Domingo, 17 de mayo de 2009
Los raíles crepitaban al paso del metro y mi cuerpo acompañaba sus movimientos automatizados en cada curva o subida, como una danza improvisada y ajena a mí. Leía De qué hablamos cuando hablamos de amor. Las luces fugaces e inesperadas dentro del túnel iluminaban las páginas de Carver a trazos blancos. Relatos austeros, directos, enigmáticos. Como relámpagos en mitad de una tormenta. Hombres y mujeres como supervivientes del amor. Había empezado el relato de una pareja que se encierra en una habitación del motel que regentan para hablar de la infidelidad de él, de su relación quebrada, a punto del naufragio. Palabras tiradas a la cara, otros cuerpos, cláxones molestos, recuerdos primerizos de un amor enturbiado con el tiempo, caricias tan pasajeras como las luces de este túnel, un intento de tirarse por la ventana y la idea de encerrarse en una habitación con quien amas pero que no sabes qué hacer con ese amor. “Algo ha muerto en mí –anuncia-. Le ha llevado tiempo, pero ha muerto. Has matado algo; es igual que si lo hubieras partido con un hacha. Ahora todo se ha ido al traste”. (Belvedere, Raymond Carver). Miré el marcapáginas al terminar el relato. El gran teatro de Falla, de Cádiz. En el reverso, la letra redonda y clara de Jesús y sus buenos deseos para un pronto encuentro.

Jesús me descubrió uno de mis lugares en el mundo. La plaza de San Francisco de Cádiz. Una plaza pequeña, alargada, bulliciosa, empedrada con un poso de pasado y naranjos de sombra tranquila. El lugar invita a sentarse en una terraza, saborear un café con leche o un helado y dejar pasar el tiempo sin preocupaciones. Porque ese pequeño lugar consigue amurallarse contra el exterior y parece que nada incierto o sombrío entra en él. Hay una línea azul en el suelo de la plaza, una guía para turistas que recorre el casco antiguo, como las migas en el bosque de los cuentos infantiles. Uno puede querer perderse o dejarse guiar. Y yo, siempre, me quiero perder. La mañana de domingo regresé solo a la plaza. Apenas había retazos de vida, los camareros desperezaban las cafeterías, sacaban las mesas y las sillas a la calle, unos chicos estaban sentados en la entrada del Hotel de Francia y París, rodeados de mochilas y cansancio. No recuerdo el camino que seguí, los nombres de las calles estrechas o las plazas o los paseos junto al mar. Sí recuerdo la luz sobre los edificios antiguos, una luz blanquecina, la gente que salía a por el periódico y cruasanes y el desayuno frente a una librería cerrada. Parecía imposible cualquier atisbo de sentimientos inquietos y desobedientes. Estaba perdido en un espacio en blanco, en un lugar inalcanzable. Podía desaparecer entre esas calles y vagar como un fantasma anónimo sin hogar. O jugar a intentar adivinar los pasos desconocidos de Blanca, que me antecedió por esas calles un par de años atrás. ¿Estás ahí? ¿O eres un fantasma…?
Desde que el avión tomó tierra quedé sorprendido por la luz del sur, una luz hospitalaria, cálida y entrañable. A través de la ventana del autobús, el paisaje nuevo corría ante mi mirada, un horizonte en perpetuo movimiento. Las casas, con un toque árabe, mestizo, blanco. La conductora hablaba con un acento tan cálido como la luz de sur. Sonreía. Eso me extrañó. Que sonriera. Apenas había gente en el autobús, algunos pasajeros de mi vuelo y un par que subieron en las siguientes paradas. Estaba recostado en el asiento y miraba el cielo azul y despejado por el que había llegado.
Jesús apareció en la estación con un bizcocho casero y su sonrisa. Es un hombre tranquilo, inteligente y cercano. Natalia nos esperaba en una esquina de la plaza. Días atrás nos anunció que sería mamá y ya se convirtió en alguien a quien mimar y cuidar. Ahora Alma tiene tres meses, es grande y hermosa y seguro que será habladora y con gran sentido del humor, como su madre. Mamen me hizo esperar un día para conocerla. La primera mirada, en la Plaza de Mina. Como yo, nació un 8 de febrero, es tímida al inicio pero luego no esconde la belleza que guarda en su interior. Fueron dos días donde cambié mi paso y ese ser otoñal del que Arantza me quiere despertar y hacerme ver que existe el azul y el naranja en el cielo, no sólo nubes o nieves.

Las caras se perdían en libros o periódicos gratuitos. Un niño de dos años gritaba y lloraba de miedo por el movimiento y la oscuridad. Una mujer le regaló un chupa-chups pero siguió llorando, desesperado. Los raíles chirriaban al paso de mis pensamientos, de mis recuerdos, de un espacio en blanco al que vuelvo para que no se difumine ni se tergiverse. Raíles sobre los pensamientos…




Tags: espacios en blanco, Cádiz

Publicado por elchicoanalogo @ 4:54  | Espacios en blanco
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