Viernes, 22 de mayo de 2009
Vendrá un tiempo
en que, con gran júbilo,
nos saludaremos a nosotros mismos
ante nuestra propia puerta, frente a nuestro propio espejo,
y con una sonrisa ambos agradeceremos la bienvenida del otro,

y diremos, siéntate. Come.
Volverás a amar al extraño que fue tu yo.
Ofrécele vino. Obséquiale con pan. Devuélvele tu corazón,
a es otro yo, al extraño que te ha amado

toda la vida, al cual ignoraste
por otro, que te conoce desde el fondo del alma.
Coge las cartas de amor que guardas en la estantería,

las fotografías, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Festeja tu vida.
Derek Walcott
El amor después del amor




Otra traducción en A media voz


El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.



Love after love

The time will come
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other's welcome,

and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved you

all your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,

the photographs, the desperate notes,
peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.

Tags: El amor después del amor, Derek Walcott

Publicado por elchicoanalogo @ 14:59  | Poes?a
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La mujer se había detenido delante de mí en un gesto brusco e inesperado. Cuando quise esquivarla me cortó el paso con un pequeño movimiento lateral. Parecía que bailábamos un vals improvisado, un torpe danubio azul ejecutado por dos bailarines aficionados y descoordinados. Sonreí, desconcertado, y me fijé en ella. Era una mujer de unos sesenta años con un abrigo demasiado grande para sus modestos hombros, pelo negro, desmadejado, ojos pequeños y joviales y labios pintados como un río de lava. Las partes no encajaban en el conjunto. Me pidió una moneda con voz segura, suficiente, la cabeza inclinada hacia atrás en una pose que me recordó a la señorita Havisham de Grandes esperanzas. Mientras rebuscaba en mis bolsillos cerró los ojos con ternura y me ofreció sus finos labios de magma. El sonido del tráfico, la gran vía, los transeúntes, las gotas de lluvia suspendidas en las ramas de los árboles desaparecieron. Era como estar atrapado en un reducido círculo de vida, fuera de él, la oscuridad más absoluta. No sabía que responder, estaba turbado y asustado. Me agarré con fuerza a la bolsa de libros, necesitaba sentir algo real en aquella escena inconexa. Mentí. Le dije que tenía novia, que no podía siquiera rozar a otra mujer. Abrió los ojos y cuando le tendí la moneda se acercó a un palmo de mi cara. Las raíces de su pelo eran blancas. Olía a tabaco, a habitación cerrada, a dejadez. Me dijo que buscara otra moneda para que pudiera tomarse un café, que le había salvado la vida. Intimidado busqué una nueva moneda. Rocé la palma de su mano al dejarla junto a la primera. Entonces, la mujer insistió con el beso. Y me ofreció su perfil. Le di un pequeño beso en la mejilla. Y ella sonrió. Se acercó a mí y me pidió permiso para besarme. Con una ternura impensable me besó en la mejilla, un contacto tenue, apenas perceptible.
Continué mi camino, sin mirar atrás, y salí del círculo que formaba con la desconocida. Era como salir a la primera luz. Volvieron el tráfico, las conversaciones, los pasos en la acera. Creí que todas las miradas me seguían, me atravesaban. Y yo aún sentía el pequeño roce de sus labios en mi mejilla.  
Pensé en los últimos besos, los últimos abrazos, las últimas caricias, la última piel. Hace meses que estoy encerrado en mí, que siento que estoy fuera de un lugar indefinido y no pertenezco a ningún lugar ni a nadie. El aliento invisible de los labios de la desconocida se intensificaba, parecía que ese beso se estaba quedando marcado en mi piel, profundizando en ella. Tal vez, sólo tal vez, unos labios extranjeros puedan coser la herida, rearmar mi pecho, ordenar mis entrañas. El beso de la mujer desconocida latía en mi mejilla cuando entré en la oscuridad del metro.

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A ver si lo entiendo
 
¿Dices
Que te tortura el no poder escribir
O que
No puedes escribir porque estás torturado?
 
¿Dices
Que en estos tiempos te han convertido en un escéptico
O que
Estos tiempos confirman tu escepticismo?
 
Mira, voy a decirte una cosa
Preferiría tener que echarles el lazo a las reses
Que hablar de política contigo
 
Preferiría caer borracho perdido
Debajo de un camión de remolque
 
Tu desesperación es más aburrida
Que el Merv Griffin Show
 
Tu gimoteante lloriqueo
Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia
 
Levanta el culo y ponte a cocinar
Haz con tu tiempo
Lo que quieras
Pero no malgastes el mío
 
2/80
Santa Rosa, Ca.


Sam Shepard
Crónicas de motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 12:02  | Poes?a
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Donald Campbell se estrelló en el lago Coniston a más de 300 millas por hora. Su embarcación, Bluebird, se partió en miles de pedazos y desapareció bajo las aguas. Como el cuerpo del piloto. Donald Campbell era uno de esos aventureros que amaban el riesgo, las proezas inimaginables, llegar a donde nadie antes lo había hecho, superar continuamente unos límites sobrehumanos.

En el disco Afraid of Sunlight, Marillion rescata la historia de Donald Campbell en una de sus composiciones más dramáticas y melancólicas, Out of this World. Es una canción dura, estremecedora, dolorosa, uno de esas canciones que te pueden hacer trizas por dentro.

Everything that she said…

Out of this World (Marillion)



Three hundred miles an hour on water
In your purpose-built machine
No one dared to call a boat
Screaming blue
Out of this world
Make history
This is your day
Blue Bird

At such speeds, things fly

What did she say?
I know the pain of too much tenderness
Wondering when or if you'll come back again
Wanting to live for you
And being banned from giving

But only love will turn you around
Only love will turn you around
Only love
Only love will turn you around
So we live you and I
Either side of the edge
And we run and we scream
With the dilated stare
Of obsession and dreaming
What the hell do we want
Is it only to go
Where nobody has gone
A better way than the herd
Sing a different song
Till you're running the ledge
To the gasp from the crowd
Spinning round in your head
Everything that she said


En The Web Spain se encuentra la traducción además de un buen debate sobre los significados de la canción

A trescientas millas por hora sobre el agua
En tu máquina construida para la ocasión
Nadie se atrevió a llamarlo un barco
Azul eléctrico
No es de este mundo
Haz historia
Este es tu día
Pajaro Azul
A esas velocidades, las cosas vuelan

¿Y qué dijo ella?
Conozco el dolor de tanta ternura
Preguntándome cuándo o si volverás
Queriendo vivir para ti
¡Y que me prohiban dar...!

Pero sólo el amor te hará dar la vuelta
Sólo el amor te hará dar la vuelta
Sólo el amor
Sólo el amor te hará dar la vuelta

Y vivimos tú y yo
A cada lado del filo
Y corremos y gritamos
Con la mirada dilatada
De la obsesión y el soñar
¿Qué diantres queremos?
¿Es tan sólo ir
Dónde nadie ha ido?
Un camino mejor que el rebaño
Cantar una canción distinta
Hasta que corres por la cornisa
Y el grito ahogado de la multitud
Dando vueltas en tu cabeza
Todo lo que ella dijo

Tags: Out of this world, afraid of sunlight, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 4:46  | Canciones
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Jueves, 21 de mayo de 2009
La barquilla sombreaba el agua verdosa de la ría. Siempre me he sentido atraído por ese abismo de agua; la superficie cambiante, la espuma blanca en la cresta de diminutas olas que mueren nada más nacer, los destellos perdidos del sol que te ciegan por unos instantes. Aparté la mirada del agua. Una pareja se besaba con suavidad al ritmo del hilo musical. Ella se balanceaba en los brazos de él. Él perdía sus manos en la melena de ella. En el horizonte, pequeños triángulos blancos. Los veleros regresaban a puerto. La ilusión de sentir que el horizonte se movía, como las dunas del desierto. El viento acercaba la tormenta y la oscuridad al interior, dividía el cielo en una frontera de nubes grisáceas que tapaban poco a poco el cielo azul e invernal. Una mujer acariciaba a sus perros, ya envejecidos, que miraban asustados y extrañados el movimiento de la barquilla.

Dos hombres negros se lavaban en la playa. Estaban desnudos, con una toalla azul al hombro. Imaginé que no tendrían baño en su casa, si es que tenían casa, y aprovechaban los últimos rayos de sol antes de la tormenta para lavarse y asearse. En la arena unas mochilas y cubos de plástico para aclarar el pelo de champú. La mujer de los perros paseaba cerca de ellos, atenta a su baño y sus cuerpos perlados de gotas de agua. Blanca me encargó que escribiera un relato. Y la cabeza se me escapa en miles de imágenes y palabras, historias que cambian con la rapidez de las nubes que se acercan desde alta mar. Podría hablar sobre esos dos hombres, imaginar su infancia en su tierra, su llegada cargados de miedos a un lugar desconocido, sus primeros pasos, la mirada que nosotros les dedicamos, cómo sería lavarse en el mar en los últimos días de invierno, con una toalla azul al hombro y las miradas expectantes de los paseantes.

En el paseo marítimo, solitarios que leían el periódico en bancos de madera, su mirada que no se despegaba del papel, como si el mundo alrededor se hubiera extinguido, como si no sintieran la llegada del viento, de las nubes que se hacían cada vez más corpóreas y evidentes. Unos chavales preparaban sus barcas para salir a navegar, un par de críos intentaban arrancar el motor de una de ellas. Recordé a Jean Vigo y L´atalante, La barcaza. Jean Vigo murió de tuberculosis con 29 años, poco después de terminar la película, una historia de amor con un tono poético de ensoñación y desapego de la realidad. Imágenes en un blanco y negro neblinoso y lechoso de una barcaza que se pierde entre los recodos de un río anónimo, imágenes de una pareja que se aleja en la arena.

Desde el faro podía ver el cielo dividido en dos, una línea definida, cómo las nubes ganaban la batalla por el espacio en blanco. Las aguas se oscurecieron y el viento ganó fuerza y consistencia. Las ráfagas arremetían contra lo que se encontraban delante, rodeaban todo, penetraban en los más recónditos escondites. Un velero sorteaba las embarcaciones ancladas y entraba a puerto. A mi lado una mujer hablaba por teléfono, con la cabeza gacha y un gorro que se movía con el viento. Intentaba protegerse tras el faro. También podría escribir sobre esa mujer. Podría inventar una última conversación con un amor naufragado, ya en proceso de desahucio. Y ella que intenta escuchar a pesar del viento. Y el viento que traga las últimas palabras de él y lo ocupa todo. Y ella que siente que sólo le queda ese viento, y que cree que ya no volverá a ser dueña de sus pasos ni los dará de forma deliberada y reflexiva, a merced de los vaivenes de un viento invisible y desconocido que desgarra todo a su paso. Y ella que siente que quiere ser ese viento y volar alto y desaparecer entre las nubes que han ganado la batalla y llueve.




Tags: espacios en blanco, portugalete, Jean Vigo, l´atalante

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Si todavía rondaras por aquí
Te cogería
Te sacudiría por las rodillas
Te soplaría aire caliente en ambas orejas

Tú, que podías escribir como una Pantera
Todo lo que se te metiera en las venas
Qué clase de verde sangre
Te arrastró a tu destino

Si todavía rondaras por aquí
Te desgarraría hasta meterme en tu miedo
Te lo arrancaría
Para que colgara como un pellejo
Como jirones de miedo

Te daría la vuelta
Te pondría de cara al viento
Doblaría tu espalda sobre mi rodilla
Masticaría tu nuca
Hasta que abrieras tu boca a esta vida

31/1/80
Homestead Valley, Ca.


