda ese viento, y que cree que ya no volverá a ser dueña de sus pasos ni los dará de forma deliberada y reflexiva, a merced de los vaivenes de un viento invisible y desconocido que desgarra todo a su paso. Y ella que siente que quiere ser ese viento y volar alto y desaparecer entre las nubes que han ganado la batalla y llueve.




Tags: espacios en blanco, portugalete, Jean Vigo, l´atalante

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