S?bado, 16 de mayo de 2009
A veces tengo recuerdos difusos de un día concreto, no consigo enfocar las imágenes pero sí los sentimientos vividos; recuerdos que se confunden con sueños, que parecen sensaciones que cuelgan en las puntas de mis dedos, como gotas de lluvia, y como gotas de lluvia, se desprenden al menor movimiento. Es como perseguir un objeto inalcanzable, una figura en permanente fuga. Un juego de espejos (espejismos).

La única vez que entré en la discoteca Itxas Gane me torcí el tobillo de mala manera, una torcedura difícil, parecía como si el pie derecho se me hubiera desgajado de la pierna, mantequilla pura. Durante dos meses llevé una incómoda escayola, justo al final del curso, y curiosamente fue mi mejor trimestre en cuanto a las notas.

Era un adolescente tímido en la peor época que uno puede vivir porque todo son cambios, cambios que uno no provoca ni puede controlar, la voz, los pelos en la cara, el vello púbico, que de repente te quedes sin habla por la curvatura de una cadera o la forma de unos pechos nacientes y veas a las chicas como el símbolo de la única belleza posible, absoluta y verdadera, chicas que dejan de ser compañeras de juegos inocentes para ser un territorio inexplorado, la aventura en su máxima expresión. Qué jodida era la adolescencia, cómo me dejé ganar por la timidez. No arriesgarse. Esa fue mi adolescencia.

Hay una imagen como de postal de aquella única salida a la discoteca. Bajé del autobús, aquellos autobuses de asientos de madera, timbres sonoros y la parte trasera vacía para los pasajeros a pie, y durante unos segundos sentí que estaba ante una postal, la imagen detenida de las nubes finas y grises sobre la playa de la arena y de fondo el murmullo del mar como una letanía. Sé que mis recuerdos son pura abstracción, inexactitud, que han pasado tantos años y he visto tantas veces esa imagen que la he moldeado a mi gusto. Es lo que me queda, retazos de imágenes inconexas y reinventadas.

Pepelu estaba sentado en una de las paredes del Itxas. Bebía una litrona. Los compañeros le desafiamos a beber lo que quedaba, casi la mitad, de un tirón. Y Pepelu nos miró, sonrió, y se bebió la cerveza hasta el final. Aún recuerdo el sonido de su garganta, parecía luchar contra el cercano mar. Pensé en Pepelu, uno de los empollones de la clase, el 10 en química, su altura tan desmesurada, las gafas que le daban un aspecto de sabiondo, y que años después viajó hasta la Antártida dentro de un buque de la armada. Parecía que el empollón sólo podía existir en el instituto y fuera de él era otra persona. Ese fue mi primer paso para ver a todos liberados de la influencia del instituto, fuera máscaras. Pero yo siempre llevaba la misma máscara, era callado, tímido. Y fui callado y tímido esa noche de discoteca.

Me sentí mayor cuando dejé mi cazadora en el guardarropa, recordé aquellas películas en blanco y negro de policías y hampones (me gusta la palabra, al sonoridad, el mundo antiguo que trae con ella). Sólo me faltaba el cigarrillo para imitar a un mini Bogart. Recuerdo una pista pequeña en mitad de la sala en penumbra, sofás a su alrededor, la escalera donde me dejé parte de mi tobillo y luces de ovnis. El ambiente era distendido, se olía a hormonas desatadas, como en los descanso entre clase y clase pero elevado a la enésima potencia. Juegos de miradas, torpes acercamientos, manos exploradores, atrevidas, inocentes. En ese paso anterior a la madurez aún teníamos jirones de infancia en nuestras cabezas.

Salimos a tomar aire fresco. Era de noche. Había unos pescadores en la playa y nos acercamos a hablar con ellos. Recuerdo la blancura lunar de las crestas de las olas, la silueta ennegrecida de los acantilados, la luz que provenía de nuestras espaldas y apenas nos alcanzaba, la tranquilidad de la noche y el olor a dulzón del mar, un olor que he encontrado tierra adentro, cuerpo adentro, un olor sobrenatural, abracadabrante y que te atrapa por siempre.

