Mi?rcoles, 06 de mayo de 2009
Las sucesivas apariciones y desapariciones de los maquis que llegan desde el otro lado de la frontera son lo único que anima la vida gris de un barrio barcelonés en la época más dura de la posguerra. El relato de la aventura de esos héroes míticos, que embarca rumbo a Shanghai para cumplir una arriesgada misión entre pistoleros, ex nazis, bellas mujeres y siniestros clubes nocturnos, es una ráfaga de aire fresco para el tiempo muerto de un país muerto, y constituye, a la vez, una magistral novela dentro de la novela. De ahí que el embrujo no se encuentre tanto en la presentación de la vida real como en la de la imaginada, tal vez la única vida verdadera.


El embrujo de Shanghai es el primer libro de Marsé que tengo la oportunidad de leer. Es un libro atrayente, de una escritura descriptiva, profunda y con una capacidad de fabulación fascinante.

Daniel es un adolescente vive en la Barcelona de la posguerra, con las heridas aún abiertas y un puñado de personajes grises y abatidos por una rutina machacona y mísera. Marsé te adentra en esa Barcelona, te hace participe de ella, de los recovecos de la época, del ánimo de los ciudadanos, parece que te lleva de la mano por sus calles y por viejas historias de guerra, mitad leyenda, mitad realidad.

Y es en esa realidad agrisada donde surge la aventura, la fábula, el viaje a otro mundo. Daniel conocerá a Susana, una muchacha tuberculosa a la que tiene que hacer un retrato. Y en ese encuentro se mete de lleno en la vida de Susana, un padre republicano exiliado en Francia, una madre con problemas de alcoholismo y desengañada de la vida y un amigo del padre que llega para traerles un mundo de aventuras, un haz de luz dentro de la grisura de sus vidas, un cuenta cuentos que les hace embarcar en un carguero para seguir las aventuras del padre de Susana. Hay dos libros en este libro, la realidad de Barcelona, la aventura narrada por el amigo del padre de Susana, es casi como la vida misma, nuestra vida y la que encontramos en un libro.

Me gusta la forma de escribir de Marsé, ese desencanto con el que viven algunos personajes, cómo se fija en los perdedores, no sólo de una guerra, también de una vida, la forma casi documental de escribir sobre los barrios de Barcelona y cómo en todo eso se cruza la aventura en una China cinematográfica.





La ocasión es buena, se dice para animarse, apretando el vaso helado en la mano y acodado en el alféizar de la magnífica atalaya del Cathay, estimulado por la música y por el perfume del jazmín, se está tan bien aquí, se siente uno tan joven y lleno de vida todavía, tan conformado a ese recodo último de su destino, tan confiado a su suerte y hasta puede que tan guapo y elegante con su esmoquin, buena ocasión para volver un momento la vista atrás a lo largo del camino, Kim, nuestro pobre camino de la esperanza sembrado de trampas y mentiras al término del cual te has cruzado, afortunadamente para ti, con el viejo camarada Michel Lévy: verás entonces, si es que te pones a pensar en ello, que lo que has dejado a tu espalda no es sólo la interminable derrota y tantas ilusiones perdidas, no sólo los camaradas muertos sino también los que aún han de morir, intrépidos e imprudentes muchachos de Toulouse y de otros puntos del sur de Francia que fatalmente volverán a cruzar la frontera empuñando las armas con la misma loca determinación que te empujó a ti un día, y verás derramada la sangre pasada y la futura, la que ya está encendiendo las venas de otros hombres, y pensarás seguramente en el Denis y en su Carmen intentando también ser felices en algún rincón de Francia, y recordarás a Nualart y a Betancort y a Camps pudriéndose en la cárcel o quizá fusilados, en tantos sacrificios inútiles que jamás quedarán registrados en ninguna parte, tanta generosidad y tanto coraje que al cabo no remediará nada ni beneficiará a nadie, y quién sabe si se acordaría también de mí y mis arduas falsificaciones, aquel pobre Forcat siempre con los dedos manchados de tinta, este muerto regresado a la ciudad de los muertos... Pero hay otros aún más desesperados, se dice, que ya se han rendido y no esperan nada salvo que el tiempo pase y borre su rastro y llegue un día en que por fin el olvido se los trague a todos ellos y a sus hijos para siempre. Porque si estuvierais habituados como yo a leer en la mente del Kim, sabríais que ahora está pensando especialmente en los que se han quedado aquí esperando una oportunidad: desde el otro lado del mundo, lo que él nos quiere decir es sencillamente que no hay que dejarse llevar por el desaliento, la mala suerte o la enfermedad, y ni siquiera por el humo negro de esta chimenea. La vida resulta a veces una carga pesada, y es bueno que uno se engañe un poco a sí mismo, que cultive secretamente alguna ilusión...
Juan Marsé
El embrujo de Shanghai (Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:52  | Libros...
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