Martes, 19 de mayo de 2009
Las calles de Madrid tranquilas, silenciosas y solitarias al amanecer. Los primeros rayos anaranjados clareaban las paredes de los edificios, las líneas de las sombras tomaban una forma nítida y oscilante. Un suave viento mecía los árboles de Alonso Cano. En la aceras, los periódicos del día aún atados junto a los kioscos cerrados. Se notaba movimiento tras alguna panadería. Pensé que la ciudad parecía un león dormido.

Llevaba seis meses sin salir de viaje. Me sentía nervioso, inquieto, agitado en la estación de Bilbao. Unas chicas celebraban el cumpleaños de una de ellas. Ocupaban un banco apartado. A su alrededor botellas y vasos a medio terminar. Cantaron el cumpleaños feliz, hablaron de su forma de encarar el amor, del dolor y la pasión que conlleva toda relación, lloraron, rieron, bromearon con algún chico que se detenía delante de ellas para coquetear. Estaban en ese punto donde aún se cruza la adolescencia con el mundo adulto.

Las palabras en español se mezclaban con las rumanas, las inglesas, los gestos con las manos. El hombre sentado a mi lado me extendió su carné de trabajo, la naval, me habló de cómo en cinco minutos llegaba al trabajo, cómo sólo sabía unas pocas palabras en español y que venía de Rumanía. Me quedé con la imagen del anillo de casado en su dedo.

Clara se emociona con los reencuentros en los aeropuertos, sobre todo si hay niños. Su mirada y su sonrisa se eternizan (“ternurizan” ) con los abrazos, las lágrimas, los nombres soltados en susurros. Clara es así, tierna y sensible. E impaciente. No podía esperar a ver a Jacqui. Con cada encuentro he conocido retazos de la vida de Clara, recuerdos, anécdotas, manías, gustos, me he familiarizado con el tono de su voz, de sus gestos. Sin darme cuenta se ha convertido en una amiga y una presencia importante en mi vida.

Jacqui apareció a nuestra espaldas, sonriente, esa sonrisa limpia y luminosa que tiene y que te acoge y te hace sentir tranquilo. Me sorprendieron cuántos detalles recordaba de las calles de Madrid, su poder de ubicación, yo, que siempre ando medio perdido y casi nunca sé dónde me encuentro.

El olor de los churros y las empanadas de los puestos se mezclaba con el calor del sol (un calor energético, vigorizante), el cielo brillante, despejado, abarcador, la plaza que se desperezaba y la conversación con Clara. Compramos media docena de churros y chocolate para el enésimo desayuno del día y ya con Jacqui de nuevo nos sentamos en el suelo de la plaza de Colon, bajo la enorme bandera española (se movía rítmicamente junto al viento, pam, pam, pam) y las miradas inquietas de unos críos con skate.

Hay un lugar en Madrid donde ya no me pierdo. Y es la Gran vía. Conozco el dunking donnuts, el coffe and te, el vips y, sobre todo, la fnac. Es un recorrido que repito en cada visita y que nunca me cansa, son como pequeños trozos de mi hogar. Si entrar en una librería siempre es un acontecimiento singular y especial, hacerlo acompañado por otros lectores lo convierte en único. Se cruzan las recomendaciones con las viejas lecturas, es como hablar de antiguos amigos, de recuerdos reales a medida que en nuestras manos aparece un libro tras otro.

La comida fue alegre, distendida, el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros, enrojecía nuestros ojos, pero estos encuentros tienen algo diferente, cierta sensación de finitud, de aprovechar el momento porque nunca sabemos cuándo podrá repetirse (me gusta la sensación de aprovechar el momento).

Jacqui y yo nos despedimos de Clara y decidimos perdernos. En cierta forma, si no tienes un destino final no puedes perderte porque cada paso es el correcto. En el palacio de oriente nos detuvimos a ver a un artista callejero. Mezclaba los malabarismos con el humor. Los niños sonreían, los adultos aplaudíamos. Se sucedían los chistes, los trucos, las risas contundentes. Al final del número el artista, con su sempiterna sonrisa, pasaría el sombrero y nos recordó que trabajaba en la calle pero que no vivía en la calle, no era un mendigo.

El paseo siguió a trompicones hasta que llegamos a una estación de metro. Acompañé a Jacqui hasta su hotel. Nunca sé despedirme. Nunca aprenderé. Fue un día mágico, cálido, redentor, luminoso, como (las sonrisas de) Jacqui y Clara.

(En el autobús, el viento sobre las copas de los árboles y el paisaje oscurecido, la silueta cambiante del horizonte y la sensación de que podría colorear/inventar a mi gusto ese paisaje negro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:48  | Espacios en blanco
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