Fue en el regreso a la discoteca donde me destrocé el tobillo. Creo que me reí por lo absurdo de la situación, de repente sentí un dolor extremo, se me hinchó el tobillo y era incapaz de tenerme de pie. Estaba apoyado cerca de la pista de baile. Bailabas con Bautista. Tú, tan pequeña; él parecía que te ensombrecía. Os sentí envarados. Recuerdo que me miraste y me dijiste que el próximo sería yo. Señalé mi tobillo y te conté lo que me acababa de pasar. Si no me hubiera torcido el tobillo, si me hubieras pedido un baile antes de salir a la noche y regresar dentro (ahora que lo pienso, la discoteca parecía el interior de útero materno), te habrías convertido en la primera mujer con la que habría bailado. Es decir, en alguien inamovible en mi memoria, porque las primeras veces siempre quedan ancladas dentro de nosotros, a fuego, el primer beso, la primera caricia, el primer dolor, la primera caída o la primera sonrisa de orgullo propio. Tu lugar en esa primera vez lo ocupó una mujer madura en verano, el mismo verano donde escribieron mi nombre dentro de un corazón tallado, donde supe que el lugar más hermoso para vivir era en la curva de una mujer. Era la madre de uno de mis amigos gallegos y estábamos en mitad de un prado, disfrutábamos de las fiestas de pueblo. También de noche, también las luces y los toqueteos y las máscaras por el suelo. Bailamos un pasodoble y mis pies apenas tocaron la hierba, mi torpeza me hacía pisar a mi pareja en cada paso, acrecentando mi sonrojo y su sonrisa comprensiva. Cómo me hubiera gustado que hubieses sido ese primer baile, que hubieras recibido mis pisadas y mi sonrojo, alguien amigo que me comprendería.


The Party (Marillion)




She was in a back room
Full of strange aromas
And noises and candles
That was where he found her

Traducción: The Web Spain

Compró una botella de sidra
De la tienda de la esquina
No la pararon
Pensaron que era mayor
Cogió el autobús
A un nombre y a un número
Una casa llena de música
Y un mundo de asombro

Y alguna de la gente
Que creía conocer
Nunca se comportaban así
Cuando los veía en el colegio
Nunca antes ha estado en ningún sitio como este
Todo el mundo está tan fuera de control

Estaba en una habitación trasera
Llena de extraños aromas
Y ruidos y velas
Ahí es donde la encontró

La llevó a un jardín
Lleno de lluvia y silencio
Y pudo oler la tierra y los árboles
Y ver las suculentas luces en los pequeños fuegos de sus ojos
Sacando formas de la noche
Estaba encantada

Entonces son las doce
y el último autobús ya pasó
Se van a volver locos
Cuando escuchen lo que ha hecho
Y más alto es más bajo
Y menos es más
Nunca antes ha sentido algo así

Y entonces era ayer
Èl dijo, "Ah, por cierto"
"Bienvenida a tu primera fiesta..."


Tags: Muskiz, Itxas gane, The party, Holidays in eden, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 4:44  | Espacios en blanco
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Comentarios
El primer baile... una pena que el destino te jugara esa mala pasada Fer. En fin, quiz?s lo importante no sea el primero sino el ?ltimo... Mantengo lo dicho, el siguiente contigo. Un beso
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 27 de mayo de 2009 | 23:33
Creo que lo dec?a el llorado Benedetti, lo importante no es ser el primer hombre de una mujer sino el ?ltimo. A veces le damos demasiada importancia a esa primera vez en todo y no vemos que lo ?nico que importa, lo que realmente nos mueve, es el presente.
S?lo un consejo, Arantza, ponte botas o algo que suavice mis seguros golpes. Eres valiente al atreverte a bailar conmigo... Creo que lo mejor es uno de esos donde cada parte de la pareja est? a medio kil?metro del otro. Por cierto, un recuerdo, ?te acuerdas de Bautista bailando lambada? tal vez no, fue en primero de bup, no s? si luego sigi? con la afici?n...
Abrazos desvariados y qu? bueno leerte ac?
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 27 de mayo de 2009 | 23:39