Sam Shepard
Crónicas de Motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 18:45  | Poes?a
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Sofía y Mariana me han acompañado en la última semana. Ha sido una despedida agridulce, tranquila, distendida, me he sentido conforme con su aparente final en una playa gaditana, bajo la lluvia, riéndose cómplices de sus diarios y cartas escritas. Tengo la imagen en mi cabeza. Las nubes grises que se acercan a tierra, que agrisan el paisaje, que alteran la calma del mar. La línea del horizonte que se difumina y todo es un cortinaje grisáceo y cercano. El viento retoza con las hojas y las palabras de sus cuadernos, con su melena desplegada, con la ropa de verano. Se resguardan en el chiringuito donde Marina se encontró con la huella destruida de un amor pasado.

Me siento cercana a estas dos mujeres. Encuentran en la escritura una tabla contra el naufragio, un lugar donde asirse, recuperar el aliento y retomar la vida que han dejado en pausa. La escritura como redención, cómo búsqueda de cachitos y pasado e ideas que iluminan la parte oscura de nuestras entrañas. Por eso me he puesto a escribir, para que no seme olvidara lo que ha podido quedar, para rescatarlo. – Bueno –dice Encarna- siempre se escribe para lo mismo, un poco en plan “restos del naufragio”, ¿no?

Y es que es extraño escribir, que las palabras surjan de no se sabe dónde, que sigan un camino que no vemos en la realidad y que consigan aclarar el nudo vital que arrastramos. Escribes a la deriva, sin buscar nada, y encuentras un camino hacia la salida. Escribir para ordenar el caos, para habitar los espacios invisibles.

Escribir se convierte en algo que necesitas, en ese momento del día donde, por fin, eres. Recoges los recuerdos, las fotografías, los monólogos interiores del día, muchos de ellos borrados por el destrozo que hacen las horas en la memoria, y te dedicas a desmenuzarlos, a ordenarlos, a hacerlos corpóreos en palabras y silencios. Y entre los espacios en blanco de las palabras, los sentimientos silenciados, olvidados o borrosos, todo aquello que no has conseguido rescatar de la pérdida.

Escribes y te sientes a salvo de la tormenta aunque estés en mitad de ella, un refugio contra la nada, el olvido y la desaparición. Escribes para ti mismo, para apaciguarte y comprenderte, para dar pasos en todas las direcciones hasta encontrar la idónea, juegas con el tiempo, con la realidad, los espacios vacíos, juegas con la sensación de libertad que te da escribir.

Escribo para que mi voz interior no quede en silencio. Para ordenar las piezas del puzzle. Para comprender los miles de fantasmas de mi alma y morir un poco con cada palabra arrancada al silencio.



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Mi?rcoles, 20 de mayo de 2009
El insomnio es una cadena
El insomnio es un lazo
El insomnio es un círculo vicioso

Ahora mismo
Dentro de mi cabeza
Dentro de mis huesos

Gira mi cuello
Se mueve el cartílago
Me gusta el ruido de mis huesos

En medio de esta emergencia
Pienso en ti
Y sólo en ti

En medio de esta sangre insomne
Tus labios rosados
Tus brazos extendidos hacia arriba

No puedo respirar sin ti
Pero este círculo de costillas
Sigue funcionando por su cuenta

17/5/82
Lancaster, Ca.


Sam Shepard
Crónicas de Motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)

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La cuarentena, de Le Clezio, me estaba poniendo de malhumor, molesto, incómodo, como si su lectura me agrediera y me sacara de quicio. El estómago y las manos inquietos, las palabras que parecían cuchillas, los cambios de tiempo y personajes que me hacían extrañarme del texto, salirme de él, un juego intelectual loable pero perturbador. El narrador presentaba a los personajes, en especial a su abuelo, el encuentro que tuvo con Rimbaud y Verlaine, detalles de la vida de sufamilia, pequeños saltos en el tiempo. Pero el texto me afectaba en las entrañas. Había algo que me dejaba noqueado. No sabía el motivo exacto de mis sentimientos.

Devolví el libro al hueco vacío de la estantería. Pensé en cómo ciertas lecturas nos alteran sin saber porqué, cómo invaden nuestras entrañas y se hacen con ellas y una historia imaginada se convierte en inolvidable (inamovible), en parte de nosotros o en momentos de malhumor o en días de reflexión. Aún recuerdo las tardes en el suelo de mi habitación con ese viaje incierto, laberíntico y sin final que es La montaña del alma, el prólogo de Las uvas de la ira que me anticipó que estaría ante uno de mis libros favoritos, las mañanas en la cocina con Moby Dick, intentando alejarme de los ensayos de mi hermana y cómo su música casaba con las embestidas de los marineros y las digresiones de Melville, el asombro de ver cómo una historia creada hace siglos se acoplaba de forma misteriosa y perfecta a una música contemporánea.

Me sentía inquieto, alterado y con ganas de calmarme tras las hojas de Le Clezio. La cabeza embotada, casi ajena a mí. Jugué con el volumen de cuentos de Bolaño, en la cabecera de mi cama desde hace semanas. Y sin proponérmelo empecé Putas Asesinas. Encontré otros sentimientos. De nuevo unas palabras invadían mis entrañas y se hacían con ellas, sí, pero de una forma voluptuosa y socarrona. Bolaño empieza a ser territorio conocido, un hogar al que acudir en momentos de extrañeza, una ayuda al alcance de la mano. Ahí estaban México, Chile y Barcelona, los cuentos en primera persona que eran la voz de Bolaño, los encuentros fugaces y el sexo inesperado, los tugurios y un personaje que se abisma en el paisaje, en los viajes y en la vida desconocida. Imágenes de un coche que se adentra en la noche del desierto, de un escritor que se pregunta por un poeta menor desaparecido en la Francia de la segunda guerra mundial, imágenes de los chilenos en el destierro, de personajes errantes que pasan por casas anónimas, de mujeres de melenas largas y vestidos blancos que se arrodillan a acariciar a un perro tras haber realizado una felación.

Hace meses un libro de Bolaño fue el único atisbo de hogar que tuve en un despertar descorazonador. Desperté de madrugada en una habitación que pronto supe que no era la mía. Oblonga, sin estanterías ni objetos familiares o cálidos, las ventanas grandes que difuminaban un ruido de conversaciones, fiestas y cláxones, diferente al que escucho en mi barrio, en las afueras de un pueblo pequeño. La conciencia venía a oleadas, de forma inconexa. Miraba alrededor en busca de algo que me devolviera a la realidad, a la certeza de saber que estaba despierto y no en un sueño. En el suelo vi mi mochila roja. Y encima, Los detectives salvajes. La portada de Los detectives salvajes me tranquilizó, me hizo recordar y ubicarme de nuevo en esta realidad. Estaba en Valladolid, había llegado la tarde anterior y había cruzado con Mariola el campo grande, la calle santiago tomada por estatuas de Rodin, la plaza mayor. Me levanté de la cama. Cogí el libro y continué donde lo había dejado, en ese puzzle de personas y viajes y pistas en busca de dos escritores y una poetisa desconocida mientras amanecía a través de la ventana. Era como estar en casa.

Hay quien dice que no se acostumbra a las habitaciones de hotel, que ese espacio aséptico le impide incluso conciliar el sueño. En cambio, yo me siento cómodo en los hoteles, son lugares de paso, sin huellas ajenas ni propias, una especia de cuaderno en blanco que nunca será escrito, alejarse de uno mismo y ser libre de pasado y recuerdos.

En Lisboa ocupé una habitación en la última planta del hotel. La planta número doce, a ras el cielo. Me levantaba de madrugada para espiar la noche lisboeta, las luces de los edificios cercanos, los coches anónimos y lejanos, las sombras entrelazadas en las ventanas, el ruido de la gente que regresaba tras las noches de fiesta y encuentros. Por la mañana, antes de salir, veía el amanecer sobre los tejados y las azoteas, me dejaba llevar por unas imágenes somnolientas. Las azoteas con patios y sillas vacías, macetas y tumbonas. El parque alargado y boscoso donde descansaba unos minutos antes de entrar al hotel tras la caminata diaria. Los accesos al metro con los primeros madrugadores. La panza de los aviones al alcance de mi mano. En aquella semana mi hogar fue El periodista deportivo, mi primer acercamiento a Richard Ford, la isla que me unía a mi vida, que no me despegaba totalmente de ella. Porque las habitaciones de hotel pueden ejercer de agujeros negros que todo lo absorben, incluida la palabra regreso.

El libro de las ilusiones me acompañó en mi primer viaje a Valladolid. La habitación pequeña, alargada, paredes blancas, con un modesto escritorio y un armario empotrado. Sin huellas. Recuerdo que Mariola hojeó el libro de Auster y leyó la última página, un gesto que me sorprendió, que me hizo recordar al pesimista de Billy Cristal en Cuando Harry encontró a Sally. Por la noche, después de deambular por algunas de las calles y rincones favoritos de Mariola, volví a la vida de David Zimmer, un hombre que perdió a su familia y que en una de sus noches de insomnio descubrió las películas mudas de un cómico desaparecido sin dejar rastro, como los poetas de Bolaño. Los domingos por la mañana, detrás del hotel, se hace un rastrillo con sellos y libros avejentados. En el último viaje compré Las minas del rey salomón y Las vírgenes suicidas, libros que son testigos de mis viajes, que son como chinchetas en un mapa.

Rayuela se mezclaba con Lord Jim o La montaña del alma en la habitación del Bristol. A doce mil kilómetros de distancia mi hogar estaba en dos libros de viajes. Porque, al final, uno se siente en casa cuando está en el camino. Rayuela tiene las palabras de Gabriela, aún no se han borrado en el papel pero sí lo han hecho poco a poco en mi alma. Recuerdo la habitación del Bristol como un espacio grande, hermético, el sonido constante de las calles tucumanas, las conversaciones que alcanzaban el primer piso y se abalanzaban dentro de la habitación.

Dejé siete libros en una de las camas del hotel Las Cortes de Cádiz. Las habitaciones y la ropa de los empleados recordaban la España de principios del siglo XIX. Por una vez me sentí cobijado en una habitación desconocida. Las paredes de color suave, crema, el ambiente distendido y acogedor de la ciudad que me seguía a cada paso, la luz especial del sur. Pasaba las noches ojeando los libros comprados, anticipando las lecturas que me esperaban a mi regreso, como si me hubiera llevado un trozo de mi propia habitación.




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:42  | Espacios en blanco
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Martes, 19 de mayo de 2009
Las calles de Madrid tranquilas, silenciosas y solitarias al amanecer. Los primeros rayos anaranjados clareaban las paredes de los edificios, las líneas de las sombras tomaban una forma nítida y oscilante. Un suave viento mecía los árboles de Alonso Cano. En la aceras, los periódicos del día aún atados junto a los kioscos cerrados. Se notaba movimiento tras alguna panadería. Pensé que la ciudad parecía un león dormido.

