Viernes, 08 de mayo de 2009
Un clásico de la literatura antimilitarista que narra con excepcional dramatismo y veracidad la existencia cotidiana de un soldado durante la primera guerra mundial.


Los protagonistas de Sin novedad en el frente son muertos vivientes, conocen esa condición casi desde el inicio de su guerra, la futilidad de sus días, cómo cada paso es sólo uno más y la muerte espera en cada rincón, una generación diezmada sin posibilidad de recuperarse de las vivencias y los horrores de una guerra. Chicos que se alistaron con apenas 18 años y no tienen un trabajo al que regresar como los de la generación que le sigue o no alcanzarán a librarse de las trincheras y las nuevas armas, como los de la generación más joven. Chicos que llevan dos años en trincheras, con la boca y el cuerpo lleno de barro, heridas y locura, en un diálogo permanente con la muerte y el abismo y que dejaron atrás la esperanza a una nueva vida.

Porque esa es una de las características de esta novela, cómo logra penetrar en el alma de los soldados, cómo detalla la locura de la convivencia con la muerte que los convierte en autómatas, matar para no morir, porque no hay otra cosa que hacer un paisaje siempre repleto de cráteres causados por las continuas bombas, cada vez más destructivas.

Leí las últimas 150 páginas del tirón, con los ojos abiertos, la dureza de una narración que te detalla lo que fue la primera guerra mundial y las vidas cercenadas de miles de soldados que no luchan por ideales o patriotismo, sino porque se encontraron en mitad del conflicto y se acostumbraron a intentar sobrevivir.

Las páginas se suceden con agudas y dolorosas reflexiones, Remarque no se detiene en sentimentalismos, no hay héroes o verdugos, te desnuda el horror, el paulatino descreimiento de los soldados y, a la vez, la amistad que les une, porque todos son uno, son lo mismo, muertos prematuros, víctimas de los abusos que seres invisibles realizan sobre un mapa en un salón.

Hay momentos de luz, el encuentro con tres mujeres francesas, el regreso de permiso, pero siempre ese lado sombrío de la muerte, del horror, de estar en el filo de la navaja y, en cualquier momento, caer en el abismo.

Este es un libro duro, cruel, porque las guerras son duras y crueles, porque los protagonistas son chavales que no han terminado de estudiar y lo primero que conocen de la vida adulta es obedecer y morir.

El protagonista se pregunta si podrá volver a la vida. En mitad de los bombardeos escapa a imágenes de paisajes bucólicos, en silencio, un silencio que lleva dos años sin sentir, siempre roto por las balas y las bombas y los gritos de los moribundos.





Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor. Veo que los pueblos son lanzados los unos contra los otros, y se matan sin rechistar, sin saber nada, locamente, dócilmente, inocentemente. Veo cómo los más ilustres cerebros inventan armas y frases para hacer posible todo esto durante más tiempo y con mayor refinamiento. Y como yo, lo ven todos los hombres de mi edad, aquí y entre los otros, en todo el mundo; conmigo lo está viviendo toda mi generación. ¿Qué harán nuestros padres si un día nos levantamos y les exigimos cuentas? ¿Qué esperan de nosotros cuando la guerra haya terminado? Durante años enteros, nuestra ocupación ha sido matar; ha sido el primer oficio de nuestra vida. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué puede, pues, suceder después de esto? ¿Qué podrán hacer de nosotros?

( … )

Si hubiéramos regresado a casa en 1916, el dolor y la fuerza que habíamos vivido hubieran desatado una tormenta. Si volvemos ahora, estamos débiles, deshechos, calcinados, sin raíces y sin esperanza. Ya no podremos orientarnos ni encontrarnos a nosotros mismos.
Tampoco nos comprenderá nadie; tenemos delante una generación que, ciertamente, ha vivido estos años con nosotros, pero ya tenía hogar y profesión y regresará ahora a sus antiguas posiciones, en las que olvidará la guerra; detrás de nosotros sube otra, parecida a la que formábamos, que nos resultará extraña y nos arrinconará. Estamos de más incluso para nosotros mismos. Envejeceremos; algunos se adaptarán, otros se resignarán y la mayoría quedaremos absolutamente desamparados. Se escurrirán los años y, por fin, sucumbiremos.
Erich Maria Remarque
Sin novedad en el frente (traducción de Judith Vilar. Edhasa)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:55  | Libros...
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