Mi?rcoles, 03 de junio de 2009
La vida en Visegrad transcurre con la rutina que es propia a todas las comunidades. Se suceden las riadas, las sequías, y el puente siempre en pie, a veces debajo de las aguas torrenciales, pero resiste el paso del tiempo y el ser humano. Andric escribe: Pero en la kapia, situada entre el cielo, el río y las montañas, las generaciones sucesivas aprendieron a no afligirse en exceso por lo que llevaban consigo las aguas turbias del Drina. Allí aprendieron a adoptar la filosofía inconsciente de la pequeña ciudad: la vida es un milagro incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar, y no obstante, dura y permanece sólidamente "como el puente sobre el Drina.

La tierra alrededor del puente es un conjunto de comunidades frágiles, de seres separados por sus creencias y sus culturas, en confrontación suave a veces, dura en otras, se suceden las rebeliones contra el imperio turco, la necesidad de una nueva frontera, la llegada del imperio austro-húngaro, los turcos pasan de dominadores a temer al extranjero, cambios que se aceptan con resignación o con derrota. Y en mitad de estos cambios políticos retazos de la vida de los habitantes de la zona, Fata, una mujer de extraordinaria belleza que se rebela contra su matrimonio, Alí-Hodja que se resiste a una guerra inútil, Salik el tuerto, huérfano e hijo de toda la comunidad, los ricos mercaderes que hablan en la Kapia del puente, el sofá piedra, la fortaleza de madera en mitad del puente y a sus lados estacas con la cabeza de los decapitados, migraciones por enfermedad. No hay personajes en este libro, aparecen y desaparecen como la corriente, son pequeñas historias que se mezclan entre sí, que hacen avanzar la historia, que nos hablan de un puente como testigo inmutable de los cambios de Visegrad.





Con ocasión de las slavas, de fiestas de Navidad o durante las noches del ramadán, los padres de familia ya maduros, reposados y cuidadosos, se animaban y se volvían locuaces en el momento en que la conversación abordaba el suceso más importante y más penoso de sus vidas: "La inundación". Después de quince o veinte años durante los cuales se habían reparado de nuevo las casas, el recuerdo de la inundación llegaba como algo terrible, grande, querido y próximo. Constituía un lazo íntimo entre los hombres todavía vivos, pero cada vez más escasos, de aquella generación, porque nada une tanto a las personas como una desgracia vivida, atravesada conjuntamente y superada con ventura. Y se sentían fuertemente vinculados por el recuerdo de la prueba pasada. Por eso amaban tan intensamente las remembranzas del más trágico de los hechos que había perturbado su existencia y, al volver la vista atrás, encontraban un placer, incomprensible para los jóvenes. Sus recuerdos no llegaban a agotarse, y ellos continuaban, infatigables, evocándolos. En el curso de sus conversaciones, completaban mutuamente sus respectivos relatos y se despertaban unos a otros la memoria. Se miraban a los ojos seniles, de amarillenta esclerótica, y llegaban a ver lo que los jóvenes no eran siquiera capaces de presentir. Se entusiasmaban con sus propias palabras y ahogaban sus preocupaciones presentes y cotidianas, en el recuerdo de mayores preocupaciones que felizmente hacía mucho tiempo que habían desaparecido. Sentados en las habitaciones bien calientes de sus casas, por las cuales pasara antaño la inundación, narraban por centésima vez, con especial placer, ciertas escenas conmovedoras o trágicas.

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Aquel resplandor y aquellos fuegos desiguales, dispersos sobre el fondo sombrío de una noche de verano en la que el cielo se había convertido en algo semejante a una montaña, dieron la sensación a los servios de una constelación nueva en la cual, ávidamente, leían presagios atrevidos y adivinaban, estremeciéndose, su suerte y los acontecimientos futuros. Para los turcos, fueron las primeras olas que, tras haber sumergido Serbia, se estrellaban ahora contra las alturas que circundaban la ciudad. Durante aquellas noches de verano, los deseos y las oraciones de unos y otros gravitaban alrededor de aquellos fuegos, sólo que en direcciones opuestas. Los servios rogaban a Dios, pidiendo que aquella llama salutífera, idéntica a la que, desde siempre, llevaban y escondían cuidadosamente en el fondo de sí mismos, se extendiese también de este lado, sobre nuestras colinas; en tanto, los turcos suplicaban a Dios en sus plegarias que detuviese, que rechazase y extinguiese la llama, para burlar las intenciones subversivas de los infieles y restablecer el viejo orden de las cosas y la buena paz que asegura la verdadera fe. Las noches estaban llenas de murmullos prudentes y apasionados que daban lugar a oleadas invisibles de deseos y de sueños audaces. Los pensamientos, los planes más inverosímiles se entrecruzaban, triunfaban, se quebraban en las tinieblas azules que cubrían la ciudad. Pero al día siguiente, cuando apuntaba el día, turcos y servios acudían a sus asuntos, se encontraban, mostrando una mirada apagada y unos rostros sin expresión, y se saludaban y hablaban empleando los cientos de fórmulas habituales de la cortesía provinciana que, siempre, circulaban por la ciudad e iban de uno a otro como una moneda falsa y que, empero, hacían posibles y facilitaban las relaciones sociales.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)



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Publicado por elchicoanalogo @ 4:10  | Diarios de lectura
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