Llevaba seis meses sin salir de viaje. Me sentía nervioso, inquieto, agitado en la estación de Bilbao. Unas chicas celebraban el cumpleaños de una de ellas. Ocupaban un banco apartado. A su alrededor botellas y vasos a medio terminar. Cantaron el cumpleaños feliz, hablaron de su forma de encarar el amor, del dolor y la pasión que conlleva toda relación, lloraron, rieron, bromearon con algún chico que se detenía delante de ellas para coquetear. Estaban en ese punto donde aún se cruza la adolescencia con el mundo adulto.

Las palabras en español se mezclaban con las rumanas, las inglesas, los gestos con las manos. El hombre sentado a mi lado me extendió su carné de trabajo, la naval, me habló de cómo en cinco minutos llegaba al trabajo, cómo sólo sabía unas pocas palabras en español y que venía de Rumanía. Me quedé con la imagen del anillo de casado en su dedo.

Clara se emociona con los reencuentros en los aeropuertos, sobre todo si hay niños. Su mirada y su sonrisa se eternizan (“ternurizan” ) con los abrazos, las lágrimas, los nombres soltados en susurros. Clara es así, tierna y sensible. E impaciente. No podía esperar a ver a Jacqui. Con cada encuentro he conocido retazos de la vida de Clara, recuerdos, anécdotas, manías, gustos, me he familiarizado con el tono de su voz, de sus gestos. Sin darme cuenta se ha convertido en una amiga y una presencia importante en mi vida.

Jacqui apareció a nuestra espaldas, sonriente, esa sonrisa limpia y luminosa que tiene y que te acoge y te hace sentir tranquilo. Me sorprendieron cuántos detalles recordaba de las calles de Madrid, su poder de ubicación, yo, que siempre ando medio perdido y casi nunca sé dónde me encuentro.

El olor de los churros y las empanadas de los puestos se mezclaba con el calor del sol (un calor energético, vigorizante), el cielo brillante, despejado, abarcador, la plaza que se desperezaba y la conversación con Clara. Compramos media docena de churros y chocolate para el enésimo desayuno del día y ya con Jacqui de nuevo nos sentamos en el suelo de la plaza de Colon, bajo la enorme bandera española (se movía rítmicamente junto al viento, pam, pam, pam) y las miradas inquietas de unos críos con skate.

Hay un lugar en Madrid donde ya no me pierdo. Y es la Gran vía. Conozco el dunking donnuts, el coffe and te, el vips y, sobre todo, la fnac. Es un recorrido que repito en cada visita y que nunca me cansa, son como pequeños trozos de mi hogar. Si entrar en una librería siempre es un acontecimiento singular y especial, hacerlo acompañado por otros lectores lo convierte en único. Se cruzan las recomendaciones con las viejas lecturas, es como hablar de antiguos amigos, de recuerdos reales a medida que en nuestras manos aparece un libro tras otro.

La comida fue alegre, distendida, el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros, enrojecía nuestros ojos, pero estos encuentros tienen algo diferente, cierta sensación de finitud, de aprovechar el momento porque nunca sabemos cuándo podrá repetirse (me gusta la sensación de aprovechar el momento).

Jacqui y yo nos despedimos de Clara y decidimos perdernos. En cierta forma, si no tienes un destino final no puedes perderte porque cada paso es el correcto. En el palacio de oriente nos detuvimos a ver a un artista callejero. Mezclaba los malabarismos con el humor. Los niños sonreían, los adultos aplaudíamos. Se sucedían los chistes, los trucos, las risas contundentes. Al final del número el artista, con su sempiterna sonrisa, pasaría el sombrero y nos recordó que trabajaba en la calle pero que no vivía en la calle, no era un mendigo.

El paseo siguió a trompicones hasta que llegamos a una estación de metro. Acompañé a Jacqui hasta su hotel. Nunca sé despedirme. Nunca aprenderé. Fue un día mágico, cálido, redentor, luminoso, como (las sonrisas de) Jacqui y Clara.

(En el autobús, el viento sobre las copas de los árboles y el paisaje oscurecido, la silueta cambiante del horizonte y la sensación de que podría colorear/inventar a mi gusto ese paisaje negro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:48  | Espacios en blanco
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Lunes, 18 de mayo de 2009

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.
Mario Benedetti
Currículum (en Próximo prójimo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:48  | Mario Benedetti
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Domingo, 17 de mayo de 2009
Los raíles crepitaban al paso del metro y mi cuerpo acompañaba sus movimientos automatizados en cada curva o subida, como una danza improvisada y ajena a mí. Leía De qué hablamos cuando hablamos de amor. Las luces fugaces e inesperadas dentro del túnel iluminaban las páginas de Carver a trazos blancos. Relatos austeros, directos, enigmáticos. Como relámpagos en mitad de una tormenta. Hombres y mujeres como supervivientes del amor. Había empezado el relato de una pareja que se encierra en una habitación del motel que regentan para hablar de la infidelidad de él, de su relación quebrada, a punto del naufragio. Palabras tiradas a la cara, otros cuerpos, cláxones molestos, recuerdos primerizos de un amor enturbiado con el tiempo, caricias tan pasajeras como las luces de este túnel, un intento de tirarse por la ventana y la idea de encerrarse en una habitación con quien amas pero que no sabes qué hacer con ese amor. “Algo ha muerto en mí –anuncia-. Le ha llevado tiempo, pero ha muerto. Has matado algo; es igual que si lo hubieras partido con un hacha. Ahora todo se ha ido al traste”. (Belvedere, Raymond Carver). Miré el marcapáginas al terminar el relato. El gran teatro de Falla, de Cádiz. En el reverso, la letra redonda y clara de Jesús y sus buenos deseos para un pronto encuentro.

Jesús me descubrió uno de mis lugares en el mundo. La plaza de San Francisco de Cádiz. Una plaza pequeña, alargada, bulliciosa, empedrada con un poso de pasado y naranjos de sombra tranquila. El lugar invita a sentarse en una terraza, saborear un café con leche o un helado y dejar pasar el tiempo sin preocupaciones. Porque ese pequeño lugar consigue amurallarse contra el exterior y parece que nada incierto o sombrío entra en él. Hay una línea azul en el suelo de la plaza, una guía para turistas que recorre el casco antiguo, como las migas en el bosque de los cuentos infantiles. Uno puede querer perderse o dejarse guiar. Y yo, siempre, me quiero perder. La mañana de domingo regresé solo a la plaza. Apenas había retazos de vida, los camareros desperezaban las cafeterías, sacaban las mesas y las sillas a la calle, unos chicos estaban sentados en la entrada del Hotel de Francia y París, rodeados de mochilas y cansancio. No recuerdo el camino que seguí, los nombres de las calles estrechas o las plazas o los paseos junto al mar. Sí recuerdo la luz sobre los edificios antiguos, una luz blanquecina, la gente que salía a por el periódico y cruasanes y el desayuno frente a una librería cerrada. Parecía imposible cualquier atisbo de sentimientos inquietos y desobedientes. Estaba perdido en un espacio en blanco, en un lugar inalcanzable. Podía desaparecer entre esas calles y vagar como un fantasma anónimo sin hogar. O jugar a intentar adivinar los pasos desconocidos de Blanca, que me antecedió por esas calles un par de años atrás. ¿Estás ahí? ¿O eres un fantasma…?
Desde que el avión tomó tierra quedé sorprendido por la luz del sur, una luz hospitalaria, cálida y entrañable. A través de la ventana del autobús, el paisaje nuevo corría ante mi mirada, un horizonte en perpetuo movimiento. Las casas, con un toque árabe, mestizo, blanco. La conductora hablaba con un acento tan cálido como la luz de sur. Sonreía. Eso me extrañó. Que sonriera. Apenas había gente en el autobús, algunos pasajeros de mi vuelo y un par que subieron en las siguientes paradas. Estaba recostado en el asiento y miraba el cielo azul y despejado por el que había llegado.
Jesús apareció en la estación con un bizcocho casero y su sonrisa. Es un hombre tranquilo, inteligente y cercano. Natalia nos esperaba en una esquina de la plaza. Días atrás nos anunció que sería mamá y ya se convirtió en alguien a quien mimar y cuidar. Ahora Alma tiene tres meses, es grande y hermosa y seguro que será habladora y con gran sentido del humor, como su madre. Mamen me hizo esperar un día para conocerla. La primera mirada, en la Plaza de Mina. Como yo, nació un 8 de febrero, es tímida al inicio pero luego no esconde la belleza que guarda en su interior. Fueron dos días donde cambié mi paso y ese ser otoñal del que Arantza me quiere despertar y hacerme ver que existe el azul y el naranja en el cielo, no sólo nubes o nieves.

Las caras se perdían en libros o periódicos gratuitos. Un niño de dos años gritaba y lloraba de miedo por el movimiento y la oscuridad. Una mujer le regaló un chupa-chups pero siguió llorando, desesperado. Los raíles chirriaban al paso de mis pensamientos, de mis recuerdos, de un espacio en blanco al que vuelvo para que no se difumine ni se tergiverse. Raíles sobre los pensamientos…




Tags: espacios en blanco, Cádiz

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S?bado, 16 de mayo de 2009
A veces tengo recuerdos difusos de un día concreto, no consigo enfocar las imágenes pero sí los sentimientos vividos; recuerdos que se confunden con sueños, que parecen sensaciones que cuelgan en las puntas de mis dedos, como gotas de lluvia, y como gotas de lluvia, se desprenden al menor movimiento. Es como perseguir un objeto inalcanzable, una figura en permanente fuga. Un juego de espejos (espejismos).

La única vez que entré en la discoteca Itxas Gane me torcí el tobillo de mala manera, una torcedura difícil, parecía como si el pie derecho se me hubiera desgajado de la pierna, mantequilla pura. Durante dos meses llevé una incómoda escayola, justo al final del curso, y curiosamente fue mi mejor trimestre en cuanto a las notas.

Era un adolescente tímido en la peor época que uno puede vivir porque todo son cambios, cambios que uno no provoca ni puede controlar, la voz, los pelos en la cara, el vello púbico, que de repente te quedes sin habla por la curvatura de una cadera o la forma de unos pechos nacientes y veas a las chicas como el símbolo de la única belleza posible, absoluta y verdadera, chicas que dejan de ser compañeras de juegos inocentes para ser un territorio inexplorado, la aventura en su máxima expresión. Qué jodida era la adolescencia, cómo me dejé ganar por la timidez. No arriesgarse. Esa fue mi adolescencia.

Hay una imagen como de postal de aquella única salida a la discoteca. Bajé del autobús, aquellos autobuses de asientos de madera, timbres sonoros y la parte trasera vacía para los pasajeros a pie, y durante unos segundos sentí que estaba ante una postal, la imagen detenida de las nubes finas y grises sobre la playa de la arena y de fondo el murmullo del mar como una letanía. Sé que mis recuerdos son pura abstracción, inexactitud, que han pasado tantos años y he visto tantas veces esa imagen que la he moldeado a mi gusto. Es lo que me queda, retazos de imágenes inconexas y reinventadas.

