Jueves, 04 de junio de 2009
A finales del s. XIX los habitantes de Visegrad tienen que amoldarse a los nuevos tiempos bajo el orden del imperio austro-húngaro. En un principio las diferentes comunidades de la ciudad bosnia se sienten temerosas y reticentes ante la ocupación. Los representantes de la fe (cristiana, turca, judía) deben dar la bienvenida a las nuevas fuerzas. Poco a poco la vida retoma su cariz habitual con los cambios que conllevan la llegada de las tropas y los extranjeros que se ocupan de los trabajos administrativos. De nuevo, Andric cuenta toda esta parte de la ocupación a retazos, intercala pequeñas historias de los habitantes de la ciudad con un estudio de la época, de los diferentes poderes que mandan en la ciudad, fuera de ella. En Visegrad, turcos y cristianos se sorprenden por el ajetreo de los extranjeros, por su forma de vida siempre ocupada, por sus continuas obras que llevan a buen término. Las costumbres se mezclan, los extranjeros adquieren las expresiones de los habitantes de Visegrad y éstos las nuevas modas y formas que descubren en aquellos.

Los grandes proyectos continúan. Y uno de ellos cambiará el punto de comunicación único y vital entre las fronteras. El puente trae la modernidad, también los nuevos movimientos políticos y sociales, noticias perturbadoras y cierta sensación de peligro del exterior. Se acercan las guerras interiores y la primera guerra mundial.





Después que hubieron pasado los primeros anos de desconfianza, de incertidumbre, de duda y de inseguridad, la ciudad empezó a encontrar su sitio en el nuevo orden de cosas. El pueblo hallaba en él paz, beneficios y seguridad. Y eso bastaba para que la vida, la vida exterior, empezase también a marchar por la vía del perfeccionamiento y del progreso. Todo lo demás quedaba relegado a ese segundo plano oscuro del conocimiento, en el que habitan y bullen los sentimientos elementales, las creencias imprescindibles de las diversas razas, religiones y castas, creencias que, aun pareciendo muertas y enterradas, preparan para épocas ulteriores y lejanas cambios y catástrofes inesperados, de los cuales, según parece, no pueden prescindir los pueblos y, sobre todo, el pueblo de este país.
Tras los primeros errores y los primeros conflictos, el nuevo gobierno produjo en las gentes una impresión neta de firmeza y de continuidad. (El mismo estaba impregnado por esa ilusión sin la cual no existe un poder permanente y fuerte.) Era impersonal, ejercía su poder de un modo indirecto y, en consecuencia, resultaba más fácilmente soportable que el antiguo régimen turco. Todo lo que en él había de crueldad y de rapacidad, estaba cubierto por una capa de decoro, por el esplendor y por las formas tradicionales. La gente temía a las autoridades, pero del mismo modo que se teme a la muerte o a la enfermedad, y no como se tiembla ante la maldad, la desgracia y la violencia. Los representantes del nuevo gobierno, tanto militares como civiles, eran en su mayoría extranjeros y no conocían al pueblo de nuestro país. Resultaban insignificantes, pero se veía que eran los minúsculos engranajes de un gran mecanismo, y que cada uno tenía tras de sí, formando largas filas constituidas por innumerables escalones, una serie de hombres más poderosos y de instituciones más altas. Aquello les daba un carácter que excedía en mucho a su personalidad, y una influencia mágica a la cual todos se sometían fácilmente. A causa de sus títulos, que en la ciudad parecían importantes, de su impasibilidad y de sus costumbres europeas, inspiraban a aquel pueblo, del que eran tan diferentes, confianza y respeto, y no provocaban ni envidia ni críticas, aunque, en el fondo, no resultasen simpáticos ni se los quisiese.
Por otra parte, al cabo de cierto tiempo, aquellos extranjeros llegaron a sentir, de algún modo, la influencia del extraño medio oriental en el cual tenían que vivir. Sus hijos introducían entre los niños de la ciudad expresiones y nombres extranjeros y llevaban al puente juegos nuevos y nuevos juguetes; pero, en su contacto con los chiquillos del país, adoptaban nuestras canciones, nuestro modo de hablar y de jurar y nuestros antiguos juegos, tales como el salto a piola, etc. Lo mismo ocurría con los adultos.  Ellos también ofrecían un orden diferente de cosas, expresiones y costumbres desconocidas; sin embargo, al mismo tiempo, se iba introduciendo en su lenguaje y en su manera de vivir algo que era propio de los indígenas. En verdad es que nuestras gentes, sobre todo los cristianos y los judíos, comenzaron a parecerse, cada día más, en sus vestidos y en su comportamiento, a los extranjeros que había traído la ocupación; pero también es verdad que los extranjeros no dejaban de sentir la influencia del medio en que vivían. Muchos de aquellos funcionarios, el enérgico magiar, el polaco altivo, cruzaban el puente con angustia y penetraban con disgusto en la ciudad en la que, al principio, formaban grupo aparte, como las gotas de aceite en el agua. Pero, algunos años después, pasaban largas horas sentados en la kapia, fumaban con sus gruesas boquillas de ámbar y, como viejos habitantes de la ciudad, veían desvanecerse el humo, que se perdía bajo el cielo azul en el aire inmóvil del crepúsculo, o bien esperaban la llegada de la tarde en compañía de nuestros notables y de nuestros beys, situados todos en una verde meseta y teniendo ante ellos un manojo de albahaca; y, en el curso de una conversación lenta, sin gravedad ni sentido particular, bebían despacio y tomaban de vez en cuando un poco de albahaca, como sólo saben hacerlo las gentes de Visegrad. Y entre aquellos extranjeros, hubo algunos funcionarios o artesanos que se casaron en nuestra ciudad, firmemente decididos a no abandonarla jamás.

