Martes, 02 de junio de 2009
Tras el primer capítulo Andric me habla de Visegrad antes de la construcción del puente, de la figura casi legendaria del barquero que unía las dos orillas, de cómo sólo había unas pocas casas y figuras desmembradas. Y del “tributo de sangre”. Cada pocos años los turcos se hacían con un puñado de niños cristianos para islamizarlos. Uno de esos niños cruza el río Drina y el paraje se le queda en mitad del pecho, la sensación de desprotección le acompañará hasta que se convierte en el visir Mehmed-Pachá Sokoli y decide la construcción del puente. La parte de la construcción esta narrada de forma rápida, magistral, se cuenta esa realidad que con el paso de los siglos se convierte en leyenda, los jefes turcos inmisericordes y crueles, la pequeña resistencia de unos pocos hombres para castigar la crueldad de sus jefes, los actos de sabotaje y las torturas a los saboteadores, el puente que va tomando forma y el jefe cruel que es cambiado por uno honrado y sonriente. Cada página me sorprendía, la aventura se cruzaba con los datos históricos y esa sociedad dividida por la religión. El puente como el gran personaje del libro, como un símbolo de unión entre las dos orillas.





Cuando se acercaban demasiado, los caballeros del aga, aullando, las dispersaban a fustazos lanzando sobre ellas sus caballos. Huían entonces y se escondían en los bosques que bordeaban el camino, pero, poco después, se reunían de nuevo tras el convoy y se esforzaban por ver una vez más, con sus ojos arrasados de lágrimas, la cabeza del niño que les había sido arrebatado. Las más tenaces y difíciles de contener eran las madres. Corrían a marchas forzadas y sin mirar dónde ponían los pies, con el pecho desnudo, desgreñadas, olvidando todo lo que las rodeaba. Lloraban y se lamentaban como ante un cadáver. Otras, medio locas, gemían, aullaban como si su matriz se rasgase con los dolores del parto y, cegadas por las lágrimas, iban a dar de cabeza contra los látigos de los caballeros. Respondían a cada fustazo con una pregunta insensata: - ¿Adónde los lleváis?

( … )

Una desgracia enorme e incomprensible se cernía sobre la ciudad y toda la región, una catástrofe cuyo fin no se podía prever. En primer lugar, se empezó a talar el bosque y a transportar la madera. Se amontonaron tantas vigas sobre las dos orillas del Drina que, durante mucho tiempo, la gente pensó que el puente iba a ser construido de madera. Después, se iniciaron los trabajos de nivelación, las excavaciones y la perforación de la orilla rocosa. Aquellos trabajos se ejecutaron en su mayor parte gracias a la leva. Y todo continuó de este modo hasta avanzado el otoño, época en la que se suspendieron provisionalmente los trabajos, una vez concluida la primera parte de las obras.
Se hacía todo bajo el control de Abidaga y bajo la amenaza de aquella larga vara verde que llegó a ser tomada como tema de una canción popular. Aquel a quien señalaba con la vara, por haber notado que perdía el tiempo, o que no trabajaba como era preciso, aquél era cogido por los guardianes inmediatamente y lo apaleaban en el mismo lugar. Cuando la víctima se desvanecía, envuelta en sangre, la rociaban con agua y la enviaban de nuevo al trabajo.

( … )

Hermanos, ya hemos soportado bastante, tenemos que defendernos. Como podéis ver, esta construcción va a enterrarnos y a devorarnos. Y también nuestros hijos serán víctimas del mismo trabajo, si es que alguno llega a sobrevivir. Lo que están tramando es nuestra exterminación y no otra cosa. Los indigentes y los cristianos no tienen necesidad de un puente. Son los turcos los que lo quieren. Nosotros no desplazamos ejércitos, no tenemos grandes negocios y con la barca nos basta. Algunos de nosotros nos hemos puesto de acuerdo para ir, en las noches oscuras, a echar abajo, y a deteriorar, en la medida que nos sea posible, lo que haya sido construido. Y haremos correr la voz de que es una hada la causante y de que no permitirá que se alce un puente sobre el Drina. Ya veremos si esto sirve para algo, no tenemos otros medios a nuestro alcance y es preciso hacer algo.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:12  | Diarios de lectura
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