Pepelu estaba sentado en una de las paredes del Itxas. Bebía una litrona. Los compañeros le desafiamos a beber lo que quedaba, casi la mitad, de un tirón. Y Pepelu nos miró, sonrió, y se bebió la cerveza hasta el final. Aún recuerdo el sonido de su garganta, parecía luchar contra el cercano mar. Pensé en Pepelu, uno de los empollones de la clase, el 10 en química, su altura tan desmesurada, las gafas que le daban un aspecto de sabiondo, y que años después viajó hasta la Antártida dentro de un buque de la armada. Parecía que el empollón sólo podía existir en el instituto y fuera de él era otra persona. Ese fue mi primer paso para ver a todos liberados de la influencia del instituto, fuera máscaras. Pero yo siempre llevaba la misma máscara, era callado, tímido. Y fui callado y tímido esa noche de discoteca.

Me sentí mayor cuando dejé mi cazadora en el guardarropa, recordé aquellas películas en blanco y negro de policías y hampones (me gusta la palabra, al sonoridad, el mundo antiguo que trae con ella). Sólo me faltaba el cigarrillo para imitar a un mini Bogart. Recuerdo una pista pequeña en mitad de la sala en penumbra, sofás a su alrededor, la escalera donde me dejé parte de mi tobillo y luces de ovnis. El ambiente era distendido, se olía a hormonas desatadas, como en los descanso entre clase y clase pero elevado a la enésima potencia. Juegos de miradas, torpes acercamientos, manos exploradores, atrevidas, inocentes. En ese paso anterior a la madurez aún teníamos jirones de infancia en nuestras cabezas.

Salimos a tomar aire fresco. Era de noche. Había unos pescadores en la playa y nos acercamos a hablar con ellos. Recuerdo la blancura lunar de las crestas de las olas, la silueta ennegrecida de los acantilados, la luz que provenía de nuestras espaldas y apenas nos alcanzaba, la tranquilidad de la noche y el olor a dulzón del mar, un olor que he encontrado tierra adentro, cuerpo adentro, un olor sobrenatural, abracadabrante y que te atrapa por siempre.

Fue en el regreso a la discoteca donde me destrocé el tobillo. Creo que me reí por lo absurdo de la situación, de repente sentí un dolor extremo, se me hinchó el tobillo y era incapaz de tenerme de pie. Estaba apoyado cerca de la pista de baile. Bailabas con Bautista. Tú, tan pequeña; él parecía que te ensombrecía. Os sentí envarados. Recuerdo que me miraste y me dijiste que el próximo sería yo. Señalé mi tobillo y te conté lo que me acababa de pasar. Si no me hubiera torcido el tobillo, si me hubieras pedido un baile antes de salir a la noche y regresar dentro (ahora que lo pienso, la discoteca parecía el interior de útero materno), te habrías convertido en la primera mujer con la que habría bailado. Es decir, en alguien inamovible en mi memoria, porque las primeras veces siempre quedan ancladas dentro de nosotros, a fuego, el primer beso, la primera caricia, el primer dolor, la primera caída o la primera sonrisa de orgullo propio. Tu lugar en esa primera vez lo ocupó una mujer madura en verano, el mismo verano donde escribieron mi nombre dentro de un corazón tallado, donde supe que el lugar más hermoso para vivir era en la curva de una mujer. Era la madre de uno de mis amigos gallegos y estábamos en mitad de un prado, disfrutábamos de las fiestas de pueblo. También de noche, también las luces y los toqueteos y las máscaras por el suelo. Bailamos un pasodoble y mis pies apenas tocaron la hierba, mi torpeza me hacía pisar a mi pareja en cada paso, acrecentando mi sonrojo y su sonrisa comprensiva. Cómo me hubiera gustado que hubieses sido ese primer baile, que hubieras recibido mis pisadas y mi sonrojo, alguien amigo que me comprendería.


The Party (Marillion)




She was in a back room
Full of strange aromas
And noises and candles
That was where he found her

Traducción: The Web Spain

Compró una botella de sidra
De la tienda de la esquina
No la pararon
Pensaron que era mayor
Cogió el autobús
A un nombre y a un número
Una casa llena de música
Y un mundo de asombro

Y alguna de la gente
Que creía conocer
Nunca se comportaban así
Cuando los veía en el colegio
Nunca antes ha estado en ningún sitio como este
Todo el mundo está tan fuera de control

Estaba en una habitación trasera
Llena de extraños aromas
Y ruidos y velas
Ahí es donde la encontró

La llevó a un jardín
Lleno de lluvia y silencio
Y pudo oler la tierra y los árboles
Y ver las suculentas luces en los pequeños fuegos de sus ojos
Sacando formas de la noche
Estaba encantada

Entonces son las doce
y el último autobús ya pasó
Se van a volver locos
Cuando escuchen lo que ha hecho
Y más alto es más bajo
Y menos es más
Nunca antes ha sentido algo así

Y entonces era ayer
Èl dijo, "Ah, por cierto"
"Bienvenida a tu primera fiesta..."


Tags: Muskiz, Itxas gane, The party, Holidays in eden, Marillion

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Viernes, 15 de mayo de 2009
3.30 de la madrugada

¿Es un gallo
o una mujer que grita a lo lejos?

¿está negro el cielo
o está a punto de ponerse azul oscuro?

¿Es una habitación de motel
o es la casa de alguien?

¿Está mi cuerpo vivo
o muerto?

¿Estoy en Texas
o en Berlín Occidental?

Y de todos modos,
¿qué hora es?

¿hay algún pensamiento
que sea mi aliado?

Rezo pidiendo que se suspenda
todo pensar

Absoluta suspensión
espacio en blanco

quiero ir por la carretera
sin pensar en nada

sólo una vez

No estoy suplicando

No me pongo de rodillas

No estoy en condiciones de pelear

9/12/80
Fredericksburg, Texas


Sam Shepard
Crónicas de motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)



Tags: Crónicas de motel, Sam Shepard, Enrique Murillo, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:23  | Poes?a
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Jueves, 14 de mayo de 2009
Leí Historias de Cronopios y de Famas la última tarde de invierno. Me acomodé en el pequeño banco de madera verde del balcón y abrí un libro que trataba sobre eso, sobre abrir la mirada a la realidad e inventarla en cada paso, en cada ojeada, en cada inspección. Cortázar me proponía el juego de subvertir lo conocido, de deshacerme de todo eso que creo que es la realidad y buscar mundos y palabras paralelas. Inventar mundos posibles…

Y es que llegamos a la realidad condicionados. Abrimos los ojos y ya todos los objetos tienen una forma y un color definidos de antemano, el recuerdo atávico de ellos nos gana por un milisegundo y no nos deja jugar a reinventarlos, a plantearnos si todo esto que vemos y que somos es así o sólo vemos aquellas cosas que queremos ver y cómo queremos ver.

Creo que tenemos miedo a descubrir que nuestra realidad es frágil, cambiante y movediza. Que las palabras que uno empareja con un objeto se pueden modificar, intercambiar, inventar y emigrar. Tenemos poca capacidad de crítica, de aventura, de riesgo.

Porque, veamos, por qué los granos de arena no pueden ser ciclópeos o las gotas de lluvia lágrimas sobornadas, por qué el tiempo es un estanco y sólo va en una dirección y la lógica lo único que puede imperar en este mundo. Por ahí estamos andando el camino al revés y la muerte no es más que el inicio y el nacimiento un pequeño accidente. Quién dice que si olvido adelantar el reloj este fin de semana de cambio de horario no me quedaré viviendo una hora antes y deambularé por un mundo solitario donde ni mi cuerpo ni mi voz serán escuchados o vistos porque estaré en un tiempo distinto, atrasado, sólo una hora, pero atrasado, y las voces vengan como en ecos y las presencias sean neblinosas como fantasmas porque esa hora es una barrera entre dos realidades.

Cortázar y Girondo me ayudan a no encasillar las palabras a los objetos, a intentar inventar la realidad y saber que todo lo que veo es engaño, que puede que mi cerebro me enmascare la realidad para no sufrir un shock. O tal vea mi cerebro es el mundo en sí, un big bang del que partió el universo entero. Desvarío. Y me gusta.

Cortázar me daba instrucciones para subir escaleras, para dar cuerda al reloj, para mirar tres cuadros, me daba instrucciones para alterar lo que creemos inalterable. El mundo alrededor empezaba a descomponerse como la pintura fresca sobre la pared, como goterones que acababan mezclándose en el suelo. Miraba a mi alrededor y había algo nuevo e inconexo en el horizonte que (pre)conozco.

La familia extravagante de sus relatos me llevó a Capra, a Berlanga. Bienvenido Mister Marshall. Vive como quieras. De nuevo emparejándolo todo. Tal vez deberíamos dejar a las palabras libres, sería como liberar animales del zoo. Tal vez las palabras estén en un zoo, los libros como jaulas, y tal vez necesiten la libertad de mostrarse a su antojo. Por qué estar siempre en la misma posición, en la misma página y rodeada por las mismas palabras. Por qué no pueden las palabras saltar de un libro a otro y que Ahab charle con Harry Haller sobre los juicios a las brujas de La letra escarlata. Todas las palabras de mi biblioteca en un solo volumen, jugando a construir historias cruzadas, nunca paralelas, los personajes de Auster que descubren la locura de vivir en las comedias de Austen, El conde de Montecristo que huye de su cárcel no a un barco sino a la nave espacial que llevará a los primeros humanos a colonizar Marte en Crónicas marcianas. Todo debería ser posible. Estamos agarrotados a la realidad.

Que Pandora abra la caja y libere a todas las palabras menos una: aburrimiento.

Ahora entiendo el significado de cronopio, ese desagarrarse a las convenciones, esa improvisación, desorden y quijotismo, estar entre los espacios en blanco de dos palabras y que en ese espacio en blanco esté el infinito y el todo puede ser.  Yo también soy un cronopio. Pequeño, modesto, un bebé cronopio en sus primeros pasos.

Tags: espacios en blanco, cronopios y famas, Julio Cortázar

Publicado por elchicoanalogo @ 4:05  | Espacios en blanco
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Mi?rcoles, 13 de mayo de 2009
Una voz en off presenta un combate de boxeo, de fondo empieza a surgir la suave y cálida melodía de los teclados, se suceden las voces en off hasta que saltan la guitarra y el bajo otorgando a Afraid of Sunlight un inicio luminoso, diferente de la melancolía y oscuridad de Brave, el anterior disco de Marillion.

Gazpacho es una de mis canciones favoritas de Marillion, a la calidez de la música se contrapone la dureza de la letra y la historia que cuenta, basada en la vida Jake LaMotta (llevada al cine por Scorsese en Toro salvaje). Dolor, malos tratos, auge y caída de un hombre, miedo, el poder de la fama. Es una de las grandes letras de Steve Hogarth.

El final de la canción me enmudece, un epílogo donde se desatan las guitarras de Rothery acompañadas por los demás músicos en una jam sobrecogedora, la mejor forma de deshacer la canción e iniciar el viaje que es Afraid of Sunlight.

Now the ring is just a band of gold…

Gazpacho (Marillion)




Saw you walking on your velvet lawn
Is it lonely on the moon?
You took a dive and swallowed all you could
Did you drink too much too soon?

Nothing left for you to fight about
And no one wants to see you try
The nearest neighbours are a mile away
Does the ocean hear you cry?

Punching at the sky
They say the King is losin' his grip again
They said you're bullet proof, they said you feel no pain
It seems the hero is misunderstood again

Is it love or is it surgery
Makes her seem so ill at ease
As she's begging you to please calm down
In her silk Armani on her knees

Did you carry out those threats I heard
Or were you only playing macho?
And the stains on her Versace scarf
Were they really just Gazpacho?