( … )

Sólo entonces, una vez que el ferrocarril hubo sido construido y puesto en funcionamiento, la gente se dio cuenta de lo que significaba para el puente, para el papel que desempeñaba dentro de la vida de la ciudad y para su suerte en general. La vía ascendía junto al Drina, en dirección contraria a la de la corriente, a lo largo de la orilla escarpada que se encuentra bajo el Meïdan; penetrando en la colina, rodeaba la ciudad y bajaba hasta la llanura, cerca de las últimas casas, yendo a parar a la orilla del Rzav. Allí se hallaba la estación. Todas las comunicaciones, tanto para el público como para las mercancías, con Sarajevo y, desde Sarajevo, con el resto del mundo occidental, partían de la orilla derecha del Drina. La orilla izquierda y, con ella, el puente quedaron completamente paralizados. Ya sólo cruzaban por él las gentes que venían de los pueblos situados en la orilla izquierda del río; todo se reducía a algunos campesinos con sus caballos cargados en exceso y sus carretas uncidas de bueyes que transportaban madera del bosque a la estación.
La carretera que, a partir del puente, subía a través de la colina de Lieska hacia el Semetch y de allí, por Glasinats y Romanía, conducía a Sarajevo, aquella carretera que antiguamente retumbaba con los cantos de los cocheros y con los cascabeles de los caballos, empezó a cubrirse de hierba y de ese delgado musgo verde que acompaña la lenta agonía de algunos caminos, de algunos edificios. Ya no se usaba el puente para viajar, ni se acompañaba a nadie hasta él, ni se despedía a los viajeros que lo cruzaban al iniciar su ruta, ni era atravesado a caballo, ni se bebía en él el aguardiente de la partida.
Los carreteros, los caballos, las calesas cubiertas y los pequeños simones pasados de moda en los que se iba antaño a Sarajevo, quedaron sin trabajo. El viaje ya no duraba, como antes, dos días enteros, con parada en Rogatitsa para pasar la noche. Ahora se empleaban cuatro horas. Aquellas cifras obligaban a la gente a meditar. Se calculaba con emoción todos los beneficios y las economías que la velocidad proporciona ai hombre. Se miraban como si fuesen fenómenos a los primeros vichegradeses, que, habiendo ido a Sarajevo para arreglar algún asunto, volvían a casa al atardecer del mismo día de su marcha.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:09  | Diarios de lectura
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