Viernes, 22 de mayo de 2009
La mujer se había detenido delante de mí en un gesto brusco e inesperado. Cuando quise esquivarla me cortó el paso con un pequeño movimiento lateral. Parecía que bailábamos un vals improvisado, un torpe danubio azul ejecutado por dos bailarines aficionados y descoordinados. Sonreí, desconcertado, y me fijé en ella. Era una mujer de unos sesenta años con un abrigo demasiado grande para sus modestos hombros, pelo negro, desmadejado, ojos pequeños y joviales y labios pintados como un río de lava. Las partes no encajaban en el conjunto. Me pidió una moneda con voz segura, suficiente, la cabeza inclinada hacia atrás en una pose que me recordó a la señorita Havisham de Grandes esperanzas. Mientras rebuscaba en mis bolsillos cerró los ojos con ternura y me ofreció sus finos labios de magma. El sonido del tráfico, la gran vía, los transeúntes, las gotas de lluvia suspendidas en las ramas de los árboles desaparecieron. Era como estar atrapado en un reducido círculo de vida, fuera de él, la oscuridad más absoluta. No sabía que responder, estaba turbado y asustado. Me agarré con fuerza a la bolsa de libros, necesitaba sentir algo real en aquella escena inconexa. Mentí. Le dije que tenía novia, que no podía siquiera rozar a otra mujer. Abrió los ojos y cuando le tendí la moneda se acercó a un palmo de mi cara. Las raíces de su pelo eran blancas. Olía a tabaco, a habitación cerrada, a dejadez. Me dijo que buscara otra moneda para que pudiera tomarse un café, que le había salvado la vida. Intimidado busqué una nueva moneda. Rocé la palma de su mano al dejarla junto a la primera. Entonces, la mujer insistió con el beso. Y me ofreció su perfil. Le di un pequeño beso en la mejilla. Y ella sonrió. Se acercó a mí y me pidió permiso para besarme. Con una ternura impensable me besó en la mejilla, un contacto tenue, apenas perceptible.
Continué mi camino, sin mirar atrás, y salí del círculo que formaba con la desconocida. Era como salir a la primera luz. Volvieron el tráfico, las conversaciones, los pasos en la acera. Creí que todas las miradas me seguían, me atravesaban. Y yo aún sentía el pequeño roce de sus labios en mi mejilla.  
Pensé en los últimos besos, los últimos abrazos, las últimas caricias, la última piel. Hace meses que estoy encerrado en mí, que siento que estoy fuera de un lugar indefinido y no pertenezco a ningún lugar ni a nadie. El aliento invisible de los labios de la desconocida se intensificaba, parecía que ese beso se estaba quedando marcado en mi piel, profundizando en ella. Tal vez, sólo tal vez, unos labios extranjeros puedan coser la herida, rearmar mi pecho, ordenar mis entrañas. El beso de la mujer desconocida latía en mi mejilla cuando entré en la oscuridad del metro.

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Comentarios

Creo que es uno de tus mejores relatos. 

He reproducido la secuencia, el ambiente, la mujer y el detenimiento del momento como si yo hubiera sido tu.

Las palabras perfectas en cada línea para una descripción completa, breve y armoniosa.

Excelente y humano.

Publicado por Invitado
Domingo, 11 de diciembre de 2011 | 19:48

Aún conservo la imagen de la mujer, su forma de abrir los brazos, de cerrar los labios, el olor a tabaco y las canas. La volví a ver tiempo después, también en la gran vía bilbaína. No sé, fue un momento extraño y, a la vez, hermoso. Mimos

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 11 de diciembre de 2011 | 20:23