They say the King is watching his back again
They say the King is losing his grip again
Raging like a bull to an empty ring
D'you think they will forgive a hero anything?

Now the ring is just a band of gold
And your wife needs police protection
While you're sparring with the journalists
You're trying to win back her affection
Is this what it means to be a man
Boxing up all your emotion
So now she's gone and you're alone at last
You can tell it to the ocean

They say the King is losing his grip again
They say the King is countin' his numbered days
You never lost a fight in your whole life
You never had no trouble sleepin' through the night
The bottle and the doctor get you through the day
The boys who run the house'll make it all okay
You think they will forgive a hero anything
Maybe Hollywood
But maybe then again

Now the ring is just a band of gold
Drive the road



Traducción y unas interesantes notas sobre la canción en, cómo no, The Web Spain


Te vi caminando por tu cesped de terciopelo
¿Te sientes solo en la luna?
Te zambulliste y tragaste todo lo que pudiste
¿Bebiste demasiado, demasiado pronto?
No te queda nada por lo que luchar
Y nadie quiere verte intentarlo
Los vecinos más cercanos están a una milla
¿Te escucha el océano llorar?

Lanzando un puño al cielo
Dicen que el Rey está perdiendo el control de nuevo
Dijeron que eres antibalas, dijeron que no sentías dolor
Parece que el héroe es de nuevo un incomprendido

¿Es el amor o es la cirugía?
Le hace parecer incómoda
Mientras te suplica que te calmes
De rodillas con su Armani de seda

¿Llevaste a cabo esas amenazas que escuché?
¿O te hacías solamente el machote?
Y las manchas en su bufanda Versace
¿Eran realmente Gazpacho?

Dicen que el Rey se guarda la espalda otra vez
Dicen que el Rey está perdiendo el control de nuevo
Rugiendo como un toro para un ring vacío
¿Crees que le perdonaran cualquier cosa a un héroe?

Ahora el anillo es tan sólo un aro dorado
Y tu mujer necesita protección policial
Mientras te entrenas con los periodistas
Intentas ganarte de nuevo su confianza
¿Es esto lo que quiere decir ser un hombre?
¿Embalar todos tus sentimientos?
Ahora ya se ha ido y por fin estás solo
Se lo puedes contar al océano

Dicen que el Rey está perdiendo el control de nuevo
Dicen que el Rey enumera sus días contados
Nunca perdiste una batalla en toda tu vida
Nunca tuviste problema en dormir toda la noche
La botella y el doctor consiguen que pases el día
Los chicos que te llevan la casa harán que todo esté bien
Crees que le perdonarán a un héroe cualquier cosa
Quizás Hollywood
Pero quizás quién sabe

Ahora el ring es sólo un aro dorado
Conduce por la carretera


Tags: Gazpacho, afraid of sunlight, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 18:57  | Canciones
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Ya he visto prácticamente
todas las narices arregladas
todos los dientes con funda
y todas las tetas remozadas
que puedo soportar

Me voy de regreso
a la mujer natural

23/11/81
Los Angeles, Ca.


Sam Shepard
Crónicas de motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)

Tags: Crónicas de Motel, Sam Shepard, Enrique Murillo, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:11  | Poes?a
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Martes, 12 de mayo de 2009
Me dices que existen los amaneceres azules y naranjas, que a veces amanece bonito, un despertar de colores. Has regresado hace poco a mi vida y ya has notado mi predisposición a escribir sobre la lluvia, la niebla y la melancolía. Un paisaje exterior que cala en el interior, que traspasa la fina piel que nos mal cubre el alma. A veces amanece bonito… parecías retarme a escribir un relato desnudo de melancolía. Y recogí el desafío.

Por una mañana no encendí la luz para leer. El cielo había amanecido limpio y brillante, deshilachado, sin niebla matutina ni rastros de heladas nocturnas. Un cielo raso, abierto, acogedor. Azul. Podía ver los montes del horizonte, un horizonte parecido a los picos de una sierra. Y esa frontera siempre me regala la ensoñación de preguntarme si existe algo detrás de ella. Y si es así (si es así… ), qué.

Avanzaba por las páginas de Nubosidad variable. Los personajes estaban en ese punto del acantilado donde un paso más es el abismo y un paso atrás la salvación y una nueva oportunidad. Leía tumbado en el sofá, desmadejado, preocupado por algunos sentimientos parejos que tenían que contarme Mariana y Sofía en sus diarios/cartas. Me sentía cercano a ellas en más de una de sus reflexiones, obsesiones y caídas. Observaba unas vidas tan reales como la mía. Y sentía bullir dentro de mí la dulzura por encontrar un libro al que considerar mi amigo.

Subí al primer autobús que se detuvo en la parada. No tenía planeado el paseo de esta tarde. Sólo quería aprovechar el calor de los últimos rayos del sol de invierno, prepararme para la primavera que está por llegar y desaparecer entre los espacios en blanco de las palabras, ese silencio que lo es todo, para renacer en un punto distante y desconocido del inicial. A mi lado, una mujer tomaba fotografías de la carretera. Y yo sonreía por su ocurrencia.

Hace semanas que sólo entro a las librerías como mirón. Se acabaron aquellas tardes donde salía con una bolsa llena de libros y me encaminaba a la primera cafetería abierta para degustar ese momento del primer roce y la primera mirada, del primero olor y la primera lectura, un horizonte que salvar para descubrir sus misterios inesperados. No puedo iniciar un paseo sin el oxígeno de los libros y las palabras y los pasillos llenos de tentaciones y reclamos. Esta tarde devolví a las estanterías Rock Springs (para regalo), Estrella distante, Oliver Twist o La perla. Ahora que soy cazador y no comprador de palabras me quedé con alguna de ellas tomadas al azar. Reconfortado.

La luz del sol callejeaba en las esquinas, iluminaba la mirada de la gente, parecía seguirme. Proyectaba mi sombra sobre las aceras y los escaparates, anticipaba mis pasos, jugaba con mis proporciones y difuminaba mi alma melancólica. Empezaba a sentirme travieso, a hacer mía esa luz con los últimos retazos del invierno, a divertirme con este deambular. Sonreía, pícaro. Llegué a un punto conocido, un punto que me llevó a 1995. Y lo sorteé, me desvié en la primera bocacalle que apareció. Esta tarde no quería nada que me llevase al pasado, a uno de mis peores años o a sentirme el protagonista de una novela de Murakami.

Elegí un café teatro que desconocía. En la entrada, unas puertas a modo de taquillas, y detrás un cartel con la película Metrópolis. Tengo que confesarte que he visto Metrópolis más de media docena de veces, incluso llegué a ver aquella versión mutilada y coloreada con música de Queen. Debería hablarte en alguna ocasión de mi época cinéfila. Me atendió una mujer. Apenas había gente. Un hombre de negocios sentado en una esquina subrayaba sus apuntes. Un hombre pintaba un boceto de la camarera. Pero píntame con ojos… protestó. Era un ambiente bohemio.

Salí a la calle, henchido de cierta voluptuosidad. A veces sueño con encontrar de manera fortuita a la mujer que se convierta en la definitiva. Un cruce que desembocaría en un amor de una eternidad y un día. Necesitaba dejarme llevar por esa búsqueda accidental, por la sensación pura del amor sin rostro ni cuerpo. Enamorarme del amor. No suelo desencadenar acercamientos, alguna vez una mujer desconocida me ha pedido fuego, la hora o que le indicara cómo llegar a tal o cual calle. En Salamanca dos chicas yanquis entraron en el restaurante donde Sergio y yo cenábamos. Cuando tuvieron la oportunidad se sentaron cerca de nosotros. Al marcharnos nos preguntaron la hora (una de ellas llevaba reloj, y no lo disimulaba), un primer paso hacia algo más, pero había sido un día extraño, duro y clarificador del que es mejor que te hable Sergio. Y no recogimos el desafío. Me gusta jugar con la idea de buscar a la chica de piel bronceada y ojos aduladores que aparece en la canción de El chico analógico.

Tengo un amor platónico. Una camarera de una cafetería cercana al Museo Guggenheim. Los amores platónicos son hermosos siempre y cuando no traspases la barrera de la distancia. Es una mujer alta, melena larga y rizada, con un pequeño pendiente en la nariz, labios carnosos, de fuego, y con un cuerpo curvoso, un misterio a descubrir. Ella hace las veces de chica de piel bronceada y ojos aduladores. Tomo el café, malo, por cierto, mientras miro cómo se mueve entre las mesas, en la terraza, cómo habla con los clientes habituales y anticipa sus pedidos. Pero hoy me rompió el corazón. Se había cortado y alisado la melena. Parecía otra mujer. Intentaba digerir la decepción. Y se levantó viento. Un viento girondiano, trapecista, abracadabrante, un viento cuaternario, vivaracho y diablesco. Todo era viento. Y el viento rodeó su cuerpo y jugó con su mantel negro y su melena acortada y me dejó ver su cara intrigante y bonita. Y volvió la sensación de amor platónico (pletórico). El viento me salvó de un corazón roto.

El cielo despejado, sin una nube que ahuyentase la placidez de la tarde. En el parque, jóvenes en el césped leían o retozaban. Una pareja se besaba apoyada contra un árbol, esos besos donde uno devora al otro, como si quisiera comer sus labios. Las manos rasgaban la piel bajo la ropa, se adaptaban a las curvas de los cuerpos, buscaban territorio conocido, ya conquistado. Aumenté el ritmo de mis pasos, deambulaba por el simple placer de captar fotografías, de escribirte mentalmente esta carta, sabiendo que no podría rescatar la mayor parte de las palabras.

Llegué hasta el faro de Portugalete. De Ortuella a Portugalete, con una larga parada en Bilbao. Un buen paseo. El camino del muelle abarrotado de gente. Aparecieron las primeras nubes. Unas nubes crepusculares, anaranjadas y sencillas que embellecían el ocaso de la tarde. Bajo el puente colgante, un par de piragüistas remontaban la ría. Las estelas de los cargueros los hacían zozobrar, levantaban la proa en las crestas de las olas artificiales. El buque escuela Saltillo maniobraba para entrar a puerto y los chavales se movían con soltura en cubierta. La luz se iba debilitando, las casas se iluminaban con el tenue amarillo de los últimos minutos de luz y los montes adquirían una pequeña tonalidad púrpura. Mire a mi alrededor desde el faro. La salida al mar, los montes púrpura, las nubes naranjas y las primeras estrellas cercanas. Y mi alma despreocupada.

Y ahora tengo ganas de terminar el día como lo empecé, con Nubosidad variable. Cerrar este día de marzo con el final de dos historias.

Don't ask me, I'm just improvising…

Para Arantza





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Publicado por elchicoanalogo @ 4:38  | Espacios en blanco
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Lunes, 11 de mayo de 2009
Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando  -luego-  callas...
(Escucho tu silencio.
                                 Oigo
constelaciones: existes.
                                     Creo en ti.
                                                   Eres.
                                                             Me basta.)
Ángel González
Me basta así (en Palabra sobre palabra)


Tags: Me basta así, palabra sobre palabra, Ángel González

Publicado por elchicoanalogo @ 4:56  | ?ngel Gonz?lez
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Domingo, 10 de mayo de 2009
Hoy mis pasos estaban escritos de antemano. Por una vez tenía un destino marcado, claro y directo. Gabriela me había enviado un pequeño relato con aires a Cortázar y Bukowski, una mezcla fascinante. Yo protagonizaba un viaje en metro que empezaba en Buenos Aires y terminaba en la estación bilbaína de Santutxu en una acrobática ruptura del espacio y tiempo. En el vagón unos pocos pasajeros. Y entre los pasajeros, una mujer hermosa. Al llegar a mi estación yo le diría “eres preciosa”. Y la mujer me seguiría para preguntarme si le parecería igual de hermosa con marcas en su nariz. Un relato pequeño, tierno y cálido.

