Mi?rcoles, 20 de mayo de 2009
La cuarentena, de Le Clezio, me estaba poniendo de malhumor, molesto, incómodo, como si su lectura me agrediera y me sacara de quicio. El estómago y las manos inquietos, las palabras que parecían cuchillas, los cambios de tiempo y personajes que me hacían extrañarme del texto, salirme de él, un juego intelectual loable pero perturbador. El narrador presentaba a los personajes, en especial a su abuelo, el encuentro que tuvo con Rimbaud y Verlaine, detalles de la vida de sufamilia, pequeños saltos en el tiempo. Pero el texto me afectaba en las entrañas. Había algo que me dejaba noqueado. No sabía el motivo exacto de mis sentimientos.

Devolví el libro al hueco vacío de la estantería. Pensé en cómo ciertas lecturas nos alteran sin saber porqué, cómo invaden nuestras entrañas y se hacen con ellas y una historia imaginada se convierte en inolvidable (inamovible), en parte de nosotros o en momentos de malhumor o en días de reflexión. Aún recuerdo las tardes en el suelo de mi habitación con ese viaje incierto, laberíntico y sin final que es La montaña del alma, el prólogo de Las uvas de la ira que me anticipó que estaría ante uno de mis libros favoritos, las mañanas en la cocina con Moby Dick, intentando alejarme de los ensayos de mi hermana y cómo su música casaba con las embestidas de los marineros y las digresiones de Melville, el asombro de ver cómo una historia creada hace siglos se acoplaba de forma misteriosa y perfecta a una música contemporánea.

Me sentía inquieto, alterado y con ganas de calmarme tras las hojas de Le Clezio. La cabeza embotada, casi ajena a mí. Jugué con el volumen de cuentos de Bolaño, en la cabecera de mi cama desde hace semanas. Y sin proponérmelo empecé Putas Asesinas. Encontré otros sentimientos. De nuevo unas palabras invadían mis entrañas y se hacían con ellas, sí, pero de una forma voluptuosa y socarrona. Bolaño empieza a ser territorio conocido, un hogar al que acudir en momentos de extrañeza, una ayuda al alcance de la mano. Ahí estaban México, Chile y Barcelona, los cuentos en primera persona que eran la voz de Bolaño, los encuentros fugaces y el sexo inesperado, los tugurios y un personaje que se abisma en el paisaje, en los viajes y en la vida desconocida. Imágenes de un coche que se adentra en la noche del desierto, de un escritor que se pregunta por un poeta menor desaparecido en la Francia de la segunda guerra mundial, imágenes de los chilenos en el destierro, de personajes errantes que pasan por casas anónimas, de mujeres de melenas largas y vestidos blancos que se arrodillan a acariciar a un perro tras haber realizado una felación.

Hace meses un libro de Bolaño fue el único atisbo de hogar que tuve en un despertar descorazonador. Desperté de madrugada en una habitación que pronto supe que no era la mía. Oblonga, sin estanterías ni objetos familiares o cálidos, las ventanas grandes que difuminaban un ruido de conversaciones, fiestas y cláxones, diferente al que escucho en mi barrio, en las afueras de un pueblo pequeño. La conciencia venía a oleadas, de forma inconexa. Miraba alrededor en busca de algo que me devolviera a la realidad, a la certeza de saber que estaba despierto y no en un sueño. En el suelo vi mi mochila roja. Y encima, Los detectives salvajes. La portada de Los detectives salvajes me tranquilizó, me hizo recordar y ubicarme de nuevo en esta realidad. Estaba en Valladolid, había llegado la tarde anterior y había cruzado con Mariola el campo grande, la calle santiago tomada por estatuas de Rodin, la plaza mayor. Me levanté de la cama. Cogí el libro y continué donde lo había dejado, en ese puzzle de personas y viajes y pistas en busca de dos escritores y una poetisa desconocida mientras amanecía a través de la ventana. Era como estar en casa.

Hay quien dice que no se acostumbra a las habitaciones de hotel, que ese espacio aséptico le impide incluso conciliar el sueño. En cambio, yo me siento cómodo en los hoteles, son lugares de paso, sin huellas ajenas ni propias, una especia de cuaderno en blanco que nunca será escrito, alejarse de uno mismo y ser libre de pasado y recuerdos.

En Lisboa ocupé una habitación en la última planta del hotel. La planta número doce, a ras el cielo. Me levantaba de madrugada para espiar la noche lisboeta, las luces de los edificios cercanos, los coches anónimos y lejanos, las sombras entrelazadas en las ventanas, el ruido de la gente que regresaba tras las noches de fiesta y encuentros. Por la mañana, antes de salir, veía el amanecer sobre los tejados y las azoteas, me dejaba llevar por unas imágenes somnolientas. Las azoteas con patios y sillas vacías, macetas y tumbonas. El parque alargado y boscoso donde descansaba unos minutos antes de entrar al hotel tras la caminata diaria. Los accesos al metro con los primeros madrugadores. La panza de los aviones al alcance de mi mano. En aquella semana mi hogar fue El periodista deportivo, mi primer acercamiento a Richard Ford, la isla que me unía a mi vida, que no me despegaba totalmente de ella. Porque las habitaciones de hotel pueden ejercer de agujeros negros que todo lo absorben, incluida la palabra regreso.

El libro de las ilusiones me acompañó en mi primer viaje a Valladolid. La habitación pequeña, alargada, paredes blancas, con un modesto escritorio y un armario empotrado. Sin huellas. Recuerdo que Mariola hojeó el libro de Auster y leyó la última página, un gesto que me sorprendió, que me hizo recordar al pesimista de Billy Cristal en Cuando Harry encontró a Sally. Por la noche, después de deambular por algunas de las calles y rincones favoritos de Mariola, volví a la vida de David Zimmer, un hombre que perdió a su familia y que en una de sus noches de insomnio descubrió las películas mudas de un cómico desaparecido sin dejar rastro, como los poetas de Bolaño. Los domingos por la mañana, detrás del hotel, se hace un rastrillo con sellos y libros avejentados. En el último viaje compré Las minas del rey salomón y Las vírgenes suicidas, libros que son testigos de mis viajes, que son como chinchetas en un mapa.

Rayuela se mezclaba con Lord Jim o La montaña del alma en la habitación del Bristol. A doce mil kilómetros de distancia mi hogar estaba en dos libros de viajes. Porque, al final, uno se siente en casa cuando está en el camino. Rayuela tiene las palabras de Gabriela, aún no se han borrado en el papel pero sí lo han hecho poco a poco en mi alma. Recuerdo la habitación del Bristol como un espacio grande, hermético, el sonido constante de las calles tucumanas, las conversaciones que alcanzaban el primer piso y se abalanzaban dentro de la habitación.

Dejé siete libros en una de las camas del hotel Las Cortes de Cádiz. Las habitaciones y la ropa de los empleados recordaban la España de principios del siglo XIX. Por una vez me sentí cobijado en una habitación desconocida. Las paredes de color suave, crema, el ambiente distendido y acogedor de la ciudad que me seguía a cada paso, la luz especial del sur. Pasaba las noches ojeando los libros comprados, anticipando las lecturas que me esperaban a mi regreso, como si me hubiera llevado un trozo de mi propia habitación.




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:42  | Espacios en blanco
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