Decidí comportarme como el personaje del relato e ir en metro hasta Santutxu. Me sentía extraño al seguir unos pasos ya escritos, donde yo no tenía ningún poder de decisión, como empujado por una marea invisible y pasada. Tal vez el destino inventado por Gabriela se hiciera realidad.

El vagón saturado de pasajeros. Me quedé en una esquina, de pie, observando las caras de mis vecinos. Si mi destino estaba escrito, debería acompañarme la mujer hermosa dibujada por Gabriela. A mi lado un señor mayor me preguntaba si era el metro a Bilbao. Hablamos un poco, esas conversaciones ligeras entre desconocidos. Cada poco tiempo el hombre miraba la pantalla de su móvil, se lo llevaba al oído, indeciso, tenía miedo de no escucharlo entre el ruido de los raíles y las conversaciones cruzadas de tanta gente.

Frente a mí se colocaron dos mujeres. Una maquillada con suavidad, ropa elegante y una carpeta con el logotipo de una academia de inglés. La otra, melena suavemente enmarañada mirada inquieta, mejillas carnosas, como los labios, de color apagados. Iba de una a otra, atónito.

Pensé en el relato que me encargó Blanca, ese que tengo en la punta de los dedos pero que no saco a este teclado. Podría escribir sobre un hombre al que le escriben un relato y un día después de leerlo vive cada acontecimiento inventado. Un destino creado de la nada y cumplido. Y la sensación de pasmo y extrañeza en el hombre. Y el miedo porque el relato tiene un final abierto y no sabe cuál será el próximo paso a dar.

La mujer de melena suavemente enmarañada y mejillas carnosas me miraba a ráfagas. Esas miradas perdidas de quien no sabe dónde ponerlas en un vagón atestado de personas, una de esas miradas que vagan de un lado a otro, que miran sin ver. Era una mujer de una belleza apacible.

Sonreí. Creo que la sonreí de manera inconsciente. Estuve a punto de dejar escapar una carcajada. Me sentía extraño y desubicado, como esas personas que van a un adivino e, inconscientes, se obligan a cumplir con todas las profecías marcadas. Me sentía como una marioneta y no controlaba mis hilos.

Quedaban pocas paradas para la estación de Santutxu. Tenía que tomar una decisión. Si mi destino estaba escrito, la mujer seguiría conmigo hasta esa estación y yo, entonces, me vería empujado a decir que era preciosa. El siguiente paso, según el relato de Gabriela, es que ella me seguiría, le agradaría mi respuesta a su pregunta y me invitaría a tomar un café.

En un principio mi paseo era puro divertimento, ir hasta Santutxu para comprobar qué pasaba. Pero empecé a sentir que no tenía capacidad de decisión, que todo esto estaba predestinado, que el universo entero dependía de un momento de inspiración de Gabriela que había marcado a fuego mi destino. Y quise rebelarme. Di un paso hacia las puertas al ver el rótulo de Abando y esperé a que se abrieran. Al salir vi a la mujer de melena suavemente enmarañada y mejillas carnosas a mi lado. Y en un segundo, cuando ya no sabía qué demonios estaba ocurriendo, cuando me sentía empujado a recitar mi pequeño monólogo, eres preciosa, nos separamos en sentido contrario.

Me pregunto si el relato de Gabriela era correcto aunque no exacto (Abando por Santutxu), si la mujer hermosa del tren era parte de un destino burlado, si hubiéramos tomado un café de habérselo propuesto y si de ese café dependía la estabilidad del universo.

De todas maneras, fue el viaje en metro más loco, enamoradizo y pletórico que recuerdo. Anything can happen…



Desde el punto de ignición
al esfuerzo final
la meta del viaje
es no llegar
(cualquier cosa puede ocurrir)
Prime mover (Rush)

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S?bado, 09 de mayo de 2009
La tormenta se acercaba. Leía distraído y algo me hizo levantar la cabeza de las hojas y las reflexiones de Sofía, un ser inexistente, una especie de fantasma dentro de la cabeza de Carmen Martín Gaite que imaginé retazos de ella y personas conocidas. Cuando se escribe uno deja una parte de sí entre las páginas, abre su vida y escoge aquello que le entorpece o le da sentido, la confusión y la lógica, los recuerdos difusos y los pasos dados. O tal vez no es una cuestión de escoger, tal vez aparezcan fantasmas sin ser convocados y uno debe terminar con ellos en forma de palabras, aclarar el lío y el nudo que es la vida.

El viento empezaba a golpear las ventanas, a oscurecer el paisaje, atronaba en las esquinas como el rumor de la ola que llega a la playa, una explosión que comienza lejana, como un eco, y estalla en pocos segundos delante de ti, cegándote por entero. La ventana contenía los envites del viento, crujía como articulaciones avejentadas. De repente, el granizo pequeño, blanco, incesante. El sonido constante sobre el suelo y las casas. Cloc, cloc, cloc. Esa sensación de rumor que llega y silencia todo lo demás, que toma el tiempo y la vida por unos minutos.

Me gustaría desaparecer de mí mismo, ser como ese rumor lejano y aparecer como una explosión y partir tal como llegó, un juego de magia inalcanzable. Me gustaría desaparecer en el granizo, en esa cortina blanca que hace invisible el horizonte, que mi tormenta interior se desvanezca en la exterior. Desaparecer de mí mismo… No huir o esconderme. No. Desaparecer de mí mismo. Tomar altura y distancia y observarme desde fuera con mayor objetividad, ordenar todo este caos que soy, organizar mis ideas, estructurar mis emociones, situar mis recuerdos y reflexiones. Encontrar la paz conmigo.

El granizo cesó de manera cortante, extraña. Regresaron los sonidos perdidos, los ecos de la obra, la carretera y las televisiones. La vida. Y yo me fui con el granizo, me quedé entre los espacios que hay entre uno y otro. Espacios en blanco.



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Viernes, 08 de mayo de 2009
Alejandra es profesora de música, está casada con un buen mozo y tiene dos niños. Vive en Buenos Aires y tiene una de las voces más poéticas que recuerde. Hablamos por teléfono y me cuenta su forma de entender la vida, y en esa conversación, su voz se enreda en mis entrañas y me da luz y calidez y me hace sentir que todo está bien, que la vida, a pesar de todo, es hermosa y que estamos aquí para ser felices. Me habla de caracolas, del mar, siempre el mar, de la naturaleza y nuestra alma ancestral. Es una persona hermosa, su belleza viaja del interior al exterior. Su amistad me sana.

Ayer me cantó por teléfono un fragmento de una canción de Mercedes Sosa… hay que sacarlo todo afuera… como la primavera… para que adentro nazcan cosas nuevas…

Y es primavera...

Soy pan, soy paz, soy más (Mercedes Sosa)


 
 
Yo so-o-oy, yo so-o-oy, yo so-o-oy
soy agua, playa, cielo, casa, planta,
soy mar, Atlántico, viento y América,
soy un montón de cosas santas
mezcladas con cosas humanas
como te explico... cosas mundanas.

Fui niño, cuna, teta, techo, manta,
más miedo, cuco, grito, llanto, raza,
después mezclaron las palabras
o se escapaban las miradas
algo pasó... no entendí nada.

Vamos, decime, contame
todo lo que a vos te está pasando ahora,
porque sino cuando está el alma sola llora
hay que sacarlo todo afuera, como la primavera
nadie quiere que adentro algo se muera
hablar mirándose a los ojos
sacar lo que se puede afuera
para que adentro nazcan cosas nuevas.

Soy, pan, soy paz, sos más, soy el que está por acá
no quiero más de lo que me puedas dar, uuuuuuh
hoy se te da, hoy se te quita,
igual que con la margarita . . . igual al mar,
igual la vida, la vida, la vida, la vida . . .

Vamos, decime, contame
todo lo que a vos te está pasando ahora,
porque sino cuando está el alma sola llora
hay que sacarlo todo afuera, como la primavera
nadie quiere que adentro algo se muera
hablar mirándose a los ojos
sacar lo que se puede afuera
para que adentro nazcan cosas nuevas. (BIS)

cosas nuevas, nuevas, nuevas... nuevas

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Publicado por elchicoanalogo @ 11:31  | Canciones
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Un clásico de la literatura antimilitarista que narra con excepcional dramatismo y veracidad la existencia cotidiana de un soldado durante la primera guerra mundial.


Los protagonistas de Sin novedad en el frente son muertos vivientes, conocen esa condición casi desde el inicio de su guerra, la futilidad de sus días, cómo cada paso es sólo uno más y la muerte espera en cada rincón, una generación diezmada sin posibilidad de recuperarse de las vivencias y los horrores de una guerra. Chicos que se alistaron con apenas 18 años y no tienen un trabajo al que regresar como los de la generación que le sigue o no alcanzarán a librarse de las trincheras y las nuevas armas, como los de la generación más joven. Chicos que llevan dos años en trincheras, con la boca y el cuerpo lleno de barro, heridas y locura, en un diálogo permanente con la muerte y el abismo y que dejaron atrás la esperanza a una nueva vida.

Porque esa es una de las características de esta novela, cómo logra penetrar en el alma de los soldados, cómo detalla la locura de la convivencia con la muerte que los convierte en autómatas, matar para no morir, porque no hay otra cosa que hacer un paisaje siempre repleto de cráteres causados por las continuas bombas, cada vez más destructivas.

Leí las últimas 150 páginas del tirón, con los ojos abiertos, la dureza de una narración que te detalla lo que fue la primera guerra mundial y las vidas cercenadas de miles de soldados que no luchan por ideales o patriotismo, sino porque se encontraron en mitad del conflicto y se acostumbraron a intentar sobrevivir.

Las páginas se suceden con agudas y dolorosas reflexiones, Remarque no se detiene en sentimentalismos, no hay héroes o verdugos, te desnuda el horror, el paulatino descreimiento de los soldados y, a la vez, la amistad que les une, porque todos son uno, son lo mismo, muertos prematuros, víctimas de los abusos que seres invisibles realizan sobre un mapa en un salón.

Hay momentos de luz, el encuentro con tres mujeres francesas, el regreso de permiso, pero siempre ese lado sombrío de la muerte, del horror, de estar en el filo de la navaja y, en cualquier momento, caer en el abismo.

Este es un libro duro, cruel, porque las guerras son duras y crueles, porque los protagonistas son chavales que no han terminado de estudiar y lo primero que conocen de la vida adulta es obedecer y morir.

El protagonista se pregunta si podrá volver a la vida. En mitad de los bombardeos escapa a imágenes de paisajes bucólicos, en silencio, un silencio que lleva dos años sin sentir, siempre roto por las balas y las bombas y los gritos de los moribundos.





Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor. Veo que los pueblos son lanzados los unos contra los otros, y se matan sin rechistar, sin saber nada, locamente, dócilmente, inocentemente. Veo cómo los más ilustres cerebros inventan armas y frases para hacer posible todo esto durante más tiempo y con mayor refinamiento. Y como yo, lo ven todos los hombres de mi edad, aquí y entre los otros, en todo el mundo; conmigo lo está viviendo toda mi generación. ¿Qué harán nuestros padres si un día nos levantamos y les exigimos cuentas? ¿Qué esperan de nosotros cuando la guerra haya terminado? Durante años enteros, nuestra ocupación ha sido matar; ha sido el primer oficio de nuestra vida. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué puede, pues, suceder después de esto? ¿Qué podrán hacer de nosotros?

( … )

Si hubiéramos regresado a casa en 1916, el dolor y la fuerza que habíamos vivido hubieran desatado una tormenta. Si volvemos ahora, estamos débiles, deshechos, calcinados, sin raíces y sin esperanza. Ya no podremos orientarnos ni encontrarnos a nosotros mismos.
Tampoco nos comprenderá nadie; tenemos delante una generación que, ciertamente, ha vivido estos años con nosotros, pero ya tenía hogar y profesión y regresará ahora a sus antiguas posiciones, en las que olvidará la guerra; detrás de nosotros sube otra, parecida a la que formábamos, que nos resultará extraña y nos arrinconará. Estamos de más incluso para nosotros mismos. Envejeceremos; algunos se adaptarán, otros se resignarán y la mayoría quedaremos absolutamente desamparados. Se escurrirán los años y, por fin, sucumbiremos.
Erich Maria Remarque
Sin novedad en el frente (traducción de Judith Vilar. Edhasa)


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Jueves, 07 de mayo de 2009
Pauline es una joven adolescente de 15 años, que junto a su prima Marion pasan un verano en la costa atlántica francesa. Marion se encuentra con un antiguo amigo, Pierre, que mantiene una profunda atracción por ella. Sin embargo Marion prefiere al aventurero Henri, aunque sabe que su relación sería corta. Mientras, Pauline tiene un romance con un chico, Sylvain. (Filmaffinity)


Pauline en la playa es una de mis películas favoritas de Éric Rohmer junto con El rayo verde. De nuevo, ese tono familiar de película profundamente hablada, con una anécdota leve y un verano donde se desarrollan los encuentros y desencuentros de los personajes de la película.

Rohmer me desarma con su aparente sencillez, la decoración y los exteriores justos y un puñado de actores para contar una historia sobre las diversas caras del amor y cómo lo vive cada personaje. Está quien no puede olvidar un antiguo amor y se obsesiona de una manera enfermiza y patética (Pierre con Marion); está quien no se deja desear y persigue y atosiga al primer hombre interesante que conoce y vive el amor de manera pueril y con una permanente venda en los ojos, (Marion con Henri); está quien ha amado, le han amado y ya no quiere saber nada más del amor y ahora sólo busca diversiones y ligues temporales, ninguna atadura, ninguna mujer que aspire a ser un mueble arraigado (Henri) y está la adolescente Pauline, en su verano del primer amor, la más cuerda e inteligente de todos y que asume el amor sin esa mirada idiotizada y adulterada de los adultos, la única capaz de mirar las diferentes formas del amor y actuar y amar y sufrir de una manera lúcida.

Las escenas de Pauline en la playa se suceden con fluidez, los diálogos son asombrosos, literarios y reflexivos, como el trabajo de Néstor Almendros, hay cierta melancolía por esos veranos que todos hemos vivido donde nos hemos dejado llevar por el amor. Y por encima de todo está Amanda Langlet/Pauline con su estupenda presencia.



Tags: Pauline en la playa, Éric Rohmer, Amanda Langlet, Arielle Dombasle, Pascal Greggory, Féodor Atkine, Simon de la Brosse

Publicado por elchicoanalogo @ 7:27  | Cine
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Mi?rcoles, 06 de mayo de 2009
Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mi sentimiento.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»

No existen para ti otras tierras, otros mares.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo
arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo
en idéntica casa.
Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:
en todo el mundo la desbarataste.
Constantin Cavafis
La ciudad (traducción de Ángel González que aparece en El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé )



Otra traducción, de Miguel Castillo Didier

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Tags: La ciudad, Constantin Cavafis, Ángel González, Miguel Castillo Didier

Publicado por elchicoanalogo @ 8:54  | Poes?a
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Las sucesivas apariciones y desapariciones de los maquis que llegan desde el otro lado de la frontera son lo único que anima la vida gris de un barrio barcelonés en la época más dura de la posguerra. El relato de la aventura de esos héroes míticos, que embarca rumbo a Shanghai para cumplir una arriesgada misión entre pistoleros, ex nazis, bellas mujeres y siniestros clubes nocturnos, es una ráfaga de aire fresco para el tiempo muerto de un país muerto, y constituye, a la vez, una magistral novela dentro de la novela. De ahí que el embrujo no se encuentre tanto en la presentación de la vida real como en la de la imaginada, tal vez la única vida verdadera.


El embrujo de Shanghai es el primer libro de Marsé que tengo la oportunidad de leer. Es un libro atrayente, de una escritura descriptiva, profunda y con una capacidad de fabulación fascinante.

Daniel es un adolescente vive en la Barcelona de la posguerra, con las heridas aún abiertas y un puñado de personajes grises y abatidos por una rutina machacona y mísera. Marsé te adentra en esa Barcelona, te hace participe de ella, de los recovecos de la época, del ánimo de los ciudadanos, parece que te lleva de la mano por sus calles y por viejas historias de guerra, mitad leyenda, mitad realidad.

Y es en esa realidad agrisada donde surge la aventura, la fábula, el viaje a otro mundo. Daniel conocerá a Susana, una muchacha tuberculosa a la que tiene que hacer un retrato. Y en ese encuentro se mete de lleno en la vida de Susana, un padre republicano exiliado en Francia, una madre con problemas de alcoholismo y desengañada de la vida y un amigo del padre que llega para traerles un mundo de aventuras, un haz de luz dentro de la grisura de sus vidas, un cuenta cuentos que les hace embarcar en un carguero para seguir las aventuras del padre de Susana. Hay dos libros en este libro, la realidad de Barcelona, la aventura narrada por el amigo del padre de Susana, es casi como la vida misma, nuestra vida y la que encontramos en un libro.

Me gusta la forma de escribir de Marsé, ese desencanto con el que viven algunos personajes, cómo se fija en los perdedores, no sólo de una guerra, también de una vida, la forma casi documental de escribir sobre los barrios de Barcelona y cómo en todo eso se cruza la aventura en una China cinematográfica.





La ocasión es buena, se dice para animarse, apretando el vaso helado en la mano y acodado en el alféizar de la magnífica atalaya del Cathay, estimulado por la música y por el perfume del jazmín, se está tan bien aquí, se siente uno tan joven y lleno de vida todavía, tan conformado a ese recodo último de su destino, tan confiado a su suerte y hasta puede que tan guapo y elegante con su esmoquin, buena ocasión para volver un momento la vista atrás a lo largo del camino, Kim, nuestro pobre camino de la esperanza sembrado de trampas y mentiras al término del cual te has cruzado, afortunadamente para ti, con el viejo camarada Michel Lévy: verás entonces, si es que te pones a pensar en ello, que lo que has dejado a tu espalda no es sólo la interminable derrota y tantas ilusiones perdidas, no sólo los camaradas muertos sino también los que aún han de morir, intrépidos e imprudentes muchachos de Toulouse y de otros puntos del sur de Francia que fatalmente volverán a cruzar la frontera empuñando las armas con la misma loca determinación que te empujó a ti un día, y verás derramada la sangre pasada y la futura, la que ya está encendiendo las venas de otros hombres, y pensarás seguramente en el Denis y en su Carmen intentando también ser felices en algún rincón de Francia, y recordarás a Nualart y a Betancort y a Camps pudriéndose en la cárcel o quizá fusilados, en tantos sacrificios inútiles que jamás quedarán registrados en ninguna parte, tanta generosidad y tanto coraje que al cabo no remediará nada ni beneficiará a nadie, y quién sabe si se acordaría también de mí y mis arduas falsificaciones, aquel pobre Forcat siempre con los dedos manchados de tinta, este muerto regresado a la ciudad de los muertos... Pero hay otros aún más desesperados, se dice, que ya se han rendido y no esperan nada salvo que el tiempo pase y borre su rastro y llegue un día en que por fin el olvido se los trague a todos ellos y a sus hijos para siempre. Porque si estuvierais habituados como yo a leer en la mente del Kim, sabríais que ahora está pensando especialmente en los que se han quedado aquí esperando una oportunidad: desde el otro lado del mundo, lo que él nos quiere decir es sencillamente que no hay que dejarse llevar por el desaliento, la mala suerte o la enfermedad, y ni siquiera por el humo negro de esta chimenea. La vida resulta a veces una carga pesada, y es bueno que uno se engañe un poco a sí mismo, que cultive secretamente alguna ilusión...
Juan Marsé
El embrujo de Shanghai (Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:52  | Libros...
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Martes, 05 de mayo de 2009
Yo nunca tuve el mar:
                                    mi infancia oscura
fue una siesta de cobre en alacenas
donde todo era fuego y jaramago,
donde todo era un rito de orfandades,
de pupilas vacías.
El mar era mi llanto:
                                 gaviotas en mi frente
me hablaban de esa patria, dibujaban
sus azules fronteras,
su extensa libertad, su luz sonora.
Y yo en mi ausencia,
                                   niño triste y cansado,
viendo pasar los días.
Pero llegaste tú,
                           y el mar llegó contigo.
Traías en tus manos la pulpa de las olas,
brilladora y furtiva, en tu pelo
un rebullir de peces asombrados,
y en tus ojos isleños
como un viento salino que cantara.
Era tu piel de arena, tu cintura
una tierna bahía,
tus pechos desbocados un refugio
de veleros sin sueño,
hasta en tu voz guardabas
un no sé qué de brújulas y espumas.
Y te acercaste a mí:
                                en tus acantilados
yo vi nacer el sol,
me cobijé en tus playas,
aprendí a navegar entre tus islas,
y me encontré la vida buceando
tus simas luminosas.
Yo nunca tuve el mar:
                                     mi infancia oscura
era un sediento páramo sin nombre.
Pero llegaste tú,
                          y el mar llegó contigo
para siempre.
Antonio Porpetta
El mar llegó contigo (en Ardieron ya los sándalos. Ediciones Rialp)

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Publicado por elchicoanalogo @ 8:59  | Poes?a
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Domingo, 03 de mayo de 2009
Mis padres nacieron en el mismo año, 1942, en plena posguerra y a un par de kilómetros de distancia el uno con el otro en unas aldeas de la Ribeira de Piquín, Lugo. Imagino esa época como un tiempo mísero, en blanco y negro, aunque ellos sólo recuerdan los momentos de luz, de felicidad, la comida especial de navidad, las fiestas de la zona, las zocas como regalos, las ocurrencias de Torre, cualquier detalle pequeño que les permitía salirse de la rutina.

A mi madre le gustaba ir a la escuela (hoy en ruina, desecha, a la salida de Cabaceira) y como todas las niñas aprendían a coser en casa de la costurera. Se crío sin madre, muerta a sus ocho años, y sus hermanos ocuparon ese lugar. Y aún así habla de aquella época con dulzura.

Mi padre siguió los pasos del suyo, aprendió de él el oficio de carpintero. Pasaban días en las casas de las aldeas circundantes para hacer muebles que aún hoy están de pie (hace cinco años toqué un armario que hicieron mi padre y mi abuelo, una especie de roce temporal, huellas microscópicas unidas). Cerca de la casa de mis abuelos hay un árbol plantado por mi padre. Crecieron a la par.

Ambos emigraron a Madrid, mi madre para estar con su familia, mi padre en aquella mili de antaño que duraba dos años. Mi madre recuerda que tuvo la boca abierta en su primera llegada a la ciudad. Boca abierta. E imagino a una niña en ese tiempo de paso de la infancia a la adolescencia sintiéndose pequeña entre los edificios.

Tienen una historia de amor curiosa y que les pertenece, una de esas historias de amor “de las de antes”. Recuerdo que se la conté a mi amiga Blanca el año pasado, que estuvimos hablando de la búsqueda de mi madre, de cómo fuimos apareciendo mis hermanas y yo después del reencuentro y la boda de mis padres. La historia es compleja. Y hermosa. Y es de ellos. No me siento capaz de escribir sobre ello, no en público.

Me gusta ver las fotos en blanco y negro de las fiestas de los pueblos. Mi madre apenas tiene un par de fotos, mi padre casi un centenar. Humilde gente de campo arreglada, que baila, sonríe, posa, la magia de apresar el tiempo por una eternidad mínima, de capturar lo invisible. Algunas fotos son de días cotidianos, fuera de los festejos. Es un interés casi arqueológico el que me lleva a contemplar esas fotos una y otra vez, en pensar que mis padres tienen un pasado extenso tras de sí y muchas historias que desconozco. Es extraño pensar en mis padres cuando eran jóvenes, uno siempre los asocia a su responsabilidad adulta. Si pudiera viajar en el tiempo me gustaría verles en los años 50, antes de todos los buenos momentos y los días dolorosos que han pasado.

Mis padres se complementan. A veces discuten. Siempre se dan un beso cuando uno de los dos se va de casa o a dormir. Sé que su amor no fue tranquilo, más bien laberíntico, extraño, pero en uno de esos giros inesperados de la vida se hizo posible.

Feliz día a todas las madres que pasen por aquí.




Dentro de nada,
cuando me den permiso
las estúpidas fieras de mi tiempo,
cumpliré una palabra que nunca me pediste.
Te llevaré a París.
Porque tal vez, entonces,
en los Campos Elíseos
o en las aguas del Sena,
con Notre Dame al fondo o con la Torre Eiffel,
veré de nuevo el brillo
más joven de tus ojos,
la luz adolescente
que baja del tranvía
con bolsas y comercios y saludos
y poco más de veinte años.
Hoy te recuerdo así,
como los días sin colegio,
bandera hermosa de un país difícil,
lluvia delgada de los sábados.
Nunca guardaste mucho para ti.
Ni siquiera una noche,
una ciudad o un viaje.
Tu tiempo se sentaba en nuestra mesa
y había que partirlo como el pan,
entre tus hijos y tu miedo.
Seis veces el temor
a que la enfermedad, el vicio o la desgracia
se quisieran sentar en nuestra mesa.
No vayas a salir, a dónde vas ahora,
hay que tener cuidado
con los amores y las carreteras,
deja ya la política
o la gruta del lobo.
Y sin embargo
lo que no te atrevías a pedir
duerme en el corazón de cada uno.
Porque el amor se hereda
como un abrigo sin botones,
y a mí me gustaría acompañarte
por los pasillos del museo,
más obediente y repeinado,
para encontrar en la Gioconda
el sueño y la sonrisa
de un carné de familia numerosa.
Te llevaré a París
o a la ciudad que duerme
en la taza de té de tus meriendas,
con tu cristalería
de familia burguesa
y más aspiraciones que dinero,
con tus dientes manchados de carmín,
con tus estudios de Filosofía
y Letras, je m`apelle
Elisa, j`ai cherché
la lune, la mer, la vie,
la pluie, mon coeur,
y todo se interrumpe.
Sólo somos injustos de verdad
cuando sabemos que el amor
no pasará factura.
Pero el cauce sin agua
también puede llegar a desbordarse,
como los ríos de Granada,
y a tu lado me busca
esta vieja nostalgia de ser bueno,
de no ser yo,
de conocer al hijo que mereces.
Te llevaré a París. En mi recuerdo
has aprendido algo
de lo que te olvidaste en la vida:
pedir por ti, andar por tus ciudades.
Luis García Montero
Madre (en Vista cansada. Visor)

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Publicado por elchicoanalogo @ 10:09  | Festividades
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Viernes, 01 de mayo de 2009
Nacido en el sótano de una librería en el Boston de los años 60, Firmin aprende a leer devorando las páginas de un libro. Pero una rata culta es una rata solitaria. Marginada por su familia, busca la amistad de su héroe, el librero, y de un escritor fracasado. A medida que Firmin perfecciona un hambre insaciable por los libros, su emoción y sus medios se vuelven humanos. Original, brillante y lleno de alegorías, Firmin derrocha humor y tristeza, encanto y añoranza por un mundo que entiende el poder redentor de la literatura, un mundo que se desvanece dejando atrás una rata con un alma creativa, una amistad excepcional y una librería desordenada.


Firmin es una rata. Nació en el sótano de una librería, encima del gran libro, Finnegans Wake, de Joyce, que su madre hizo trizas para alumbrar a sus 13 crías. Firmin era diferente de sus hermanos, debilucho, siempre apartado del pecho materno a la hora de amamantar. Le gusta explorar y encontró los túneles que hicieron otras ratas en las paredes del sótano. Y en esa exploración descubre la parte arriba, el mundo representado en una librería imponente, abarrotada de libros y personas a las que observar. Y sobre todo, descubre los libros como algo más que comida. Aprende a leer y con la lectura de toda clase de literatura adquiere el dolor de la lucidez de la que habla Aristarain en Lugares comunes. Observador impenitente del mundo que lo rodea, no sólo lo estudia sino que también lo transforma en ensoñaciones donde se cruza la realidad y los recuerdos con los libros y las películas de un cine ajado. La ficción y la realidad irrumpen y se convierten en un solo mundo sin fronteras delimitadas.

Firmin es un libro tierno, lúcido y triste. Escrito de manera sencilla y con toques de humor, es una declaración de amor a la literatura, a su poder de empuje, de creatividad y conocimiento. Y como todo amor tiene una profunda carga de dolor, de soledad, de miedo.

Sam Savage escribe de manera sencilla y profunda sobre un lector (poco importa que sea una rata) que apenas sale del círculo cerrado de una plaza de Boston en vías de destrucción y que adquiere con la lectura un alma melancólica, viajera y soñadora que intenta acercarse a otros lectores (poco importa que sean humanos) como él. Hermoso canto de amor por la literatura, por la amistad con un viejo y decrepito escritor borracho, por la lucidez. Un libro triste, con gotas de humor, y mucha ternura y con el que te vas encontrando con viejos amigos, Asimov, Carson McCulers, Stevenson, London…





Nunca he tenido mucha valentía física ni de ninguna otra clase, y siempre me ha costado mucho trabajo afrontar la vacua estupidez de una vida corriente, sin relato, de modo que muy pronto di en confortarme con la ridícula idea de que poseía un Destino. Y comencé a viajar, en el espacio y en el tiempo, por medio de los libros, buscándolo. Me dejé caer por el Londres de Daniel Defoe, en su visita guiada de la peste. Oí la campana que acompañaba la petición de "Traed a vuestros muertos" y olí el humo de los cadáveres ardiendo. Sigo teniéndolo en las fosas nasales. Las personas morían como ratas por todo Londres -de hecho también morían las ratas, igual que las personas-. Tras dos horas de esto, me hacía falta un cambio de escenario, de modo que me trasladé a la China y subí por un empinado sendero, entre bambúes y cipreses, para sentarme un rato ante la puerta abierta de una pequeña choza de montaña con el viejo Tu Fu. Contemplando en silencio la blanca neblina que ascendía del valle, escuchando soplar el viento entre las cortinas de juncos y también los débiles ecos de las distantes campanas del templo, ambos estábamos "solos con diez mil cosas". Más tarde me desplacé a Inglaterra -brincando por encima de los océanos, los continentes y los siglos con la misma facilidad con que se sube uno al bordillo de una acera-, donde hice una pequeña fogata junto a un camino de carretas, para que la pobre Tess, abocada a la perdición, condenada a recolectar nabos en un campo desolado, bajo el azote del viento, pudiera calentarse las agrietadas manos. Ya había leído dos veces su vida, de cabo a rabo -ya conocía su Destino-, y aparté la cara para esconder mis lágrimas. Luego viajé con Marlow a bordo de un vapor trapajoso, río arriba, en África, buscando a un hombre llamado Kurtz. Lo encontramos. ¡Más nos habría valido no haberlo encontrado! E hice presentaciones. Puse a Baudelaire en la balsa con Huck y Jim. Le vino estupendamente bien. Y en ciertas ocasiones les aligeré las penas a los tristes. Hice que Keats se casara con Fanny antes de morirse. No pude salvarle la vida, pero tendría usted que haberlos visto en la noche de bodas, en una pensión barata de Roma. Para ellos era un sitio de cuento de hadas. Hice que mis sueños entraran en los libros, y a veces me volví a soñar dentro de los libros. Tomé a Natasha Rostova por la cintura mínima, noté el peso de su mano en mi hombro, y bailamos, como flotando en las oleadas del vals, y cruzamos el reluciente parqué del salón hasta salir al jardín, con sus farolillos de papel, mientras los bizarros tenientes de la Guardia Imperial se atusaban furiosamente el bigote.

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Jerry fue el primer escritor verdadero que conocí, y debo confesar que, a pesar de su bondad, me decepcionó. Como ya he dicho, yo, por aquel entonces, seguía siendo muy burgués, y Jerry no llevaba, de ninguna manera, la vida que según mis normas habría tenido que llevar. Para empezar, todo resultaba más solitario de lo que yo había imaginado nunca. Bueno, no más solitario de lo que yo había imaginado nunca, ni más solitario de lo que yo conocía por experiencia propia, pero sí más solitario de lo que debía ser la vida de un verdadero escritor. Sólo tres veces llamó alguien a nuestra puerta en todos los mese que duró nuestra vida en común. Yo siempre había imaginado que un verdadero escritor -como yo, en mis sueños- dedicaría gran parte de su tiempo a estar instalado en los cafés, sosteniendo ingeniosas charlas con gente chispeante y que de vez en cuando regresaría a casa con una chica de larga cabellera negra, a quien pondría en la puerta a la mañana siguiente, para reanudar su trabajo: ‹‹Lo siento, muñeca, tengo un libro que escribir››. Lo imaginaba encerrado en su cuarto durante días, bebiendo litros de whisky en un vaso de Woolworth y tecleando en su Underwood hasta altas horas de la madrugada. Nunca iba bien afeitado, pero tampoco pasaba de una barba de dos días. Había cierta amargura escondida en las comisuras de su boca, y sus ojos tristes traicionaban un irónico je ne sais quoi.
Sam Savage
Firmin (traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:58  | Libros...
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